ESCRITO EN LA ARENA

Pensamientos, ideas, palabras que engulle la arena en el mismo instante en que se han escrito

lunes, 16 de julio de 2018

SANGRE REAL

De toda la vida sabemos que los reyes, en general, son distintos a nosotros. Que aunque no venga en el Génesis, Dios creó al hombre, a la mujer y luego, a la Monarquía. Y la situó por encima del bien y del mal y, por supuesto, del resto de los mortales. Así es, y así nos lo han contado, desde pequeñitos.
        Mientras intento digerir el torrente de declaraciones vertidas por esa princesa de tres al cuarto, la tal Corinna, que al parecer tiene sangre real, y las también supuestas y lucrativas andanzas de nuestro Rey emérito, me viene a la cabeza uno de esos cuentos de Andersen, de los troquelados de toda la vida, que leí cuando apenas aprendía a juntar las letras:” La Princesa y el Guisante”.  Seguro que a todos os suena, pero lo resumo rápidamente para los que aún no peinan canas.  Una Reina, empeñada en buscar la mejor esposa para su hijo, somete a todas las candidatas a una dura prueba, la de detectar un guisante colocado bajo veinte colchones. Sólo así se sabría si su sangre real era auténtica. Docenas de candidatas fueron desechadas, hasta que llegó la auténtica princesa, que se levantó llena de moratones por la molestia de la dichosa bolita verde.
        Y se casó con el Príncipe, y comieron perdices y todas esas cosas.
        Pues eso, que son diferentes. Imaginaos mi estupefacción, máxime cuando, en la época del cuento, yo dormía aún en colchón de lana. De esos llenos de bultos que no había forma de colocar, y que te absorbían literalmente cuando te tumbabas en la cama. Se movían contigo, dándote la sensación de estar en un barco a la deriva, por lo que se balanceaban a cada cambio de postura. Y pensaba en el guisante, en cómo podría notar alguien una cosa tan pequeña, sin confundirla con los nudos de la lana.
        El cuento, como todos, tenía un mensaje. La realeza era muy especial, desde la cuna. Capaces de vivir en su burbuja de palacios, yates, cacerías, viajes exóticos y demás, con la única obligación de salir a saludar de cuando en cuando. Y cobrando generosamente por ello, claro. Sin despeinarse.
        Así es como tiene que ser. Lo hemos aprendido desde pequeños ¿Quién no ha leído un cuento de príncipes y princesas? Guapísimos, apuestos, bellas hasta quitar el aliento, viviendo felices desde la primera línea hasta el y colorín colorado…
        Ahora que he crecido, que los colchones de lana son un mal recuerdo y que sé casi todos los cuentos, la vida para los personajes de sangre real sigue más o menos igual. Hasta ha mejorado. Los personajes  ya no son de ficción, que han traspasado las tapas troqueladas del cuento y han sentado sus reales aquí mismo, en nuestro mundo.
        El tema daría para más que un puñado de páginas ilustradas. En la era de lo audiovisual, daría para una película, o una serie de esas interminables con un puñado de personajes principales y un sin sinfín de secundarios. Sacerdotal. Un rey emérito, con sus correspondientes hijos, hijas yernos , nueras, primos y demás familia, una "amiga entrañable",  también princesa, que está cantando la Traviata por despecho, no sabemos si amoroso o económico,  un comisario vengativo, algún empresario de postín, de esos que sólo se codean con la realeza, los servicios secretos…
        Y todos pasando de puntillas, que hablamos de sangre real y las consecuencias pueden ser terribles. No sé si el color de la sangre, roja o azul, es determinante para hablar de justicia, de decencia, de ejemplaridad, de respeto…
        Pero tengo claro que no es de recibo que nos sigamos afanando en quitar de sus camas el guisante que molesta sus reales cuerpos, mientras los nuestros soportan todos los rigores imaginables.

jueves, 12 de julio de 2018

Desde Macondo. LOS NIÑOS

Sabemos que su equipo lleva por nombre “Los jabalíes salvajes”. Y que el más pequeño tiene 11 años. Poco más. No tenemos ni idea de su procedencia, de cómo son sus padres, del entorno social en que se mueven, de qué quieren ser de mayores, si son hijos únicos o tienen muchos hermanos. No sabemos casi nada, pero hemos pasado dos semanas pendientes de ellos.  Y los consideramos como de la familia.
          Los niños tailandeses han formado parte de nuestras vidas, y lo seguirán haciendo un tiempo, que ahora vendrán los reportajes sobre la recuperación, los homenajes, la vuelta al cole y a las actividades deportivas, y todo lo que conlleva haber pasado, y haber salido, de una experiencia tan traumática como la que han vivido.
          Conoceremos sus nombres, a buen seguro. Y su versión de las dramáticas jornadas, y más cosas. Y las seguiremos encantados, como si todos hubiéramos sido parte de su salvación. Es lo que tienen los niños, que nos tocan la fibra, nos reblandecen el corazón, demasiado endurecido tan a menudo y, aunque sea momentáneamente, nos hacen ver la vida de otra forma.
          Los niños sin nombre de Tailandia me han traído a la memoria a otros pequeños que, en algún momento, también han sacudido las conciencias dormidas, y han caído rápidamente en el olvido. ¿Quién se acuerda ya de Aylan? ¿O de Mohamed? Uno era un niño  ahogado en la playa y el otro, un  pequeño sirio al que se esforzaban inútilmente  en reanimar dos pescadores turcos.
           Las imágenes dieron la vuelta al mundo y arrancaron más de una lágrima.  A mí también.  Y desde entonces, he escrito docenas de veces noticias que hablan de pateras hundidas con no sé cuántos muertos, entre ellos, 7 niños, 5 niños, 3 bebés…Sin edad y sin sexo.
          Todos sin nombre y sin foto, y por eso no lloramos, No son de nuestra familia. No son nuestros muertos. Poner nombre, cara y circunstancias a cualquier historia es una máxima del Periodismo. Siempre me lo han contado así. Lo próximo, lo cercano, lo que conocemos, es lo más importante. Y a lo que queda lejos, hay que acercarlo dotándolo de rasgos humanos, de cualquier detalle que nos sacuda la conciencia y nos haga leer el artículo hasta el final.
          Se nos ha encogido el corazón al pensar en el sufrimiento de los niños tailandeses en sus días y sus noches empapados, asustados, a oscuras… Igual que nos debiera angustiar pensar en el terror de quienes, con muy pocos años, ya han vivido el horror de la guerra, las dificultades de la huida entre bombas y disparos, el hambre, el frío, la pérdida de sus padres y hermanos, y caen en otro infierno, el del mercadeo, el desprecio,  la indiferencia … Quizás haya que borrar del mapa esta Humanidad empezar de nuevo, como en Macondo, cuando el mundo era tan reciente que las cosas carecían de nombre, y había que señalarlas con el dedo para nombrarlas.
          No tienen nombre, pero lo que nosotros hacemos con ellos, tampoco lo tiene.

miércoles, 11 de julio de 2018

PALABRAS DE SALDO. (La RAE reparte diccionarios)

Cuando una ha crecido adosada a un diccionario, convertido casi en prolongación de su brazo, cuando ha hecho entre sus páginas sorprendentes descubrimientos, cuando los sigue considerando como tabla de salvación para entender lo ininteligible, poséis suponer que se queda en blanco al leer la noticia: “La RAE regala ejemplares del diccionario en papel porque nadie los compra”. Así, sin anestesia.
          Bien cierto es que posteriormente, y ante la crudeza del enunciado, las autoridades de la Institución han matizado que no se trata de regalos, sino de donaciones. Pero no es menos cierto que el  académico Pedro Álvarez de Miranda ha reconocido que la Real Academia Española (RAE) 'está regalando' los numerosos ejemplares sobrantes de la edición del diccionario en papel y ha puesto en duda la continuidad de publicación de diccionarios en este formato.
          Se me han puesto los dientes largos de pensar en almacenes llenos a rebosar de cajas con el preciado tesoro dentro, y los pelos de punta al seguir leyendo que hasta habían pensado en destruirlos para liberar espacio.  Aunque evidentemente, se ha impuesto la cordura y se están enviando a colegios, centros públicos etc.
          Vale que estamos en la era digital, que ya nadie se sienta, como comisario Jaritos de Petros Markaris, con el  Dimitrakos en el regazo, para relajarse tras un duro día de trabajo. Y que en las escuelas ya no se señalan en rojo las palabras que hay que buscar, como tarea para hacer en casa, una de las tareas más gratificantes de mi infancia, que me enganchaba y me dejaba con ganas de más.
          Sigo teniendo el diccionario al alcance de la mano, aunque confieso que también acudo al digital. Y me niego a compartir las disquisiciones del académico citado más arriba, que habla de hacer en adelante tiradas muy cortas, sólo para coleccionistas o para nostálgicos.
          Pero claro, los números cantan, y la realidad es que se han quedado en los almacenes la mayor parte de los 50.000 ejemplares de la última edición, mientras que las consultas en línea a la última edición del Diccionario de la lengua española alcanzaron, a finales del año 2017, cerca de 750 millones, con una media de consultas mensuales de 65 millones.
          Demoledoras sin duda alguna, aunque la frialdad de las cifras nunca puede compararse a la cálida sensación de abrir las páginas para buscar una palabra y, en el camino, encontrarte muchas que desconocías o que tenías olvidadas, y se te ofrecen como un regalo.
          Eso no tiene precio. Ni los 99 euros que cuesta el Diccionario de la Real Academia Española.

jueves, 5 de julio de 2018

Desde Macondo. EXTRAORDINARIO


Extraordinario: "Fuera del orden o regla natural o común", según nos ilustra la Real Academia. Así de fácil y así de claro. Y así lo ha explicado la nueva ministra para el Cambio Climático:. "Algo extraordinario, como los trasvases, no se puede convertir en ordinario".

        No es que haya dicho nada nuevo, nada que no supiéramos en esta parte de España, y que se resisten a "aprender" en otros lugares situados más al Este de la piel de toro, pero ya estábamos echando en falta a alguien que pusiera los puntos sobre las íes, que en una sola frase aclarara lo que, por sentido común debiera estar cristalino, como el agua que corre por el canal del trasvase, muy distinta por cierto de la que arrastra el pobre Tajo por estos lares.

        Pero además de decir que las  aportaciones extraordinarias deben ser eso, extraordinarias, la ministra ha ido más lejos para dejar constancia de lo que también es una realidad palpable, que durante muchos años hemos tenido delante el mito del déficit hídrico, cuando en realidad no hay cuencas deficitarias ni excedentarias, porque cada cuenca tiene lo propio de cada una, lo que le corresponde por sus condiciones y su situación. Para lo bueno y para lo malo, como se suele decir.

        Claro que puede suceder que en algún momento se necesite un apoyo puntual, pero lo dicho, de forma extraordinaria, que la excepción no puede convertirse en la regla que se repita prácticamente todos los meses. Y así un año tras otro, y van.... Mejor no contarlos. Porque lo cierto es que en la cuenca del Tajo contamos cada año de trasvase como un paso adelante en la degradación total del río, en la pérdida de caudales ecológicos, de calidad de vida y de pérdida de riqueza de quienes habitamos en sus riberas.

        Nadie niega que haya que garantizar el acceso al agua potable para consumo humano. faltaría más. Pero hay usos industriales y económicos que no se corresponden con los recursos que tiene la zona que reclama incesantemente agua, como si estuvieran muertos de sed.  Mientras, eso sí, multiplican sus tierras de regadío o su macrourbanizaciones que, lógicamente, necesitan de un trasvase cada mes, y a poder ser, cada semana. Todo con la filosofía de que, aunque no tengamos agua, ya nos la darán.

        Cada región tiene lo suyo, y debe adecuar su forma de vida a sus recursos.  Que ya está bien de crecer a nuestra costa, mientras nosotros languidecemos.  Y hablando de costa, por estas resecas tierras no tenemos mar, que es una importantísima fuente de recursos turísticos, pesqueros y de toda índole.

        Igual deberíamos empezar a reclamarlo, que quien no llora, no mama. Claro que tenemos que garantizar un acceso a agua potable para consumo humano en las regiones más secas, y pensar en cuáles son las necesidades para otros usos industriales y económicos. A solidarios no nos gana nadie y, visto lo visto, a tontos, tampoco.

        El fundador de Macondo, el primer Buendía, dispuso de tal modo la posición de las casas, que desde todas podía llegarse al río y abastecerse de agua con igual esfuerzo. Aquí no hemos tenido esa suerte, y es hora de que empiece a cambiar.

        Ojala hayamos entrado, de verdad, en una nueva era, en una etapa en la que no haya que hablar de trasvases un día sí y otro también, porque se habrán convertido en algo extraordinario, fuera del orden o regla natural o común.

martes, 3 de julio de 2018

SI TUVIERA QUE ELEGIR...

Acaba el plazo. Bueno, el primero, que no entiendo yo muy bien eso de que ahora se elige y luego vuelven a elegir los compromisarios (que como todo el mundo sabe, son los más próximos al aparato). Pero sea como sea, la décima parte de la ínfima cantidad de afiliados que ha resultado tener el PP, han terminado de votar.
        Qué nervios. Y es que, si yo fuera afiliada, la verdad, no sabría que votar. Me pongo en la piel de los militantes, toda la vida acostumbrados a que se lo dieran hecho y ahora, de la noche a la mañana, un montón para escoger. Seguro que habría muchos que no comulgaran con Rajoy, pero es lo que había, y sin complicaciones.
        Pero la vida moderna les ha complicado la existencia. Menudo trago. Si miro a Cospedal, me vienen de golpe todos los inmisericordes hachazos en Castilla-La Mancha; de Soraya, qué queréis que os diga, con sus pucheritos falsos mientras anunciaba un recorte tras otro; Margallo no es que nos pusiera precisamente en el mundo, Y Casado… Es que no puedo evitar que se me represente Aznar cada vez que lo miro. Los nuevos, pues no sé. El Juanrra es un tipo simpático, pero no creo que llegue más allá. Y si llega, ya lo corregirán en el Congreso que viene a continuación.
        Así las cosas, y sin meterme en complicaciones de quien está en la derecha derechísima, un poqutin más acá o tira ligeramente al centro, la verdad es que las cosas están difíciles, a tenor que lo que estamos escuchando estos días, críticas y reproches de unos a otros, que luego serán difíciles de retirar, aunque unos y otros/as repitan el mantra de que, al día siguiente, y gane quien gane, todos tan amigos.
        Mientras se afanan, carretera arriba y abajo, en conseguir fieles para su causa, me ha dado por pensar en el registrador Rajoy, disfrutando de la que ha liado, mientras echa una firma de cuando en cuando y juega la partida en un bar de Santa Pola.  Y por alguna extraña asociación de ideas me he trasladado al Macondo de Cien Años de Soledad, a las discusiones entre el coronel Buendía y  don Apolinar Moscote, miembro efectivo del partido conservador, para quien los conservadores eran los defensores de la fe de Cristo, del principio de autoridad, y no estaban dispuestos a permitir que el país fuera descuartizado en entidades autónomas, frente a los liberales, que eran masones; gente de mala índole, partidarios de implantar el matrimonio civil y el divorcio.
        Y el coronel Aureliano Buendía, cansado y curtido en mil batallas, antes de desengañarse de todo y de retirarse a crear pececitos de oro, termina constatando que “la única diferencia actual entre liberales y conservadores, es que los liberales van a misa de cinco y los conservadores van a misa de ocho" .
        Pues eso. Igual tampoco es tan difícil elegir. 

miércoles, 27 de junio de 2018

¡QUE LA VUELVAN A RAPTAR! (Cuándo Zeus se llevó a Europa)

Puede que, hoy por hoy, sea el sitio menos malo para estar. Lo cual no significa que sea bueno. No es la Europa que debería ser,  no se acerca para nada a ese modelo de unidad que soñaban los defensores de un Viejo Continente fuerte, defensor de los valores democráticos, ejemplo para el mundo.
        Pues eso. Ni de lejos. Recordando el clásico mito griego, da ganas de que la vuelvan a raptar. Para ver si la devuelven en mejores condiciones, claro. El caprichoso y enamoradizo Zeus, transformado en un toro blanco, sedujo a la bella joven Europa, llevándola lejos de su gente y de su tierra. Así, sin más, que para eso era Dios. Y es que el universo mitológico griego estaba repleto de dioses que, lejos de ser justos, adolecían de las mismas debilidades que el hombre, aunque estaban dotados de poderes extraordinarios. Caprichosos y egoístas, no dudaban en emplear la fuerza y el engaño, cómodamente instalados en el Olimpo y sin preocuparse lo más mínimo por lo que pasaba abajo, entre los hombres.
        De todos es sabido que los dioses, los de antes y los de ahora, son caprichosos. No entendemos nada los simples mortales de los designios divinos, y así ha sido desde que el mundo es mundo, y aún antes. No hace falta tener una imaginación desbordada para hacer un paralelismo lógico entre la actitud de los antiguos dioses y el Gobierno de la Europa que padecemos. Cualquiera podría imaginar en las reuniones del  Consejo Europeo a nuestros jefes de gobierno en el Olimpo de Bruselas, tomando néctar y ambrosía y discutiendo ajenos a la realidad, ajenos a los comunes mortales a los que han enviado al inframundo de la penuria y la miseria con unas políticas de ajustes que han demostrado que solo sirven para seguir hundiéndonos en el pozo, para alejarnos del cielo.
        O a los que se ahogan en el Mediterráneo mientras se ponen de acuerdo en cupos y políticas migratorias o nos echan en brazos del populismo más obsceno., como si no recordaran lo sucedido no hace tanto.
        No queremos una Europa de los mercaderes, esa que sólo se pone de acuerdo en cuestiones monetarias, de recortes, de políticas de ajustes, de objetivos de déficits y demás zarandajas que sólo nos hacen la vida más difícil. Hay que dar una vuelta completa y volver a los inicios, a la idea de una unión de países solidarios, igualitarios, justos, humanitarios y compasivos. A la vieja idea de la democracia que nació justamente aquí, a las orillas del Mediterráneo, y que parece haber sido engullida por el mar que le dio la vida.
        Puede que aún no sea tarde, que no haga falta que la vuelvan a raptar. Que estemos a tiempo de rebelarnos contra los dioses caprichosos que no miran por los humanos.
        Aunque la mitología nos cuenta que Europa, sumisa y débil, fue abandonada por Zeus en Creta después de darle tres hijos y lo mejor de su vida…

Desde Macondo. SENTADOS EN EL ANDÉN

Cada vez que nos quejábamos de la incomodidad de un autobús, o de lo bien aprovechado (con retintín) que está el espacio en los aviones, o incluso del retraso de unos pocos minutos en el AVE, insuficientes para la devolución del importe del billete, pero retraso al fin y al cabo, mi padre nos contaba la fascinante historia de esa vez, mucho antes de que yo naciera, ni de que lo hicieran los hermanos que me preceden, ni que incluso hubiera empezado la vida en común con mi madre, en que tuvieron que ser evacuados de un tren por el desbordamiento del río Jarama.
          No de cualquier tren, no de uno “con las comodidades de ahora”, que eran vagones con asientos de madera, una auténtica tortura, especialmente cuando el viaje a Madrid podía prolongarse media docena de horas, que las máquinas daban para lo que daban. No he dicho, hasta ahora, que mi progenitor cumplirá noventa años en un par de meses, y que la historia de los incómodos y lentísimos trenes se remonta a hace al menos seis o siete décadas.
          Todo esto me ha pasado por la cabeza viendo la enésima imagen de un tren Extremadura-Madrid, con paso y parada en talavera, varado en las vías, esta vez por fuego, otras, por causas diferentes, con los pasajeros cargados de maletas en mitad de la nada, esperando el autobús salvador que los acercara a la civilización.
          Ya está bien de bromas. Que esto está muy por encima de lo soportable y no pueden salirse con la suya los que han decidido condenarnos a andar poco menos que en esos polvorientos trenes del Oeste a los que siempre adelantaba la  diligencia. No hablo de Alta Velocidad (¿Dónde andará?), ni de conexiones con esa Europa desgarrada e inconexa. Hablo de ese tren humilde que nos hace de cordón umbilical con otros puntos del país y nos permite aferrarnos a la idea de que no somos una isla, aislada y a la deriva condenada a cien o a mil años de soledad.
          Mientras en el resto del mundo avanzado se habla de aviones supersónicos, de estaciones espaciales y hasta de la conquista de Marte, aquí suspiramos por un trenecito normal, uno de esos que no va muy deprisa, nada de tren bala, ni tan siquiera alta velocidad, pero que te lleva a destino en un tiempo prudente, pasa a horarios regulares y no traquetea demasiado, que los huesos ya no son lo que eran, y se resienten.
          Seríamos moderadamente felices con unos vagones limpios, con cuarto de baño y esas cosas, y, si pudiera ser, que parara en estaciones convenientemente iluminadas, que esa es otra,  con algún banquito para sentarse a esperar, con climatización que nos librara de los rigores del invierno y del verano y, por pedir, en el colmo de la osadía, que tuviera una cantina para tomar un café o un bocadillo. Ya veis, pobres hasta para pedir, y ni eso nos conceden, que el Ministerio de Fomento ha decidido que no nos merecemos más que unos trenes antediluvianos, que llegan cuando quieren y se paran cuando les parece.
          Cuando Aureliano Triste decidió vincular Macondo con el resto del mundo sólo pronunció una frase: Hay que traer el ferrocarril. Y unos meses después, un  tren amarillo atravesaba la población entre silbatazos y resoplidos. En sucesivos viajes, el tren trajo la electricidad, y el cine, y el gramófono.
          Y Macondo empezó a ser ciudad. Hubo un antes y un después del ferrocarril, como en todas partes. Menos aquí, que seguimos, sentados en el andén,  desgranando nuestros cien años de soledad.