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jueves, 16 de marzo de 2017

Desde Macondo. . #CIERRAUNICEF

Al menos 652 niños y adolescentes murieron en 2016 en Siria, el mayor número de bajas de menores desde que se comenzó formalmente a documentar este tipo de víctimas; de los menores fallecidos el año pasado, 255 perdieron la vida en ataques dentro o cerca de escuelas. Además, más de 850 fueron reclutados para luchar en el conflicto, el doble que en 2015. Los niños suponen el 30% de los muertos en los bombardeos. Dos de cada tres menores han visto morir violentamente a un familiar o a un conocido. La mitad de los seis millones de niños sirios nunca o rara vez se sienten seguros en el colegio, por lo que muchos han dejado de ir a clase y un 40 por ciento de los menores encuestados no se sienten tranquilos jugando al aire libre. Otro 78 por ciento sienten pena y extrema tristeza de forma casi permanente y casi todos se han vuelto más nerviosos o temerosos a medida que la guerra continúa.
          Hay más. El insomnio, la pérdida del habla, la incontinencia urinaria, incluso en mayores de 14 años la convulsión ante cualquier ruido inesperado o la irritabilidad y el mal humor son otras secuelas que padecen estos menores. Por hablar sólo de un país, que no hay que olvidar que la neumonía, primera causa de mortalidad infantil, se cobra la vida de 2.500 niños cada día, y otros 800 fallecen diariamente por malaria. Y 159 millones de menores de cinco años padecen desnutrición crónica, en gran medida por la falta de alimentos suficientes y de calidad, pero también por las continuas diarreas al beber agua contaminada.
          Y con este panorama, dos palabras. Un hastag, que decimos ahora:  #CierraUNICEF. La idea es genial, y lo sería más si no fuera una campaña publicitaria, si fuera realidad. Si UNICEF cerrara porque en el mundo ya se habían acabado, para siempre, los problemas de los niños. Si la agencia de la ONU encargada de la protección de la infancia diera por erradicadas, como se hace con una epidemia, la mortalidad infantil, la falta de acceso a una educación y sanidad dignas, la desprotección, el hambre, la pobreza, el miedo en cualquier rincón del planeta.
          Ojalá cerrara UNICEF, y Save The Children y cualquier otra organización humanitaria de las que día a día tratan de poner parches en el gran agujero negro en el que hemos convertido el mundo de los niños. Pero los datos son tozudos. Y las imágenes, también. Nos llevan, en cada telediario, de la guerra en Siria a la hambruna en Sudán del Sur, de las caras tristes de los refugiados a los vientres hinchados y las moscas rondando a pequeños de ojos enormes en Etiopía o Namibia.
          Los miramos y nos compadecemos. Igual hasta nos rascamos el bolsillo, siempre con tiento, y maldecimos a nuestros países, los del primer mundo, que han recortado drásticamente las ayudas a la cooperación internacional, porque primero somos nosotros.
          Y es inevitable preguntarse cómo serán esos niños de adultos, si llegan. Cómo canalizarán tanto miedo, tanta hambre, tanto sufrimiento, tantas penalidades sufridas, tanta infancia robada. En Macondo, el último de los Buendía nació con cola de cerdo, para cumplir la maldición que pesaba sobre la estirpe de Cien Años de Soledad, condenada a no tener una segunda oportunidad sobre la Tierra.
          UNICEF no puede cerrar, porque hay millones de seres humanos que no tienen siquiera la oportunidad de llegar a tener infancia. A ser niños.

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