ESCRITO EN LA ARENA

Pensamientos, ideas, palabras que engulle la arena en el mismo instante en que se han escrito

miércoles, 21 de junio de 2017

Desde Macondo ¿QUÉ HARÍAS TÚ?

… En un ataque preventivo de la URSS. Ya no existe el Telón de Acero ni, en teoría, esa amenaza latente que nos pesaba como una espada de Damocles, siempre sobrevolando nuestras cabezas. Cayó el muro y pasó la Guerra Fría. Hoy hay cientos de vallas, con concertinas y sin ellas, de fronteras más inexpugnables que cualquier pared de hormigón, de guerras de todos los tamaños y de enemigos que se llaman bombas y balas, pero también responden a otros nombres, al de hambre, miedo, desesperación…
        Y la pregunta es la misma ¿Qué harías tú? Es la que tendríamos que hacernos todos en lugar de hablar de pasada de refugiados, de comentar el tema como se comenta el tiempo, una jugada de fútbol o la última salida de tono del político de turno.
        No sé qué haría. Me lo pregunto cada vez que los medios nos obsequian con alguna de las “historias humanas” de los inmigrantes. Como si no lo fueran todas. Humanas, digo. De cuando en cuando, se pone cara y nombre a alguno de los dramas por los que pasamos de puntillas, unos minutos en los informativos y alguna foto más o  menos impactante de un niño tirado en la playa, o una madre que se aferra a su bebé muerto, o un padre desesperado porque ha perdido a toda su familia.
        En un alarde de humanidad nos dicen que se llaman Aylan, o Ahmed o Leyla; que salieron de su país hace meses y han atravesado a pie una docena de países para llegar muy cerca de nosotros, pero a conveniente distancia; o que no habían visto el mar hasta que una noche oscura se embarcaron en una pequeña barca de plástico, de esas que vemos en las piscinas y en las playas.
        Y yo no sé qué haría. No sé si sería capaz de echarme al mar con un bebé de siete días y tres hijos más, sin comida, con lo puesto y viajando hacia un horizonte incierto. No sé si el amor de madre, el miedo o la desesperación, me empujaría a emprender el camino. No sé a qué grado de desesperación hay que llegar para poner rumbo a lo desconocido, para embarcarte y embarcar a los tuyos en una travesía sin final conocido. Todos tendríamos que hacer este ejercicio, pensar qué haríamos y, sobre todo, qué horror y qué infierno deben estar viviendo quienes deciden salir de su país.
        No se trata de conmoverse e indignarse puntualmente, cuando vemos una larguísima fila de cadáveres, de todos los tamaños, tapados con sábanas en cualquier playa del Mediterráneo. Ni de secarnos los ojos con el pico del pañuelo mientras vemos la impotencia de un voluntario de cualquier ONG con un pequeño cuerpo en brazos, rescatado demasiado tarde de las aguas.
        No basta con tragarnos la ración diaria de salvamentos en el mar, de lágrimas y mocos, de padres y madres desesperados embistiendo la valla de turno… Y a otra cosa. A ver qué pasa con el “Brexit”, o cuándo se arreglará el país, o si habrá o no nuevas elecciones. Más allá de decidir si “colocamos” a unos centenares de pobres refugiados, si a ti te cocan 58 y a mi 122, deberíamos pensar qué haríamos nosotros si viviéramos en Siria, o en Sudán o en Libia. Entonces, igual daríamos una respuesta diferente a quienes llaman a nuestras puertas.
        El primer Buendía buscaba el mar cuando emprendió con su familia la búsqueda de un lugar para vivir. Afortunadamente, nunca lo encontró. Y su estirpe se prolongó por siete generaciones. Hasta el diluvio.

jueves, 15 de junio de 2017

Desde Macondo. GAOKAO, SUNEUNG… Y BOTELLÓN

Media docena de coches en doble fila, dos docenas de cihcos y chicas, unos esperando turno y otros armados ya con bolsas de plástico repletas de botellas. Nada de particular, a las puertas de uno de los muchos establecimientos en los que los jóvenes se aprovisionan convenientemente de alcohol.  Lo de cada fin de semana, y ocasionalmente, cada jueves. 
        Nada fuera de lo normal, aún estando en la semana de los exámenes de Selectividad, EvAU, como se llama ahora, en los que, en teoría, se tiene que dilucidar, o al menos encaminar, el futuro de cuantos se dirigían alegremente, y por la “coincidencia” que el establecimiento de marras está regentado por orientales, y porque ese mismo día había estado leyendo un amplio informe de cómo afrontan las pruebas de acceso a la Universidad en dicha parte del mundo. En Corea y en China. 
        El 'gaokao' o examen anual de acceso a la universidad es considerado como un punto de inflexión para el futuro de millones de jóvenes chinos. Un buen resultado en la prueba asegura una plaza en los centros de más nivel en China y abre las puertas a mejores oportunidades de trabajo en un mercado laboral cada vez más competitivo. Las familias se endeudan buscando profesores privados y los jóvenes dedican 18 horas del día a estudiar sin distracciones. Los centros educativos  son superestrictos, porque también a ellos les va. Parte de la financiación de los centros educativos depende de los resultados de los alumnos en el gaokao. Los que sobresalen reciben más dinero, con lo cual pueden contratar a mejores profesores, pagarles más y renovar las instalaciones.
        En Corea del Sur, el examen se llama “Suneung”. Cambia el nombre pero la historia es la misma. O peor, que el país lleva años siendo uno de los países con el mayor índice de suicidios de estudiantes de la OCDE. 878 estudiantes se han quitado la vida entre 2009 y 2014. Y gran parte de ellos lo han hecho en estas fechas, que se afrontan como una operación casi militar en la que las autoridades dan órdenes para que se retrasen las aperturas de negocios, la Bolsa, los vuelos comerciales o los de los aviones militares, y un pelotón de voluntarios y agentes se despliegan por las calles para facilitar el tráfico y facilitar la llegada de los alumnos a los centros donde realizarán las pruebas. 
        Por no hablar de que en los días previos a esa cita, templos budistas e iglesias cristianas suelen estar repletos de madres que portan los retratos de sus hijos y rezan bajo la convicción de que su fe reforzará las posibilidades de los chavales en los exámenes.
        Que hasta los dioses son necesarios cuando se habla de futuro, aunque aquí no lo entendamos así. No lo entienden los jóvenes, que piensan que se les va a aparecer la Virgen para iluminarlos; o que están desengañados viendo los camareros, los taxistas o los que friegan platos en cualquier país europeo con dos carreras y un máster; no lo entienden los padres, demasiado permisivos y muy dados a decir eso de que son cosas de la juventud.
        Y no lo entienden, y es peor, los gobernantes, con sus erráticas leyes educativas, encerrados en esa falsa recuperación que se traduce en trabajos precarios ligados a la estacionalidad y al turismo, por el que se aplauden cada día a sí mismos, y están encantados de haberse conocido. Les queda muy lejos la agitación del Gaokao y del Suneung. Y hasta de la Selectividad sin Platón ni Kant que se han inventado.
        Así no se conquista el futuro. Ni siquiera el imperfecto. 

miércoles, 7 de junio de 2017

Desde Macondo. TRABAJO Y POLISEMIA

Leyendo y escuchando las cifras del paro, me ha venido a la mente, cada vez más caprichosa (será por la edad), la definición de polisemia, casi tal y como o aprendí de niña, allá por la Prehistoria. Una palabra polisémica es la que tiene más de un significado. Al menos, cuando yo estudiaba, que ahora las cosas han cambiado mucho. Aún me acuerdo de los ejemplos: cabo, como accidente geográfico, como mando militar o como final de una cuerda; y cresta, de gallo o de una ola; y sierra, instrumento de carpintero o sucesión de montañas, o cura, como sacerdote o remedio médico). Y muchas más, que la lengua de Cervantes, sin recortar, es infinita.
          Y os preguntaréis qué tiene que ver la polisemia con el tema que me la ha recordado. Para empezar, el término “paro” también es polisémico, Acción y efecto de cesar en el movimiento o en la acción; huelga; Situación de quien se encuentra privado de trabajo o conjunto de todas aquellas personas que no están empleadas porque no encuentran trabajo. El diccionario también admite el término como el subsidio que perciben las personas que están en situación de desempleo.
          Pues ya veis. 111.908 personas ya no están en las listas del INEM. Por varias razones, pero, en principio, porque han encontrado un puesto de trabajo. Y volvemos a la polisemia. Trabajo, según el diccionario, es una ocupación retribuida; es también esfuerzo humano aplicado a la creación de riqueza (en contraposición a capital). Puesto, es el lugar o sitio señalado para la ejecución de algo.
          Nada nos dice la RAE, que no está para eso, de tiempo, ni de salario, ni de condiciones. Puesto de trabajo puede referirse a seis horas semanales, a doscientos euros, a fines de semana interminables a cincuenta euros la jornada, a minijobs, a retribución que te permite comer, o pagar el alquiler o la hipoteca, a independizarte, a sobrevivir, a emprender un proyecto de vida, a ser becario hasta los cuarenta y, por supuesto, a prestar servicios por debajo de ese salario mínimo que dónde andará.
          La letra pequeña nos cuenta que sólo el 8,25% de los contratos son indefinidos. La precariedad crece a una velocidad de vértigo. Por primera vez en la historia se han firmado más de dos millones de contratos en un solo mes. Y hay otros números inquietantes. Uno de cada cuatro contratos dura una semana o menos; la duración media de los temporales se acorta sobre la de hace 10 años, 54,6 días frene a 81 días. Por cada nuevo afiliado al régimen general hizo falta firmar 11,34 contratos.
          Todo eso y mucho más cabe en la fría cifra de reducción de los inscritos en las oficinas de empleo. Hemos llegado al punto de cambiar el significado de las palabras para llamar puesto de trabajo a lo que antes sería un mero complemento, una actividad al margen para sacarse unas perrillas adicionales. A lo largo de la Historia, han sido millones los que han prestado sus servicios por la comida y el alojamiento, y eso también era trabajo.
          La crisis inventada que ha puesto el mundo al revés, ha cambiado también el significado de las palabras. Hemos sustituido resignación y supervivencia  por justicia y dignidad , que no admiten otro significado.
          No son palabras polisémicas.

jueves, 1 de junio de 2017

Desde Macondo. HUMANIDAD EN VENA

En estos tiempos, en los que nos han convertido el cerebro en calculadora y una cartera ocupa el lugar del corazón, en los que los  planes de estudio no contemplan la enseñanza del latín ni de la filosofía, incluyen la historia como parte de la asignatura de ciencias sociales, y la literatura se aborda en las clases de lengua, y se ha catalogado como poco menos que inútil el aprendizaje de las artes, me ha llamado poderosamente la atención una iniciativa que, por razones personales he conocido de cerca.
        La han llamado “Música en vena” y no podrían haber encontrado un nombre mejor. Justo cuando las cabezas pensantes deciden que no vale para nada dedicar tiempo y esfuerzo a las artes, que las miran con desprecio como “marías”, un grupo de entusiastas demuestran (porque descubierto estaba desde hace siglos), que la música cura. Y se han puesto a ello. De forma voluntaria, arrastrando sus guitarras, sus violines, sus clarinetes o sus flautas por las UCI, las unidades de neonatos o las de rehabilitación de los hospitales. Cosechando sonrisas, y miradas de agradecimiento y, me consta, yéndose a casa con el corazón más grande, pugnando por salir del pecho, aunque no haya nada en la cartera.
        Son los MIR, los Músicos Internos Residentes, como se han bautizado, en un nada descabellado propósito de conseguir que se normalice la actividad, que este “tratamiento especial” pueda, de alguna forma, ser una salida profesional, una forma de ganarse la vida mientras alegran y mejoran las de otros. Como han hecho los músicos de toda la vida de Dios, desde que el mundo es mundo. Y la poesía, y la pintura, y la poesía. Y los libros.
        Cualquiera de esos “conocimientos inútiles” que quienes diseñan los planes de estudios y pretenden diseñar el mundo como si fuera un traje a su medida, con una mentalidad completamente materialista y poblado únicamente por homo economicus, quieren borrar de la faz de la Tierra, sin pararse a pensar, porque no da dinero, que de las Humanidades y las Artes depende nuestra visión del mundo, que gente mucho más lista que ellos han demostrado, por ejemplo, que la música tiene efectos positivos en el desarrollo cognitivo, creativo, intelectual y psicológico de los niños. Incluso se ha demostrado que la música estimula el hemisferio izquierdo del cerebro, el encargado del aprendizaje del lenguaje, los números y el uso de la lógica.
        Y también cura. No sé si “Música en Vena” tendrá la receta, la fórmula magistral para salvar a nuestra enferma sociedad occidental, empeñada en convertirnos en simples piezas de engranajes desechables y sustituibles ante el menor signo de desgaste en nuestra capacidad productiva.
        Ya lo dijo el ministro de Educación, José Ignacio Wert: "Hay asignaturas que distraen". Pues prefiero una y mil veces distraerme con la música, con la poesía, buceando en la historia; con cualquier “maría” de las que nos dotan a los individuos de alma, de sentido y sensibilidad.
        De humanidad en vena.

miércoles, 24 de mayo de 2017

Desde Macondo. LAS CORRUPCIONES

Ahora que la corrupción es una sección fija en los periódicos, un “cintillo” como se decía en la moribunda prensa de papel, “Internacional”, “Local”, “Sucesos”, “Sociedad” o “Deportes”, ahora que el término está incorporado plenamente a nuestras charlas familiares, a las de barra de bar y hasta a nuestras conversaciones con nosotros mismos, me ha venido a la memoria un libro que leí hace muchísimos años, cuando no se hablaba de corruptos (porque haberlos, los había), y cuando aún creíamos en algo. En nosotros mismos, también.
        “Las Corrupciones, de Jesús Torbado, periodista en una época en que el periodismo ilusionaba, no tenían nada que ver, o sí, con las que ahora nos ocupan y nos preocupan. Era un libro extraño construido sobre la teoría de que el ser humano se va corrompiendo a medida que pierde la fe en Dios, la fe en los hombres y la fe en uno mismo.
        Entendiendo a la divinidad en genérico como lo que nos hace distinguir el bien del mal, lo justo de lo injusto, es obvio que no le hacemos mucho caso. Y aunque de cuando en cuando algo nos haga mantener la esperanza en el género humano, lo que nos rodea tampoco nos da muchas alegrías que digamos. Quedamos nosotros, cada cual con su conciencia y a menudo, ni nos soportamos.
        No sé qué moral o qué conciencia puede impulsar a alguien a robar a manos llenas mientras niega el pan y la sal a sus semejantes. Cuesta trabajo creer que alguien puede disfrutar de yate, piscina, mariscadas y casoplones, sabiendo que todo eso supone menos hospitales, menos colegios, menos pensiones, miles y miles de familias viviendo a duras penas, de gente empobrecida…
        Las corrupciones, de las que hablamos tan a la ligera, no son millones aparecidos como por ensalmo en una cuenta suiza o en el altillo de la casa de un sufrido suegro. Y los corruptos no son listillos que han visto la oportunidad de apañarse sus vidas, las de sus hijos y las de sus nietos. Es el concepto que hay que cambiar, cada día, en cada momento, desde por la mañana, antes de mojar en el café, con la tostada, el “caso del día”.
        Nos están corrompiendo a todos. Las encuestas nos cuentan, día sí, día también, que volverían a ganar los mismos, que estamos resignados a que nos roben, que hemos interiorizado, hasta hacerlo dogma de fe, eso de que siempre ha habido ricos y pobres.
        Como en el libro del que hablaba arriba, hemos olvidado los conceptos de bien y mal, de moral e inmoral, de justo e injusto; hemos perdido la fe en los hombres y damos todo por inevitable. Pero la peor de las corrupciones es perder la fe en nosotros mismos. Y en esas estamos. 

miércoles, 17 de mayo de 2017

Desde Macondo. CIBERATAQUES COTIDIANOS

No hay nada en mi ordenador que merezca un ciberataque. Creo. Ni mi humilde persona puede ser objetivo de los temibles piratas informáticos, que son ahora la amenaza de moda. Pero a mi modo, y en mi medida, también me siento atacada. Por tierra, mar y aire. Con encender la tele, la radio o asomarme a uno u otro periódico, por no hablar de las redes sociales. Nunca ha habido tantos expertos en tantos temas, y a la misma vez.
          Eso son ciberataques, y lo demás es cuento ¿O es que no os han atacado a vosotros los opinadores, intentando por todos los medios haceros tragar sus teorías sobre uno u otro asunto? Y claro, como en todo, hay opinadores amateurs, y los hay profesionales. Estos son los peores, que se revisten de un aura pseudocientífica e ilustrada que te apabulla, y hacen que te tragues todo lo que se les ha ocurrido esa tarde, a propósito de cualquier cosa.
          Todo este rollo de introducción viene a cuento de que no vi el debate a tres de los aspirantes a la secretaría general del PSOE. Pero como la carne es débil, apenas llegué a casa me zambullí en media docena de periódicos digitales, un par de tertulias y dos o tres informativos radiofónicos. Todos muy doctos… Y todos distintos. No creáis que por ser medios más a la izquierda o a la derecha. Qué va.
          La diferencia estaba en quien escribía o hablaba. En el opinador. Para unos ganó ella; para otros, claramente él; incluso, en otro medio, ganaba sin problemas el “árbitro”, como denominaban al tercero en discordia, aunque todo el mundo sabe que un árbitro nunca gana un encuentro.
          Y luego están facebook, twitter y demás. Que ya no tienen vídeos de gatitos ni mensajes de autoayuda. Ni siquiera me piden hortalizas para los juegos de granja no me invitan al Candy Crush. Ahora están colonizados por docenas y docenas de comentarios, con sus correspondientes réplicas y contrarréplicas, que los defensores de uno/a, y detractores de los otros dos, están de lo más activo.
          Pues eso, que son ciberataques de andar por casa, pero no veáis cómo fastidian. Casi tanto como cuando hay uno de esos partidos de fútbol que llaman “del siglo” (nunca me he explicado el apelativo, porque hay uno cada pocos días), y se llenan los perfiles de comentarios que si el penalti, que si el árbitro estaba comprado o el entrenador debería irse a su casa.
          Todos estamos expuestos, y no hay forma de ponerse a cubierto, a menos que nos dé por retirarnos, en plan eremita, a una cueva de la montaña donde el wifi no llega, ni se lo espera. Podemos esquivar los telediarios, y quitar las pilas a la radio de la mesita de noche; pero encontrarán la forma de atacarnos, vía wasap, con el “meme” de turno, correo, cara libro a través de los trinos del pajarito, de los twists.
          Cada uno tirando para su lado, y todos atacando, casi sin dejarte tiempo a formarte una opinión propia, ante la sobredosis de información. En Macondo, el coronel Aureliano Buendía que afirmaba que “si hay que ser algo, sería liberal, porque los conservadores son unos tramposos”, termina reflexionando que “la única diferencia actual entre liberales y conservadores, es que los liberales van a misa de cinco y los conservadores van a misa de ocho".
          Y eso que no estaba “conectado”.

martes, 9 de mayo de 2017

Desde Macondo. EMOTICONOS

Durante el terrible y dramático suceso de la caída del whatsapp durante unas horas la pasada semana, seguro que más de uno descubrió, con fastidio, que se puede hablar para comunicarse, y que hablando se aclaran mejor las cosas que tecleando un escueto mensaje o, lo que es peor, acudiendo a los omnipresentes emoticonos en cuyas redes caemos todos varias veces al día. Y me incluyo, mea culpa, aunque me arrepienta al segundo de haber dado “enviar”.
Los emoticonos, malos sustitutos de las emociones, nos invaden. Ya no hay que decir que te alegras o te apenas, que estás sorprendido, que aplaudes una noticia, o que envías un beso. Ni siquiera sensaciones más orgánicas, como manifestar que tienes frío, calor, sueño o que estás agotada. Todo está en los muñequitos que te evitan una fastidiosa frase o, peor aún, explicar un estado de ánimo. Mucho más fácil, dónde va a parar.
No es que hayamos inventado nada nuevo, sólo lo hemos magnificado y estamos abusando de ello. Las máscaras se conocen desde hace milenios. En el teatro griego, las colocaban sobre su rostro los actores, para expresar emociones y para amplificar el sonido de sus voces. Eran el elemento que transformaban a la persona en personaje. Los romanos las copiaron y las multiplicaron. Ya no eran sólo para comedia y tragedia. Las emociones expresadas en las máscaras iban desde algo lúgubre, al gozo, a la mirada lasciva; todas muy exageradas. La Iglesia Cristiana nunca vio bien el teatro, y por eso en la Edad Media las máscaras eran para el diablo y poco más. Luego llegó el teatro renacentista italiano, y también están las milenarias caretas japonesas.
En fin, que las máscaras han ayudado a los espectadores a identificar las emociones en el escenario, como ahora los emoticonos nos ayudan a transmitirlas sin preocupaciones. Aunque por el camino se quede el calor de la palabra, el esfuerzo por conectar, el transmitir y descubrir los sentimientos a través de la mirada, del temblor o la firmeza en la voz…
No hay muñeco que pueda suplir las relaciones humanas, por muy conseguido que esté, y no es bueno que estemos usando y abusando de los dichosos emoticonos, porque olvidamos lo esencial de la comunicación. El contacto humano. Y porque nos encaminamos sin remedio al día en que se nos olvide cómo expresar los sentimientos sin tener que echar mano de una carita estúpida que nos sonríe, con un corazoncito en la boca, para recordarnos que así se manda un beso.
Y porque la víctima es también la palabra. En Macondo, durante la peste del olvido, José Arcadio Buendía etiquetó todos los objetos, animales y plantas que constituían su entorno. Puso un letrero con “gallina”, otro con “cacerola”, con “pared”, con “silla”, con “mesa”. . Hasta uno con “Dios existe”. Hasta que se le olvidó escribir y sólo quedaron los carteles.
Los emoticonos…