Pensamientos, ideas, palabras que engulle la arena en el mismo instante en que se han escrito

miércoles, 18 de octubre de 2017

Desde Macondo. BUEN TIEMPO

No sé a vosotros, pero a mí me pone de los nervios escuchar y leer la información meteorológica, ya sea vía radio, prensa y no digamos nada televisión, y toparnos con la noticia de que podemos disfrutar de “buen tiempo”. Maravilloso, en el puente de la pasada semana, con playas llenas, sol radiante y temperaturas veraniegas.
        Buen tiempo. Me viene a la cabeza la recomendación de un viejo profesor de Redacción Periodística, que gustaba de ponerte en aprietos pidiendo, sin previo aviso, una definición, o unas líneas sobre cualquier tema que se le ocurría. “Utilice la lengua con propiedad, señorita”. Era el final de cada experimento, pero consiguió que nos pensáramos dos veces las cosas para dar la mejor explicación posible.
        Es evidente que los que nos transmiten las noticias del clima no utilizan la lengua con propiedad, y alguien debería dar una vuelta a los libros de estilo (que no sé si existen todavía) de cada medio de información. Es cuando menos grotesco que nos cuenten con una sonrisa de oreja a oreja que vamos a seguir disfrutando de buen tiempo, y a continuación nos hablen de sequía, de polución, de problemas en el campo, de cosechas perdidas y de ganaderos que tienen que cerrar la explotación porque sus bichos no tienen pasto en el que pastar, y el pienso está por las nubes.
        No es buen tiempo que no se atisbe ni una nube en el horizonte, mientas aparecen pueblos en medio de los pantanos, la vendimia ha sido más pronto y más corta que nunca en la historia o nos están temblando los huesos por el precio del aceite, dado que los olivares no se levantan altivos, que diría el poeta, sino mustios y avergonzados de sus minúsculos y arrugados frutos.
        Nada tiene de buena la boina pestilente que cubre las ciudades y que, amén de obligar a restricciones en la circulación, aparcamientos etc, está matando gente. Ni los peces o las plantas que agonizan en lo que fueran ríos y son charcas infectas. Por no hablar de los mosquitos y otras plagas que han encontrado en el “buen tiempo” su hábitat ideal desde el que mortificarnos y hacernos la vida imposible. Ni los incendios, que nos tienen aterrorizados y que aceleran la desertificación de esta tierra tan castigada por ese tiempo magnífico que llena los hoteles de playa en cuanto podemos juntar un par de días libres.
        Y lo que es peor, no le encontramos nada de bueno al cambio climático que ya no nos amenaza, sino que nos engulle a pasos agigantados.
         Por eso, a poco que piense una, se le antoja ridículo la noticia de buen tiempo de cada sobremesa, de cada noche, a la hora de la cena, cuando nos auguran lo mejor para el día siguiente.
        Soy manchega, de esa tierra dura bautizada por los árabes como Al- Mansha, “La Seca”. Pasé mi infancia y una parte de mi adolescencia, con serias restricciones de agua. Un par de horas al día, justo el tiempo para ducharse, llenar cubos y bañeras y depósitos los más afortunados (que era mi caso). Por eso, y utilizando la lengua con propiedad, buen tiempo nunca ha sido para mí la falta de lluvia ni el calor agobiante.
        El diluvio en Macondo duró exactamente cuatro años, once meses y dos días. No me imagino a los habitantes de la ciudad de los espejos, con el verde de agua en la piel, escuchando, según pasaban las semanas, y mientras se pudrían las casas, aparecían los insectos más dañinos y desaparecían los cultivos y las flores, escuchar semana tras semana que continuaba el buen tiempo.
         Pues eso. Que ahora que ha empezado a llover, nos hartaremos de oir hablar del mal tiempo que hace.

miércoles, 11 de octubre de 2017

Desde Macondo. ESPAÑOLEAR

Hacer alarde público de españolidad. Lo dice el diccionario de la Real Academia. Española, por supuesto. Y yo estoy pensando seriamente arrancar de mi diccionario particular la página que contiene todos los términos referidos a este país de nuestros dolores. El principal, España, también.
        O eso, o morir de sobredosis ¡Y yo que me quejaba de tener Cataluña hasta en la sopa! Con razón, por supuesto. Pero es que juntas, enfrentadas, mejor dicho, ya no hay body que lo soporte. Ya confundo la enseña patria con la senyera, y las estrellas con aguiluchos; los españoles con los españolistas y los catalanes con independentistas. Y el sentido, o el seny, con la sensibilidad.
        Son muchos días, muchas semanas, viviendo un presente incierto lleno de tentaciones de vuelta al pasado, que la ocasión la pintan calva para algunos, y otros, la cogen por los pelos a la primera de cambio. Con todo lo de irracional que ha tenido el procés, creo que ha sido aún más extraño ver brazos en alto y banderas preconstitucionales paseando por las calles y plazas de nuestros pueblos y ciudades. Y cuando estábamos hasta el moño de oír Els Segadors, nos ponían de punta los cánticos del Cara Al Sol. Sobre todo porque algunos aún lo recordamos, e instintivamente continuábamos “Volverán banderas victoriosas…”
        En fin, que parece que hemos despertado al monstruo dormido, y veremos ahora cómo podemos hacerle volver a su caverna, visto lo que está sucediendo en otras partes del mundo, con los neonazis campando por Alemania y los grupos de ultraderecha haciéndose fuertes en toda Europa, desde los muy civilizados países nórdicos a Centroeuropa, Francia y, por supuesto, estados Unidos.
        No sé cómo se dirá “españolear” en todos esos países, pero es lo de menos. La idea, la ideología, es la misma. La guerra de banderas, también. Las oportunidades, cualquiera, una manifestación, una amenaza de independencia, la aprobación de una ley más o menos progresista.
        Hasta el Día de la Hispanidad. Cuando una creía que habíamos entrado en la modernidad, más o menos, que habíamos superado los topicazos de catalán tacaño, andaluz jaranero, castellano recio, gallego enrevesado, astures y cántabros herméticos y alguno más que se me escapa, aparecen otra vez las dos Españas. Y así no vamos a ninguna parte.
        Veréis, cuando yo era pequeña (sí, en la Prehistoria), cuando España era una unidad de destino en lo universal y las montañas nevadas nos separaban del resto de Europa, cantábamos en el colegio una canción que, a fuerza de repetir, está todavía en mi recuerdo. Era, por supuesto, una exaltación de la patria y sus bondades, divididas por regiones, que entonces no había comunidades autónomas. Decía algo así: “España es mi hermosa nación que en Europa está, dividida en provincias y es Madrid su capital. Yo sé todas sus riquezas, yo lo voy a demostrar: Valencia nos da naranjas y Toledo mazapán. Carbón nos da Asturias, los vinos, Jerez, las mantas Palencia, la fresa Aranjuez, turrón Alicante, jamón Avilés, y si queréis paños, id a Sabadell, aceite en Andalucía, donde abunda la aceituna..." Había más, pero basta como ejemplo. El final era, por supuesto, Viva España, mi patria natal.
        Han pasado muchos años, muchísimos, y aquí estamos. Españoleando.

miércoles, 4 de octubre de 2017

Desde Macondo. INSTINTOS BASICOS

Tengo la extraña sensación de llevar viendo, ininterrumpidamente desde hace varios días, uno de esos episodios de El Hombre y la Tierra con los que Rodríguez de la Fuente nos mostraba las curiosidades de la fauna ibérica. Concretamente el de la berrea de los ciervos, y en blanco y negro, por supuesto.
        Para los urbanitas, la berrea, que tiene lugar en los primeros días del otoño, o sea, ahora, es el momento en que los venados buscan asegurar la continuidad de su estirpe, marcando su territorio y enfrentándose a otros machos que quieren hacer lo propio. Por eso entre los sobrecogedores berridos, se cuela el impactante sonido de los cuernos chocando entre sí, de los topetazos que se propinan buscando una victoria que se traducirá en más hembras y más espacio vital.
        Y diréis que a qué cuento viene la berrea en este espacio. No hay ciervos en Macondo. Ni venados, que la selva húmeda y frondosa no es lugar para tan majestuosos animales. Ni la jungla de asfalto en que nos hallamos. Pero hasta aquí llega el berrido amenazante unas veces, y lastimero otras, y llega también el eco de las peleas y de los cuernos quebrándose.
        Hace mucho tiempo, cuando miraba las cosas con los ojos limpios y dispuestos para llenarse de mil y una imágenes nuevas, tuve ocasión de disfrutar del espectáculo de la berrea del ciervo. Muy cerca, tanto que daba miedo. Y mi ignorancia del mecanismo hormonal de los cérvidos se puso de manifiesto cuando el guarda de la finca me dijo eso de "no se preocupe, no la ven. Ellos están a lo suyo". Lo suyo era perpetuar su especie, luchar por su territorio y asegurarse el futuro. La explicación científica, pasa por las hormonas. Están invadidos, colonizados por ellas, y no hay nada a su alrededor que los distraiga.
        Diréis que a qué cuento viene la historia. Pero tiene moraleja, como todas. Tengo la amarga sensación de estar asistiendo a una gigantesca “berrea”, a un espectáculo donde no manda la razón, sino los instintos más básicos.
        Cierto que una parte importante de nuestra vida está regida por nuestros instintos que, conjuntamente con nuestra voluntad, de seres inteligentes, conciertan y estructuran todas las funciones esenciales para nuestra supervivencia.
        Pero en esta berrea sobran los instintos y falta la inteligencia. Unos y otros dándose topetazos entre sí sin notar siquiera que alrededor estamos nosotros los que los alimentamos, los que cuidamos la finca en la que pacen y esperamos que, a cambio, se preocupen un poco por nuestras cosas.
        Chocan los cuernos y no se oye el miedo al mañana, ni siquiera al de hoy, tan próximo. La berrea está durando ya demasiado. La explosión de hormonas ya no es algo temporal, estacional, que permite que en unas semanas las cosas vuelvan a la normalidad. Ya está durando demasiado eso de que no nos vean porque están a lo suyo    Y urge que alguien ponga cordura. Sin topetazos estúpidos ni berridos estériles. 

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Desde Macondo. OTOÑO EN MACONDO

He cambiado de libro, pero sigo en Macondo. No sé por qué esta estación triste y los últimos acontecimientos en la vida pública me han llevado a pensar en Zacarías, el dictador retratado por García Márquez en una de sus novelas más duras y más reales. El Otoño del Patriarca nos cuenta la vida y milagros-la muerte también- de un hombre cualquiera, (de hecho, su nombre sólo se menciona una vez en todo el libro), que no conoció la tranquilidad, el amor, las relaciones humanas, los sentimientos más normales entre personas.
        Toda su vida, hasta que la muerte lo encontró solo y sin insignias, fue una continua zozobra para conservar el poder. A costa de amantes, de amigos, de compañeros, de su propio país, tanto que hasta vendió el mar a los gringos. Y convirtió a su madre en santa, momento en que dejó también de ser suya.
        Pues eso, que la imagen del melancólico otoño de cielos grises y suelos ocres, además de llevarme al recuerdo me trae a la más desoladora actualidad. Al todo vale, a la perversa confusión entre política y poder que nos tiene estupefactos, atragantándonos de noticias indigeribles y dejando de lado la vida con mayúsculas o con minúsculas, muestras miserias cotidianas, nuestro presente con sobresaltos y nuestro futuro imperfecto.
        Ya habíamos asumido casi todo con resignación, con él “es lo que hay”, y sobrellevando los días como buenamente podíamos. Pero el vaso no se llena nunca.  Hay demasiados generales y demasiados patriarcas. Siempre cabe una gota más, otro punto de desesperanza. Un otoño más frío y más gris, más corrupciones, más "procés", más guerras que no son las nuestras y que .nos vuelven a enemistar con el mundo, con ese mundo en el que no importan los principios, equivocados o no, en el que tampoco valen nada las personas, ni sus alegrías, ni sus miserias, si no son herramientas utilizables para llegar al poder.
        En el que la primavera de unos es el eterno otoño de otros, en el que unos cuantos, encerrados en el círculo de tiza del coronel Buendía impiden que nos acerquemos a la esperanza, a la ilusión, a la confianza. La imagen del coronel en su círculo y la del patriarca aferrado al poder durante más de cien años, lleva martilleándome todos estos días.  Es esa amarga sensación de estar siendo utilizados para no sabemos qué, que son otros quienes deciden, y no precisamente por nuestro bien, cuándo toca cambiar el nombre de las cosas, engañar, aparecer o esconderse, o sembrar incertidumbres, o ponerlo todo perdido de miedos. Con nosotros, pero no por nosotros.
        Y mientras, en otoño perpetuo, los parados, las personas angustiadas, ese 30 por ciento de familias que viven bajo el umbral de la pobreza, los padres con problemas para pagar la matrícula de sus hijos,   los trabajadores pobres, los que esperan en vano la primavera...

martes, 19 de septiembre de 2017

Desde Macondo. LOS ROHINGYA

Los Rohingya,  históricamente también denominados Indios arakaneses, son un sin estado”. Las leyes de Myanmar, antigua Birmania, les niegan la posibilidad de adquirir una nacionalidad porque  no reconoce a esta minoría étnica como una de las "razas nacionales". También se les restringe la libertad de movimiento, la educación estatal y los empleos en la administración pública. Ellos sostienen que son residentes de larga duración, por ser los descendientes de los habitantes de  la Arakan precolonial, desde el siglo XII,
        Hasta aquí los fríos datos. Los que se encuentran en cualquier buscador y hasta en la Wikipedia, si alguien se molesta en saber qué es esa palabreja que, de cuando en cuando, y en letras no muy grandes, aparece en los periódicos. Porque la verdad es que, hasta que no nos han llegado las imágenes, de la mano de cooperantes y organizaciones humanitarias, ni nos había ocupado ni preocupado la situación, que ya viene de largo, de poco más de un millón de personas en un remoto país del sudeste asiático.
        Pero entre el procés, los huracanes y la asamblea de la ONU, se han colado los rohingya, y es difícil mirar hacia otro lado. Hasta Naciones Unidas ha calificado lo que está pasando como “una limpieza étnica de manual”.  Pone los pelos de punta que se pueda dar una definición así y seguir como si tal cosa.
        Hablamos de eliminación sistemática de un pueblo. Metódicamente. Paso a paso. Con todas las garantías. Rodear la aldea, disparar a todo lo que se mueve y luego, prender fuego. Y a la siguiente. Los que pueden huir, casi todos a la vecina Bangladés, se hacinan sin ropa, sin techo y sin comida, entre barro y enfermedades, que tampoco el país está para muchas alegrías, y menos para acoger a miles de inmigrantes sin ningún recurso y con muchas necesidades.
        ¿No es esto lo que en teoría se llama una crisis humanitaria? ¿No deberían las naciones poderosas hacer esas conferencias de recogida de fondos, de donantes, creo que las llaman? Al parecer no. Son rohingyas, y ni en su casa los conocen, nunca mejor dicho.
        Ha tenido que venir la tele, con sus espectaculares imágenes de niños de ojos grandes y mirada perdida, llenos de mocos y con los pies ensangrentados, para que nos molestáramos en acudir a un diccionario para saber quiénes son los rohingya, para que los situáramos en el mapa, por lo menos. Y para que durante unos cuantos días, hasta que llegue otro huracán Irma, o Trump diga una nueva tontería, o nos aburramos definitivamente del procés, prestemos un poco de atención al sinsentido de una limpieza étnica, de un genocidio que nos suena muy lejano, pero que está a unas horas de avión.
        Y sobre todo, está en el mismo mundo que habitanos. Y digo que habitamos, no que compartimos. Mientras escribo esto, la ONU celebra Asamblea. Todos pendientes del discurso de Trump, el primero ante la comunidad nacional.
        Seguro que no habla de los rohingya.

jueves, 14 de septiembre de 2017

Desde Macondo. EL PROCESO

No pensaríais que iba a sustraerme de hablar del desafío soberanista, del procés o, en román paladino, el proceso. Aunque sólo sea por hacer un sano ejercicio de liberación, de desintoxicación, y porque no voy a ser yo la única que no haga una sesuda columna sobre el tema. Y a pesar de que hablar de “proceso” me produce el mismo desasosiego que en su día experimenté al leer la obra de Kafka, y que experimento cada vez que pienso en ella.
        Y al fin y al cabo, lo que está pasando es kafkiano, entendiendo el adjetivo en su más pura definición de “Cosa o situación absurdamente complicada y extraña”. Para quien no conozca la obra, en el relato, Josef K. es arrestado una mañana por una razón que desconoce, y de la que, por tanto, no puede defenderse, por mucho que se enreda en leyes, recursos y abogados.
        Todo muy angustioso. Como el “procés” en el que estamos envueltos todos, no sólo los catalanes, del que escuchamos mucho y  entendemos poco, porque falla el comienzo. No sabemos por qué ha pasado ni cómo han permitido que llegáramos hasta aquí. Unos y otros.
        En este proceso extraño se han juntado el pan con las ganas de comer, la intransigencia de unos con el afán de protagonismo de otros, sazonado todo con las ansias de poder, con esperanzas de réditos electorales y, sobre todo, con miopía. Y de esta mezcla extraña ha salido el cóctel más explosivo.
        Confieso que hasta ahora me aburría  el tema, que tenía que hacer verdaderos esfuerzos para no pasar de largo las páginas con el cintillo de “desafío separatista” con que nos llevan obsequian todos los días desde hace un lustro los periódicos.  Pero como el pobre Josef K. a medida que pasan los días, voy cayendo en el fatalismo, en pensar que esto no tiene remedio, porque nadie está dispuesto a remediar nada.
        Hartita estoy de ver cómo zarandean a la Ley, con mayúsculas o a las leyes, en minúsculas, unos para hablar de su Imperio y otros, para asegurar que se las van a saltar. Es curioso ver como las manejan a su antojo quienes tienen la obligación, que para eso les pagamos, de sentarse a hablar, de buscar soluciones y de encontrar, de común acuerdo, no lo mejor para ellos, para sus formaciones políticas o para sus intereses, sino para los ciudadanos.
No tienen derecho a convertirnos a todos en protagonistas del Proceso, a mantenernos angustiados por una situación que no hemos creado y que se nos escapa, que nos lleva camino a la fatalidad.  
Una noche dos guardias vienen a buscar a Josef K. para ejecutar la condena. Y en sus últimos momentos, sin haber entendido nada, solo desea poner fin al proceso, asumiendo de algún modo como cierta una culpa desconocida.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Desde Macondo. LAS TRES ESES


Tengo claro que el diccionario no es precisamente el libro de cabecera de nuestros políticos. De los gobernantes, mucho menos, y de la ministra Báñez, tan dada a la incontinencia verbal, ni por asomo.
        Pero vamos, que no hay que ser un pitagorín ni una ratita de biblioteca para echar por tierra los entusiastas adjetivos sobre la supuesta recuperación económica con que nos ha amenizado el fin de verano. Me encantaría saber dónde y con quien ha estado, o qué ha tomado-fumado en vacaciones para desarrollar la teoría de "las tres eses", que sin duda pasará a los anales de la Historia. 

        Y por si no tiene a mano ni siquiera uno de esos diccionarios escolares reducidos, que creo que no tiene niños, me presto generosa a aclararle los términos. SÓLIDA significa   asentada, establecida, con razones fundamentales y verdaderas; SANA: Sin lesión, enfermedad ni peligro. Que goza de perfecta salud. Y SOCIAL, si hablamos de clases, es el conjunto de personas  que pertenecen al mismo nivel y que presentan cierta afinidad de costumbres, medios económicos, intereses, etc.

        El diccionario desmonta, de un plumazo, las “tres eses” de la ministra Báñez sobre la recuperación económica,. Sólida, sana y social. Y más cosas, que ya que se puso, habló de"una recuperación a la española" , de que el empleo que llega es de mayor calidad del que se fue con la crisis, de “primavera del empleo”,  que no ha dejado a nadie en la cuneta, que …

        No ha elegido bien la ministra la letra del alfabeto. Podría haber escogido la “P”, y entonces le saldría precariedad, pobreza, paro, proyectos de vida imposibles. O la “C” de contratos menguantes, por un día, una hora y hasta un ratito. O la “D”, de desigualdad por encima de todos los límites. O la “F”, de futuro imperfecto.

        Las letras la contradicen, y los números, también. Y las afiliaciones a la Seguridad Social, y las cifras del paro, una vez concluído agosto, y tan solo un par de días después de su ataque de euforia.
Queda el regusto amargo de pensar que, una vez más, se han quedado con nosotros, nos han tomado el pelo, nos han tratado como borregos, que tragan todo lo que les echen, por disparatado que sea, por irreal, por inverosímil.

        Pero sobre todo, queda la tristeza de constatar que estamos en manos de gobernantes sin una pizca de sensibilidad, de empatía, de “piel” que compartir con los ciudadanos que quedan fuera de las tres eses. Y de una vida digna, y de un presente sin angustias, y de un futuro inalcanzable.

        De las tres Eses de la ministra.

jueves, 31 de agosto de 2017

Desde Macondo. CUALQUIER SEPTIEMBRE PASADO

No sé si fue mejor. Depende de nuestro “parescer”, que diría el poeta  recordando cómo se pasa la vida, tan callando. Mañana será septiembre, pero tan distinto de aquellos otros… De cuando septiembre siempre era un comienzo. Pesaba el recuerdo del verano, salvaje y libre, pero algo empezaba. Era la vuelta a las aulas, zapatos nuevos (Gorila, con la pelotita verde), era ordenar apresuradamente las vivencias y las anécdotas de vacaciones atropelladamente,  para ser contadas; era reencuentros y promesa de un largo curso con muchas cosas por descubrir.
Septiembre eran libros forrados, cartera nueva o heredada, lápices aún sin morder y cuadernos a veces reciclados y, con suerte, sin dos rayas. Y hasta con espiral. Olor a mosto por las calles, camino del cole, y carreras tras los tractores rumbo a las bodegas  para conseguir un racimo de uva magullada y sucia de tierra que nos sabía a gloria.
Era el mes con mayúsculas, el mes por excelencia, porque en septiembre empezaba todo. Hasta las Navidades, que veíamos ya tan cerca... Crecimos, y septiembre siguió siendo el principio. El Instituto empezaba en octubre y la Universidad, a veces casi en noviembre. Pero ningún mes podía quitarle el protagonismo. En el río de la vida, septiembre era el nacimiento, el otoño, el curso político, la vuelta al trabajo tras el verano, los días más cortos, las noches más largas...
Echando la vista atrás, creo he amado y odiado septiembre casi por igual en las distintas etapas de la vida, aunque avivando el seso recordemos con nostalgia los mejores, los de antaño, que la edad aprieta y hay que acumular lo mejor del pasado para afrontar el presente. Y el futuro.
Mañana será septiembre, y veremos que nos depara esta vez, con ilusiones escasas e incertidumbres abundantes. El verano nos ha concedido poca tregua, el año político empieza crispado, con el recuerdo de los muertos en el atentado, las incógnitas del procés, la recuperación incierta, una vez que acabe el boom turístico que ha mejorado artificialmente las listas del paro, con el mundo revuelto, el racismo y la xenofobia creciente, el brexit amenazando el orden en la vieja Europa y el universo entero pendiente de las patochadas de dos descerebrados, en Corea y Estados Unidos, que pueden acabar de un plumazo con el río de nuestras vidas.
En fin, que no hay sensación de comienzo de nada y, tal vez por eso, hayan venido a mi memoria esos otros septiembres, los que eran como debían ser. Sin repetir curso. El principio de todo. 

miércoles, 23 de agosto de 2017

Desde Macondo. POR UN PUÑADO DE EUROS

No sé qué sería yo capaz de hacer por un puñado de euros. Por 600, concretamente. Obligada me vea, que no creo que sea el caso que hoy nos ocupa. Sí sé lo que no haría ni por todo el oro del mundo, y es insultar la memoria y el legado de Machado, Garcilaso de la Vega, Luis de Góngora, Calderón de la Barca, mi admiradísimo Larra, mi no menos admirado Quevedo o Francisco de Goya, que tantos deleites a los sentidos han proporcionado por los siglos de los siglos.
Claro, que tampoco sé las circunstancias que concurren en el tal Josep Abad, historiador de cabecera del Ayuntamiento de Sabadell, que se ha despachado con un informe que dice, como dogma de fe, que no puede ser que estos personajes de la cultura española den nombres a calles del municipio, porque son “fruto de un «modelo pseudocultural franquista» que debería corregirse”. Lo he copiado y pegado tal cual, porque no creo que mis disciplinados dedos me obedecieran al trasladar al teclado semejante majadería.
Por un puñado de euros, ha denostado sin piedad la honrosa profesión de historiador, olvidándose incluso de lo más elemental en la Historia, las fechas, porque t todos los citados vivieron siglos antes de estallar la Guerra Civil y que Franco sentara sus reales en la piel de toro.  Su sesudo estudio considera «grave» igualmente que Espronceda, Bécquer, Moratín, Tirso de Molina o Joaquín Turina mancillen su callejero.  Y lo justifica diciendo que «Hoy en día, los referentes culturales son mundiales y no están restringidos a Castilla -en detrimento de los referentes culturales propios- como en dictatoriales tiempos pasados”.
Podría rebatirle, y sin tirar de Wikipedia, todos y cada uno de los mezquinos argumentos, de nombres que ha tachado con su rotulador rojo bien pagado, sólo con mi experiencia personal, que debe ser la de cientos de miles de personas, de Sabadell también, con cada uno de los nombres vilipendiados. Con los versos de Machado, del que dice que «Su obra es una exaltación de Castilla (a través de su paisaje) como núcleo y esencia del Estado español, lo cual incluye una idea excluyente de la diversidad». Sin comentarios. Con el mordaz Quevedo y el impecable Góngora, con las églogas de Garcilaso, que suenan a agua y verdes bosques, con mi releidísimo espejo y maestro y Larra, con el Bécquer de los primeros amores, con las inquietantes pinturas negras de Goya y hasta con la música de Turina y sus Danzas Fantásticas.
Todos esos momentos mágicos los ha tirado por tierra por un puñado de euros; ha creado, a golpe de talonario, de incultura y de estupidez, una lista de indeseables que, una vez pasada la indignación del primer momento, dejan una profunda tristeza y una duda por resolver.
¿Realmente cree todo lo que ha puesto en su informe? Es duro pensar que ha cometido tal vileza sólo por un puñado de euros.

miércoles, 16 de agosto de 2017

Desde Macondo. AGOSTICIDIO

¡Vaya agosto que nos están dando! Ya ni recuerdo cómo era, cómo debería ser, el mes de vacaciones por definición y de letargo, por extensión. En poco tiempo ha pasado de ser un mes amable, vacacional, final de lo malo y principio de muchas cosas buenas, mes de reencuentros y soledades, de bullicio y tranquilidad, a gusto del consumidor, a convertirse en una sucesión de días sembrados de inquietudes y rollos más malos que buenos.
          Si tuviera que definir el término “agosticidio”, ya que la Real Academia aún no lo admite (todo se andará), diría que no es sólo “matar” al mes de agosto, sino algo mucho más doloso, que es continuar con la matraca de todo el año, pensando además que pasaremos todo por alto, bien sea por encontrarnos en otra dimensión (física o personal), o porque el calor nos vuelve más comprensivos. O más pasotas. O más tontos.
          Hasta hace unos años, las agresiones al mes de agosto eran llevaderas. Con agosticidad, premeditación y alevosía, nos levantaban las calles y bacheaban las carreteras, a veces, hasta daban el último empujón a un edificio histórico cuya demolición había levantado las iras de la gente. O subían alguna que otra tarifa de luz o de agua. Y poco más. El resto de las noticias las ocupaban las fotografías de playa de los famosos, algún divorcio que otro o las vacaciones de la familia real. Un par de incendios, los accidentes de tráfico y las recomendaciones sobre la ola de calor.
          Nada que ver con amenazas independentistas, con turismofobias y mucho menos, con una guerra nuclear en el horizonte, producto de las peleas de gallos del querido líder norcoreano y el no menos querido presidente de los Estados Unidos. Por no hablar de las desoladoras noticias que vienen del Mediterráneo, cementerio de inmigrantes, o de la factura del Brexit, que nos la quieren colar aprovechando los calores. O de las marchas por la supremacía blanca, que creíamos que habían desaparecido con Hitler primero y los esfuerzos de Luther King y Mandela después. Ni de Venezuela, por supuesto., que aunque os parezca increíble, en otros agostos no salía en los telediarios y mucho menos en los discursos de los políticos.
          Pero agosto ya no es lo que era. Claro, que nosotros tampoco. La media-o la mitad de un cuarto-de España que está de vacaciones, sigue pendiente de la economía, las corrupciones, el “procés”… Y el resto, pasa los largos días del mes vacacional por excelencia maldiciendo la crisis que le ha dejado sin playa o montaña y haciendo cuentas.
          Agosto ya no es el mes de paso hacia septiembre. Tiene entidad propia. No es el mes de las serpientes de verano, porque lo han convertido en un monstruo de cien cabezas. La maldita crisis que ha acabado con tantas cosas, y ha dejado el mundo al revés, ha matado el mes de agosto.
          Y entre mirada y mirada a lo que pasa ahí fuera, una echa de menos esos agostos de antes. Sol, moscas, y tranquilidad.  Y desconexión.

miércoles, 9 de agosto de 2017

Desde Macondo. EL FANTASMA DE CANTERVILLE (Turismofobia)

Leyendo el enésimo episodio de “turismofobia”, actividad de moda este verano, me ha venido a la cabeza un divertidísimo cuento de Oscar Wilde, El Fantasma de Canterville, que salvando siglos y distancias, tiene mucho que ver con lo que estamos viviendo ahora.
          En la Inglaterra del siglo XIX, unos americanos modernísimos se alojan en un vetusto castillo, perturbando la paz de sus moradores, en concreto, del fantasma de Sir Simon, que lleva trescientos años viviendo allí, sin que nadie le falte al respeto. Los yanquis, modernos y poco dispuestos a que nadie les fastidie las vacaciones, “pasan” del espectro y de sus intentos por recobrar la paz perdida, y no se asustan para nada de las “apariciones”. Al contrario, intentan combatirlas  utilizando distintos productos modernos como detergentes, aceite para cadenas, etc. Vamos, que ni renuncian a su forma de vida ni muestran respeto por la que han invadido.
          Como todos, también he hecho turismo. Y también me he preguntado, especialmente en lugares remotos que se han puesto de moda por una u otra causa, qué pensarán los lugareños, la gente que de pronto ve invadida su plaza, sus calles, su río, por una horda de ruidosas personas con sombreros y  pantalón corto,  cámara en ristre, acabando en lo que tarda en aparcar un autobús, o lo que es peor, un crucero, con la paz y la tranquilidad habitual.
          Por no hablar de las espeluznantes imágenes de playas abarrotadas, sin un huequito para poner la toalla, de las largas colas para visitar tal o cual monumento o de las esperas interminables para conseguir una ensalada y una tortilla en cualquier chiringuito. Muy buenas noticias para el PIB, para la hostelería, para las empresas turísticas y para el empleo (aunque esto merece una columna aparte), pero hay más cosas aparte del dinero.
          Marean las cifras que manejan los gobernantes orgullosos. Los millones de turistas extranjeros o españoles, los euros que se gastan al día, los índices de ocupación hotelera, la bajada, temporal y puntal del paro, pero bajada al fin y al cabo. Pero hay otros datos que no salen. O que están saliendo ahora. Los de la “turismofobia”.
          Es más que preocupante que en zonas turísticas falten médicos o enfermeros o maestros, porque todo gira en torno al turismo, porque no hay salario que resista el alto precio de los alquileres, enfocados siempre a los visitantes. O que espacios naturales singulares, que han permanecido ahí por los siglos de los siglos, se estén degradando a pasos agigantados, a golpe de vertidos, plásticos, basuras y desechos propios de la masificación. O que no se pueda caminar por las calles de tu ciudad, de tu pueblo, sin toparte con una horda de borrachos que celebran eso, que están en España y de vacaciones.
          Es un tópico hablar de turismo sostenible, pero hay que encontrar la fórmula de hacer compatible una cosa con otra, o acabaremos matando la gallina de los huevos de oro. La turismofobia ha llegado para quedarse. No se trata de incidentes aislados, y por supuesto reprochables, como quemar autobuses o lanzar huevos a los hoteles o boicotear unas fiestas multitudinarias.
          Es algo más serio y estamos a tiempo de atajarlo, de conseguir una entente cordial que permita la convivencia, aunque haya que bajar algún punto en el PIB. El fantasma de Canterville, sir Simon, logró al final conmover a los americanos, y pudo descansar en paz.

miércoles, 2 de agosto de 2017

Desde Macondo. CONCIERTO PARA INSTRUMENTOS DESAFINADOS

No ha empezado bien el “concierto” de agosto. Las concertinas, en lugar de música agradable, de sonidos tradicionales, invitando a fiesta y diversión, nos han dejado un coro de ayes y lamentos a los que difícilmente podemos sustraernos, por mucho que nos tapemos los oídos.
          No sé quien tuvo la diabólica idea de llamar concertinas a las cuchillas que siegan como hoces las ansias de futuro de los inmigrantes subsaharianos. Tal vez alguien que quiso dejar claro que en este concierto de instrumentos desafinados en que se ha convertido nuestro día a día, la única música que nos es dado escuchar es el llanto y el lamento.
         Se llama concertina a una especie de acordeón de forma hexagonal u octogonal. Algo así como el bandoneón que acompañaba a Gardel cuando cantaba eso de que “el mundo siempre fue y será una porquería”. En masculino, el concertino es el violín primero en una orquesta, el que da la nota, el más brillante. En uno y otro caso, sea del género que sea, nada que ver con dolor, sangre y destrucción.
          Y agosto ha empezado sonando mal. Decenas de inmigrantes saltando la valla de Melilla, y otra vez los espantosos cortes en brazos, manos, piernas, costados… Las concertinas en plena ejecución de un réquiem de notas sobrecogedoras, de una partitura que recoge el mundo que estamos construyendo.
          Si son insoportables las imágenes diarias de cuerpos rescatados del mar, de ahogados de todas las edades alineados en cualquier playa de España, Italia, Grecia o Libia, aún son más dolorosas de ver las de las crueles heridas infringidas por las cuchillas de la muerte.
          No es por la sangre, que también. Ni por la carne desgarrada, que nos pone los pelos de punta. Creo que es porque reflejan claramente lo que somos capaces de hacer con nuestros propios medios, sin echarle la culpa al mar insondable o a los malvados traficantes, o a las mafias, o a las guerras. Nosotros solitos, para salvaguardar nuestra forma de vida. Sin molestas injerencias.
          Los directores de esta orquesta inhumana y cruel nos han cambiado la letra y la música. Y hasta los instrumentos. No hay en su partitura notas para la solidaridad, el respeto, la compasión, la melodía esperanzadora que te transporta a un mundo mejor o que, al menos te aleja temporalmente de éste. La batuta ha mutado en sable o en tijeras. En esas vallas con cuchillas insalvables. Con concertinas. Todos los instrumentos están desafinados. Tocan en su propia clave, a su compás. Sin armonía que valga.
          Y han convertido el mundo en  un concierto de instrumentos desafinados.

miércoles, 26 de julio de 2017

Desde Macondo. EL WEST EXPRESS

Corrían los años 60 del siglo XIX cuando culminaba la magna obra de unir la red de ferrocarriles del Este de los Estados Unidos con California, en la costa del Pacífico. Se finalizó con la famosa ceremonia Golden Spike (Clavo de Oro), que daba inicio a una auténtica revolución en la población y la economía del Oeste estadounidense, enterrando para siempre las famosas caravanas de carromatos que todos hemos visto en las películas.
          Fue uno de los mayores logros de la presidencia de Abraham Lincoln apoyado con fuerza por el gobierno. Y fue la vía directa a la modernidad y al desarrollo. Es Historia, no ciencia-ficción, y la Historia, como sabéis, está para que aprendamos de ella, en lo bueno y en lo malo, para tomar lo que nos ha hecho avanzar y para no repetir errores.
          En teoría, claro. Considerando la extensión de la América del Norte, los kilómetros que van de Oriente a Occidente, los Estados que hay que atravesar, las montañas, los lagos, los desiertos, los mil y un accidentes geográficos, y los tiempos, sin la enésima parte de los medios materiales que existen ahora, indigna mucho más ver esta España pequeñita partida en dos. Con tren y sin tren.
          Porque sí. Porque nuestros Atlántico y Pacífico particulares tienen distinta consideración en los despachos; porque alguien ha decidido que sigamos con los carromatos y los tristes apeaderos, con las polvorientas estaciones en las que sólo paran las diligencias  cerrando la puerta al bienestar y el progreso de casi la mitad del país.
          Y hay que aferrarse con uñas y dientes al último tren que nos queda. Ya nos han quitado demasiadas cosas, ya nos han aislado por encima de lo soportable y no pueden condenarnos a andar en diligencia. Ya no hablamos de Alta Velocidad (¿Dónde andará?), ni de conexiones con esa Europa desgarrada e inconexa. Hablo de un tren digno, y medianamente rápido, que nos haga de cordón umbilical con otros puntos del país y nos permite aferrarnos a la idea de que no somos una isla, aislada y a la deriva condenada a cien o a mil años de soledad.
          Cuando Aureliano Triste decidió vincular Macondo con el resto del mundo sólo pronunció una frase: Hay que traer el ferrocarril. Y unos meses después, un  tren amarillo atravesaba la población entre silbatazos y resoplidos. En sucesivos viajes, el tren trajo la electricidad, y el cine, y el gramófono. Cada miércoles a las 11 bajaban de sus vagones personajes extraños con inventos que dejaban a todos boquiabiertos. Que los conectaban con el presente y el futuro. Y Macondo empezó a ser ciudad. Comenzó a ampliarse el negocio del hielo, las gentes iban y venían y hasta llegó la fiebre del banano. Hubo un antes y un después del ferrocarril, como en todas partes.
           El primer tren, con Rey incluido, llegó a Talavera en 1876, repleto de futuro. Cuando el tren se marchó de Macondo por última vez, iba cargado de muertos. Tres mil decían. O tal vez muchos más.

miércoles, 19 de julio de 2017

Desde Macondo. SAPOS Y CULEBRAS

No sé en qué momento cambiaron las estaciones. En todo. No sólo en lo meteorológico, que también, por aquello de que nos estamos cargando el planeta. Pero hablo de otra cosa, del transcurrir normal de los días, las semanas, los meses… El otoño, comienzo de casi todo; el invierno, inevitable para esperar tiempos mejores; la primavera, promesa de nueva vida. Y del verano, fin de ciclo a la espera de volver a empezar.
          Con su sopor, sus calores, los días larguísimos esperando el fresco de la noche. La vida entre paréntesis con todo lo importante esperando hasta septiembre. Lecturas intrascendentes, diversiones más orgánicas que otra cosa, playa, siesta y terrazas. Y periódicos delgaditos, llenados a duras penas con fiestas de pueblo, reportajes intemporales, consejos de salud o de cocina, apuntes de viajes, imágenes de playa y pueblos, de aeropuertos repletos, de sombrillas y maletas o de largas colas de operaciones salida-retorno.
          Y poco más. Algún suceso y las inevitables “serpientes de verano”, que daban mucho juego a la hora de enfrentarse a la página en blanco. Así en todas partes. También en Macondo, cuando coincidiendo con el calor llegaban los gitanos , siempre con algo nuevo con lo que entretener los largos y sofocantes días. Una vez fue el hielo, nunca visto por aquellos calurosos lares; otra, el imán, al que se pegaban cucharas y sartenes como por arte de magia, y la lupa, que podía crear el fuego sólo con dirigirla al sol; y el catalejo, que mostraba las montañas más allá de la ciénaga. Y hasta una presunta alfombra voladora.
          Y así, mucho más allá de cien años de soledad. Siempre. Las serpientes de verano han dado mucho juego para entretener las tertulias en las terrazas, los corrillos en las plazas y los atardeceres al fresco del patio. Asomando julio, y antes a veces, cualquier periódico o  noticiero de radio y televisión tenían su propia historia para pasar los meses de sequía informativa. Desde avistamientos de OVNIS hasta descubrimientos más o menos famosos, antiguas historias con pistas nuevas, crímenes espeluznantes que volvían a la luz o simplemente, amores y desamores de personajes y personajillos.
          Eran bichitos inofensivos, entretenidos, curiosos, que volvían a su guarida apenas asomaba septiembre. Pero en algún momento, a traición, mutaron en sapos y culebras. En los peores bichos que la naturaleza, la Historia o la Mitología, nos han dejado de herencia. La Hidra, la Gorgona, la Medusa, la serpiente emplumada y hasta la de Adán y Eva que nos expulsó para siempre del Paraíso condenándonos a ganar el pan con el sudor de la frente.
          Ahora hablamos, también en verano, de economía, de corrupciones y juzgados, de paro, de precariado, de “nimileuristas”, de trabajo basura, de pateras, que se multiplican con los calores… Hasta he leído que la Unión Europea ha prohibido vender balsas hinchables a Libia para que no vengan más inmigrantes…
          Hemos creado un monstruo y ahora nos engulle sin remedio. No hay forma de acercarse a una página impresa, de encender un aparato de radio o de zambullirse en la red sin que encontremos un “bicho” que nos amargue lo que debiera ser un plácido día de verano. Nos persiguen en casa, en la playa, en la siesta inquieta; se cuelan, como serpientes, en los paseos mañaneros de los pueblos, en las charlas nocturnas buscando el fresco.
          Los sapos y culebras que nos han colonizado han terminado con las estaciones, con el normal discurrir de los días, porque se quedan todo el año, engordando y alargándose. Confundiéndonos y haciéndonos añorar esos veranos de antes, cuando no había noticias que echarse a la boca. Ni falta que hacían.

miércoles, 12 de julio de 2017

Desde Macondo. SOLEDADES, GALERÍAS Y CUENTAS CORRIENTES

El poeta tendría que cambiar, de haberlo escrito hoy, el título de su obra. Rosario, a secas, sin apellido, tuvo sus soledades, tal vez sus “galerías”, sus buenos y malos momentos, en una vida que desconocemos. Pero no tendrá más poemas, porque se acabó su cuenta corriente.
        Así de fácil. Sin ningún lirismo, sin una rima hermosa que echarse al alma. Saldo, cero cero euros. Y no es ficción. Es la vida real, sin cuidadas estrofas, sin sonetos perfectos, sin versos medidos y rimas impecables. Hasta sin los musicales y rotundos versos libres.
        Nadie había visto a Rosario en mucho tiempo. Sin concretar cuánto. El coche estaba en el garaje; el buzón, a rebosar. Qué pesados los de la publicidad. Las ventanas no se abrían nunca, pero las persianas no estaban echadas. Nadie subía ni bajaba de su piso. Nadie llamaba a su puerta. Pero todo estaba bien. Seguía pagando el alquiler. Puntual y escrupulosamente.
         Hasta que dejó de hacerlo y saltaron las alarmas. Se había agotado la cuenta corriente, y esto ya era grave. Había que actuar. La pasada semana fue encontrada momificada y tirada en el pasillo de su casa. Llevaba 7 años muerta. Siete años, que podrían haber sido 20 o más, si su cartilla hubiera sido más abultada.
         Rosario no era una anciana inválida. Tenía 59 años. Sólo 52 la última vez que alguien recuerda verla con vida. Tampoco vivía en una remota casa de campo, que el escenario de la vergüenza es un bloque de pisos de una capital gallega. Nadie ha reclamado sus cenizas, nadie sabe si tenía familia. Nadie  sabe nada de su vida ni de su muerte. Sólo sabemos que se agotó su cuenta corriente, y con ella, sus soledades, su poema triste sin final feliz. Como esos versos sombríos de Machado, girando en torno a la fugacidad de la existencia, a la tarde, como símbolo del declive del día y de la existencia.
         Y pienso en Rosario en el pasillo. En sus últimos momentos. Tal vez buscando ayuda, buscando una salida o intentando abrir la puerta para dejar salir la soledad, para, en el último momento, respirar un soplo de poesía, ver un rayo de luz que la reconciliara con la condición humana. Esa que la olvidó hasta que se agotó el dinero en el Banco.
        No ha sido una noticia más leída en media columnita de un diario cualquiera. Me va a costar olvidarme de Rosario y sus soledades, como me cuesta digerir que alguien pueda pasar por la vida, y por la muerte sin hacer ruido, sin que nadie lo advierta hasta que las monedas dejan de tintinear, sin otro documento de identidad que un triste recibo de alquiler. Que tiene muy poco de poesía y que no rima con humanidad, ni con compañía. Ni con sociedad.
        Tras su fallecimiento, el gitano Melquiades volvió a Macondo porque no soportaba la soledad de la muerte. Aquí no habría soportado la soledad de la vida.

miércoles, 5 de julio de 2017

Desde Macondo. ECONOMÍA COLABORATIVA

El diccionario nos dice que una de las acepciones de colaborar es “ayudar con otros al logro de algún fin”. Y Economía, también de acuerdo con la Real Academia, es la “Ciencia que estudia los métodos más eficaces para satisfacer las necesidades humanas materiales, mediante el empleo de bienes escasos”. Juntando y pegando, la llamada “economía colaborativa”, tan de moda (tristemente), debería ser ayudarnos entre todos a distribuir lo que hay, para que nadie pase necesidad. Más o menos.
      Así debería ser, si nos atenemos a la literalidad de los conceptos, pero es que la tan traída y llevada crisis ha removido todos los cimientos. Hasta los del lenguaje. Ya no se trata de compartir, vender o cambiar lo que te sobra o no usas, sea tiempo, una bicicleta o un apartamento, que los nuevos tiempos, además de consumidores de bajo coste, también nos han dejado "plataformas"de espabilados y trabajadores low cost. 
       Si la crisis ha convertido a muchos en consumidores de lo justo y menos, ello también tiene efecto directo sobre los costes (laborales y de otro tipo) de las empresas, que se han apresurado a reducirse. En el terreno del mercado laboral han aparecido cientos de miles de los llamados microworkers, trabajadores por horas o por ratos, pendientes durante toda la jornada de si entra o no una petición de trabajo en la plataforma en la que están registrados para realizar una pizca de lo que hasta ahora llamábamos trabajo, cobrando, por supuesto, un minisueldo, por tanto, una centésima parte de lo que debería ser un salario. Y para colmo, sustituyendo al asalariado por el autónomo. O el “emprendedor”, que dirían los chicos del Gobierno.
       En lo que ahora llaman economía colaborativa, entran, por ejemplo, Uber o Cabify, o Airbn, para alquileres, y hasta plataformas de reparto de comida a domicilio, como Deliveroo, cuyos trabajadores (autónomos-emprendedores), están ahora en pie de guerra, hartos de pedalear por toda la ciudad por una miseria, además de pagar sus cuotas, poner la bicicleta y hacerse cargo de las lesiones y las reparaciones.
       Eso no es colaborar. O sí, pero retorciendo el significado. Es ayudar a que engorden las cuentas de cuatro listos a costa de pasar penurias, de no llegar ni a mediados de mes y de borrar del diccionario el término futuro, porque, simplemente, no existe. 
      Muchos de nosotros, en algún momento de nuestra vida, hemos hecho “trabajillos” para ayudar a la economía familiar, para pagar las matrículas o los libros del curso o para pagar un extra. Desde vendimiar algunas semanas a dar clases particulares al hijo de la vecina, cuidar niños o lo que cada cual haya podido. Con la vista puesta en el mañana.
       Ahora es siempre hoy, que esta nueva economía parece haber venido para quedarse. Por encima de la justicia, de la solidaridad y del futuro. 
       José Arcadio, el primer Buendía de Cien Años de Soledad, dispuso las casas de manera que todos los habitantes podían llegar al rio con el mismo esfuerzo,  y el trazado de las calles permitía que a todas les llegara el sol al mismo tiempo. Y todos colaboraron para que  se convirtiera en la aldea más ordenada y laboriosa conocida hasta entonces. Pero esto fue en Macondo.

miércoles, 28 de junio de 2017

Desde Macondo. LOS LISTOS QUE TODO LO SABEN

El presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, autoridad económica y listo entre los listos, ha llegado a la conclusión de que la precariedad laboral es “una de las grandes causas de la mediocre recuperación”. Eso también lo digo yo, y no soy presidenta de nada, ni de la comunidad de vecinos. Soy más simple que comerse un huevo, y por eso me extraña que señor tan docto haya tardado tanto en señalar lo que todos vemos.
        Y ha rematado con una sesuda reflexión, que el subempleo y la temporalidad, dos de los efectos de las reformas laborales en países como España, han hecho que los salarios sean más flexibles para bajar, pero no necesariamente para subir”. Que le den el Nobel de Economía. A él y a todos los gurús de la recuperación, a los que se jactan de haber compuesto un hermoso poema, sin pensar para nada en los versos sueltos, los que no riman con entusiasmo, ni con beneficio, ni con estabilidad ni mucho menos, con futuro. Si acaso, con subsistencia.
         Los listos que todo lo saben se han afanado en hacer un cuidado soneto, de esos que incluyen términos como paraíso, néctar, flores, amanecer y horizonte brillante. Sin versos sueltos que estropeen su rima perfecta. Han titulado su poema como “Fin de la Crisis”, con cada línea, cada verso, medido hasta la exactitud, sin una sílaba más, sin rimas malsonantes. Para leerlos y comentarlos en círculos selectos y con las puertas y ventanas cerradas para que no distraiga el paisaje de fuera.
        Les sonará bien a los de siempre, a los que hablan de déficit, de deuda, de austeridad (para otros) y demás conceptos que no caben en nuestra forma de entender la poesía; pero habrá millones de versos sueltos. Solidaridad no rima con usura, paz no rima con guerra; ni trabajo con paro, ni confianza con miedo, ni futuro con presente, ni muerte con vida, ni compartir con robar. Ni ser con estar. Ni salario con pobreza. Ni recuperación con explotación.
        Resulta que ahora a los listos que todo lo saben no les salen las cuentas. Han dejado fuera de su poema neoliberal demasiados versos sueltos, demasiados pobres, la clase media empobrecida, trabajadores con salarios y condiciones medievales. Se han pasado, y eso también es malo para ellos.
        Para muchos es demasiado tarde. Se han quedado por el camino de la “recuperación”. Pero tal vez estemos a tiempo de buscar nuevos poetas, de encontrar quien haga versos de verdad, desde el corazón y con corazón. Aunque no sean tan listos. Aunque no lo sepan todo.  

miércoles, 21 de junio de 2017

Desde Macondo ¿QUÉ HARÍAS TÚ?

… En un ataque preventivo de la URSS. Ya no existe el Telón de Acero ni, en teoría, esa amenaza latente que nos pesaba como una espada de Damocles, siempre sobrevolando nuestras cabezas. Cayó el muro y pasó la Guerra Fría. Hoy hay cientos de vallas, con concertinas y sin ellas, de fronteras más inexpugnables que cualquier pared de hormigón, de guerras de todos los tamaños y de enemigos que se llaman bombas y balas, pero también responden a otros nombres, al de hambre, miedo, desesperación…
        Y la pregunta es la misma ¿Qué harías tú? Es la que tendríamos que hacernos todos en lugar de hablar de pasada de refugiados, de comentar el tema como se comenta el tiempo, una jugada de fútbol o la última salida de tono del político de turno.
        No sé qué haría. Me lo pregunto cada vez que los medios nos obsequian con alguna de las “historias humanas” de los inmigrantes. Como si no lo fueran todas. Humanas, digo. De cuando en cuando, se pone cara y nombre a alguno de los dramas por los que pasamos de puntillas, unos minutos en los informativos y alguna foto más o  menos impactante de un niño tirado en la playa, o una madre que se aferra a su bebé muerto, o un padre desesperado porque ha perdido a toda su familia.
        En un alarde de humanidad nos dicen que se llaman Aylan, o Ahmed o Leyla; que salieron de su país hace meses y han atravesado a pie una docena de países para llegar muy cerca de nosotros, pero a conveniente distancia; o que no habían visto el mar hasta que una noche oscura se embarcaron en una pequeña barca de plástico, de esas que vemos en las piscinas y en las playas.
        Y yo no sé qué haría. No sé si sería capaz de echarme al mar con un bebé de siete días y tres hijos más, sin comida, con lo puesto y viajando hacia un horizonte incierto. No sé si el amor de madre, el miedo o la desesperación, me empujaría a emprender el camino. No sé a qué grado de desesperación hay que llegar para poner rumbo a lo desconocido, para embarcarte y embarcar a los tuyos en una travesía sin final conocido. Todos tendríamos que hacer este ejercicio, pensar qué haríamos y, sobre todo, qué horror y qué infierno deben estar viviendo quienes deciden salir de su país.
        No se trata de conmoverse e indignarse puntualmente, cuando vemos una larguísima fila de cadáveres, de todos los tamaños, tapados con sábanas en cualquier playa del Mediterráneo. Ni de secarnos los ojos con el pico del pañuelo mientras vemos la impotencia de un voluntario de cualquier ONG con un pequeño cuerpo en brazos, rescatado demasiado tarde de las aguas.
        No basta con tragarnos la ración diaria de salvamentos en el mar, de lágrimas y mocos, de padres y madres desesperados embistiendo la valla de turno… Y a otra cosa. A ver qué pasa con el “Brexit”, o cuándo se arreglará el país, o si habrá o no nuevas elecciones. Más allá de decidir si “colocamos” a unos centenares de pobres refugiados, si a ti te cocan 58 y a mi 122, deberíamos pensar qué haríamos nosotros si viviéramos en Siria, o en Sudán o en Libia. Entonces, igual daríamos una respuesta diferente a quienes llaman a nuestras puertas.
        El primer Buendía buscaba el mar cuando emprendió con su familia la búsqueda de un lugar para vivir. Afortunadamente, nunca lo encontró. Y su estirpe se prolongó por siete generaciones. Hasta el diluvio.

jueves, 15 de junio de 2017

Desde Macondo. GAOKAO, SUNEUNG… Y BOTELLÓN

Media docena de coches en doble fila, dos docenas de cihcos y chicas, unos esperando turno y otros armados ya con bolsas de plástico repletas de botellas. Nada de particular, a las puertas de uno de los muchos establecimientos en los que los jóvenes se aprovisionan convenientemente de alcohol.  Lo de cada fin de semana, y ocasionalmente, cada jueves. 
        Nada fuera de lo normal, aún estando en la semana de los exámenes de Selectividad, EvAU, como se llama ahora, en los que, en teoría, se tiene que dilucidar, o al menos encaminar, el futuro de cuantos se dirigían alegremente, y por la “coincidencia” que el establecimiento de marras está regentado por orientales, y porque ese mismo día había estado leyendo un amplio informe de cómo afrontan las pruebas de acceso a la Universidad en dicha parte del mundo. En Corea y en China. 
        El 'gaokao' o examen anual de acceso a la universidad es considerado como un punto de inflexión para el futuro de millones de jóvenes chinos. Un buen resultado en la prueba asegura una plaza en los centros de más nivel en China y abre las puertas a mejores oportunidades de trabajo en un mercado laboral cada vez más competitivo. Las familias se endeudan buscando profesores privados y los jóvenes dedican 18 horas del día a estudiar sin distracciones. Los centros educativos  son superestrictos, porque también a ellos les va. Parte de la financiación de los centros educativos depende de los resultados de los alumnos en el gaokao. Los que sobresalen reciben más dinero, con lo cual pueden contratar a mejores profesores, pagarles más y renovar las instalaciones.
        En Corea del Sur, el examen se llama “Suneung”. Cambia el nombre pero la historia es la misma. O peor, que el país lleva años siendo uno de los países con el mayor índice de suicidios de estudiantes de la OCDE. 878 estudiantes se han quitado la vida entre 2009 y 2014. Y gran parte de ellos lo han hecho en estas fechas, que se afrontan como una operación casi militar en la que las autoridades dan órdenes para que se retrasen las aperturas de negocios, la Bolsa, los vuelos comerciales o los de los aviones militares, y un pelotón de voluntarios y agentes se despliegan por las calles para facilitar el tráfico y facilitar la llegada de los alumnos a los centros donde realizarán las pruebas. 
        Por no hablar de que en los días previos a esa cita, templos budistas e iglesias cristianas suelen estar repletos de madres que portan los retratos de sus hijos y rezan bajo la convicción de que su fe reforzará las posibilidades de los chavales en los exámenes.
        Que hasta los dioses son necesarios cuando se habla de futuro, aunque aquí no lo entendamos así. No lo entienden los jóvenes, que piensan que se les va a aparecer la Virgen para iluminarlos; o que están desengañados viendo los camareros, los taxistas o los que friegan platos en cualquier país europeo con dos carreras y un máster; no lo entienden los padres, demasiado permisivos y muy dados a decir eso de que son cosas de la juventud.
        Y no lo entienden, y es peor, los gobernantes, con sus erráticas leyes educativas, encerrados en esa falsa recuperación que se traduce en trabajos precarios ligados a la estacionalidad y al turismo, por el que se aplauden cada día a sí mismos, y están encantados de haberse conocido. Les queda muy lejos la agitación del Gaokao y del Suneung. Y hasta de la Selectividad sin Platón ni Kant que se han inventado.
        Así no se conquista el futuro. Ni siquiera el imperfecto. 

miércoles, 7 de junio de 2017

Desde Macondo. TRABAJO Y POLISEMIA

Leyendo y escuchando las cifras del paro, me ha venido a la mente, cada vez más caprichosa (será por la edad), la definición de polisemia, casi tal y como o aprendí de niña, allá por la Prehistoria. Una palabra polisémica es la que tiene más de un significado. Al menos, cuando yo estudiaba, que ahora las cosas han cambiado mucho. Aún me acuerdo de los ejemplos: cabo, como accidente geográfico, como mando militar o como final de una cuerda; y cresta, de gallo o de una ola; y sierra, instrumento de carpintero o sucesión de montañas, o cura, como sacerdote o remedio médico). Y muchas más, que la lengua de Cervantes, sin recortar, es infinita.
          Y os preguntaréis qué tiene que ver la polisemia con el tema que me la ha recordado. Para empezar, el término “paro” también es polisémico, Acción y efecto de cesar en el movimiento o en la acción; huelga; Situación de quien se encuentra privado de trabajo o conjunto de todas aquellas personas que no están empleadas porque no encuentran trabajo. El diccionario también admite el término como el subsidio que perciben las personas que están en situación de desempleo.
          Pues ya veis. 111.908 personas ya no están en las listas del INEM. Por varias razones, pero, en principio, porque han encontrado un puesto de trabajo. Y volvemos a la polisemia. Trabajo, según el diccionario, es una ocupación retribuida; es también esfuerzo humano aplicado a la creación de riqueza (en contraposición a capital). Puesto, es el lugar o sitio señalado para la ejecución de algo.
          Nada nos dice la RAE, que no está para eso, de tiempo, ni de salario, ni de condiciones. Puesto de trabajo puede referirse a seis horas semanales, a doscientos euros, a fines de semana interminables a cincuenta euros la jornada, a minijobs, a retribución que te permite comer, o pagar el alquiler o la hipoteca, a independizarte, a sobrevivir, a emprender un proyecto de vida, a ser becario hasta los cuarenta y, por supuesto, a prestar servicios por debajo de ese salario mínimo que dónde andará.
          La letra pequeña nos cuenta que sólo el 8,25% de los contratos son indefinidos. La precariedad crece a una velocidad de vértigo. Por primera vez en la historia se han firmado más de dos millones de contratos en un solo mes. Y hay otros números inquietantes. Uno de cada cuatro contratos dura una semana o menos; la duración media de los temporales se acorta sobre la de hace 10 años, 54,6 días frene a 81 días. Por cada nuevo afiliado al régimen general hizo falta firmar 11,34 contratos.
          Todo eso y mucho más cabe en la fría cifra de reducción de los inscritos en las oficinas de empleo. Hemos llegado al punto de cambiar el significado de las palabras para llamar puesto de trabajo a lo que antes sería un mero complemento, una actividad al margen para sacarse unas perrillas adicionales. A lo largo de la Historia, han sido millones los que han prestado sus servicios por la comida y el alojamiento, y eso también era trabajo.
          La crisis inventada que ha puesto el mundo al revés, ha cambiado también el significado de las palabras. Hemos sustituido resignación y supervivencia  por justicia y dignidad , que no admiten otro significado.
          No son palabras polisémicas.

jueves, 1 de junio de 2017

Desde Macondo. HUMANIDAD EN VENA

En estos tiempos, en los que nos han convertido el cerebro en calculadora y una cartera ocupa el lugar del corazón, en los que los  planes de estudio no contemplan la enseñanza del latín ni de la filosofía, incluyen la historia como parte de la asignatura de ciencias sociales, y la literatura se aborda en las clases de lengua, y se ha catalogado como poco menos que inútil el aprendizaje de las artes, me ha llamado poderosamente la atención una iniciativa que, por razones personales he conocido de cerca.
        La han llamado “Música en vena” y no podrían haber encontrado un nombre mejor. Justo cuando las cabezas pensantes deciden que no vale para nada dedicar tiempo y esfuerzo a las artes, que las miran con desprecio como “marías”, un grupo de entusiastas demuestran (porque descubierto estaba desde hace siglos), que la música cura. Y se han puesto a ello. De forma voluntaria, arrastrando sus guitarras, sus violines, sus clarinetes o sus flautas por las UCI, las unidades de neonatos o las de rehabilitación de los hospitales. Cosechando sonrisas, y miradas de agradecimiento y, me consta, yéndose a casa con el corazón más grande, pugnando por salir del pecho, aunque no haya nada en la cartera.
        Son los MIR, los Músicos Internos Residentes, como se han bautizado, en un nada descabellado propósito de conseguir que se normalice la actividad, que este “tratamiento especial” pueda, de alguna forma, ser una salida profesional, una forma de ganarse la vida mientras alegran y mejoran las de otros. Como han hecho los músicos de toda la vida de Dios, desde que el mundo es mundo. Y la poesía, y la pintura, y la poesía. Y los libros.
        Cualquiera de esos “conocimientos inútiles” que quienes diseñan los planes de estudios y pretenden diseñar el mundo como si fuera un traje a su medida, con una mentalidad completamente materialista y poblado únicamente por homo economicus, quieren borrar de la faz de la Tierra, sin pararse a pensar, porque no da dinero, que de las Humanidades y las Artes depende nuestra visión del mundo, que gente mucho más lista que ellos han demostrado, por ejemplo, que la música tiene efectos positivos en el desarrollo cognitivo, creativo, intelectual y psicológico de los niños. Incluso se ha demostrado que la música estimula el hemisferio izquierdo del cerebro, el encargado del aprendizaje del lenguaje, los números y el uso de la lógica.
        Y también cura. No sé si “Música en Vena” tendrá la receta, la fórmula magistral para salvar a nuestra enferma sociedad occidental, empeñada en convertirnos en simples piezas de engranajes desechables y sustituibles ante el menor signo de desgaste en nuestra capacidad productiva.
        Ya lo dijo el ministro de Educación, José Ignacio Wert: "Hay asignaturas que distraen". Pues prefiero una y mil veces distraerme con la música, con la poesía, buceando en la historia; con cualquier “maría” de las que nos dotan a los individuos de alma, de sentido y sensibilidad.
        De humanidad en vena.

miércoles, 24 de mayo de 2017

Desde Macondo. LAS CORRUPCIONES

Ahora que la corrupción es una sección fija en los periódicos, un “cintillo” como se decía en la moribunda prensa de papel, “Internacional”, “Local”, “Sucesos”, “Sociedad” o “Deportes”, ahora que el término está incorporado plenamente a nuestras charlas familiares, a las de barra de bar y hasta a nuestras conversaciones con nosotros mismos, me ha venido a la memoria un libro que leí hace muchísimos años, cuando no se hablaba de corruptos (porque haberlos, los había), y cuando aún creíamos en algo. En nosotros mismos, también.
        “Las Corrupciones, de Jesús Torbado, periodista en una época en que el periodismo ilusionaba, no tenían nada que ver, o sí, con las que ahora nos ocupan y nos preocupan. Era un libro extraño construido sobre la teoría de que el ser humano se va corrompiendo a medida que pierde la fe en Dios, la fe en los hombres y la fe en uno mismo.
        Entendiendo a la divinidad en genérico como lo que nos hace distinguir el bien del mal, lo justo de lo injusto, es obvio que no le hacemos mucho caso. Y aunque de cuando en cuando algo nos haga mantener la esperanza en el género humano, lo que nos rodea tampoco nos da muchas alegrías que digamos. Quedamos nosotros, cada cual con su conciencia y a menudo, ni nos soportamos.
        No sé qué moral o qué conciencia puede impulsar a alguien a robar a manos llenas mientras niega el pan y la sal a sus semejantes. Cuesta trabajo creer que alguien puede disfrutar de yate, piscina, mariscadas y casoplones, sabiendo que todo eso supone menos hospitales, menos colegios, menos pensiones, miles y miles de familias viviendo a duras penas, de gente empobrecida…
        Las corrupciones, de las que hablamos tan a la ligera, no son millones aparecidos como por ensalmo en una cuenta suiza o en el altillo de la casa de un sufrido suegro. Y los corruptos no son listillos que han visto la oportunidad de apañarse sus vidas, las de sus hijos y las de sus nietos. Es el concepto que hay que cambiar, cada día, en cada momento, desde por la mañana, antes de mojar en el café, con la tostada, el “caso del día”.
        Nos están corrompiendo a todos. Las encuestas nos cuentan, día sí, día también, que volverían a ganar los mismos, que estamos resignados a que nos roben, que hemos interiorizado, hasta hacerlo dogma de fe, eso de que siempre ha habido ricos y pobres.
        Como en el libro del que hablaba arriba, hemos olvidado los conceptos de bien y mal, de moral e inmoral, de justo e injusto; hemos perdido la fe en los hombres y damos todo por inevitable. Pero la peor de las corrupciones es perder la fe en nosotros mismos. Y en esas estamos.