ESCRITO EN LA ARENA

Pensamientos, ideas, palabras que engulle la arena en el mismo instante en que se han escrito

miércoles, 22 de marzo de 2017

Desde Macondo. ENTIDAD VIVIENTE

Un tribunal de India ha declarado los ríos sagrados Ganges y Yamuna “entidades vivientes”, con el ánimo de que esta declaración ayudará a proteger los ríos, ya que a partir de ahora tienen todos los derechos constitucionales y reglamentarios de los seres humanos, incluido el derecho a la vida. Muy bonito. Y ojalá sirva de algo, que lo dudo, porque he visto la peor cara de ambos ríos, la de la suciedad, la basura, los malos olores…
          Pero la India queda muy lejos, y aquí tenemos nuestra propia “entidad moribunda”, que está pidiendo a gritos una declaración de amor, tres palabras que la salve de la agonía y la desaparición irreversible. Hablo del Tajo, y las palabras son, obviamente, Fin del Trasvase.
          En tres décadas viviendo frente al río he ido viendo su decadencia, más lenta al principio, a pasos agigantados ahora, y desapareciendo a golpe de anuncios en el BOE. De 20 en 20 hectómetros cúbicos. Cuarenta a veces. Y hasta sesenta.
          Son las únicas declaraciones que nos llegan sobre el pobre Tajo, entendiendo por tal el conjunto de fauna y flora de su cauce y sus riberas. No tiene derecho a la vida. No la tienen los peces, ni los juncos, ni los patos, ni las aves que anidan en sus islas o las que lo sobrevuelan para buscarse el sustento. Ellos, como nosotros, están condenados a convivir con el cieno, el lodo, las espumas malolientes y las malas hierbas.
          No sé si aún estamos a tiempo de conseguir que el Tajo sea considerado una entidad viviente, un ser lleno de fuerza y juventud, viendo al anciano decrépito y ausente en que lo han convertido. Nada que ver con lo que cantaba Garcilaso, “Corrientes aguas, puras, cristalinas, árboles que os estáis mirando en ellas…”, cuando el Tajo era poesía. Hoy es mezcla de lodo con burla y tristeza.
          No esperamos que declaren al Tajo entidad viviente, que ya sabemos que los que mandan han decidido saciar la sed de otros  a costa de lo que sea, pero es nuestra responsabilidad, de todos, no dar la espalda al río. Es tiempo de que dejemos de mostrar la lastimosa lengua seca y enseñemos los dientes. Es nuestra obligación, a falta de alguien con el criterio y el sentido de justicia del primer Buendía, que en la fundación de Macondo dispuso de tal modo la posición de las casas, que desde todas podía llegarse al río y abastecerse de agua con igual esfuerzo.
          No existiría Macondo sin el río. Y nosotros tampoco. Cuando los Buendía pensaban que no llegarían a ninguna parte, apareció un río de aguas diáfanas, que se precipitaban sobre un lecho de piedras blancas y enormes como huevos prehistóricos.
          Y empezó la vida.

jueves, 16 de marzo de 2017

Desde Macondo. . #CIERRAUNICEF

Al menos 652 niños y adolescentes murieron en 2016 en Siria, el mayor número de bajas de menores desde que se comenzó formalmente a documentar este tipo de víctimas; de los menores fallecidos el año pasado, 255 perdieron la vida en ataques dentro o cerca de escuelas. Además, más de 850 fueron reclutados para luchar en el conflicto, el doble que en 2015. Los niños suponen el 30% de los muertos en los bombardeos. Dos de cada tres menores han visto morir violentamente a un familiar o a un conocido. La mitad de los seis millones de niños sirios nunca o rara vez se sienten seguros en el colegio, por lo que muchos han dejado de ir a clase y un 40 por ciento de los menores encuestados no se sienten tranquilos jugando al aire libre. Otro 78 por ciento sienten pena y extrema tristeza de forma casi permanente y casi todos se han vuelto más nerviosos o temerosos a medida que la guerra continúa.
          Hay más. El insomnio, la pérdida del habla, la incontinencia urinaria, incluso en mayores de 14 años la convulsión ante cualquier ruido inesperado o la irritabilidad y el mal humor son otras secuelas que padecen estos menores. Por hablar sólo de un país, que no hay que olvidar que la neumonía, primera causa de mortalidad infantil, se cobra la vida de 2.500 niños cada día, y otros 800 fallecen diariamente por malaria. Y 159 millones de menores de cinco años padecen desnutrición crónica, en gran medida por la falta de alimentos suficientes y de calidad, pero también por las continuas diarreas al beber agua contaminada.
          Y con este panorama, dos palabras. Un hastag, que decimos ahora:  #CierraUNICEF. La idea es genial, y lo sería más si no fuera una campaña publicitaria, si fuera realidad. Si UNICEF cerrara porque en el mundo ya se habían acabado, para siempre, los problemas de los niños. Si la agencia de la ONU encargada de la protección de la infancia diera por erradicadas, como se hace con una epidemia, la mortalidad infantil, la falta de acceso a una educación y sanidad dignas, la desprotección, el hambre, la pobreza, el miedo en cualquier rincón del planeta.
          Ojalá cerrara UNICEF, y Save The Children y cualquier otra organización humanitaria de las que día a día tratan de poner parches en el gran agujero negro en el que hemos convertido el mundo de los niños. Pero los datos son tozudos. Y las imágenes, también. Nos llevan, en cada telediario, de la guerra en Siria a la hambruna en Sudán del Sur, de las caras tristes de los refugiados a los vientres hinchados y las moscas rondando a pequeños de ojos enormes en Etiopía o Namibia.
          Los miramos y nos compadecemos. Igual hasta nos rascamos el bolsillo, siempre con tiento, y maldecimos a nuestros países, los del primer mundo, que han recortado drásticamente las ayudas a la cooperación internacional, porque primero somos nosotros.
          Y es inevitable preguntarse cómo serán esos niños de adultos, si llegan. Cómo canalizarán tanto miedo, tanta hambre, tanto sufrimiento, tantas penalidades sufridas, tanta infancia robada. En Macondo, el último de los Buendía nació con cola de cerdo, para cumplir la maldición que pesaba sobre la estirpe de Cien Años de Soledad, condenada a no tener una segunda oportunidad sobre la Tierra.
          UNICEF no puede cerrar, porque hay millones de seres humanos que no tienen siquiera la oportunidad de llegar a tener infancia. A ser niños.

miércoles, 8 de marzo de 2017

Desde Macondo. TACONES LEJANOS

Por más que lo intento no logro hacerme a la idea de ver a los insignes miembros del parlamento británico, a los comunes y los lores, con sus todas y sus pelucas empolvadas, hablando de la conveniencia de que se pueda obligar a las mujeres a llevar tacones en su trabajo.
          Pero por mucho que sonroje, es real. Vaya si lo es. Tacones altos y códigos de vestuario en el puesto de trabajo” es exactamente el título del informe que esta misma semana debatían sus señorías, o como se llame allí a los parlamentarios. Todo, a raíz de la denuncia de una recepcionista de hotel, despedida por querer cuidar sus maltrechos pies tras una larga jornada de trabajo encaramada a los zapatos de tacón. A partir de ahí, docenas de casos que todos conocemos. Faldas cortas, buenos escotes, maquilladas, por supuesto…
          Y todo esto, en la semana en que celebramos, por decir algo, el Día Internacional de la Mujer, en la que nos hartamos de escuchar mensajes de igualdad de oportunidades, de mismo salario para igual trabajo, de conciliación, de oportunidades profesionales, cuando contamos y no paramos las muertas por violencia machista… Avergüenza vivir en una sociedad que, a estas alturas, tiene que preocuparse, al más alto nivel, por si es o no lícito obligar a nadie a trabajar subida a unos tacones de aguja.
          Lo siguiente podría ser decretar que mejor nos quedemos en casa, que seguro que queremos el sueldo para comprar trapos, o pendientes, o barras de labios y sombras de ojos. O para lencería "íntima", y cremas carísimas que mantengan a raya las arrugas. Y a todo esto, la casa sin barrer, la ropa sin planchar y los niños, como vaca sin cencerro.
           Ahora que casi las habíamos convencido de que primero Dios creó el cielo y la tierra, y luego el hombre, y los animales, y ya, si eso, hizo a la mujer. Ahora, que con la excusa de la crisis estábamos consiguiendo volver a encerrarlas en casa, porque el escaso trabajo es para los hombres. Y cuando los recortes y la muerte de la Ley de Dependencia, las ha enviado de vuelta a cuidar a los abuelos o a los hijos con problemas, ahora van y dicen que quieren obrar lo mismo y además, no quieren ponerse tacones, que salen juanetes y duele hasta el alma.
          Definitivamente, mi reino no es de este mundo. Que no, que estoy demodé, que todo me suena a chino, a otro momento que no es el mío. Vengo de otra época. Soy una mujer antigua, una mujer de antaño. De esos tiempos en los que te contaban que el hombre y la mujer son iguales en derechos y deberes, que no hay amo sino compañero, que los hijos son de dos, y a ambos corresponde cuidarlos y educarlos. Y que mi inteligencia y mis capacidades no sólo pueden ser iguales, sino hasta superiores a las de cualquier varón. Y que valgo igual en vaqueros y con el pelo recogido que con tacones y mechas.
          Y que en este mundo de refugiados, de guerra, de pobreza, de desigualdades, de pavorosos avances de la ultraderecha, de intolerancia y de falta de solidaridad, hay cosas mucho más importantes que debatir en los Parlamentos que algo que debería ser obvio, la libertad de elegir vestuario, o calzado, independientemente del sexo.
          No son buenos mimbres para tejer el cesto del Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Creo que en adelante lo voy a celebrar en Macondo con sus mujeres mágicas y rotundas, pisando firmes la tierra. Con tacones o en zapatillas.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Desde Macondo. TODOS A LA CÁRCEL

Vamos a acabar todos licenciados en Derecho, con un máster en instituciones penitenciarias, sumarios, vistillas, fianzas, prisiones provisionales, apelaciones, recursos y hasta permisos carcelarios. Ya hablamos en los bares, con toda normalidad, como si comentáramos el último partido de liga, de imputados o investigados, de medidas cautelares o de tribunales ordinarios o de Audiencias. Del Supremo y del Constitucional.
          Es lo que toca, ahora que nos cuentan la milonga del “todos a la cárcel”, aunque no estén ni la enésima parte de los que deberían, y los que entran, lo hagan por mucho menos tiempo del que se merecen, a decir del populacho entre el que se encuentra la que suscribe.
          Berlanga tendría asegurada la segunda parte de su película, que no nos falta de ná. Ni un posible escenario, que la cinta original se desarrollaba en Valencia, como buena parte de los sumarios que ahora ocupan nuestras conversaciones. Urdangarín que se libra, de momento; la Infanta, sin momento; Correa, Crespo y “El Bigotes” que piden el mismo trato. Blesa, a la espera de la “vistilla” para ver qué hacen con su body, y de Rato no se dice nada. O sea, que no entrará en chirona.
          Y nosotros, implacables fiscales a ratos, tan contentos por el hecho de que un puñado de delincuentes pasen un par de años (los más malísimos) en la trena. Eso sí, con comodidades, que siempre ha habido clases, y hay jaulas de oro y cadenas de plata. Leo en un reportaje dominical que el preso de moda, Granados, el de la Púnica, ve las noticias en su celda, lee, pasea, y está estupendo gracias a una dieta que le ha recomendado su nutricionista. Y que Correa va en ambulancia al Juzgado porque el furgón policial le da claustrofobia. O que los tres cabecillas de la Gurtel pidieron al entrar sábanas de primera puesta, es decir, sin estrenar.
          No sé, a estas alturas de la película, cuando ya se me ha agriado el carácter más de lo recomendable, me pone de mal humor pensar en una estancia cortita, tranquila y sin sobresaltos, de quienes se han llevado cientos de millones de este país, de quienes nos han hecho más desiguales, más desconfiados, más mal pensados y hasta peores personas, a fuerza de tragarnos las bilis y otros malos humores. Y que cuando salgan, a la vuelta de unos pocos meses, vivirán felices y comerán perdices con lo que tienen a buen recaudo en Andorra, Las Bahamas o cualquier otro paraíso fiscal.
          Pienso en el Jean Valjean de Los Miserables, machacándose en las galeras, en el Conde de Montecristo, pudriéndose en una cueva inmunda, en los miles de presos republicanos que, tras nuestra Guerra Civil, cayeron como chinches construyendo canales, trenes a ninguna parte o el Valle de los Caídos, tan de actualidad en nuestros días tras la negativa del Supremo a sacar de ahí a Franco y José Antonio.
          Nada que ver con los presos de hoy en día. Traje y corbata al entrar y al salir, chándal de diseño en el interior y dinero a cubierto, esperándolos para compensarles de las amargas mieles de un internamiento corto y de luxe.
          Y me llevan los demonios. Que los dejen sueltos sin un euro. O con el salario mínimo, que hoy estoy generosa. Que devuelvan lo que han robado, aunque no podrán devolver la dignidad que han quitado a todo el país. Que las condenas sean a hacer trabajos a la comunidad a la que han sorbido la sangre, las esperanzas y la confianza en las instituciones y en las personas.
          Aunque el cuerpo me pida que los manden a galeras. A pan y agua y encadenados.

miércoles, 22 de febrero de 2017

Desde Macondo. MEDITERRÁNEO

A veces, cuando una cree estar curada de espanto, llega algo que nos remueve la conciencia, nos pone los sentimientos en pie de guerra, sacude los cimientos de nuestra casa, más o menos cómoda pero con suelo y techo, y pone en tela de juicio lo que somos, lo que hacemos y, sobre todo, lo que podemos hacer. Unas veces es una noticia, una conversación, algo que vemos por la calle, una canción que nos toca la fibra o una imagen que vemos en las noticias o curioseando en las redes.
          O varias noticias, con sus correspondientes imágenes y sonidos, agrupadas en muy poco espacio de tiempo, que es lo que me ha movido a escribir esta columna. Hemos visto, en unos pocos días, la gigantesca manifestación de Barcelona, la mayor de Europa, a favor de los refugiados. Una enorme marea de decenas de miles de personas que acabó su recorrido frente al mar. En el Mediterráneo. Y un par de días antes, el macroconcierto de Serrat con la canción de su mar eterno convertido en himno reivindicativo y solidario.
          Y he visto, hoy mismo, una larga, larguísima fila de cadáveres, de todos los tamaños, tapados con sábanas en una playa de Trípoli. Eran 74. Los que se han recuperado, que sólo el mar sabe cuántos más había en la enésima patera naufragada.
          Sigue sonando “nací en el Mediterráneo”, que aún no se han apagado los ecos del concierto y seguimos pensando en el mar de Serrat de atardeceres rojos, guardián de niñeces felices, de primeros amores escondidos en la arena, inspirador de sueños posibles… Mare Nostrum. Nuestro Mar. Y ahora también el suyo, el de todos los que yacen en la playa, los que ha escupido el mar,  y los que se han perdido para siempre en sus fondos.
          El Mediterráneo ha vuelto a ser lo que siempre fue. Puente entre Europa, Asia y África. Canal de comunicación con el inmenso océano Atlántico, con el mar Rojo, con el Negro. Una enorme masa de agua que permitió el desarrollo de Mesopotamia, de Egipto, de Persia, de Fenicia, de Cartago, del colosal imperio de Alejandro, de Grecia, de Roma, del Islam, de la dominación otomana… Y de nuestra vergüenza.
          La historia del Mediterráneo, que es la historia de la Humanidad, está indisolublemente unida personas de todas las épocas, de todas las razas, colores y creencias, que  han surcado sus aguas buscando horizontes, rutas comerciales y nuevos territorios. Buscando ensanchar el mundo, para compartir ideas. Si hasta la democracia nació en sus orillas….
          Pero ahora hemos decidido que el Mediterráneo nos pertenece sólo a nosotros, que es nuestro mar y nadie más-salvo que sea en cruceros y previo pago, tienen derecho a transitar por las vías que abrieron todas las civilizaciones del mundo y que desde el llamado primer mundo nos hemos encargado de blindar.
          Creo que nunca más podré escuchar la canción, una de las mejores de todos los tiempos, ni bañarme en cálidas aguas de cualquier playa mediterránea sin que me ahogue el sentimiento de culpa, sin que la imagen de los pequeños Aylan o Samuel, o la orilla cubierta de cuerpos pulcramente tapados con sábanas, me haga salir como un rayo de esas aguas que no me pertenecen. De ese mar que es menos nuestro que nunca, porque en el fondo están todos aquellos con los que no quisimos compartirlo.

miércoles, 15 de febrero de 2017

Desde Macondo. LA LLAMADA

Pasé mis primeros años de escolarización en un colegio de monjas. Hasta que llegó el momento de ir al Instituto, momento que viví como una liberación. Como casi todas las niñas de mi edad. O más, que no veía el momento de irme, para poner distancia entre la “llamada” y yo. Para no escucharla, si se producía.
          Es extraño cómo se fijan algunas cosas en la memoria, y regresan con cualquier excusa. He leído en estos días que cada mes desaparece al menos un convento o monasterio en España. En los últimos dos años, se han cerrado 341 casas de religiosos, la mayor parte de monjas, aunque también de frailes. La escasez de vocaciones y la elevada edad de sus moradores, tienen mucho que ver. Y la cosa sigue, porque al parecer, dos tercios de los 800 monasterios existentes aún en nuestro país están en una situación que podría abocar a su cierre. Y eso que en los últimos años se están «importando» monjas de otros continentes, especialmente de África, Asia e Hispanoamérica.
          Y me he acordado de la “llamada”. Me explico. En mi colegio, y entre poco más de una docena de monjas, había una que destacaba. Era del Norte. Más delicada y refinada que sus hermanas de Congregación, y la rumorología apuntaba a que era de familia bien, rica de cuna, y que incluso había tenido un novio antes de tomar los hábitos. Mi naturaleza curiosa y la desvergüenza de los pocos años me llevó un día a preguntarle, de sopetón, porqué había decidido enterrarse en un colegio en el corazón de la Mancha, lejos del mar y los lujos a los que estaba acostumbrada.
          En mala hora le pregunté, porque la respuesta me obsesionó durante años. Había recibido la “llamada” de Dios, y ante eso, no se podía hacer nada. Yo no quería ser monja ni por asomo, y me aterrorizaba la sola idea de que pudieran llamarme. Ahora sonrío al pensarlo, pero recuerdo haber comentado mi preocupación con mi madre, que no me hizo demasiado caso, y con mis amigas, que lo olvidaron al instante. La monja de la historia tuvo la suerte o la desgracia de que la llamaran dos veces, porque abandonó el colegio para irse a las Misiones. A Madagascar, creo.
          Los tiempos mandan, y alguien debe haberse cansado de llamar. O de que no se le escuche. Dicen que ya no hay donaciones, que tampoco bastan las tradicionales y tareas que se hacían entre rezo y rezo, pasteles y esas cosas. Unos pocos han entendido que las cosas han cambiado, y se han reconvertido en hospederías, en lugares turísticos en los que disfrutar de los enclaves privilegiados, la singular arquitectura y la tranquilidad que siempre ha caracterizado a conventos y monasterios.
          Pero en la mayoría ya no hay ruido. Nadie llama.

miércoles, 8 de febrero de 2017

Desde Macondo. YA ESTÁN AQUÍ...

Pensaba que no iba a hablar de Trump en este espacio. Que iba a conseguir levantar un sólido muro para mantenerlo alejado de mis ocupaciones y mis preocupaciones. Una semana tras otra, desde que comenzara la campaña, lo he mantenido a raya, tapando cualquier resquicio por el que pudiera colarse, y diciéndome eso de que bastante tenemos con lo nuestro como para agobiarnos con lo de otros.
        Pero es que ahora es de todos. Me siento como la niña de Poltergeist susurrando “Ya están aquí...”. Él y lo que trae consigo, que por arriba aprieta Marine Le Pen y la vieja Europa vuelve a las andadas, echándose en brazos del populismo más obsceno.
        Y ya no se puede mirar hacia otro lado, que la cosa es muy seria, que se está derrumbando el mundo que conocíamos y nos va a pillar debajo. En un abrir y cerrar de ojos nos hemos encontrado hablando de racismo, de sexismo, de nacionalismos rancios, de alambradas de espinas y de muros insalvables.
        Están aquí y los hemos traído entre todos. Da igual que hayan recalado en la lejana América o en la vecina Francia. O en Polonia, en Hungría, en Austria… Predican contra los pobres, contra los refugiados, contra los que tienen la piel de otro color o rezan a un dios distinto. Y hasta contra los que no rezan.
        Ni en la peor pesadilla hubiéramos pensado, hace tan solo unos años, que podríamos convivir con semejantes personajes. Con sus ideas, con sus actos. Pero hemos hecho más. Los hemos elegido, los hemos votado, les damos todo el espacio del mundo en los informativos, en las conversaciones. En nuestras vidas.
        Los llamamos payasos, y son o van a ser dirigentes de los países más poderosos del mundo; nos reímos de sus ocurrencias, y ya no son tales. Son leyes.  Y yo que me creía que los personajes de Macondo eran raros porque levitaban, o regresaban de entre los muertos porque se aburrían, o ascendían a los cielos mientras doblaban las sábanas o hacían parir cientos de veces a los animales con su sola presencia. Qué va. Ahora los veo tan normalitos. Ni el cura Nicolás, ni Melquiades el gitano, ni Petra Cotes, prodigio de la naturaleza, ni tan siquiera Remedios La Bella tienen nada de paranormal. Y además, son de ficción.
        Los otros, se han escapado de la tele, de una mala novela histórica y se han hecho carne aquí, entre nosotros. Y lo que es peor, dirigen nuestras vidas.