Pensamientos, ideas, palabras que engulle la arena en el mismo instante en que se han escrito

jueves, 28 de marzo de 2019

Desde Macondo. AQUELLAS PEQUEÑAS COSAS

Estamos todos de lo más puestos en listas, posibles pactos, purgas, machetazos entre candidatos, el "glamour" que aportan toreros y otros famosos a las distintas candidaturas y hasta del pavoroso escenario que puede resultar de todo lo anterior.
          Nos machacan con encuestas, hasta el punto en que una ya no sabe si la favorable a la izquierda viene de un periódico de derechas (por aquello de hacerla más creíble), o si ha sido tu imaginación que te ha jugado una mala pasada. Hemos aprendido matemáticas a marchas forzadas, para quedarnos bien con sumas y porcentajes para el día después de las elecciones. Y hasta hemos hecho combinaciones imposibles, por aquello de que, en política, nada es imposible.
          Es lo que toca. Hemos hecho un paréntesis en otras cosas, en los escándalos de corrupción, en los macrojuicios con cifras que, por inimaginables en nuestro vivir cotidiano  se escapan a nuestro conocimiento. Ya no hablamos de regalos carísimos, de bolsos que jamás podrán colgar de nuestros hombros, de relojes que nunca luciremos, ni de lejos, en nuestras muñecas y de comilonas con manjares que ni sabíamos que existían.
          Es la hora de la política que, según el diccionario, es la "actividad de quienes rigen o aspiran a regir los asuntos públicos"  Pues en esas estamos, que ellos aspiran a gobernarnos y nosotros, embobados, miramos el dedo en lugar de la luna con el claro convencimiento de que nuestras cosas, nuestras pequeñas cosas, no tienen cabida entre tan sesudos temas.
          Muchos posibles pactos, muchas discusiones, muchas entrevistas, mítines aunque aún no haya empezado la campaña... ¿Y lo nuestro, p'a cuando?
           Cualquier aparición, cualquier acto público, tertulia, entrevista o similar, debería estar copado con nuestras cosas. Nuestras pequeñas cosas. Tan pequeñas como la educación, la sanidad, la dependencia, los salarios de hambre, la precariedad, el imposible acceso a la vivienda, la sensación de provisionalidad que nos dejan los sueldos bajos y la inestabilidad laboral...
          Pero son eso, cosas pequeñas, en las que no tienen tiempo en detenerse. No estoy oyendo propuestas, más allá de alguna ocurrencia que ni me detengo a analizar, por vergüenza ajena, principalmente, y porque me cabrea. Después. Ya se han presentado todas las listas. Se han consumado las venganzas, las puñaladas traperas o los navajazos directos. Ya saben todos dónde están y dónde van.
           Y nos toca. De aquí a un par de días será sábado, el día en el que la gente de a pie suele hacer la compra semanal, decidir tonterías, cosas de poca importancia como comprar manzanas, que están más baratas, o pollo, que cunde más que la ternera. Y que, coincidiendo con el cambio de estación, se plantea si comprar otros zapatos o poner tapas y medias suelas a los del año pasado, que aún pueden aguantar. O se pregunta por qué ha crecido tanto el dichoso niño, que parece que va de pesca con los pantalones de la temporada anterior. Y empieza a temblar porque anuncian más calor y cualquiera pone el aire acondicionado, que luego llegan los recibos de la luz.
           En fin, que es momento de recordar a los interesados otra acepción del diccionario en la definición de política. Dice así: "Actividad del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos con su opinión, con su voto o de cualquier otro modo".  Para que tomen nota y se ocupen de las pequeñas cosas que nos preocupan. Que para eso les votamos y les pagamos.

lunes, 25 de marzo de 2019

LA LISTA

Lo  he pensado tarde y, la verdad, no sé si me apetece demasiado por aquello de conservar mínimamente la esperanza, no agravar la gastritis y no dar oportunidad a que una úlcera de estómago me amargue los pocos ratos dulces de la vida. Pero  estoy convencida de que cuando esto acabe, si es que acaba y vivimos para contarla, que diría mi adorado Gabo, alguien debería publicar una lista con todas las barbaridades incitaciones al odio, y reflexiones de odio puro y duro que estamos escuchando en los últimos tiempos.
          Y que han traspasado países, continentes y mares; que no son tonterías de las redes sociales o cuatro youtubers descerebrados; no son memes de los que menudean en campañas o precampañas, ni bromas de “manadas” son el seso entre las piernas. Qué va. Suenan en los Parlamentos con más tradición democrática, los leemos en periódicos de solidas raíces, en pancartas en las manifestaciones, en los discursos de todos los líderes mundiales, hablen la lengua que hablen. Trump, Salvini, Orban, Le Pen, el nuevo líder holandés, Bolsonaro y alguno más en Latinoamérica… Y en España, ¿Qué queréis que os diga? Os lo ahorro, que emulando a Miguel Hernández,  podríamos sustituir su pena por el odio. “Pena con pena y pena desayuno, pena es mi paz y pena mi batalla,
perro que ni me deja ni se calla
”.
          Pues eso, que no hay día que no nos desayunemos con un par de mensajes de odio, y hagamos lo propio con el café de media mañana, la comida y la cena.
Poderosos líderes occidentales basan su poder en mensajes xenófobos, homófobos, supremacistas, antifeministas…Discursos proteccionistas y sentimentales que van calando sin que sepamos muy bien cómo.
          He leído a algún sesudo columnista decir que, en realidad,  el hombre siempre ha pensado así, quizá por miedo a la diferencia, pero que es ahora cuando encuentra el caldo de cultivo óptimo para expresarlo con libertad. Y con impunidad.  Y no sé en qué momento hemos abierto las puertas de lo que se suponían regímenes democráticos para que entraran como Juan por su casa los discursos totalitarios más salvajes.
         No sé cuando hemos decidido tolerar lo intolerable.
         Pero como sigo teniendo esperanza en el ser humano, insisto en que alguien debería ir anotando todo esto cuidadosamente para sacar “la lista” en su momento. Debería ser algo así como los antiguos y descomunales listines telefónicos. Detallados, no sé si por orden alfabético, por temas, por protagonistas, por años, por  países...
          Sí, es un trabajo monumental. Casi como una enciclopedia. Pero podría quedar en las bibliotecas para que nadie, nunca, vuelva a tener la tentación de implantar la cultura de la mentira y el odio. Para que todo esto sea un mal recuerdo.

jueves, 21 de marzo de 2019

Desde Macondo. RECUPERAR LA VIDA

Muchos no lo recordaréis. De hecho, ni siquiera puede estar en la hemeroteca de este diario que tenéis en vuestras manos. Para mí, será por la edad o por las buenas noticias (entre interrogantes aún), sobre el caudal del río, se ha situado en primer plano de mis imágenes del Tajo. En 1998, un par de días antes de que La Tribuna de Talavera estuviera en las calles, el río decidió hacerse presente en nuestras vidas, y nos proporcionó una semana de sobresaltos, de arroyos desbordados, de caudal preocupante por lo alto (ciencia ficción en estos tiempos), de indignación por los desembalses, y de “romerías” a la presa de Cazalegas para ver el espectáculo ensordecedor de las compuertas abiertas.          
          No creo que eso pase nunca más, por muchos años que vivamos, y con la certeza de un cambio climático que cada vez nos desertiza más. Pero nadie podrá quitarme el recuerdo del río furioso queriendo tragarse todos los ojos del puente; de esa madrugada en la que todos dormimos con un ojo abierto, esperando el “pico” más alto de la riada que varios sótanos inundados, alerta en los centros sanitarios y bomberos haciendo horas extra.
          Ya veis lo que puede despertar en una mente calenturienta el mero anuncio de que los tribunales consideran que no se ha respetado el caudal ecológico, el que permite la vida, sólo la vida, sin episodios extraordinarios que, por otra parte, también son artificiales, como el trasvase o como que el Tajo desemboque en Murcia.
          Pero soñar es gratis, y más cuando todo es tan caro, cuando hace años que sólo vemos un río moribundo arrastrándose dolorido entre maleza e islotes de arena; cuando mosquitos y bichos inmundos de todo tipo han sustituido a peces y patos y es poco menos que un ejercicio de masoquismo pasear por las riberas en una noche cálida de verano. O de invierno, que también las estaciones se alteran a golpe de trasvases.
          Nos hemos agarrado como un clavo ardiendo (y no lo vamos a soltar, aunque nos quememos), a la sentencia del Tribunal Supremo que, aunque mucho más tarde de lo deseable, ha escuchado por fin la voz de los que llevan años clamando en el desierto para evitar la muerte definitiva del Tajo. No vamos a ver el río que cantaba Garcilaso en sus églogas, pero confiamos en ver un río. Lo que toda la vida (hasta que alguien decidió lo contrario), ha sido un río.
          Cuando los Buendía pensaban que no llegarían a ninguna parte, apareció un río de aguas diáfanas, que se precipitaban sobre un lecho de piedras blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente que muchas cosas no tenían nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.  Nosotros, aún no hemos olvidado conceptos como aves, naturaleza, brisa, poesía peces, agua… vida.
          Recuperarlos ya no es sólo un sueño.

lunes, 18 de marzo de 2019

DON PIMPÓN Y OTRO COLCHÓN

Resulta que por el malvado, o inconsciente, Don Pimpón, aliado con Epi para cometer la tropelía, Pedro Sánchez va a poder comprarse otro colchón en la Moncloa. Ya le vale. Se nos ha caído un mito, el del viajero bonachón que, entre viaje y viaje,  era esperado como agua de mayo en las calles del Barrio Sésamo  para descargar su la maleta repletita de aventuras compartidas con el “majará” de Kapurtala.
          Nosotros pensando que estaba por esos mundos recogiendo anécdotas que narrar a sus vecinos, y resulta que andaba maquinando la forma de facilitar que un tal Pedro Sánchez pudiera comprarse otro colchón. Menuda vulgaridad. Menos mal que los niños de entonces, youtubers ahora, ya no se asoman a esos entrañables vídeos que nos enseñaban lo básico para movernos en el planeta tierra.
          Bueno, algunos. Que otros los tienen muy presente, que hace falta una imaginación muy calenturienta para explicar la Ley D’Hont echando mano del barrio más internacional del mundo. Estupefacta me ha dejado ver a Blas contándole a su inseparable compañero eso de que "En nuestra provincia de Barrio Sésamo se necesitan mil votos para conseguir un escaño. Imagínate que un partido constitucionalista tiene 998 votos, pero Don Pimpón y tu votasteis a Vox. Ni un partido ni otro consiguen así escaños y todos esos votos se pierden”.
          Que no es todo lo malo. Lo peor es que por la inconsciencia de estos personajillos, el actual presidente va a poder acomodar sus huesos durante una larga temporada en el flamante colchón que va a adquirir tras las elecciones. Ni más ni menos. Para que todo el mundo, incluidos los votantes del PP y VOX, lo entiendan.
          Y claro, bien descansado, estrenando lo último en colchones, “seguirá riéndole los chistes a los separatistas". Y seguirá teniendo las llaves del Falcon (también lo dice Blas), y hasta puede que emprenda la contra-reforma de la reforma laboral y que hasta desentierre a Franco.
          En fin.  No soy publicista y tengo la imaginación y las neuronas justas para pasar el día con dignidad y sin que se note mucho que soy del montón, pero me parece estúpido, aparte de cruel, echar mano de personajes que han marcado a varias generaciones para dirigir el voto a un lado u otro. Ya sé que estamos en pre-campaña. Que cosas peores veremos cuando se quite el “pre”, durante y después. Pero no todo vale. Poner de tontos o de ignorantes, a quienes eran ídolos, no es de recibo. Y la simpleza del colchón, es para nota.
           Espero impaciente próximas entregas. Que el Barrio tiene muchas calles, y muchos personajes, y todos, tristemente, son susceptibles de ser utilizados por las cabezas pensantes de los partidos políticos.

jueves, 14 de marzo de 2019

Desde Macondo. VOTAR POR DERECHO

O por obligación, que unos días pienso una cosa y otros, la contraria. Recuerdo cómo me escandalicé hace muchos años, en una remota región de los Andes peruanos, y en plena campaña electoral, por cierto, al conocer que el voto era obligatorio. Que si no bajabas de tu perdida aldea, a pie, entre barro y piedras y a veces con tres o cuatro horas de camino, para depositar tu voto en la urna, además de una multa (que nadie podía pagar en plena economía de subsistencia), perdías “derechos civiles”. Es decir, no podías coger el transporte público, ni acceder a ayudas ni contar con la mínima asistencia para vivir o morirte.
          Era joven y defendía con uñas y dientes que la libertad constituía la base de la democracia. La libertad de elegir o de no hacerlo. Y lo entendía más aún en una zona con un noventa y muchos por ciento de analfabetos y cien por cien de quechua-hablantes, que ni sabían leer los carteles electorales en el más pulcro castellano.
          Han cambiado los tiempos, y, obviamente, yo también. Me consta que quedan dos docenas de países en el mundo que mantienen el voto obligatorio, entre ellos, alguno tan “civilizado” como Bélgica, o Australia, o Grecia, además de varios latinoamericanos o de otros, como Líbano, en el que sólo los hombres tienen que ir a las urnas sí o sí.
          Y con el cambio, me preocupa más el abstencionismo que la fórmula para elegir representantes. No me vale un cien por cien de participación cuando no tienes más narices que participar, pero me vale mucho menos un 47 por ciento, incluso menos, cuando cuentas con la posibilidad de elegir. Y no voy a ser yo la que analice-que hay mucho politólogo suelto-las causas de esta progresiva desafección por la política, del alejamiento de la gente, especialmente, pero no exclusivamente, de los jóvenes, de la actualidad, de la realidad en la que, quieran o no, deben moverse hoy y en el futuro.
          Con todos los respetos a quienes votan en blanco, o no lo hacen porque no encuentran una opción que responda a sus intereses, el peor abstencionista es el que dice que no le interesa la política, el que no sabe qué política es ir a la universidad, o al médico, o poder llevar al niño a la guardería o tener quien atienda a la abuela mientras trabajas. O tener las mismas oportunidades de acceso a puestos de trabajo, cobrar lo mismo por el mismo esfuerzo, amar a quien quieras sin esconderte o tener derecho a soñar con un futuro mejor.
          No puedo respetar, ni quiero hacerlo, a los que se justifican diciendo que todos son iguales, entre otras cosas, porque la mayoría ni se habrán leído el programa, ni a los que no dedican ni un segundo a pensar cómo puede influir su decisión de no votar en la vida de sus hijos, de sus padres, de sus vecinos.
          A quienes ni se plantean buscarse en el censo electoral, porque lo consideran una pérdida de tiempo y a todos aquellos para los que el 28 de abril y el 26 de mayo sólo son dos domingos de primavera en el calendario.
          También en Macondo hubo elecciones. Allí sólo había conservadores o liberales. Para don Apolinar Moscote, miembro efectivo del partido conservador, los liberales “eran masones; gente de mala índole, partidaria de ahorcar a los curas, de implantar el matrimonio civil y el divorcio.  Los conservadores, en cambio, “eran los defensores de la fe de Cristo, del principio de autoridad, el orden público y  la moral familiar y no estaban dispuestos a permitir que el país fuera descuartizado en entidades autónomas”.   Una única urna situada en el medio de la plaza, donde se depositaban las papeletas azules o rojas, y todos votando, aunque un viejo y agotado coronel Aureliano Buendía termina constatando que “la única diferencia actual entre liberales y conservadores, es que los liberales van a misa de cinco y los conservadores van a misa de ocho" .

domingo, 10 de marzo de 2019

LA NIÑA

Si hablamos de clima, y de “La Niña”, todos pensamos por escasos que sean nuestros conocimientos de meteorología y corrientes marinas, en esa fase fría o segunda parte de “El Niño”, que tantos disgustos da en el Pacífico sudamericano.
          Desde luego, no pensamos en una menudita pre-adolescente, pecosa y con largas tranzas, vestida de una forma un tanto estrafalaria, como su “paisana” sueca Pippi Calzaslargas, aunque sin mono y sin caballo de lunares.  Y sin embargo, Greta Thunberg nos ha demostrado, después de avergonzarnos y abochornarnos, que tiene más fuerza que las corrientes y los ciclones y, por supuesto, más decisión y más conciencia que todos los gobiernos del mundo juntos.
          Greta, que tiene Asperger, un tipo de autismo que dificulta las relaciones sociales, “pero que puedo gestionar”,  decidió hace unos meses, cuando Suecia vivía el verano más caluroso en 262 años de registros oficiales y los incendios devoraban los bosques, que había que hacer algo más que estudiar el cambio climático en la escuela. Y aunque tiene claro que “No deberíamos tener que faltar a clase por luchar contra el cambio climático”, se plantó con una pancarta frente al Parlamento y ahí estuvo todo el día, y el otro y el otro…
          Al principio, sus compañeros de clase no aceptaron la huelga; pero su determinación caló dentro y fuera del país. Son los viernes de justicia climática, en los que miles de jóvenes, de Australia a Estados Unidos, a numerosos países de Europa, se están empezando a movilizar, mientras los gobernantes miran impasibles cómo se acumula el plástico en los océanos, cómo se derrite el hielo y sube el nivel de los mares; cómo escuchamos un día sí y otro también las anomalías en la floración de los árboles, en la emigración de las aves, en la desaparición de las abejas o de decenas de especies animales, confundidos o expulsados de sus hábitats naturales por la infame mano del hombre.
          Es terrible que tengan que ser chavales como Greta quienes den la voz de alarma, la de verdad, más allá de los sesudos informes, recomendaciones y demás, que van directamente a la papelera, porque nadie los toma en consideración. No es tan difícil, desde nuestra  edad madura, entrar en la cabeza de estos chicos y chicas que, con toda la vida por delante, ven aterrados cómo se quedan sin bosques, sin peces, con mares y ríos sucios y ciudades en las que cada vez es más difícil respirar.
          Y se nos acaba el tiempo. Greta Thunberg tardó casi 40 horas en llegar a Davos en tren, que contamina menos que el avión, mientras que los asistentes a la cumbre fletaron 1.500 jets privados. Espero que al menos les tocara las conciencias la reprimenda enérgica de la chica sueca,  Nuestra biosfera está siendo sacrificada para que los ricos de países como el mío puedan vivir lujosamente; pero el sufrimiento de muchos está pagando los lujos de unos pocos”.
          Y su exigencia final: «Quiero que entréis en pánico y que actuéis como si nuestra casa estuviera en llamas. Porque es así».

jueves, 7 de marzo de 2019

Desde Macondo. #STOPFEMINAZIS

Quiero creer (aunque sea mucho suponer) que los descerebrados que han lanzado a la calle el autobús con el lema de marras se habrán dado cuenta, a estas alturas, que han conseguido el efecto contrario, que la ridícula foto de Hitler maquillado y sus mensajes medievales, o antediluvianos, que no me he levantado generosa, son el ejemplo claro, la prueba viva, de que se necesita más que nunca el feminismo combativo que destierre para siempre a los cavernícolas, supremacistas trasnochados, casposos y rancios que aún pululan por ahí, y que se acogen a los derechos que niegan a otros para lanzar sus diatribas de odio.
          Quieren que se deroguen las leyes de violencia de género y niegan que exista una violencia hacia las mujeres por el hecho de serlo, y porque a su juicio,  existe violencia hacia la mujer, hacia los hombres, hacia los niños, hacia los ancianos… Ya, y hacia los animales, y hacia los muebles, cuando das un puntapié al armario que se resiste a ser cerrado. Pero no es esa la cuestión, ni la intención.
          Tampoco entiendo bien qué pinta Hitler en el mensaje, que el régimen nazi destilaba testosterona por los cuatro costados, vamos, que no se distinguió precisamente por la defensa y promoción de las mujeres, una lucha que, a lo largo de los tiempos, ha sido cosa de la izquierda, y muy alejada de la derecha y las dictaduras.
          En estas fechas manda el violeta. Y no lo soportan. Carteles,  plenos extraordinarios, actividades varias, declaraciones institucionales, lazos en las fachadas y hasta huelga.  En femenino plural, que estamos muy hartas de masculino singular, que ya no hay singularidades que valgan, por mucho que recorran España en autobús. 
          Que ya está bien.  Somos más de la mitad de la población. Han pasado muchos años desde que empezamos a votar, a estudiar, a integrarnos en el mundo del trabajo… Y aquí estamos. Copando las cifras del paro, con empleos peor remunerados que los hombres, con años más largos, que una mujer tiene que trabajar 418 días para ganar el mismo dinero que un hombre cobra por 365 días de trabajo.
          Pero además somos  violables, maltratables, asesinables. Propiedad del macho alfa, que se permite pasear en autobús y pasarse por salva sea la parte de su anatomía todos los colores violeta del mundo.
          ¿Qué ha vivido esta gente? ¿Qué ha leído? Desde la primera vez que tuve en mis manos Cien Años de Soledad me atraparon sus mujeres. Úrsula, que  dirige con mano de hierro  a siete generaciones de Buendías;  la exuberante Petra , a cuyo paso los animales se reproducían por millares, Sofía de la Piedad, con el don  de no existir salvo  en el momento preciso; la lánguida jovencita prostituta, y su abuela desalmada amasando una fortuna con su  nieta., Remedios la Bella, que asciende a los cielos entre una nube de flores amarillas tras acabar con todo varón que la pretendiera.  Felices o desgraciadas.  Acompañadas a todas horas o eternamente solas. Mujeres. Tan altas, bajas, rubias, gordas o flacas, listas o simples, madres o no, trabajadoras o desempleadas, serias o alegres. Como cualquier hombre. Como cualquier persona.
          Y tan poderosas como para callar a cualquier imbécil que a dos patas o sobre ruedas nos quiera llevar de vuelta al pasado.

lunes, 4 de marzo de 2019

EL ÚLTIMO REFUGIO

Decía Cortázar que “los libros van siendo el único lugar de la casa donde todavía se puede estar tranquilo”. Había tenido una vida plena y agitada, conociendo de cerca el mayo francés, la revolución cubana o la sandinista y la convulsa situación en gran parte de Latinoamérica, incluido el golpe militar en Argentina, su  país. Pero encontró la tranquilidad en un pequeño apartamento de tercer piso sin ascensor, lleno de libros, cientos de ellos dedicados por los mejores escritores de todo el mundo.
          Qué razón tenía, que ya son pocos los rincones de tranquilidad que nos quedan. En la casa y en el mundo. Pocos los sitios a los que no llegan la tele, las redes, los 4 ó los 5G y el fragor de batallas varias, de las de bombas y balas y de las dialécticas sin sentido que nos embrutecen más día a día.
          Me ha venido a la cabeza el acertado pensamiento de Cortázar precisamente leyendo el último Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros, que arroja una conclusión aterradora: crecen los lectores en España pero casi la mitad sigue sin leer absolutamente nada. Los jóvenes no acaban de engancharse, y las mujeres leen más que los hombres. Un 67,2% para nosotras, frente a un 56,2% para ellos. Casi once puntos, que dan qué pensar, visto lo visto en la vida cotidiana. Y en la Semana de la Mujer.
          Pocos lectores, en todo caso. Y así pasa, que donde falta la tranquilidad y el sosiego de la lectura, sin entrar en los conocimientos que se adquieren, todo es crispación y malos rollos. Por cierto, que en el convulso momento en que nos encontramos, más de un político, todos en realidad, debieran aplicarse con los libros, por la cuenta que les tiene, y que ya apuntaba Cicerón, maestro de oradores, cuando afirmaba que "a hablar no se aprende hablando, sino leyendo”. Igual escuchábamos menos estupideces en los mítines y ruedas de prensa. O las escuchábamos mejor dichas, que ya nos hemos resignado a oír de todo.
          Hay sesudos estudios que demuestran que leer relaja más que escuchar música,  que dar un paseo, tomarse una taza de té y, por supuesto, que jugar a videojuegos o navegar por Internet. Y que además de educar, los libros dan tema de conversación, proporcionan te hacen más listo, te relajan e incluso te hacen mejor persona.  Son los efectos secundarios de pasar un rato de tranquilidad, y no son para desdeñar, en un mundo en que nadie da nada gratis.
          Todo eso da los libros, y no entiendo como ese Barómetro de hábitos de Lectura sólo ocupa, año tras año, una modesta columnita en los diarios, o una noticia breve en la parte final de los telediarios. Tal vez si se explicasen con claridad los beneficios, si las autoridades educativas presentaran la lectura como una especie de bálsamo de Fierabrás, que cura casi todo, podrían mejorarse los índices de lectura, mejorar las personas y, de paso, mejorar el mundo.
           Que ya quedan pocos lugares tranquilos en él.