ESCRITO EN LA ARENA

Pensamientos, ideas, palabras que engulle la arena en el mismo instante en que se han escrito

miércoles, 16 de mayo de 2018

Desde Macondo. LECCIONES DE VIDA


"Cuando yo llegue a vieja-si es que llego- y me mire al espejo y me cuente las arrugas como una delicada orografía de distendida piel. Cuando pueda contar las marcas que han dejado las lágrimas y las preocupaciones, y ya mi cuerpo responda despacio a mis deseos,cuando vea mi vida envuelta en venas azules,en profundas ojeras,y suelte blanca mi cabellera para dormirme temprano-como corresponde-, cuando vengan mis nietos a sentarse sobre mis rodillas enmohecidas por el paso de muchos inviernos, sé que todavía mi corazón estará -rebelde- tictaqueando y las dudas y los anchos horizontes también saludarán mis mañanas".(Gioconda Belli)
Cuando pase la crisis, esa que nos cuentan que ya ha pasado, y si aún vivimos para contarla, que diría mi admirado Gabo, seguro que olvidaremos muchas cosas, que pasaremos de puntillas por otras y que esconderemos en el último rincón de la memoria muchísimas más,  los sinsabores, las decepciones, el miedo, la tristeza, las mil historias de adioses que nos han tocado de cerca, las que conocimos de oídas, las que nos golpearon de lleno.
           Borraremos del álbum de fotos las imágenes más negras, las que distorsionaron la realidad en la que vivíamos, las que hacen daño con sólo pensarlas. Pocas cosas buenas podremos rescatar de estos años del diluvio para hacerles un lugar en nuestra vida futura, en la vida después de la crisis.
          Tengo claro, sin embargo, que nunca voy a olvidar a los mal o bien llamados "yayoflautas".  Entre otras cosas, porque ya se ocupan ellos de que no los olvidemos, con su presencia constante, y porque hay lecciones que nunca se olvidan. Lecciones de vida. Creo que, tras los primeros y estremecedores instantes del Movimiento 15.M, de quienes los abuelos se dicen hijos, porque nacieron después, no hay nada que me haya sorprendido más en estos tiempos fatales.
          Rompieron con todos los tópicos entonces, y lo siguen haciendo ahora defendiendo sus pensiones y las nuestras y demostrando que, hoy por hoy,  evolución y movimiento no se asociaa ya a juventud. Inconformismo, tampoco. Ni presente ni futuro. Ni horizontes.
          Los abuelos salieron a la calle para defender no sólo las pensiones, sino también la sanidad y la educación. Sin haber tenido las oportunidades que nosotros, sin carreras universitarias, sin títulos y sin másters, armados con pancartas, con pitos y fanfarrias, se han subido al autobús de la vida para proclamar a los cuatro vientos que quieren seguir en el camino y, sobre todo, que quieren que los suyos sigan caminando por la senda que ellos marcaron hace muchos años.
          Estremece ver a una anciana con camiseta verde, o blanca, hablando del colegio de sus nietos, o reclamando sus ahorros a la puerta de cualquier sucursal bancaria. Abuelos con bastón o con andador, apoyándose en sus razones cuando las piernas no les sostienen, nos dan día a día clases de dignidad. Y nos sonrojan. Conocieron el infierno y no se resignan a volver a caer en las llamas.  Ni a que caigamos nosotros. Defienden su presente y nuestro futuro. Y rompen con todo.
          Los veo cada día en las noticias y me producen una mezcla de ternura y orgullo, de envidia y de tristeza, Por no poder ser como ellos y por haberlos obligado, a sus años, a echarse a la calle por nosotros, que los contemplamos desde el sofá.
          Avergonzados pero incapaces de poner en práctica las enseñanzas de esta inusual lección de vida. 

SETENTA VECES SIETE

“Entonces Pedro, acercándose a él, dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete”. (Mateo 18:21–35)


Hay siete cielos en el islam. Y son siete los brazos de la menorah, el candelabro judío. Siete fueron según la Biblia las vueltas de los israelitas alrededor de Jericó en el séptimo día fuera de sus murallas. Siete las palabras de Jesús antes de morir en la cruz. Y los días de la creación, los pecados capitales o los mandamientos del Talmud.
       El siete es un número especial para todas las culturas, para todas las religiones, para todas las disciplinas. El setenta, también. Esta semana se han cumplido dos 70 aniversarios, el de la creación del Estado de Israel para los judíos y el de la Nakba, la Catástrofe,  para los palestinos. Y lo ha hecho con sangre, con un número muy distinto del siete, y del setenta veces siete. Con 58 muertos y 2700 heridos, todos palestinos.
       Era un buen momento para practicar el perdón que predican ambas religiones, el que escribía Mateo en el Evangelio,  y se ha convertido en todo lo contrario, en un festín de odio, de desproporción, de sangre. Y era el momento, en el séptimo día tras la ruptura del acuerdo con Irán, elegido por Trump para inaugurar su embajada en Jerusalén. Para echar más leña a un fuego que arde desde hace setenta años, y que necesita bien poco para reavivarse.
       No es que Israel necesite que le toquen los pitos para arrancarse, pero se lo han puesto en bandeja. Día perfecto para que coincidieran la fiesta y el drama. Mientras unos cuantos mandatarios lucían sus mejores galas (con Ivanka Trump de anfitriona), los soldados israelíes disparaban contra todo lo que se movía, mujeres y niños incluidos.
       Muchos de ellos, con las llaves de sus casas en el bolsillo, las que tuvieron que abandonar hace setenta años, y que aún confían en recuperar, como los sefardíes expulsados de España en el siglo XV, que se han pasado durante generaciones las llaves de sus viviendas en Toledo, en Cáceres o en Burgos.
       Todos sabíamos lo que iba a pasar en este setenta aniversario “amenizado” por la ocurrencia de Trump. Lo sabía él, en su cruel  inconsciencia, lo sabía la ONU y todos los gobiernos del mundo. Y ha pasado.  
       Cierto que Jerusalén,  la ciudad santa para cristianos, judíos y musulmanes lleva siete décadas en el ojo del huracán. Para los cristianos, por la pasión y muerte de Jesús, para los judíos, por el Templo de Salomón, del que sólo queda en pie el Muro de las Lamentaciones, para los musulmanes, por la Cúpula de la Roca, desde la que Mahoma fue elevado al cielo.
        Y por todo esto, o sólo por esto, estamos contando muertos setenta años después. Y muy lejos de poder perdonarnos ni siete ni setenta veces siete.

miércoles, 9 de mayo de 2018

Desde Macondo. ESTAR EN EL MEDIO

Estar en el medio, a priori, tiene que ser necesariamente bueno. Ser el centro unas veces, pasar desapercibida otras, que ya hay por arriba y por debajo quien destaque para bien o para mal. No ganar más, pero tampoco perder estrepitosamente, no ser de los mejores, pero no estar entre los peores. Todo ventajas, pero eso, a priori.
        Soy la del medio. Seguro que muchos de vosotros sabéis lo que significa ser el hijo o el hermano del medio. Ni el mayor ni el pequeño, sin los privilegios del primero ni los mimos del último.  Escuchando eso de que es mayor que tú, o no te compares con el chiquitín. Y menos mal que no estamos en la Edad Media, en la que el primogénito heredaba, el menor hacía carrera en las armas y al mediano no le quedaba otra que ser “hombre de Iglesia”, que decían entonces.
        En fin, no me quejo, porque tampoco tengo a quién echar la culpa; es lo que la madre naturaleza o el destino decidieron (colocarme tres hermanos arriba y tres debajo), con nulas posibilidades civilizadas de cambiar el orden. Es más, creo que la “medianía”, en mi caso, también tuvo sus cosas buenas, pero eso es otra historia.
        Yo quería hablar de otro “medio”, de Castilla-La Mancha en general y de Talavera en particular, y de las desgracias que nos ha acarreado estar donde estamos, en mitad del medio, como se dice por aquí. En pleno centro. Con la todopoderosa Madrid por encima, la hermana mayor, y la minúscula Murcia debajo. La pequeña.
         Todo dádivas para la una y la otra, por las razones ya explicadas arriba. Ni hambre ni sed para ninguna. Pocos deberes y todos los derechos, unos padres injustos que no se ocupan igual de todas las criaturas que han traído al mundo y que castigan a la del medio con injustos y dolorosos trasvases si inmutarse por las protestas y los gritos de estómagos vacíos y lenguas resecas.
        Nos ha tocado lo peor por estar en medio. Ya ha tocado que nos chupen la sangre, que nos nieguen el pan y la sal, en forma de industrias, regadíos, desarrollo y hasta el mar. Y toca, una vez más, que nos dejen la tierra, la lengua y el ánimo reseco y agrietado. Se vuelven a llevar el agua.
        Hay voces mucho más autorizadas que la mía para hablar de trasvases. Y lo hacen. Pero como yo, también son los del medio e igualmente claman en el desierto. No hay agua en el Tajo ni en el Alberche, unas pocas gotas en los pantanos. Pero son para ellos. Los “padres” (léase Gobierno), han decidido saciar la sed de su primer y su último retoño, aunque para ello haya que cambiar el curso de los ríos, el orden original de la Naturaleza, el contrato social y la justicia distributiva.
        Han aumentado la cantidad de agua a trasvasar. Sin explicaciones, que lo que dicen los padres va a Misa y nosotros, sólo somos los del medio. Oír y callar mientras vemos los ríos agonizantes, los campos secos, y hasta el líquido elemento llegando con cisternas a pueblos ribereños que deberían rezumar agua por todos sus poros.
        Y una echa de menos el criterio y el sentido de justicia del primer Buendía, que en la fundación de Macondo dispuso de tal modo la posición de las casas, que desde todas podía llegarse al río y abastecerse de agua con igual esfuerzo.

domingo, 6 de mayo de 2018

TENED PRESENTE EL HAMBRE



“Tened presente el hambre (…)
El hambre paseaba sus vacas exprimidas, sus mujeres resecas,
sus devoradas ubres, sus ávidas quijadas, sus miserables vidas
frente a los comedores y los cuerpos salubres”. (Miguel Hernández)

Ahora que habíamos olvidado los versos del poeta, escritos hace mucho, muchísimo tiempo; ahora que el mundo occidental, el primer mundo, está en plena operación biquini, que llega el verano con promesa de playas y cuerpos al sol, algún desaprensivo, decidido a aguarnos la fiesta, ha decidido difundir la noticia, que la sabíamos vale, pero no con imágenes tan crudas, de la hambruna en el Sahel.
        Lo ha dicho la ONU, “alarmada” porque los cinco millones de personas que ya sufren hambre en esa maltratada zona de África, se pueden multiplicar por culpa de la sequía, la guerra y la imposibilidad de arrancarle nada a la tierra. ¡Qué preocupación! Porque 5 millones… Vale, lo podemos asumir, pero ya más, igual nos toca la conciencia y nos hace la pascua.
        De repente, la FAO, tan preocupada por enseñarnos a comer insectos, y el Programa Mundial de Alimentos, que no llega donde tiene que llegar, han caído en la cuenta de que esto, lejos de arreglarse por sí sólo, va a más. Y alertan sobre la carestía de los alimentos, como si no supiéramos que lo que a nosotros se nos hade difícil, para otros, los africanos del sur de Mauritania, del norte de Senegal, de Burkina Faso, de Níger, de Malí o Chad, es simplemente imposible.
        Pero vamos, no nos pongamos nerviosos que, como siempre, no llegará la sangre al río. Unas cuantas decenas de miles de muertos, alguna perturbadora imagen de niños literalmente comidos por las moscas, con los vientres hinchados y los ojos mirando al infinito, de mujeres mostrando los pechos resecos y yermos, si acaso, alguna de esas conferencias de donantes que no donan ni lo que tiran, y ya está.
        Nada de perseguir a los acaparadores, a los pocos que acumulan todas las riquezas del mundo, a ese 1 por ciento cuyas fortunas darían para que todos los hambrientos se saciaran durante un siglo. Por no hablar de cuanto se desaprovecha o se tira literalmente a la basura para jugar con los precios. Eso no mola. No vamos a molestar a los “buenos” por unas gachas de harina y unas patatas, por un poco maíz o de arroz, la comida de los pobres de toda la vida de Dios.
        Dice el Diccionario que hambruna es “escasez generalizada de alimentos básicos que padece una población de forma intensa y prolongada”. Y está todo dicho. De forma intensa y prolongada. La ONU se creó en 1945. La FAO, al mismo tiempo.
        Han pasado 73 años, y siguen sin tener presente el hambre.

miércoles, 2 de mayo de 2018

Desde Macondo. LOS "RECUPERADOS"

Qué contenta estoy. Nos hemos recuperado. Europa, el FMI, el Gobierno, las agencias de calificación, el mundo mundial, han aumentado las previsiones de crecimiento de España. Nos salimos. No veo el momento de que acabe un trimestre y empiece otro para conocer el nuevo dato, mucho mejor que el anterior, por supuesto. 0,3 décimas, 0,5, y hasta una décima más. Y no os digo nada de las decenas de miles de contratos que se firman cada mes, y que nos cuenta puntualmente el Ministerio de la Báñez.
        ¿Vosotros no estáis contentos? Pues deberíais. Seguro que lo miráis por el lado malo, por el del trabajo precario, los contratos de días, horas y hasta de un ratito, los salarios bajos bajísimos, los falsos autónomos, que se han multiplicado como los panes y los peces, sin que haya hecho falta un milagro de Cristo, o la desigualdad de sueldos entre camarero y camarera, por ejemplo.
        Y es que no escucháis al Gobierno. Vale, la masa salarial está carios miles de millones por debajo de cómo estaba en 2008, antes de la crisis; los derechos laborales ¿para qué los queríais? Con lo fácil que es decir “sí bwana” y quitarte de convenios, sindicatos y otras moderneces. Y las horas extras, están para trabajarlas, no para andar holgazaneando en casa o en los bares. Si hasta te hacen un favor. Lo de cobrarlas… Si es que lo queréis todo. Trabajar de más, y que encima os paguen.  Para que no os quejéis de que no hay trabajo.
        ¿No os ha dado por pensar que estáis contribuyendo a que se recupere el PIB, a que seamos el modelo y la envidia de los países avanzados? Seguro que ni os habéis planteado que, con vuestro esfuerzo, con vuestras horas de más, conformándoos con ganar poquito, con la “moderación salarial”, estáis permitiendo que vuestro jefe, cuando menos, se compre un coche nuevo, o un chalé en la sierra. Y hasta puede que abra una nueva cuenta en Suiza o en las islas Caimán, que Panamá ya está muy visto.
        Deberíais estar contentos porque España crece. Lo hemos conseguido con nuestro esfuerzo y nuestro tesón. Con nuestro sufrimiento en pro del bien común. Somos los recuperados, y hemos conseguido ¡Bien!, que los millonarios se hayan multiplicado desde que comenzó la crisis, y siguen aumentando sus millones porque aquí estamos nosotros para hacerlo posible.
        No vamos a perdernos en las voces de los apocalípticos que nos recuerdan que  uno de cada cuatro españoles es pobre, entendiendo por pobre el no poder satisfacer sus necesidades básicas (léase comer, calentarse, vestir decentemente o enviar a sus hijos a la escuela con el material requerido). Y que de esa pobreza no los saca el trabajo, que lo de “trabajadores pobres” ya se ha incorporado plenamente a nuestro vocabulario.
        Tampoco vamos a hablar de que somos el país más desigual de Europa. Eso es envidia, porque estamos a la cabeza del crecimiento. No querrán que nos estudiemos ahora el Contrato Social y la redistribución de la riqueza. Siempre ha habido ricos y pobres. Nada es perfecto.
        Y aquí seguimos, haciendo más ricos a los ricos, mientras vemos cómo menguan nuestras posibilidades de una vida digna en el presente y mucho menos en el futuro. Pero seguimos creciendo. Macondo, que fue próspero y feliz, se convirtió en un lugar de aislamiento y pobreza cuando la compañía bananera desmanteló las instalaciones, y sus directivos se marcharon con las riquezas acumuladas durante años.
        Luego vino el diluvio, y ya no hubo forma de recuperar nada.

martes, 1 de mayo de 2018

CUANDO LOS DINOSAURIOS POBLABAN LA TIERRA (En “manadas”)

¿Alguien se acuerda de Hug el Troglodita? Vale, es de hace mucho tiempo, pero es que una ya tiene un largo recorrido. Pues para los que no lo sepan, era un personaje de tebeo (ahora cómic), cuyas andanzas discurrían en la Prehistoria, entre dinosaurios y esas cosas. Pues bien, el amigo Hug, que no era muy agraciado, nos mostraba la forma de ligar que se llevaba en su época. A saber: Fijarse en la mujer adecuada, golpearla en la cabeza con una porra, agarrarla de los pelos y llevarla a rastras hasta casa. Y vivir felices y comer perdices o mamuts o lo que comieran, hasta que algún tiranosaurus rex hambiento o cualquier otra forma de muerte acabara con la relación establecida “voluntariamente”. Sin que la novia a la fuerza rechistara en ningún momento, que la porra formaba parte del mobiliario de la cueva.
        Eso era hace un millón de años, cuando los dinosaurios poblaban la tierra. Y ahora, andando el tiempo, resulta que hay que salir a la calle con cien ojos, por si te encuentras un diplodocus en el cajero automático, un velociraptor al cruzar el parque o un diplodocus en el parking  del súper. Con traje y corbata, con camiseta y pañuelo de peña al cuello y hasta con toga y puñetas. O un troglodita porra en ristre.
        Porque los dinosaurios han desaparecido, pero los trogloditas no. El meteorito que acabó con los grandes lagartos no debió eliminar convenientemente eliminó los genes salvajes, machistas, primitivos o no sé cómo llamarlos, de los seres humanos. Y andando los años, los siglos, los milenios, aquí estamos, hablando de violaciones, abusos, agresión sexual y de si las mujeres deben someterse o luchar con uñas y dientes para preservar su cuerpo y su alma de la llamada de selva. Como si la cachiporra no fuera lo suficientemente convincente como para que se quiten las ganas de protestar.
        Pasados unos días de la vergonzosa sentencia contra La Manada, calmado el impulso de escribir con las tripas, no voy a valorar si nueve años son muchos o pocos. Pero tampoco voy a respetar lo que dicen los jueces, porque yo soy humana, como ellos, y por supuesto que tengo opinión. Y además soy mujer.
       Mujer de las que se ha cambiado de acera porque detrás de ti caminaba un grupillo de gamberros; de las que, por la noche, ha mirado de reojo antes de meter la llave en el portal de casa; de las que se ha ido a la otra punta del autobús, o se ha cambiado de vagón para no formar un escándalo (y encima salir escaldada); mujer de las que conoce, como todas, casos más o menos próximos de agresiones.   Mujer de las que dice eso de “si me pasara a mí, me quedaría paralizada”.  Y de las que tienen claro que no hay nadie, por muy amante del sexo que sea, que pueda disfrutar en un portal, en el suelo, con cinco energúmenos asaltando todos los orificios de tu cuerpo.
        Mujer de las preocupadas porque, a la “manada” le hayan salido valedores, que no consideran tan grave lo sucedido; por el ejemplo que estamos dando a los más jóvenes. Por la vuelta a situaciones que creíamos extintas, como los dinosaurios.
        Tal vez tenga que caer otro meteorito sobre la tierra.

jueves, 26 de abril de 2018

Desde Macondo. UNA TERAPIA PELIGROSA

No sé yo si en esta España de los recortes, de investigación y desarrollo maltratados y de cultura como la hermana pobre de la fastuosa recuperación económica, en este país en el que los camareros crecen al ritmo al que se marchan los jóvenes mejor preparados, cabría incluir la “biblioterapia” en los cuidados a financiar por la también depauperada Seguridad Social.
        Pero no vendría mal. Es más, vendría muy bien que se invirtiera más en Bibliotecas que en Defensa, en libros que en tanques, en formación sólida que en empleos miserables en temporada turística. Los libros curan muchos males y previenen muchos más. Pero claro, no dan dinero inmediato, y en estos tiempos, en los que se piensa más con la cartera que con la cabeza, no son buen negocio.
         Hasta peligroso puede ser, que no conozco un gobernante que no desconfíe de la gente que piensa, que analiza, que sabe y puede comparar, porque, entre otras cosas, ha aprendido en los libros. Y esto no es nuevo. El término biblioterapia aparece por primera vez en un artículo publicado en una revista en 1916, en el que se habla de un tal doctor Bangster, que receta libros a quien los pudiera necesitar. No hace mucho, leí la reseña de un “Manual de Remedios Literarios”, escrito por dos autoras británicas, que al parecer contiene, ordenadas por índice alfabético, proposiciones de lecturas comentadas para más de 400 dolencias, tanto físicas como psicológicas.
        No sé si estará traducido al español, pero me encantaría leerlo, porque los que hemos descubierto el placer de la lectura sabemos que el libro adecuado en el momento preciso puede cambiarnos la vida. O hacerla más llevadera, cuando menos. Pero el manual promete más, promete remediar, pasando páginas, desde  la ansiedad, o baja autoestima, a catarros frecuentes, calvicie, falta de apetito sexual, anginas, insomnio, vergüenza, pesadillas, miedo a volar, estrés, dolor de espalda… En la lista de “fármacos” están  desde autores clásicos hasta los más modernos, desde novelones de siempre, como Madame Bovary, a obras de Vargas Llosa, pasando por poesía.
        Este manual no deja de ser una anécdota, porque los libros llevan siglos curando. Todos los libros, hasta el peor, que cualquiera sirve para evadirnos de la prisión de nuestros días y darnos la libertad de vivir mil y una noches distintas, en situaciones y paisajes diferentes, en mundos que tardaríamos siglos en conocer desde nuestro sofá o nuestra oficina.
        Cervantes decía que «en algún lugar de un libro hay una frase esperándonos para darle un sentido a la existencia». A su modo, se adelantó a la Biblioterapia, aunque a su personaje universal lo hubieran vuelto loco, o le hubieran dado la mayor de las corduras, los libros de caballería.
        En plena Semana del Libro, cuando recordamos a Cervantes y Shakespeare, que tantas veces nos han curado, no se me ocurre mejor terapia que agarrarse a la lectura para sobrevivir, para vivir vidas distintas, para imaginar, para relativizar, para comprender, para evadirse o para centrarse, para saber o para olvidar. Para despertarse o para soñar.
        La ficción nos aparta misericordiosamente del insufrible día a día; los héroes y heroínas, con sus grandezas y sus miserias, borran de un plumazo a los corruptos, los  intolerantes, los fanáticos, los inhumanos e insolidarios que nos sobrevuelan; otras guerras, ya superadas, apagan los sonidos de las bombas actuales; grandes males, incluso de amor, minimizan nuestras tragedias cotidianas.
        Todo ventajas. Leer es lo mejor que podemos hacer mientras esperamos que esto se arregle, que nuestros políticos se den la vuelta como un calcetín, que a Europa le crezca un corazón donde ahora sólo hay una cartera, que el Mediterráneo sea el mar de todos y que dejen a Dios, con cualquiera de sus nombres, en paz.
        Aunque para los de siempre, leer sea una terapia peligrosa.