Pensamientos, ideas, palabras que engulle la arena en el mismo instante en que se han escrito

jueves, 17 de septiembre de 2015

Desde Macondo. ESTAR EN MEDIO (Por el fin del Trasvase)

No nos ha servido de mucho estar en el centro de España. De nada, diría yo, escamada desde que tengo memoria con eso de ser la del medio. Soy la del medio. Seguro que muchos de vosotros sabéis lo que significa ser el hijo o el hermano del medio. Ni el mayor ni el pequeño, sin los privilegios del primero ni los mimos del último. Escuchando eso de que es mayor que tú, o no te compares con el chiquitín. Y menos mal que no estamos en la Edad media, en la que el primogénito heredaba, el menor hacía carrera en las armas y al mediano no le quedaba otra que ser “hombre de Iglesia”, que decían entonces.
      En fin, no me quejo, porque tampoco tengo a quién echar la culpa; es lo que la madre naturaleza o el destino decidieron (colocarme tres hermanos arriba y tres debajo), con nulas posibilidades civilizadas de cambiar el orden. Es más, creo que la “medianía”, en mi caso, también tuvo sus cosas buenas, pero eso es otra historia.
       Yo quería hablar de otro “medio”, de Castilla-La Mancha y de las desgracias que nos ha acarreado estar donde estamos, en mitad del medio, como se dice por aquí. En pleno centro. Con la todopoderosa Madrid por encima, la hermana mayor, y la minúscula Murcia debajo. La pequeña. Apoyada por todo Levante, eso sí, y por parte del poder establecido, que se llama.
      Todo dádivas para la una y la otra, por las razones ya explicadas arriba. Ni hambre ni sed para ninguna. Pocos deberes y todos los derechos, unos padres injustos que no se ocupan igual de todas las criaturas que han traído al mundo y, lo peor, la resignación de la mediana. Es lo que toca.
      Ya ha tocado que nos chupen la sangre, que nos nieguen el pan y la sal, en forma de industrias, regadíos, desarrollo; que nos nieguen hasta el mar. Y toca, una vez más, que nos dejen la tierra, la lengua y el ánimo reseco y agrietado. Se vuelven a llevar el agua. Una y otra vez, hasta dejarnos sin una gota, sin sangre en las venas que lleven oxígeno a un agotado y envejecido corazón.
      En este mismo espacio que hoy ocupo, hay voces mucho más autorizadas que la mía para hablar de trasvases. Y lo hacen. Pero como yo, también son los del medio e igualmente claman en el desierto. No hay agua en el Tajo ni en el Alberche. Los “padres” (léase patria), han decidido saciar la sed de su primer y su último retoño, de Madrid y de Levante, y ya es tiempo de que los medianos dejemos de mostrar la lastimosa lengua seca y mostremos los dientes.
      Es nuestra obligación, a falta de alguien con el criterio y el sentido de justicia del primer Buendía, que en la fundación de Macondo dispuso de tal modo la posición de las casas, que desde todas podía llegarse al río y abastecerse de agua con igual esfuerzo.

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Desde Macondo. EL NIÑO

Sí, yo también voy a hablar del niño-milagro. Del pequeño sirio que ha conseguido ablandar hasta los corazones más mezquinos con su sola presencia, sin decir una palabra, sin mirar a los ojos, sin enseñarnos sangre, ni heridas, ni desnudez ni pies descalzos o llagados por la caminata. Ni los estragos del hambre y el frío o los horrores de la guerra. Nada de eso.
       O todo eso, porque Aylan era un niño normal, como los que corretean por nuestros parques y en estos días alistan la mochila para volver al cole. Por eso nos ha dolido. Porque era como los nuestros, como los del inflexible Cameron, que ha pensado en sus propios hijos, o los de Rajoy, que también se sintió estremecido después de echar cuentas de cuanto nos costaría (en votos y en dinero), hacernos cargo de unos miles de familias sirias, de padres, madres y hermanos de otros pequeños Aylan.
       Llevamos semanas viendo las caras de dolor, las pieles quemadas y los pies ensangrentados de niños y niñas sirios pasando por debajo de las vallas en Hungría, asustados por las cargas del ejército en Macedonia, amontonados en vagones de carga o caminando por las vías en fila india, bajo un sol inclemente, cargados con bultos, maletas y hasta ositos de peluche.
       Y seguíamos hablando de cuotas, de PIB, de paro, de efectos llamada, de coste económico, de dinero, en definitiva. No sabemos cuántos niños se ha tragado el Mediterráneo, o se han quedado en el camino porque no han aguantado el viaje. No los hemos visto y no cuentan. Va a ser verdad que estamos en la sociedad de la imagen, que lo que no vemos no existe.
       Yo, que soy de otra época, recordé de inmediato, viendo al pequeño tendido en la playa, dos de esos poemas que aprendes de pequeña y que te hacen saltar las lágrimas desde el primer verso. Uno es Mi Vaquerillo, de Gabriel y Galán, en el que el señorito, el amo, descubre la dura vida de la gente en el campo, niños incluidos. “He dormido esta noche en el monte/ con el niño que cuida mis vacas/ (…) y en las horas de más honda calma/ me habló la conciencia/ muy duras palabras/ y le dije que sí, que era horrible/que llorándolo el alma ya estaba”.
       El otro poema es el Niño Yuntero, de Miguel Hernández, “Me duele este niño hambriento/ como una grandiosa espina/ y su vivir ceniciento/ revuelve mi alma de encina”.
      Nos ha dolido Aylan. Tal vez, algún día, alguien le haga unos hermosos versos, que aparezcan en los libros de texto y nos arranquen unas lágrimas del alma. Y nos recuerden al pequeño héroe que fue capaz de despertar a Europa.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Desde Macondo. AQUELLOS SEPTIEMBRES

Entonces, septiembre siempre era un comienzo. Agridulce, sí, porque pesaba el recuerdo del verano salvaje y libre. Pero era un comienzo. Era la vuelta a las aulas, zapatos nuevos (Gorila, con la pelotita verde), era ordenar apresuradamente las vivencias y las anécdotas de vacaciones que se agolpaban en la cabeza atropellándose para ser contadas; era la mezcla del temor a lo desconocido y del ansia por conocer.
Septiembre era cartera nueva o heredada de tu hermana, lápices aún sin morder y cuadernos a veces reciclados y, con suerte, sin dos rayas. Eso era de pequeños.
Era la Virgen y el comienzo de la vendimia, el olor a mosto por las calles y los remolques cargados que, a menudo, nos regalaban un racimo de uva magullada y sucia de tierra.
Era el mes con mayúsculas, el mes por excelencia, porque en septiembre empezaba todo. Hasta las Navidades, que veíamos ya tan cerca...
Crecimos, y septiembre siguió siendo el principio. El Instituto empezaba en octubre y la Universidad, a veces casi en noviembre. Pero ningún mes podía quitarle el protagonismo. El otoño, el curso político, la vuelta al trabajo tras el verano, los días más cortos, las noches más largas...
Creo que todos hemos amado y odiado septiembre casi por igual en las distintas etapas de nuestras vidas, y ahora... No sé cómo definir este mes que auguran de vendimia escasa e incertidumbres abundantes. Es un septiembre raro, que no tiene mucho de principio, tal vez porque tampoco hemos tenido finales rotundos. O porque a estas alturas de la vida, nada empieza ni acaba del todo.
El año político empieza (sigue)crispado y prometiendo más crispación. Las caras resignadas, un tanto aburridas,  han sustituido a la expectación que brillaba en los ojos cada septiembre. La vida se arrastra por las calles de Macondo y la gente la ve pasar sin alegría. Pasa y ya está.
No huele a libros sin forrar porque no hay asignaturas nuevas. Son las de siempre, las mismas aulas, los mismos profesores… Como si no hubiéramos aprobado nada y repitiéramos curso.
No hay sensación de comienzo de nada y, tal vez por eso, hayan venido a mi memoria esos otros septiembres, los que eran como debían ser. Los de entonces.
Ni ellos, ni nosotros, somos ya los mismos
 

jueves, 27 de agosto de 2015

Desde Macondo. BARRIO SÉSAMO

No hubiera venido mal, entre tantas reposiciones más o menos casposas, el consabido verano azul y los documentales mil veces repetidos, que Televisión Española, la de todos, hubiera reprogramado unos cuantos episodios del mítico Barrio Sésamo, y especialmente las lecciones de Coco y otros monstruitos, que enseñaban a los más pequeños los conceptos básicos para moverse en el mundo. Ya sabéis, arriba y abajo; dentro y fuera; cerca y lejos; grande y pequeño…
       Todo lo que parece elemental y que, sin embargo, vamos aprendiendo a fuerza de tropezones, de caer y levantarnos, y vuelta a empezar. Con las enseñanzas de los muñecos olvidadas, hemos tenido que volver a reconocer que si estás abajo, le importas un pimiento a los de arriba; que grande y pequeño no es cuestión de tamaños, sino de dinero; que lo de rico y pobre, es un espacio cada vez más dilatado. Y que dentro de determinados mundos no cabemos la inmensa mayoría. Quedamos fuera.
       Fuera de la Ley quedó Josefa, por no poder dejar la casa en la que vive y mantiene a cinco personas con 300 euros de pensión. Ahora está dentro, pero de la cárcel. Fuera están muchos, con muchas causas pendientes, y con yates, casoplones y pasaporte dispuesto para viajecitos varios.
       Nos encanta que vengan turistas, cuantos más y de más lejos, mejor. Aunque se emborrachen y causen todo tipo de conflictos. Traen dinero. Mucho más cerca están los refugiados subsaharianos, los de Siria o los de Libia. Pero ese “cerca” no nos vale. Los queremos lejos. Si puede ser en el fondo del mar, un problema menos.
       Queremos votantes visibles, pero parados, dependientes, enfermos o pobres, invisibles los cuatro años siguientes, el periodo que va hasta las siguientes elecciones. Queremos un Barrio Sésamo a nuestra manera, donde las cosas no sean blancas o negras, sino del color que mejor nos pinte en cada momento.
       Es la ceremonia de la confusión, en la que las definiciones no son las que vienen en el diccionario ni las que simplificaban los habitantes del famoso Barrio para que todos las entendieran. Claro, que tampoco habitamos en un idílico espacio en el que primen la armonía, la solidaridad y el bien común, y en el que las risas se eleven por encima de los gritos y lamentos.
       Han pasado muchos años, y ya es hora de reponer Barrio Sésamo. Y de recomponer el mundo.
 

miércoles, 19 de agosto de 2015

Desde Macondo. ÁLBUM DE VERANO

Ya nadie hace álbumes de verano, de esos que languidecen en la parte más alta de la estantería y que, alguna aburrida tarde de otoño, cuando toca limpiar el polvo, o no hay nada mejor que hacer, nos devuelven por unas horas a Macondo, o a ese primer viaje con amigos, a aquella playa tropical, al descubrimiento de los desiertos, a las caras tersas de los que hoy peinan canas, a los recuerdos de cuando éramos tan jóvenes.
       Los álbumes de fotos son como la casa de los Buendía, escenario propicio para el deambular de espectros. Entierran ilusiones, y alucinaciones, realidades y quimeras y, vistos desde el hoy, recuerdan que, a menudo, cualquiera tiempo pasado fue mejor. Son la vida irreal, porque sólo responden a una parte del año, las vacaciones, ocultando el resto del año que, probablemente, no fuera tan idílico.
       Me siguen gustando las fotos, aunque no sea lo mismo encerrarlas en un frío disco o en un pendrive, fuera del amoroso calor del papel, del álbum elegido primorosamente, y colocado por fechas en un estante. Nada que ver sentarse con la manta en las rodillas a pasar las páginas de los mejores momentos de tu vida.
       Y, en cualquier caso, los veranos ya no son iguales. O soy yo la diferente. Hace demasiado tiempo que no puedo imaginarme estampas de vacaciones como las de antes. Sin preocupaciones, desconectada. Oigo a los analistas financieros decir que la prima está relajada, y me la imagino en bikini, sentada en la tumbona con grandes gafas de sol mientras los inversoritos y las bolsitas hacen castillos en la arena, vigilados desde el chiringuito por los mercados, que toman cerveza y comen pinchos de tortilla. Como para guardar las fotos.
       En la ciudad, somnolienta y fascinante en la soledad de agosto, las cosas tampoco son iguales. Si hasta el Congreso está abierto… Las conversaciones, de invierno o de cualquier otra época del año. No de vacaciones. Elecciones, presupuestos, corrupciones varias, preocupaciones…
       Nada que poner en el álbum. Nada que queramos recordar, andando el tiempo, en una melancólica tarde otoñal, intentando escapar de la realidad, de viajar a lo imposible y lo imaginario, de poner tierra de por medio, y no sólo tierra física.
       Afortunadamente queda Macondo, con su tiempo eterno, sus repentinas y prolongadas lluvias, sus diluvios, sus epidemias de insomnio, sus extraños nacimientos de niños con cola de cerdo, sus personajes solos, sus sagas interminables... Su magia. Un álbum muy distinto a los que podríamos hacer por estos lares, tan reales, tan ciertos, tan previsibles que agobian.
       Y que no merecen un sitio en nuestra estantería. Ni en nuestros veranos.
 

miércoles, 12 de agosto de 2015

Desde Macondo. EL MARE NOSTRUM


Nuestro Mar. Y ahora también el suyo. El Mediterráneo ha vuelto a ser lo que siempre fue. Puente entre Europa, Asia y África. Canal de comunicación con el inmenso océano Atlántico, con el mar Rojo, con el Negro. Una enorme masa de agua que permitió el desarrollo de Mesopotamia, de Egipto, de Persia, de Fenicia, de Cartago, del colosal imperio de Alejandro, de Grecia, de Roma, del Islam, de la dominación otomana.
        A lo largo de la historia del Mediterráneo, que es la historia de la Humanidad, personas de todas las épocas, de todas las razas, colores y creencias han surcado sus aguas buscando horizontes, rutas comerciales y nuevos territorios. El mar ha servido para ensanchar el mundo, para compartir culturas y proyectos de vida. Hasta la democracia nació en sus orillas…
        Y ahora estremece saber que se ha convertido en una barrera casi infranqueable, en un inmenso cementerio, que en sus fondos, se pudren miles de cuerpos de los que buscaron en el mar el camino hacia la vida. Las aguas del Mare Nóstrum se han tragado decenas de miles de muertos en los últimos años. Todos ellos buscaban, como se ha hecho a lo largo de los siglos, una nueva ruta. La de la vida.
        No sé en qué momento hemos decidido que el Mediterráneo nos pertenece sólo a nosotros, que es nuestro mar y nadie más-salvo que sea en cruceros y previo pago, tiene derecho a transitar por las vías que abrieron todas las civilizaciones del mundo y que desde el llamado primer mundo nos hemos encargado de blindar.
        Si acaso, miramos de reojo las imágenes de televisión, nos compadecemos unos momentos con las caritas de frío de los niños rescatados, o nos escandalizamos con las largas hileras de ataúdes en la orilla. Si tenemos tiempo,  hasta decimos eso de ¡pobres gentes!,  y dedicamos un rato a comentar los sueños rotos de decenas de familias. Y pasamos página.
        Probablemente, el próximo verano nos bañaremos de nuevo en las cálidas aguas de cualquier playa mediterránea, y comentaremos la suerte de tener el mar tan cerca. Y para nosotros solos. Nuestro mar. En el fondo están todos aquellos con los que no quisimos compartirlo.
        El primer Buendía buscaba el mar cuando emprendió con su familia la búsqueda de un lugar para vivir. Afortunadamente, nunca lo encontró. Y su estirpe se prolongó por siete generaciones. Hasta el diluvio.

miércoles, 5 de agosto de 2015

Desde Macondo. HIPERÓNIMOS E HIPÓNIMOS

No tengo claro que se sigan utilizando estos términos cuando se habla de lingüística y semántica, cuando se estudian las palabras y su significado y los recursos para escribir sin repetirse. Igual son también términos moribundos, desaparecidos de los libros de texto y de las memorias, y bellos durmientes en algún rincón de mentes caducas, como la de quien suscribe. La mía.
         Seguro que hay una clasificación más moderna de las palabras, pero seguro también que no será más clara. Ni mejor aplicable a lo que quiero contar. Hiperónimo es más genérico, designa una clase, un grupo, e hipónimo es cada cosa particular que puede englobarse en el anterior. Muy fácil, si fruta es el hiperónimo, manzana, naranja, melón o sandía, son hipónimos. Lo mismo ocurre con flor, en el primer grupo, y claveles, rosas o margaritas, en el segundo.
         Viene esto a cuento del uso, abuso, confusión y lío que nos arman cada día con las palabras; del manejo al antojo de cada cual de términos que debían estar perfectamente englobados en su particular apartado, y que andan de sus solas saltándose todas las normas y con distintos significados según quien los diga, para qué los diga y cómo los utilice.
         No me dirán ustedes que nunca han dudado cuando se habla de paro y de empleo, de puestos de trabajo y de desempleados, de descenso en unas cifras y de aumento espectacular en otras. Mientras unos se aplauden a sí mismos, otros hablan de triunfalismo injustificado y hasta de mentiras.
         Y así todos los meses. Todo quedaría meridianamente claro si echáramos mano de hiperónimos e hipónimos. Trabajo es el genérico, ocupación retribuida, y también el esfuerzo humano aplicado a producir riqueza, y la estrechez, pobreza o miseria con que se pasa la vida. Lo mismo si hablamos de empleo.
         Es el hiperónimo, sí. Ese que crece y crece en el círculo virtuoso en el que nos hallamos, según el Gobierno. Abarca por igual al trabajador con sueldo digno, vacaciones, jornada decente y derechos laborales que al contratado por unas horas, por una semana o por un ratito. En el hiperónimo empleo caben también los mileuristas, que han pasado a la historia, los que cobran el salario mínimo y los que ni siquiera se aproximan; los que sobreviven y los que no pueden ni tan siquiera imaginar un mínimo proyecto de vida.
         Empleo es una palabra grande. Como recuperación. Las letras pequeñas, los hipónimos, son los matices que no interesa detallar. Como si sólo fuera una cuestión de semántica.