Pensamientos, ideas, palabras que engulle la arena en el mismo instante en que se han escrito

miércoles, 16 de agosto de 2017

Desde Macondo. AGOSTICIDIO

¡Vaya agosto que nos están dando! Ya ni recuerdo cómo era, cómo debería ser, el mes de vacaciones por definición y de letargo, por extensión. En poco tiempo ha pasado de ser un mes amable, vacacional, final de lo malo y principio de muchas cosas buenas, mes de reencuentros y soledades, de bullicio y tranquilidad, a gusto del consumidor, a convertirse en una sucesión de días sembrados de inquietudes y rollos más malos que buenos.
          Si tuviera que definir el término “agosticidio”, ya que la Real Academia aún no lo admite (todo se andará), diría que no es sólo “matar” al mes de agosto, sino algo mucho más doloso, que es continuar con la matraca de todo el año, pensando además que pasaremos todo por alto, bien sea por encontrarnos en otra dimensión (física o personal), o porque el calor nos vuelve más comprensivos. O más pasotas. O más tontos.
          Hasta hace unos años, las agresiones al mes de agosto eran llevaderas. Con agosticidad, premeditación y alevosía, nos levantaban las calles y bacheaban las carreteras, a veces, hasta daban el último empujón a un edificio histórico cuya demolición había levantado las iras de la gente. O subían alguna que otra tarifa de luz o de agua. Y poco más. El resto de las noticias las ocupaban las fotografías de playa de los famosos, algún divorcio que otro o las vacaciones de la familia real. Un par de incendios, los accidentes de tráfico y las recomendaciones sobre la ola de calor.
          Nada que ver con amenazas independentistas, con turismofobias y mucho menos, con una guerra nuclear en el horizonte, producto de las peleas de gallos del querido líder norcoreano y el no menos querido presidente de los Estados Unidos. Por no hablar de las desoladoras noticias que vienen del Mediterráneo, cementerio de inmigrantes, o de la factura del Brexit, que nos la quieren colar aprovechando los calores. O de las marchas por la supremacía blanca, que creíamos que habían desaparecido con Hitler primero y los esfuerzos de Luther King y Mandela después. Ni de Venezuela, por supuesto., que aunque os parezca increíble, en otros agostos no salía en los telediarios y mucho menos en los discursos de los políticos.
          Pero agosto ya no es lo que era. Claro, que nosotros tampoco. La media-o la mitad de un cuarto-de España que está de vacaciones, sigue pendiente de la economía, las corrupciones, el “procés”… Y el resto, pasa los largos días del mes vacacional por excelencia maldiciendo la crisis que le ha dejado sin playa o montaña y haciendo cuentas.
          Agosto ya no es el mes de paso hacia septiembre. Tiene entidad propia. No es el mes de las serpientes de verano, porque lo han convertido en un monstruo de cien cabezas. La maldita crisis que ha acabado con tantas cosas, y ha dejado el mundo al revés, ha matado el mes de agosto.
          Y entre mirada y mirada a lo que pasa ahí fuera, una echa de menos esos agostos de antes. Sol, moscas, y tranquilidad.  Y desconexión.

miércoles, 9 de agosto de 2017

Desde Macondo. EL FANTASMA DE CANTERVILLE (Turismofobia)

Leyendo el enésimo episodio de “turismofobia”, actividad de moda este verano, me ha venido a la cabeza un divertidísimo cuento de Oscar Wilde, El Fantasma de Canterville, que salvando siglos y distancias, tiene mucho que ver con lo que estamos viviendo ahora.
          En la Inglaterra del siglo XIX, unos americanos modernísimos se alojan en un vetusto castillo, perturbando la paz de sus moradores, en concreto, del fantasma de Sir Simon, que lleva trescientos años viviendo allí, sin que nadie le falte al respeto. Los yanquis, modernos y poco dispuestos a que nadie les fastidie las vacaciones, “pasan” del espectro y de sus intentos por recobrar la paz perdida, y no se asustan para nada de las “apariciones”. Al contrario, intentan combatirlas  utilizando distintos productos modernos como detergentes, aceite para cadenas, etc. Vamos, que ni renuncian a su forma de vida ni muestran respeto por la que han invadido.
          Como todos, también he hecho turismo. Y también me he preguntado, especialmente en lugares remotos que se han puesto de moda por una u otra causa, qué pensarán los lugareños, la gente que de pronto ve invadida su plaza, sus calles, su río, por una horda de ruidosas personas con sombreros y  pantalón corto,  cámara en ristre, acabando en lo que tarda en aparcar un autobús, o lo que es peor, un crucero, con la paz y la tranquilidad habitual.
          Por no hablar de las espeluznantes imágenes de playas abarrotadas, sin un huequito para poner la toalla, de las largas colas para visitar tal o cual monumento o de las esperas interminables para conseguir una ensalada y una tortilla en cualquier chiringuito. Muy buenas noticias para el PIB, para la hostelería, para las empresas turísticas y para el empleo (aunque esto merece una columna aparte), pero hay más cosas aparte del dinero.
          Marean las cifras que manejan los gobernantes orgullosos. Los millones de turistas extranjeros o españoles, los euros que se gastan al día, los índices de ocupación hotelera, la bajada, temporal y puntal del paro, pero bajada al fin y al cabo. Pero hay otros datos que no salen. O que están saliendo ahora. Los de la “turismofobia”.
          Es más que preocupante que en zonas turísticas falten médicos o enfermeros o maestros, porque todo gira en torno al turismo, porque no hay salario que resista el alto precio de los alquileres, enfocados siempre a los visitantes. O que espacios naturales singulares, que han permanecido ahí por los siglos de los siglos, se estén degradando a pasos agigantados, a golpe de vertidos, plásticos, basuras y desechos propios de la masificación. O que no se pueda caminar por las calles de tu ciudad, de tu pueblo, sin toparte con una horda de borrachos que celebran eso, que están en España y de vacaciones.
          Es un tópico hablar de turismo sostenible, pero hay que encontrar la fórmula de hacer compatible una cosa con otra, o acabaremos matando la gallina de los huevos de oro. La turismofobia ha llegado para quedarse. No se trata de incidentes aislados, y por supuesto reprochables, como quemar autobuses o lanzar huevos a los hoteles o boicotear unas fiestas multitudinarias.
          Es algo más serio y estamos a tiempo de atajarlo, de conseguir una entente cordial que permita la convivencia, aunque haya que bajar algún punto en el PIB. El fantasma de Canterville, sir Simon, logró al final conmover a los americanos, y pudo descansar en paz.

miércoles, 2 de agosto de 2017

Desde Macondo. CONCIERTO PARA INSTRUMENTOS DESAFINADOS

No ha empezado bien el “concierto” de agosto. Las concertinas, en lugar de música agradable, de sonidos tradicionales, invitando a fiesta y diversión, nos han dejado un coro de ayes y lamentos a los que difícilmente podemos sustraernos, por mucho que nos tapemos los oídos.
          No sé quien tuvo la diabólica idea de llamar concertinas a las cuchillas que siegan como hoces las ansias de futuro de los inmigrantes subsaharianos. Tal vez alguien que quiso dejar claro que en este concierto de instrumentos desafinados en que se ha convertido nuestro día a día, la única música que nos es dado escuchar es el llanto y el lamento.
         Se llama concertina a una especie de acordeón de forma hexagonal u octogonal. Algo así como el bandoneón que acompañaba a Gardel cuando cantaba eso de que “el mundo siempre fue y será una porquería”. En masculino, el concertino es el violín primero en una orquesta, el que da la nota, el más brillante. En uno y otro caso, sea del género que sea, nada que ver con dolor, sangre y destrucción.
          Y agosto ha empezado sonando mal. Decenas de inmigrantes saltando la valla de Melilla, y otra vez los espantosos cortes en brazos, manos, piernas, costados… Las concertinas en plena ejecución de un réquiem de notas sobrecogedoras, de una partitura que recoge el mundo que estamos construyendo.
          Si son insoportables las imágenes diarias de cuerpos rescatados del mar, de ahogados de todas las edades alineados en cualquier playa de España, Italia, Grecia o Libia, aún son más dolorosas de ver las de las crueles heridas infringidas por las cuchillas de la muerte.
          No es por la sangre, que también. Ni por la carne desgarrada, que nos pone los pelos de punta. Creo que es porque reflejan claramente lo que somos capaces de hacer con nuestros propios medios, sin echarle la culpa al mar insondable o a los malvados traficantes, o a las mafias, o a las guerras. Nosotros solitos, para salvaguardar nuestra forma de vida. Sin molestas injerencias.
          Los directores de esta orquesta inhumana y cruel nos han cambiado la letra y la música. Y hasta los instrumentos. No hay en su partitura notas para la solidaridad, el respeto, la compasión, la melodía esperanzadora que te transporta a un mundo mejor o que, al menos te aleja temporalmente de éste. La batuta ha mutado en sable o en tijeras. En esas vallas con cuchillas insalvables. Con concertinas. Todos los instrumentos están desafinados. Tocan en su propia clave, a su compás. Sin armonía que valga.
          Y han convertido el mundo en  un concierto de instrumentos desafinados.

miércoles, 26 de julio de 2017

Desde Macondo. EL WEST EXPRESS

Corrían los años 60 del siglo XIX cuando culminaba la magna obra de unir la red de ferrocarriles del Este de los Estados Unidos con California, en la costa del Pacífico. Se finalizó con la famosa ceremonia Golden Spike (Clavo de Oro), que daba inicio a una auténtica revolución en la población y la economía del Oeste estadounidense, enterrando para siempre las famosas caravanas de carromatos que todos hemos visto en las películas.
          Fue uno de los mayores logros de la presidencia de Abraham Lincoln apoyado con fuerza por el gobierno. Y fue la vía directa a la modernidad y al desarrollo. Es Historia, no ciencia-ficción, y la Historia, como sabéis, está para que aprendamos de ella, en lo bueno y en lo malo, para tomar lo que nos ha hecho avanzar y para no repetir errores.
          En teoría, claro. Considerando la extensión de la América del Norte, los kilómetros que van de Oriente a Occidente, los Estados que hay que atravesar, las montañas, los lagos, los desiertos, los mil y un accidentes geográficos, y los tiempos, sin la enésima parte de los medios materiales que existen ahora, indigna mucho más ver esta España pequeñita partida en dos. Con tren y sin tren.
          Porque sí. Porque nuestros Atlántico y Pacífico particulares tienen distinta consideración en los despachos; porque alguien ha decidido que sigamos con los carromatos y los tristes apeaderos, con las polvorientas estaciones en las que sólo paran las diligencias  cerrando la puerta al bienestar y el progreso de casi la mitad del país.
          Y hay que aferrarse con uñas y dientes al último tren que nos queda. Ya nos han quitado demasiadas cosas, ya nos han aislado por encima de lo soportable y no pueden condenarnos a andar en diligencia. Ya no hablamos de Alta Velocidad (¿Dónde andará?), ni de conexiones con esa Europa desgarrada e inconexa. Hablo de un tren digno, y medianamente rápido, que nos haga de cordón umbilical con otros puntos del país y nos permite aferrarnos a la idea de que no somos una isla, aislada y a la deriva condenada a cien o a mil años de soledad.
          Cuando Aureliano Triste decidió vincular Macondo con el resto del mundo sólo pronunció una frase: Hay que traer el ferrocarril. Y unos meses después, un  tren amarillo atravesaba la población entre silbatazos y resoplidos. En sucesivos viajes, el tren trajo la electricidad, y el cine, y el gramófono. Cada miércoles a las 11 bajaban de sus vagones personajes extraños con inventos que dejaban a todos boquiabiertos. Que los conectaban con el presente y el futuro. Y Macondo empezó a ser ciudad. Comenzó a ampliarse el negocio del hielo, las gentes iban y venían y hasta llegó la fiebre del banano. Hubo un antes y un después del ferrocarril, como en todas partes.
           El primer tren, con Rey incluido, llegó a Talavera en 1876, repleto de futuro. Cuando el tren se marchó de Macondo por última vez, iba cargado de muertos. Tres mil decían. O tal vez muchos más.

miércoles, 19 de julio de 2017

Desde Macondo. SAPOS Y CULEBRAS

No sé en qué momento cambiaron las estaciones. En todo. No sólo en lo meteorológico, que también, por aquello de que nos estamos cargando el planeta. Pero hablo de otra cosa, del transcurrir normal de los días, las semanas, los meses… El otoño, comienzo de casi todo; el invierno, inevitable para esperar tiempos mejores; la primavera, promesa de nueva vida. Y del verano, fin de ciclo a la espera de volver a empezar.
          Con su sopor, sus calores, los días larguísimos esperando el fresco de la noche. La vida entre paréntesis con todo lo importante esperando hasta septiembre. Lecturas intrascendentes, diversiones más orgánicas que otra cosa, playa, siesta y terrazas. Y periódicos delgaditos, llenados a duras penas con fiestas de pueblo, reportajes intemporales, consejos de salud o de cocina, apuntes de viajes, imágenes de playa y pueblos, de aeropuertos repletos, de sombrillas y maletas o de largas colas de operaciones salida-retorno.
          Y poco más. Algún suceso y las inevitables “serpientes de verano”, que daban mucho juego a la hora de enfrentarse a la página en blanco. Así en todas partes. También en Macondo, cuando coincidiendo con el calor llegaban los gitanos , siempre con algo nuevo con lo que entretener los largos y sofocantes días. Una vez fue el hielo, nunca visto por aquellos calurosos lares; otra, el imán, al que se pegaban cucharas y sartenes como por arte de magia, y la lupa, que podía crear el fuego sólo con dirigirla al sol; y el catalejo, que mostraba las montañas más allá de la ciénaga. Y hasta una presunta alfombra voladora.
          Y así, mucho más allá de cien años de soledad. Siempre. Las serpientes de verano han dado mucho juego para entretener las tertulias en las terrazas, los corrillos en las plazas y los atardeceres al fresco del patio. Asomando julio, y antes a veces, cualquier periódico o  noticiero de radio y televisión tenían su propia historia para pasar los meses de sequía informativa. Desde avistamientos de OVNIS hasta descubrimientos más o menos famosos, antiguas historias con pistas nuevas, crímenes espeluznantes que volvían a la luz o simplemente, amores y desamores de personajes y personajillos.
          Eran bichitos inofensivos, entretenidos, curiosos, que volvían a su guarida apenas asomaba septiembre. Pero en algún momento, a traición, mutaron en sapos y culebras. En los peores bichos que la naturaleza, la Historia o la Mitología, nos han dejado de herencia. La Hidra, la Gorgona, la Medusa, la serpiente emplumada y hasta la de Adán y Eva que nos expulsó para siempre del Paraíso condenándonos a ganar el pan con el sudor de la frente.
          Ahora hablamos, también en verano, de economía, de corrupciones y juzgados, de paro, de precariado, de “nimileuristas”, de trabajo basura, de pateras, que se multiplican con los calores… Hasta he leído que la Unión Europea ha prohibido vender balsas hinchables a Libia para que no vengan más inmigrantes…
          Hemos creado un monstruo y ahora nos engulle sin remedio. No hay forma de acercarse a una página impresa, de encender un aparato de radio o de zambullirse en la red sin que encontremos un “bicho” que nos amargue lo que debiera ser un plácido día de verano. Nos persiguen en casa, en la playa, en la siesta inquieta; se cuelan, como serpientes, en los paseos mañaneros de los pueblos, en las charlas nocturnas buscando el fresco.
          Los sapos y culebras que nos han colonizado han terminado con las estaciones, con el normal discurrir de los días, porque se quedan todo el año, engordando y alargándose. Confundiéndonos y haciéndonos añorar esos veranos de antes, cuando no había noticias que echarse a la boca. Ni falta que hacían.

miércoles, 12 de julio de 2017

Desde Macondo. SOLEDADES, GALERÍAS Y CUENTAS CORRIENTES

El poeta tendría que cambiar, de haberlo escrito hoy, el título de su obra. Rosario, a secas, sin apellido, tuvo sus soledades, tal vez sus “galerías”, sus buenos y malos momentos, en una vida que desconocemos. Pero no tendrá más poemas, porque se acabó su cuenta corriente.
        Así de fácil. Sin ningún lirismo, sin una rima hermosa que echarse al alma. Saldo, cero cero euros. Y no es ficción. Es la vida real, sin cuidadas estrofas, sin sonetos perfectos, sin versos medidos y rimas impecables. Hasta sin los musicales y rotundos versos libres.
        Nadie había visto a Rosario en mucho tiempo. Sin concretar cuánto. El coche estaba en el garaje; el buzón, a rebosar. Qué pesados los de la publicidad. Las ventanas no se abrían nunca, pero las persianas no estaban echadas. Nadie subía ni bajaba de su piso. Nadie llamaba a su puerta. Pero todo estaba bien. Seguía pagando el alquiler. Puntual y escrupulosamente.
         Hasta que dejó de hacerlo y saltaron las alarmas. Se había agotado la cuenta corriente, y esto ya era grave. Había que actuar. La pasada semana fue encontrada momificada y tirada en el pasillo de su casa. Llevaba 7 años muerta. Siete años, que podrían haber sido 20 o más, si su cartilla hubiera sido más abultada.
         Rosario no era una anciana inválida. Tenía 59 años. Sólo 52 la última vez que alguien recuerda verla con vida. Tampoco vivía en una remota casa de campo, que el escenario de la vergüenza es un bloque de pisos de una capital gallega. Nadie ha reclamado sus cenizas, nadie sabe si tenía familia. Nadie  sabe nada de su vida ni de su muerte. Sólo sabemos que se agotó su cuenta corriente, y con ella, sus soledades, su poema triste sin final feliz. Como esos versos sombríos de Machado, girando en torno a la fugacidad de la existencia, a la tarde, como símbolo del declive del día y de la existencia.
         Y pienso en Rosario en el pasillo. En sus últimos momentos. Tal vez buscando ayuda, buscando una salida o intentando abrir la puerta para dejar salir la soledad, para, en el último momento, respirar un soplo de poesía, ver un rayo de luz que la reconciliara con la condición humana. Esa que la olvidó hasta que se agotó el dinero en el Banco.
        No ha sido una noticia más leída en media columnita de un diario cualquiera. Me va a costar olvidarme de Rosario y sus soledades, como me cuesta digerir que alguien pueda pasar por la vida, y por la muerte sin hacer ruido, sin que nadie lo advierta hasta que las monedas dejan de tintinear, sin otro documento de identidad que un triste recibo de alquiler. Que tiene muy poco de poesía y que no rima con humanidad, ni con compañía. Ni con sociedad.
        Tras su fallecimiento, el gitano Melquiades volvió a Macondo porque no soportaba la soledad de la muerte. Aquí no habría soportado la soledad de la vida.

miércoles, 5 de julio de 2017

Desde Macondo. ECONOMÍA COLABORATIVA

El diccionario nos dice que una de las acepciones de colaborar es “ayudar con otros al logro de algún fin”. Y Economía, también de acuerdo con la Real Academia, es la “Ciencia que estudia los métodos más eficaces para satisfacer las necesidades humanas materiales, mediante el empleo de bienes escasos”. Juntando y pegando, la llamada “economía colaborativa”, tan de moda (tristemente), debería ser ayudarnos entre todos a distribuir lo que hay, para que nadie pase necesidad. Más o menos.
      Así debería ser, si nos atenemos a la literalidad de los conceptos, pero es que la tan traída y llevada crisis ha removido todos los cimientos. Hasta los del lenguaje. Ya no se trata de compartir, vender o cambiar lo que te sobra o no usas, sea tiempo, una bicicleta o un apartamento, que los nuevos tiempos, además de consumidores de bajo coste, también nos han dejado "plataformas"de espabilados y trabajadores low cost. 
       Si la crisis ha convertido a muchos en consumidores de lo justo y menos, ello también tiene efecto directo sobre los costes (laborales y de otro tipo) de las empresas, que se han apresurado a reducirse. En el terreno del mercado laboral han aparecido cientos de miles de los llamados microworkers, trabajadores por horas o por ratos, pendientes durante toda la jornada de si entra o no una petición de trabajo en la plataforma en la que están registrados para realizar una pizca de lo que hasta ahora llamábamos trabajo, cobrando, por supuesto, un minisueldo, por tanto, una centésima parte de lo que debería ser un salario. Y para colmo, sustituyendo al asalariado por el autónomo. O el “emprendedor”, que dirían los chicos del Gobierno.
       En lo que ahora llaman economía colaborativa, entran, por ejemplo, Uber o Cabify, o Airbn, para alquileres, y hasta plataformas de reparto de comida a domicilio, como Deliveroo, cuyos trabajadores (autónomos-emprendedores), están ahora en pie de guerra, hartos de pedalear por toda la ciudad por una miseria, además de pagar sus cuotas, poner la bicicleta y hacerse cargo de las lesiones y las reparaciones.
       Eso no es colaborar. O sí, pero retorciendo el significado. Es ayudar a que engorden las cuentas de cuatro listos a costa de pasar penurias, de no llegar ni a mediados de mes y de borrar del diccionario el término futuro, porque, simplemente, no existe. 
      Muchos de nosotros, en algún momento de nuestra vida, hemos hecho “trabajillos” para ayudar a la economía familiar, para pagar las matrículas o los libros del curso o para pagar un extra. Desde vendimiar algunas semanas a dar clases particulares al hijo de la vecina, cuidar niños o lo que cada cual haya podido. Con la vista puesta en el mañana.
       Ahora es siempre hoy, que esta nueva economía parece haber venido para quedarse. Por encima de la justicia, de la solidaridad y del futuro. 
       José Arcadio, el primer Buendía de Cien Años de Soledad, dispuso las casas de manera que todos los habitantes podían llegar al rio con el mismo esfuerzo,  y el trazado de las calles permitía que a todas les llegara el sol al mismo tiempo. Y todos colaboraron para que  se convirtiera en la aldea más ordenada y laboriosa conocida hasta entonces. Pero esto fue en Macondo.

miércoles, 28 de junio de 2017

Desde Macondo. LOS LISTOS QUE TODO LO SABEN

El presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, autoridad económica y listo entre los listos, ha llegado a la conclusión de que la precariedad laboral es “una de las grandes causas de la mediocre recuperación”. Eso también lo digo yo, y no soy presidenta de nada, ni de la comunidad de vecinos. Soy más simple que comerse un huevo, y por eso me extraña que señor tan docto haya tardado tanto en señalar lo que todos vemos.
        Y ha rematado con una sesuda reflexión, que el subempleo y la temporalidad, dos de los efectos de las reformas laborales en países como España, han hecho que los salarios sean más flexibles para bajar, pero no necesariamente para subir”. Que le den el Nobel de Economía. A él y a todos los gurús de la recuperación, a los que se jactan de haber compuesto un hermoso poema, sin pensar para nada en los versos sueltos, los que no riman con entusiasmo, ni con beneficio, ni con estabilidad ni mucho menos, con futuro. Si acaso, con subsistencia.
         Los listos que todo lo saben se han afanado en hacer un cuidado soneto, de esos que incluyen términos como paraíso, néctar, flores, amanecer y horizonte brillante. Sin versos sueltos que estropeen su rima perfecta. Han titulado su poema como “Fin de la Crisis”, con cada línea, cada verso, medido hasta la exactitud, sin una sílaba más, sin rimas malsonantes. Para leerlos y comentarlos en círculos selectos y con las puertas y ventanas cerradas para que no distraiga el paisaje de fuera.
        Les sonará bien a los de siempre, a los que hablan de déficit, de deuda, de austeridad (para otros) y demás conceptos que no caben en nuestra forma de entender la poesía; pero habrá millones de versos sueltos. Solidaridad no rima con usura, paz no rima con guerra; ni trabajo con paro, ni confianza con miedo, ni futuro con presente, ni muerte con vida, ni compartir con robar. Ni ser con estar. Ni salario con pobreza. Ni recuperación con explotación.
        Resulta que ahora a los listos que todo lo saben no les salen las cuentas. Han dejado fuera de su poema neoliberal demasiados versos sueltos, demasiados pobres, la clase media empobrecida, trabajadores con salarios y condiciones medievales. Se han pasado, y eso también es malo para ellos.
        Para muchos es demasiado tarde. Se han quedado por el camino de la “recuperación”. Pero tal vez estemos a tiempo de buscar nuevos poetas, de encontrar quien haga versos de verdad, desde el corazón y con corazón. Aunque no sean tan listos. Aunque no lo sepan todo.  

miércoles, 21 de junio de 2017

Desde Macondo ¿QUÉ HARÍAS TÚ?

… En un ataque preventivo de la URSS. Ya no existe el Telón de Acero ni, en teoría, esa amenaza latente que nos pesaba como una espada de Damocles, siempre sobrevolando nuestras cabezas. Cayó el muro y pasó la Guerra Fría. Hoy hay cientos de vallas, con concertinas y sin ellas, de fronteras más inexpugnables que cualquier pared de hormigón, de guerras de todos los tamaños y de enemigos que se llaman bombas y balas, pero también responden a otros nombres, al de hambre, miedo, desesperación…
        Y la pregunta es la misma ¿Qué harías tú? Es la que tendríamos que hacernos todos en lugar de hablar de pasada de refugiados, de comentar el tema como se comenta el tiempo, una jugada de fútbol o la última salida de tono del político de turno.
        No sé qué haría. Me lo pregunto cada vez que los medios nos obsequian con alguna de las “historias humanas” de los inmigrantes. Como si no lo fueran todas. Humanas, digo. De cuando en cuando, se pone cara y nombre a alguno de los dramas por los que pasamos de puntillas, unos minutos en los informativos y alguna foto más o  menos impactante de un niño tirado en la playa, o una madre que se aferra a su bebé muerto, o un padre desesperado porque ha perdido a toda su familia.
        En un alarde de humanidad nos dicen que se llaman Aylan, o Ahmed o Leyla; que salieron de su país hace meses y han atravesado a pie una docena de países para llegar muy cerca de nosotros, pero a conveniente distancia; o que no habían visto el mar hasta que una noche oscura se embarcaron en una pequeña barca de plástico, de esas que vemos en las piscinas y en las playas.
        Y yo no sé qué haría. No sé si sería capaz de echarme al mar con un bebé de siete días y tres hijos más, sin comida, con lo puesto y viajando hacia un horizonte incierto. No sé si el amor de madre, el miedo o la desesperación, me empujaría a emprender el camino. No sé a qué grado de desesperación hay que llegar para poner rumbo a lo desconocido, para embarcarte y embarcar a los tuyos en una travesía sin final conocido. Todos tendríamos que hacer este ejercicio, pensar qué haríamos y, sobre todo, qué horror y qué infierno deben estar viviendo quienes deciden salir de su país.
        No se trata de conmoverse e indignarse puntualmente, cuando vemos una larguísima fila de cadáveres, de todos los tamaños, tapados con sábanas en cualquier playa del Mediterráneo. Ni de secarnos los ojos con el pico del pañuelo mientras vemos la impotencia de un voluntario de cualquier ONG con un pequeño cuerpo en brazos, rescatado demasiado tarde de las aguas.
        No basta con tragarnos la ración diaria de salvamentos en el mar, de lágrimas y mocos, de padres y madres desesperados embistiendo la valla de turno… Y a otra cosa. A ver qué pasa con el “Brexit”, o cuándo se arreglará el país, o si habrá o no nuevas elecciones. Más allá de decidir si “colocamos” a unos centenares de pobres refugiados, si a ti te cocan 58 y a mi 122, deberíamos pensar qué haríamos nosotros si viviéramos en Siria, o en Sudán o en Libia. Entonces, igual daríamos una respuesta diferente a quienes llaman a nuestras puertas.
        El primer Buendía buscaba el mar cuando emprendió con su familia la búsqueda de un lugar para vivir. Afortunadamente, nunca lo encontró. Y su estirpe se prolongó por siete generaciones. Hasta el diluvio.

jueves, 15 de junio de 2017

Desde Macondo. GAOKAO, SUNEUNG… Y BOTELLÓN

Media docena de coches en doble fila, dos docenas de cihcos y chicas, unos esperando turno y otros armados ya con bolsas de plástico repletas de botellas. Nada de particular, a las puertas de uno de los muchos establecimientos en los que los jóvenes se aprovisionan convenientemente de alcohol.  Lo de cada fin de semana, y ocasionalmente, cada jueves. 
        Nada fuera de lo normal, aún estando en la semana de los exámenes de Selectividad, EvAU, como se llama ahora, en los que, en teoría, se tiene que dilucidar, o al menos encaminar, el futuro de cuantos se dirigían alegremente, y por la “coincidencia” que el establecimiento de marras está regentado por orientales, y porque ese mismo día había estado leyendo un amplio informe de cómo afrontan las pruebas de acceso a la Universidad en dicha parte del mundo. En Corea y en China. 
        El 'gaokao' o examen anual de acceso a la universidad es considerado como un punto de inflexión para el futuro de millones de jóvenes chinos. Un buen resultado en la prueba asegura una plaza en los centros de más nivel en China y abre las puertas a mejores oportunidades de trabajo en un mercado laboral cada vez más competitivo. Las familias se endeudan buscando profesores privados y los jóvenes dedican 18 horas del día a estudiar sin distracciones. Los centros educativos  son superestrictos, porque también a ellos les va. Parte de la financiación de los centros educativos depende de los resultados de los alumnos en el gaokao. Los que sobresalen reciben más dinero, con lo cual pueden contratar a mejores profesores, pagarles más y renovar las instalaciones.
        En Corea del Sur, el examen se llama “Suneung”. Cambia el nombre pero la historia es la misma. O peor, que el país lleva años siendo uno de los países con el mayor índice de suicidios de estudiantes de la OCDE. 878 estudiantes se han quitado la vida entre 2009 y 2014. Y gran parte de ellos lo han hecho en estas fechas, que se afrontan como una operación casi militar en la que las autoridades dan órdenes para que se retrasen las aperturas de negocios, la Bolsa, los vuelos comerciales o los de los aviones militares, y un pelotón de voluntarios y agentes se despliegan por las calles para facilitar el tráfico y facilitar la llegada de los alumnos a los centros donde realizarán las pruebas. 
        Por no hablar de que en los días previos a esa cita, templos budistas e iglesias cristianas suelen estar repletos de madres que portan los retratos de sus hijos y rezan bajo la convicción de que su fe reforzará las posibilidades de los chavales en los exámenes.
        Que hasta los dioses son necesarios cuando se habla de futuro, aunque aquí no lo entendamos así. No lo entienden los jóvenes, que piensan que se les va a aparecer la Virgen para iluminarlos; o que están desengañados viendo los camareros, los taxistas o los que friegan platos en cualquier país europeo con dos carreras y un máster; no lo entienden los padres, demasiado permisivos y muy dados a decir eso de que son cosas de la juventud.
        Y no lo entienden, y es peor, los gobernantes, con sus erráticas leyes educativas, encerrados en esa falsa recuperación que se traduce en trabajos precarios ligados a la estacionalidad y al turismo, por el que se aplauden cada día a sí mismos, y están encantados de haberse conocido. Les queda muy lejos la agitación del Gaokao y del Suneung. Y hasta de la Selectividad sin Platón ni Kant que se han inventado.
        Así no se conquista el futuro. Ni siquiera el imperfecto. 

miércoles, 7 de junio de 2017

Desde Macondo. TRABAJO Y POLISEMIA

Leyendo y escuchando las cifras del paro, me ha venido a la mente, cada vez más caprichosa (será por la edad), la definición de polisemia, casi tal y como o aprendí de niña, allá por la Prehistoria. Una palabra polisémica es la que tiene más de un significado. Al menos, cuando yo estudiaba, que ahora las cosas han cambiado mucho. Aún me acuerdo de los ejemplos: cabo, como accidente geográfico, como mando militar o como final de una cuerda; y cresta, de gallo o de una ola; y sierra, instrumento de carpintero o sucesión de montañas, o cura, como sacerdote o remedio médico). Y muchas más, que la lengua de Cervantes, sin recortar, es infinita.
          Y os preguntaréis qué tiene que ver la polisemia con el tema que me la ha recordado. Para empezar, el término “paro” también es polisémico, Acción y efecto de cesar en el movimiento o en la acción; huelga; Situación de quien se encuentra privado de trabajo o conjunto de todas aquellas personas que no están empleadas porque no encuentran trabajo. El diccionario también admite el término como el subsidio que perciben las personas que están en situación de desempleo.
          Pues ya veis. 111.908 personas ya no están en las listas del INEM. Por varias razones, pero, en principio, porque han encontrado un puesto de trabajo. Y volvemos a la polisemia. Trabajo, según el diccionario, es una ocupación retribuida; es también esfuerzo humano aplicado a la creación de riqueza (en contraposición a capital). Puesto, es el lugar o sitio señalado para la ejecución de algo.
          Nada nos dice la RAE, que no está para eso, de tiempo, ni de salario, ni de condiciones. Puesto de trabajo puede referirse a seis horas semanales, a doscientos euros, a fines de semana interminables a cincuenta euros la jornada, a minijobs, a retribución que te permite comer, o pagar el alquiler o la hipoteca, a independizarte, a sobrevivir, a emprender un proyecto de vida, a ser becario hasta los cuarenta y, por supuesto, a prestar servicios por debajo de ese salario mínimo que dónde andará.
          La letra pequeña nos cuenta que sólo el 8,25% de los contratos son indefinidos. La precariedad crece a una velocidad de vértigo. Por primera vez en la historia se han firmado más de dos millones de contratos en un solo mes. Y hay otros números inquietantes. Uno de cada cuatro contratos dura una semana o menos; la duración media de los temporales se acorta sobre la de hace 10 años, 54,6 días frene a 81 días. Por cada nuevo afiliado al régimen general hizo falta firmar 11,34 contratos.
          Todo eso y mucho más cabe en la fría cifra de reducción de los inscritos en las oficinas de empleo. Hemos llegado al punto de cambiar el significado de las palabras para llamar puesto de trabajo a lo que antes sería un mero complemento, una actividad al margen para sacarse unas perrillas adicionales. A lo largo de la Historia, han sido millones los que han prestado sus servicios por la comida y el alojamiento, y eso también era trabajo.
          La crisis inventada que ha puesto el mundo al revés, ha cambiado también el significado de las palabras. Hemos sustituido resignación y supervivencia  por justicia y dignidad , que no admiten otro significado.
          No son palabras polisémicas.

jueves, 1 de junio de 2017

Desde Macondo. HUMANIDAD EN VENA

En estos tiempos, en los que nos han convertido el cerebro en calculadora y una cartera ocupa el lugar del corazón, en los que los  planes de estudio no contemplan la enseñanza del latín ni de la filosofía, incluyen la historia como parte de la asignatura de ciencias sociales, y la literatura se aborda en las clases de lengua, y se ha catalogado como poco menos que inútil el aprendizaje de las artes, me ha llamado poderosamente la atención una iniciativa que, por razones personales he conocido de cerca.
        La han llamado “Música en vena” y no podrían haber encontrado un nombre mejor. Justo cuando las cabezas pensantes deciden que no vale para nada dedicar tiempo y esfuerzo a las artes, que las miran con desprecio como “marías”, un grupo de entusiastas demuestran (porque descubierto estaba desde hace siglos), que la música cura. Y se han puesto a ello. De forma voluntaria, arrastrando sus guitarras, sus violines, sus clarinetes o sus flautas por las UCI, las unidades de neonatos o las de rehabilitación de los hospitales. Cosechando sonrisas, y miradas de agradecimiento y, me consta, yéndose a casa con el corazón más grande, pugnando por salir del pecho, aunque no haya nada en la cartera.
        Son los MIR, los Músicos Internos Residentes, como se han bautizado, en un nada descabellado propósito de conseguir que se normalice la actividad, que este “tratamiento especial” pueda, de alguna forma, ser una salida profesional, una forma de ganarse la vida mientras alegran y mejoran las de otros. Como han hecho los músicos de toda la vida de Dios, desde que el mundo es mundo. Y la poesía, y la pintura, y la poesía. Y los libros.
        Cualquiera de esos “conocimientos inútiles” que quienes diseñan los planes de estudios y pretenden diseñar el mundo como si fuera un traje a su medida, con una mentalidad completamente materialista y poblado únicamente por homo economicus, quieren borrar de la faz de la Tierra, sin pararse a pensar, porque no da dinero, que de las Humanidades y las Artes depende nuestra visión del mundo, que gente mucho más lista que ellos han demostrado, por ejemplo, que la música tiene efectos positivos en el desarrollo cognitivo, creativo, intelectual y psicológico de los niños. Incluso se ha demostrado que la música estimula el hemisferio izquierdo del cerebro, el encargado del aprendizaje del lenguaje, los números y el uso de la lógica.
        Y también cura. No sé si “Música en Vena” tendrá la receta, la fórmula magistral para salvar a nuestra enferma sociedad occidental, empeñada en convertirnos en simples piezas de engranajes desechables y sustituibles ante el menor signo de desgaste en nuestra capacidad productiva.
        Ya lo dijo el ministro de Educación, José Ignacio Wert: "Hay asignaturas que distraen". Pues prefiero una y mil veces distraerme con la música, con la poesía, buceando en la historia; con cualquier “maría” de las que nos dotan a los individuos de alma, de sentido y sensibilidad.
        De humanidad en vena.

miércoles, 24 de mayo de 2017

Desde Macondo. LAS CORRUPCIONES

Ahora que la corrupción es una sección fija en los periódicos, un “cintillo” como se decía en la moribunda prensa de papel, “Internacional”, “Local”, “Sucesos”, “Sociedad” o “Deportes”, ahora que el término está incorporado plenamente a nuestras charlas familiares, a las de barra de bar y hasta a nuestras conversaciones con nosotros mismos, me ha venido a la memoria un libro que leí hace muchísimos años, cuando no se hablaba de corruptos (porque haberlos, los había), y cuando aún creíamos en algo. En nosotros mismos, también.
        “Las Corrupciones, de Jesús Torbado, periodista en una época en que el periodismo ilusionaba, no tenían nada que ver, o sí, con las que ahora nos ocupan y nos preocupan. Era un libro extraño construido sobre la teoría de que el ser humano se va corrompiendo a medida que pierde la fe en Dios, la fe en los hombres y la fe en uno mismo.
        Entendiendo a la divinidad en genérico como lo que nos hace distinguir el bien del mal, lo justo de lo injusto, es obvio que no le hacemos mucho caso. Y aunque de cuando en cuando algo nos haga mantener la esperanza en el género humano, lo que nos rodea tampoco nos da muchas alegrías que digamos. Quedamos nosotros, cada cual con su conciencia y a menudo, ni nos soportamos.
        No sé qué moral o qué conciencia puede impulsar a alguien a robar a manos llenas mientras niega el pan y la sal a sus semejantes. Cuesta trabajo creer que alguien puede disfrutar de yate, piscina, mariscadas y casoplones, sabiendo que todo eso supone menos hospitales, menos colegios, menos pensiones, miles y miles de familias viviendo a duras penas, de gente empobrecida…
        Las corrupciones, de las que hablamos tan a la ligera, no son millones aparecidos como por ensalmo en una cuenta suiza o en el altillo de la casa de un sufrido suegro. Y los corruptos no son listillos que han visto la oportunidad de apañarse sus vidas, las de sus hijos y las de sus nietos. Es el concepto que hay que cambiar, cada día, en cada momento, desde por la mañana, antes de mojar en el café, con la tostada, el “caso del día”.
        Nos están corrompiendo a todos. Las encuestas nos cuentan, día sí, día también, que volverían a ganar los mismos, que estamos resignados a que nos roben, que hemos interiorizado, hasta hacerlo dogma de fe, eso de que siempre ha habido ricos y pobres.
        Como en el libro del que hablaba arriba, hemos olvidado los conceptos de bien y mal, de moral e inmoral, de justo e injusto; hemos perdido la fe en los hombres y damos todo por inevitable. Pero la peor de las corrupciones es perder la fe en nosotros mismos. Y en esas estamos. 

miércoles, 17 de mayo de 2017

Desde Macondo. CIBERATAQUES COTIDIANOS

No hay nada en mi ordenador que merezca un ciberataque. Creo. Ni mi humilde persona puede ser objetivo de los temibles piratas informáticos, que son ahora la amenaza de moda. Pero a mi modo, y en mi medida, también me siento atacada. Por tierra, mar y aire. Con encender la tele, la radio o asomarme a uno u otro periódico, por no hablar de las redes sociales. Nunca ha habido tantos expertos en tantos temas, y a la misma vez.
          Eso son ciberataques, y lo demás es cuento ¿O es que no os han atacado a vosotros los opinadores, intentando por todos los medios haceros tragar sus teorías sobre uno u otro asunto? Y claro, como en todo, hay opinadores amateurs, y los hay profesionales. Estos son los peores, que se revisten de un aura pseudocientífica e ilustrada que te apabulla, y hacen que te tragues todo lo que se les ha ocurrido esa tarde, a propósito de cualquier cosa.
          Todo este rollo de introducción viene a cuento de que no vi el debate a tres de los aspirantes a la secretaría general del PSOE. Pero como la carne es débil, apenas llegué a casa me zambullí en media docena de periódicos digitales, un par de tertulias y dos o tres informativos radiofónicos. Todos muy doctos… Y todos distintos. No creáis que por ser medios más a la izquierda o a la derecha. Qué va.
          La diferencia estaba en quien escribía o hablaba. En el opinador. Para unos ganó ella; para otros, claramente él; incluso, en otro medio, ganaba sin problemas el “árbitro”, como denominaban al tercero en discordia, aunque todo el mundo sabe que un árbitro nunca gana un encuentro.
          Y luego están facebook, twitter y demás. Que ya no tienen vídeos de gatitos ni mensajes de autoayuda. Ni siquiera me piden hortalizas para los juegos de granja no me invitan al Candy Crush. Ahora están colonizados por docenas y docenas de comentarios, con sus correspondientes réplicas y contrarréplicas, que los defensores de uno/a, y detractores de los otros dos, están de lo más activo.
          Pues eso, que son ciberataques de andar por casa, pero no veáis cómo fastidian. Casi tanto como cuando hay uno de esos partidos de fútbol que llaman “del siglo” (nunca me he explicado el apelativo, porque hay uno cada pocos días), y se llenan los perfiles de comentarios que si el penalti, que si el árbitro estaba comprado o el entrenador debería irse a su casa.
          Todos estamos expuestos, y no hay forma de ponerse a cubierto, a menos que nos dé por retirarnos, en plan eremita, a una cueva de la montaña donde el wifi no llega, ni se lo espera. Podemos esquivar los telediarios, y quitar las pilas a la radio de la mesita de noche; pero encontrarán la forma de atacarnos, vía wasap, con el “meme” de turno, correo, cara libro a través de los trinos del pajarito, de los twists.
          Cada uno tirando para su lado, y todos atacando, casi sin dejarte tiempo a formarte una opinión propia, ante la sobredosis de información. En Macondo, el coronel Aureliano Buendía que afirmaba que “si hay que ser algo, sería liberal, porque los conservadores son unos tramposos”, termina reflexionando que “la única diferencia actual entre liberales y conservadores, es que los liberales van a misa de cinco y los conservadores van a misa de ocho".
          Y eso que no estaba “conectado”.

martes, 9 de mayo de 2017

Desde Macondo. EMOTICONOS

Durante el terrible y dramático suceso de la caída del whatsapp durante unas horas la pasada semana, seguro que más de uno descubrió, con fastidio, que se puede hablar para comunicarse, y que hablando se aclaran mejor las cosas que tecleando un escueto mensaje o, lo que es peor, acudiendo a los omnipresentes emoticonos en cuyas redes caemos todos varias veces al día. Y me incluyo, mea culpa, aunque me arrepienta al segundo de haber dado “enviar”.
Los emoticonos, malos sustitutos de las emociones, nos invaden. Ya no hay que decir que te alegras o te apenas, que estás sorprendido, que aplaudes una noticia, o que envías un beso. Ni siquiera sensaciones más orgánicas, como manifestar que tienes frío, calor, sueño o que estás agotada. Todo está en los muñequitos que te evitan una fastidiosa frase o, peor aún, explicar un estado de ánimo. Mucho más fácil, dónde va a parar.
No es que hayamos inventado nada nuevo, sólo lo hemos magnificado y estamos abusando de ello. Las máscaras se conocen desde hace milenios. En el teatro griego, las colocaban sobre su rostro los actores, para expresar emociones y para amplificar el sonido de sus voces. Eran el elemento que transformaban a la persona en personaje. Los romanos las copiaron y las multiplicaron. Ya no eran sólo para comedia y tragedia. Las emociones expresadas en las máscaras iban desde algo lúgubre, al gozo, a la mirada lasciva; todas muy exageradas. La Iglesia Cristiana nunca vio bien el teatro, y por eso en la Edad Media las máscaras eran para el diablo y poco más. Luego llegó el teatro renacentista italiano, y también están las milenarias caretas japonesas.
En fin, que las máscaras han ayudado a los espectadores a identificar las emociones en el escenario, como ahora los emoticonos nos ayudan a transmitirlas sin preocupaciones. Aunque por el camino se quede el calor de la palabra, el esfuerzo por conectar, el transmitir y descubrir los sentimientos a través de la mirada, del temblor o la firmeza en la voz…
No hay muñeco que pueda suplir las relaciones humanas, por muy conseguido que esté, y no es bueno que estemos usando y abusando de los dichosos emoticonos, porque olvidamos lo esencial de la comunicación. El contacto humano. Y porque nos encaminamos sin remedio al día en que se nos olvide cómo expresar los sentimientos sin tener que echar mano de una carita estúpida que nos sonríe, con un corazoncito en la boca, para recordarnos que así se manda un beso.
Y porque la víctima es también la palabra. En Macondo, durante la peste del olvido, José Arcadio Buendía etiquetó todos los objetos, animales y plantas que constituían su entorno. Puso un letrero con “gallina”, otro con “cacerola”, con “pared”, con “silla”, con “mesa”. . Hasta uno con “Dios existe”. Hasta que se le olvidó escribir y sólo quedaron los carteles.
Los emoticonos…

miércoles, 3 de mayo de 2017

Desde Macondo. BIBLIOTERAPIA

Resulta que ahora está de moda usar los libros para olvidar, para recordar, para perderse o para encontrarse, para aprender, para viajar, para vivir mil vidas diferentes; que los usan los psicólogos (y no hablo de los abominables libros de autoayuda), los trabajadores sociales, los médicos en los hospitales… Como si hubiéramos descubierto América. Biblioterapia lo llaman, y es básicamente la curación o la mejora a través de los libros.
En fin, no está de más una cura de humildad, que no hemos hecho el descubrimiento del siglo. En la Antigua Grecia se colocaban notas en las puertas de las bibliotecas, advirtiendo a los lectores que estaban a punto de entrar en un lugar de curación del alma. Y el filósofo estoico Epicteto afirmaba que la lectura equivalía al entrenamiento de un atleta antes de entrar al estadio de la vida, y que su propósito final era el de alcanzar la paz suprema. En el siglo XIX, psiquiatras y enfermeras les recetaban a sus pacientes toda clase de libros, desde la Biblia, pasando por literatura de viajes, hasta textos en lenguas antiguas.
El uso de los libros como forma de curación empezó a extenderse después de la I Guerra Mundial, sobre todo en los Estados Unidos. Allí, varias iniciativas empezaron a recomendar libros a los soldados que retornaban, muchos de ellos con estrés postraumático, en un intento por mejorar su convalecencia. Por cierto, que las deliciosas novelas de Jane Austen eran las más recomendadas porque, al parecer, hacían olvidar a los combatientes el olor de la pólvora y el ruido de las bombas.
Más recientemente, hace un par de años, otro estudio sostenía que leer las novelas de Harry Potter hacía que los estudiantes mejoraran su actitud respecto a grupos estigmatizados como inmigrantes o refugiados.
El término biblioterapia aparece por primera vez en un artículo publicado en una revista en 1916, en el que se habla de un tal doctor Bangster, que receta libros a quien los pudiera necesitar. Y todo esto viene a cuento porque hace unas fechas he leído la reseña de un “Manual de Remedios Literarios”, escrito por dos autoras británicas, que  contiene, ordenados por índice alfabético, proposiciones de lecturas comentadas para más de 400 dolencias, tanto físicas como psicológicas. Los que hemos descubierto el placer de la lectura sabemos que el libro adecuado en el momento preciso puede cambiarnos la vida. Pero tengo curiosidad por hacerme con este manual que promete una terapia lectora si sufres ansiedad, o baja autoestima, o catarros frecuentes, o calvicie, o falta de apetito sexual, anginas, insomnio, vergüenza, pesadillas, miedo a volar, estrés, dolor de espalda… Hay desde autores clásicos hasta los más modernos, desde novelones de siempre, como Madame Bovary, a obras de Vargas Llosa, pasando por poesía.
En fin, creo que se han quedado cortas. Que han puesto “remedio” a 400 cosas como podrían haber puesto a 800 o a cuatro mil. Porque los libros llevan siglos curando. Todos los libros, hasta el peor, que cualquiera sirve para evadirnos de la prisión de nuestros días y darnos la libertad de vivir mil y una noches distintas, en situaciones y paisajes diferentes, en mundos que tardaríamos siglos en conocer desde nuestro sofá o nuestra oficina.
Cervantes decía que «en algún lugar de un libro hay una frase esperándonos para darle un sentido a la existencia». También inventó la Biblioterapia, aunque a su personaje universal lo hubieran vuelto loco los libros de caballería.

miércoles, 26 de abril de 2017

Desde Macondo. LOBOTOMIZADOS

Se suele decir de alguien que está lobotomizado como sinónimo de tener escasas luces o de estar alienado o, lo que es peor, de alguien que no se molesta en desarrollar opiniones propias. ¿P’a qué? Aquí han debido hacer lobotomías a destajo, las han repartido a espuertas, o a capachos, como se dice en mi pueblo. Nos han cortado de raíz las conexiones nerviosas del cerebro, y ya no somos capaces de conectar el mundo que debe ser con el que es.
          No se me ocurre otra explicación,  después de que día a día contemplemos, entre el cocido y el postre, la ensalada de corruptos desfilando por nuestro cuarto de estar, camino de la cárcel, del juzgado o de sus lujosos áticos o chalets, y podamos seguir comiendo. Y hasta hacer la digestión y dormir la siesta. Porque claro, de los cuerpos gaseados y despedazados de los niños sirios, de los ahogados en el Mediterráneo, o de nuestros convecinos rebuscando en contenedores, en plena “recuperación”, que dicen los chichos del Gobierno, ya ni hablo. Al fin y al cabo, sólo ocupan unos segundos en el telediario, unos cuantos planos entre corrupción y corrupción.
          Hay que estar lobotomizado para tragarse sin rechistar un informativo que nos cuenta cómo nos roban mientras nos hablaban de recortes, que nos deja claro que la crisis era eso, sin que lo supiéramos. O queramos saberlo. Definitivamente, nos falta un buen trozo del cerebro si hablamos con normalidad, y sin parecer la niña del Exorcista, de los González, Bárcenas, gurteles, púnicos, pujoles y demás, de millones y más millones, mientras se arrinconan otras cifras, las de españolitos en riesgo de exclusión social, las cifras de parados sin prestación , los salarios infamemente bajos, la emigración forzosa…
          Si no es eso, que no tengo yo conciencia de haber pasado por quirófano alguno, es que, como se decía antes, nos han metido algo en el agua, o en  los cartones de leche para lobotomizarnos sin que nos enteremos. Porque de otra forma no se explica.
          No entra dentro de lo natural estar tranquilamente fregando los platos mientras la tele te reboza las docenas de millones que nos han robado impunemente, o cuando te intentan engañar con unas maquilladísimas cifras de desempleo, o te mienten sin rubor sobre esos brotes verdes en los que algunos, que no somos nosotros, se están revolcando desde siempre.
          Algo debe ser lo que nos deja tan tranquilos, sin echar espuma por la boca ni nada, atendiendo a nuestras tareas cotidianas con algún cabreo momentáneo que se pasa enseguida. Sea como sea, no es normal. Es como si nos hubieran practicado una lobotomía colectiva para seguir vegetando, que no viviendo, mientras otros hacen y deshacen en nuestro presente y nuestro futuro.
          Y puestos a ser crédulos, prefiero retirarme a Macondo, donde nadie se extrañó cuando Melquiades volvió de entre los muertos porque no soportaba estar solo; y el padre Nicanor levitaba al tomar una taza de chocolate, y un niño nació con cola de cerdo, y otro lloró en el vientre de su madre; y Remedios ascendió a los cielos mientras plegaba las sábanas, y los conejos y las vacas se multiplicaban al paso de Petra Cotes.
          Mucho más normal, donde va a parar….

miércoles, 19 de abril de 2017

Desde Macondo. LA RESURRECCIÓN

Podría empezar con eso de…”y al tercer día resucitó”, que lo tenemos muy reciente. O acudir al diccionario de la Real Academia, siempre dispuesto a poner las cosas en su sitio, que nos explica que resucitar viene del latín 're-' y suscitāre , que significa levantar', 'avivar' y, coloquialmente, restablecer, renovar, dar nuevo ser a algo.
          ¡Vamos que si hemos levantado, avivado, y restablecido (lo de renovar y dar nuevo ser no lo tengo claro), la Semana Santa!. Tanto, que me he remontado varias décadas atrás, cuando me daba miedo salir a la calle con tanto encapuchado suelto. Y ya ha llovido desde aquello, que una tiene su edad. El caso es que, además del creciente número de procesiones, de las banderas a media asta, los nazarenos de todos los colores y las multitudes enfervorecidas llenando calles y plazas, los datos constatan que el total de horas de programación religiosa en televisión durante esta Semana Santa, de Jueves Santo al Domingo de Resurrección  ha sido de 360 horas, un dato que supone 56 minutos más que el año pasado. La cifra es la más alta de los últimos diez años.
          Ya son horas. Sí, entre todas las cadenas. Y contando Ben.Hur, la Túnica Sagrada, los Diez Mandamientos, Rey de Reyes o Barrabás., que se han paseado por la parrilla como Juan por su casa. Pero son demasiadas horas de procesiones y películas bíblicas a estas alturas de siglo y de mundo global y diverso.
          Igual es que estoy más sensible este año, o que en la última década he estado más despistada. El caso es que me he fijado otra vez (con mezcla de horror y estupefacción), en la gente descalza, por penitencia, entiendo, en la sobredosis de políticos, traje oscuro y mantilla en ristre, que desfilan con cara de circunstancias detrás de borriquillas, Dolorosas y cruces en cualquier punto del país, en la Guardia Civil (mujer con la Virgen y hombre con el Cristo), desfilando junto a las imágenes, en los miles de personas abarrotando las calles...
          Y he vuelto a la Prehistoria, es decir, a mi infancia. A las monjas del colegio que nos contaban que era pecado jugar y reírse porque Jesús estaba sufriendo; a las larguísimas tardes de Viernes Santo sin tele y con cines y bares cerrados. Eran los años en que en este país nuestro, reserva espiritual de Europa, los gobernantes iban bajo palio y en los pueblos, nadie mandaba más que el cura desde su púlpito, predicando abstinencia y castidad.
          Han vuelto. No sé si por postureo, como se dice ahora, o porque estamos sufriendo una extraña involución, que hace que, como antaño, se corten las calles, se pongan todos los medios al alcance de cofrades de todo tipo y pelaje para que hagan de su capa un sayo en cualquier ciudad, interfiriendo en la vida normal, en la de la gente que, respetando su libertad religiosa, también pide un poco de lo mismo.
          Habrá quien sienta y viva con toda religiosidad estos días. No lo dudo. Pero he tenido la sensación de estar asistiendo a una inmensa representación, a un espectáculo organizado por quienes mandan, en el que nos han dado, sin pedirla, butaca de palco a los demás.
          E irremediablemente me he acordado de la Historia Sagrada de ni niñez. De los fariseos, los que, en apariencia, constituían el grupo más observador de las prescripciones de la ley. Aparecían como justos y daban impresión de una religiosidad seria. Sólo la impresión. Muchos alardes de religiosidad, de recogimiento, porque es lo que pita. O igual piensan que suman puntos por el número de procesiones a las que asisten, de misas que presiden o de prebendas que entregan a los obispos. Por cierto, que Cristo llamó a los fariseos “sepulcros blanqueados”, aludiendo al exterior impecable y al interior negro y retorcido.
           Miedo me da pensar en la próxima Semana Santa, porque hemos resucitado todo lo peor de las anteriores, la prepotencia, la caspa, los alardes exacerbados de religiosidad, la intolerancia hacia los que no comulgan con lo mismo, la acelerada marcha hacia la defunción del Estado aconfesional, el envalentonamiento de la Iglesia Católica, que no ha pasado por las urnas, que yo sepa…
          Cuando llegó un sacerdote a Macondo, reclamando dinero para la construcción de un templo, las gentes del lugar le replicaron que “durante muchos años habían estado sin cura, arreglando los negocios del alma directamente con Dios, y habían perdido la malicia del pecado mortal”  Ahora vivimos su resurrección. Y encima, hay tele.

miércoles, 12 de abril de 2017

Desde Macondo. COSAS DE POCA IMPORTANCIA

No sé si será la estación, con esos episodios de melancolía, de desgana, de apatía, que los entendidos llaman “astenia primaveral”. O el olor a incienso y cera, el lamento de los tambores y las imágenes de caras doloridas, flanqueadas por espectros con capuchas de colores pardos que pueblan nuestras calles en la semana que nos ocupa.
          O la muerte, más absurda que nunca, que nos ha visitado estos días en personas conocidas y demasiado jóvenes para dejar la vida, o en cuerpos anónimos en Estocolmo, en San Petersburgo, en Egipto, en Siria…
          El caso es que la memoria me ha traído de vuelta unos versos de uno de mis poetas de cabecera, León Felipe: ¡Qué lástima/que no pudiendo cantar otras hazañas/ venga, forzado, a cantar cosas de poca importancia!”. Por su puerta pasaba todo, “Todo el ritmo de la vida pasa/por este cristal de mi ventana…/ ¡Y la muerte también pasa!”. Pero seguía escribiendo de lo que le dolía, de la guerra, del éxodo, de los cuentos que nos cuentan, ahora y siempre, de la Justicia, representada en la armadura abollada de Don Quijote.
          Las cosas de poca importancia son, en definitiva, las que nos mantienen vivos, las que nos hacen querer y ser queridos, mantener un mundo que se desmorona y no se parece en nada al que conocimos y al que soñábamos con conocer un día. Un mundo en el que el hombre, y sus circunstancias, fueran lo primero y lo más importante, más allá del dinero, de los Mercados, de las grandes cifras que no comprendemos, o que entendemos demasiado bien.
          Es Semana Santa. Ha bajado el paro y han mejorado las cifras de empleo. El PIB, que nunca nos explican bien, sube a niveles previos a la crisis y el crecimiento del país se sitúa a la altura de los mejores. Muy importante, sin duda. Un gran logro de los que nos gobiernan y se felicitan por sus hazañas.
          Pero vuelvo a las cosas de poca importancia. A los datos que revelan que hay millones de españoles pasándolo realmente mal, con empleo o encuadrados directamente en la categoría de “trabajadores pobres”, que es la que pita en estos momentos; a la brecha salarial entre hombres y mujeres, que empeora con los años; a las pensiones, que menguan según crece la inflación; a la desigualdad creciente que ha abierto ya un abismo insalvable y que sigue haciéndose más profunda día a día, porque los que nos dirigen están sólo para las cosas importantes.
          ¡Qué lástima! No me inspira la primavera, ni las vistosas procesiones, ni las bandas de música que las acompañan, ni el entusiasmo por las previsiones de crecimiento, ni caminar por la pomposamente llamada “senda de la recuperación”, ni el espectacular aumento de la riqueza en España, esa que mide el PIB, más falso que Judas.
          Será que, como el poeta, estoy condenada a contar cosas de poca importancia.

miércoles, 5 de abril de 2017

Desde Macondo. PECUNIAM NON OLET

Se cuenta que durante el mandato del emperador Vespasiano (69-79 d.C.) se estableció en Roma un gravamen sobre los orines (para que veáis que en materia de impuestos ya está todo inventado) que, vertidos en la “cloaca máxima”, eran utilizados por artesanos -curtidores, lavanderos, …- en sus manufacturas. La orina en la Antigua Roma era muy apreciada por su alto contenido en amoniaco, que mezclado con agua constituía un perfecto blanqueante. La “olorosa” peculiaridad de ese nuevo tributo, mereció la reprobación del hijo del emperador, Tito, que criticaba que el Estado se lucrara con algo tan, digamos poco fino.
          Fue entonces cuando Vespasiano, ofreciéndole unas monedas para comprobar su olor, ciertamente inexistente, pronunció esa expresión-“pecunia non olet”, el dinero no huele, que ha pasado así a la historia. El dinero es dinero, y vale lo que vale, venga de donde venga. Con independencia de que su origen sea lícito o no.
          Viene esto a cuento de las furibundas críticas que ha recibido la donación de 320 millones de euros por parte de Amancio Ortega, el multimillonario dueño de Inditex, para que hospitales públicos de toda España puedan comprar más de 290 equipos de última generación para el diagnóstico y tratamiento radioterápico del cáncer. La mayor donación conocida hasta el momento. Y a partir de aquí, se admite todo.
          Vale que esa cantidad, que nos parece estratosférica, representa tan sólo el 0,4 de su fortuna. Que le supone lo que a cualquier españolito común desprenderse de un par de euros, y mucho menos, proporcionalmente, claro, de lo que cuesta en muchos hogares el recibo de la solidaridad con Cruz Roja, Médicos sin Fronteras o Unicef. Vale que probablemente, como apuntan algunos, sin la correspondiente ingeniería fiscal, que las grandes empresas se saben al dedillo, pagaría en impuestos una cantidad mucho mayor que la cedida ahora generosamente.
          O que vaya a tener importantes deducciones fiscales por la donación. O que le sirva para hacerse publicidad, que yo le recomendaría revisar los textos sagrados: “Por tanto, cuando hagas limosna, no lo vayas trompeteando por delante como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha” (Mateo 6.2-3). Pero el ser humano es vanidoso.
          Y con todo lo dicho, el dinero, este dinero, no huele. Seguro que a los miles de beneficiarios de esos equipos punteros de tecnología que van a permitir detectar un cáncer cuando aún estemos a tiempo de curarlo, no les importa demasiado quien ha pagado la maquinita, quien les ha regalado uno, cinco o diez años de vida.
          Huele mucho peor, apesta, lo que se están llevando las mil y una tramas corruptas con las que llevamos años conviviendo; el dinero que roban del erario público, de nuestros impuestos, los desaprensivos que acumulan cuentan en Suiza, fortunas imposibles de hacer en cuatro días y partiendo de cero, sobrecostes en obras que pagamos todos, coches o yates de lujo…
          Ese dinero huele a podrido. 

miércoles, 29 de marzo de 2017

Desde Macondo. BAJAS PASIONES

Un grupo de investigadores de la Universidad de Coimbra, en Portugal, ha demostrado que la pasión que sienten por el fútbol los aficionados más acérrimos es similar al sentimiento de una persona enamorada. Al parecer, los circuitos cerebrales que se activan en los hinchas de cualquier equipo,  son los mismos que en los casos del amor romántico  Ante situaciones como un gol, una buena jugada o un buen resultado , se ponen en marcha regiones similares del córtex frontal, donde se libera dopamina a modo de recompensa.
          Y claro, al igual que en el amor romántico, este tipo de pasión por el fútbol se puede tornar en obsesión y perjudicar al comportamiento racional, pasando al grado de fanatismo. Ya se sabe que del amor al odio, hay un paso. Y en medio están los celos, y el afán de posesión… Lo que se ha llamado de toda la vida de Dios perder la cabeza por amor, y que ahora, según la ciencia, también se puede aplicar al fútbol.
          Viene esto a cuento de los vergonzosos episodios de violencia que hemos podido ver en las últimas semanas y que, curiosamente, mezcla la pasión por el fútbol con la supuesta pasión de padre. Adultos hechos y derechos enzarzándose a puñetazos por lo que sus retoños hacían o dejaban de hacer en el terreno de juego. Y más grave porque los retoños jugaban en categoría infantil, que sin entender mucho, creo que anda por los 11 ó 12 años.
          Será que el amor paterno también activa la misma región del cerebro, cuando se mezcla con el deporte rey, que no he visto nunca, ni creo que lo vea jamás, al padre de un violinista o de un pianista enzarzándose con los progenitores de los clarinetes o los flautistas de una orquesta por un quítame allá esa nota que has dado mal, o ese compás que te has saltado.
          No creo que mis ojos vean nunca a un padre o una madre tirando de los moños a los supuestos rivales de sus hijos en una competición de gimnasia, o de natación, o en un concurso de cuentos. Sólo en el fútbol. Debe ser por la zona de las pasiones.
          Sea por lo que sea, aún me produce sonrojo ver a los chavales intentando separar a sus respectivos padres que, a años luz de cualquier tipo de razón, daban rienda suelta a sus instintos más primarios, a la lucha pura y dura, ofreciendo el más lamentable y poco edificante espectáculo.
          Por no hablar de los insultos que dedican a sus propios hijos cuando pierden el balón o se dejan “vivo” a un adversario. No sé si piensan que todos van a ser Messi o Ronaldo, que los van a retirar y que de sus botas van a salir, directamente, puñados de euros para asegurarse la vejez.
          Me recuerdan a la película Pequeña Miss Sunshine, basada en los infames concursos americanos de belleza infantil, en el que una madre comprueba que su hija, gordita, paliducha y con gafas, no puede competir con las princesitas hipermaquilladas, con el pelo perfectamente rizado y vestidos de noche. Y la niña se empeña en hacerlo. Pobrecita. Da gana de matar a toda la familia.
          Las bajas pasiones de los padres hacen un flaco favor a los hijos, que deberían disfrutar del deporte sin más, de pasar un buen rato entre amigos y, si sus capacidades y la suerte les sonríen, convertirse en Messi y ganar dinero a espuertas.
          Con amplitud de miras y sin dejar espacio a las bajas pasiones.