Pensamientos, ideas, palabras que engulle la arena en el mismo instante en que se han escrito

jueves, 15 de noviembre de 2012

Desde Macondo. OPINADORES

         Yo opino, él opina, ustedes opinan. Faltaría más. Todos opinamos y todos tenemos algo que decir sobre cualquier tema. Polémico o no, extraordinario o cotidiano; de salud, de educación, de política, del tiempo… Opinamos de todo cuanto nos concierne, con mayor o menor acierto, con documentación o sin ella, con razón, o elevando el tono para tenerla, imponiendo nuestras tesis o dejándonos convencer. Hasta aquí, normal. Somos personas, razonamos y tenemos opinión. Y luego, somos profesores, fontaneros, peluqueros, médicos o bomberos.

Pero además están los opinadores profesionales. No hace falta que sean periodistas. De hecho, no lo son en su mayor parte. Ni que sean economistas si opinan de economía, o médicos si hablan de salud, o profesores si el tema a debatir es la Educación. Saben de todo y, sobre todo, saben gritar cuando les faltan argumentos.

Han crecido como setas, casi al mismo ritmo en que están desapareciendo los periodistas. Están en todos los canales, en todas las emisoras, en mil y una tertulias. Invaden espacios que, por razones lógicas, corresponden a la información y no informan de casi nada. Sólo dan su opinión e intentan convencernos de que es la buena, la única, la real. Para eso les pagan. Y de cuando en cuando, por los de un signo político, nos enteramos de cuánto cobran los del otro. Y viceversa. Nos indignamos, por supuesto, y decimos eso de vaya sueldo por decir cuatro chorradas.

En el otro mundo, del que provengo, la información y la opinión estaban perfectamente delimitadas. Así nos lo enseñaban en la Universidad. Incluso tipográficamente, en los periódicos (a un paso de ser Prehistoria), tenían tratamiento diferente. La opinión se presentaba con distinta letra, recuadrada y separada de la noticia. Una cosa era lo que pasaba, y otra, lo que el periodista opinaba del hecho concreto.

Pero eso ya es Historia. Ahora se puede elegir entre opinadores de derechas y de izquierdas con sólo cambiar de canal; incluso se les puede ver juntos, para los amantes del morbo. Y la información es lo de menos. El juego es saber qué dirán de la noticia los unos y los otros. Los mismos, que igual hablan de la prima de riesgo que de las tasas de la Justicia o la reforma de la Educación, sin saber cómo funciona la Bolsa ni haber pisado un Juzgado y mucho menos, conocer las necesidades educativas del momento.

Es lo que toca. En Macondo, para  don Apolinar Moscote, miembro efectivo del partido conservador los liberales “eran masones; gente de mala índole, partidaria de ahorcar a los curas, de implantar el matrimonio civil y el divorcio.  Los conservadores, en cambio, “eran los defensores de la fe de Cristo, del principio de autoridad, y no estaban dispuestos a permitir que el país fuera descuartizado en entidades autónomas” . 

Y el coronel Aureliano Buendía que afirmaba que “si hay que ser algo, sería liberal, porque los conservadores son unos tramposos”, termina constanatdo que “la única diferencia actual entre liberales y conservadores, es que los liberales van a misa de cinco y los conservadores van a misa de ocho" .

Y que cada cual opine lo que quiera. Sin hacernos creer que es información.

jueves, 8 de noviembre de 2012

Desde Macondo. ASÍ QUE PASEN SIETE AÑOS

           Bueno, pues ya está. En siete años de nada se ha aclarado la cosa. Ya hay dictamen y aquí paz, y después gloria. Los matrimonios entre personas del mismo sexo son legales y además, se pueden seguir llamando matrimonio, porque no van contra la Constitución. Hala, a otra cosa.
           Sólo se han necesitado siete años. Poco más de media docena de sesudos juristas, reunidos en Macondo, donde el tiempo es circular y a veces se detiene para volver atrás, han decidido que las peras y las manzanas pueden convivir en la misma cesta sin pudrirse, sin hacerse sombra, sin perjudicarse, sin que nadie se quede sin fruta porque otros la coman.
           Por el camino han quedado las angustias de casi cincuenta mil personas, veinticinco mil parejas de peras con peras y manzanas con manzanas, que durante más de dos mil quinientos días han vivido con el corazón en un puño, con la rabia y la impotencia de pensar que su amor, su proyecto de vida podría ser declarado inconstitucional.
           Todavía habrá quien piense que han sufrido poco, que merecían más por haber elegido la opción equivocada. Pero creo que es una crueldad innecesaria. Supongo que los señores magistrados tendrán mucho trabajo; tal vez crean que el recurso contra el matrimonio entre personas del mismo sexo no fuera cuestión prioritaria; o no hayan hecho suya la máxima de todo lo que es humano me compete. Y me duele.
           O habrán trabajado al ritmo de tango, “que veinte años no es nada”, y aun debamos estar agradecidos porque nos han ahorrado trece. Bromas aparte, y aunque se haya impuesto la cordura, aunque esta batalla la hayan ganado la libertad y el respeto, siete años son demasiado. Hasta siete días lo hubieran sido en este tema concreto, tan obvio, tan de justicia.
           El tiempo sólo se detiene en los libros, en el realismo mágico que permite volver atrás y saltar hacia adelante con sólo pasar unas páginas. En Macondo, girando continuamente hasta completar los cien años de soledad.
           Pero en la vida real, pasa. Y nos hace acumular miedos, recelos, desesperanzas, desilusiones, falta de confianza en el sistema que ha perdido humanidad, que permite que ahora, en el momento presente, sean precisas docenas de reuniones para acabar con los dramáticos desahucios, o meses y meses para solucionar problemas sociales acuciantes, cobro de prestaciones, valoraciones de dependencia, ayudas sociales…
          El siete, número bíblico y mágico, está muy lejos de lo razonable y, sobre todo, de lo humano. Hay otros recursos pendientes, contra la reforma laboral, por ejemplo, o contra los recortes socialmente más injustos.
             Tal vez conozcamos la respuesta así que pasen siete años.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Desde Macondo. RECORDAR

Ahora que las enseñanzas de las lenguas clásicas están en peligro de desaparición (otra de las wertiadas que se avecinan), me viene a la cabeza un pensamiento de Eduardo Galeano sobre una palabra muy “española”. Recordar.
Recordar  viene del latín  re-cordis, volver a pasar por el corazón. Y viene esto muy a cuento de la festividad que hoy celebramos, más allá de cómo lo haga cada cual, de las connotaciones religiosas o no que le queramos dar, e incluso, de los que han decidido sustituirla por el muy anglosajón halloween.
Hay un “día de…” para todo, y faltaría más que no lo hubiera para los recuerdos, para volver a pasar por el corazón a todos los que dejaron huella en él y que siguen ahí, esperando su día.
Nunca me ha gustado visitar el cementerio en estas fechas, ni asistir al espectáculo de flores y cirios, a la romería sin merienda ni música que se repite en cualquier lugar de casi todos los países para honrar a los muertos. Tal vez es porque no creo que ninguno de mis seres queridos que ya no están se encuentren ahí, bajo la piedra.
No necesito un día para recordar, para volver a pasarlos por mi corazón, porque tienen espacio propio en él, y los visito y me visitan en mil ocasiones. Mientras leo, cuando hago la comida, cuando paseo, en las noches de insomnio, en los momentos tristes y en las alegrías, cuando dudo y cuando tengo certezas, cuando pregunto y cuando no busco respuestas.
Los cementerios son para los que no entienden la etimología del término “recordar” y necesitan el olor a crisantemo y cera para despertar el corazón. Para escenificar el recuerdo.
Y todo esto, por supuesto, respetando a quienes sienten profundamente que deben estar ahí cada mes de noviembre. Y limpiar amorosamente la tumba, y colocar encima las flores más lucidas.
El gitano Melquiades volvió de entre los muertos porque se sentía muy solo. Tal vez nadie en Macondo sabía latín para interpretar el verbo recordar.

domingo, 28 de octubre de 2012

LA JAULA

Es curioso cómo una imagen, a veces fugaz, tonta, sin sentido, se fija en tu retina y te impide ver todo lo demás. O lo deja en segundo plano, lo oscurece y vuelve a tu mente una y otra vez, siempre que piensas en el tema. Y el tema es los desahucios.
Un telediario cualquiera de uno de estos días. Una ciudad, una calle, un bloque de viviendas. Vecinos en la calle, algunos con pancartas, contenidos por agentes de policía, y la terrorífica comisión judicial de turno con sus carpetas y sus bolígrafos. Una furgoneta cargada de muebles y enseres espera en la puerta.
Y una señora de edad más que mediana, que sale a la puerta con una planta y una jaula en sus manos. Los tres seres vivos que pierden su casa. Aturdida y emocionada por el apoyo de sus vecinos, la mujer se dirige al vehículo, deposita la planta con cuidado y deja la jaula, donde revolotea un pájaro, en el suelo. La cubre amorosamente con un pañuelo y se dirige a sus vecinos para despedirse y agradecerles sus desvelos.
La cámara enfoca la jaula, ya en silencio, porque el ave se ha tranquilizado con la ausencia de luz. Ajena al drama, seguro que sentirá que está en casa, y es de noche. Como tantos otros días, todos los que ha acompañado a la mujer en su soledad.
El periodista relata que la desahuciada puso su casa como aval para uno de sus hijos, también desalojado, y ahora le toca el turno a ella, que vive con una pequeña pensión, que es viuda, que está sola, y una larga lista de desgracias que no escucho con atención porque no puedo apartar la vista ni el resto de los sentidos, de la jaula.
¿Qué habrá dentro? Quizá un loro gris, que dicen es muy inteligente, o un papagayo, de los que parlotean todo el día. O una de esas cotorritas con cresta que tanto gustan a la gente mayor. Tal vez sólo sea un canario. No recuerdo una casa sin canario en mi pueblo, cuando era pequeña. Y aún ahora, con el buen tiempo, las terrazas de los pisos se llenan de jaulas colgadas junto a los geranios y las alegrías.
Y ahora el pájaro está en el suelo. En la calle. Vaya donde vaya la señora, irá con ella. Y lo hará en su jaula. En su casa. No han abierto la reja y lo han echado a volar, certificando su sentencia de muerte, porque nunca ha conocido otro sitio y sacarlo de ahí es tanto como matarlo.
Mis ojos van de la jaula a la mujer, de la mujer a la jaula. Del silencio bajo el pañuelo al otro pañuelo, con el que su dueña enjuga las lágrimas de emoción, de agradecimiento, de tristeza y, probablemente, también de desesperación.
Y ahora lo entiendo. Me he fijado en la jaula para no ver nada más. He pasado los minutos de la noticia con elucubraciones estúpidas acerca del tipo de ave que habría dentro, de si hablaba o no, de si cantaba o salía al sol en primavera, para no preguntarme dónde irá ahora la mujer, cómo pasará sus últimos años de vida, qué jaula la albergará mientras recuerda su casa, la de los últimos cincuenta años, la de su marido muerto, la de sus plantas, su rincón preferido, su vida...
La furgoneta con los muebles ya se ha marchado. La comisión judicial y los policías, también. Los vecinos comienzan a disolverse y la última imagen de la noticia es la mujer con la jaula en la mano.
En la calle.

jueves, 25 de octubre de 2012

Desde Macondo. EL UMBRAL DE LA RIQUEZA

           Siempre ha habido ricos y pobres. Faltaría más. ¿Quién no lo ha dicho alguna vez? Claro, que lo decíamos como un refrán, como una frase hecha, sin plantearnos siquiera el significado real de las palabras. Y sin pensar, por supuesto, en umbrales de riqueza. De pobreza, mucho menos. Qué vestido, o qué coche o qué reloj más bonito. Tú que puedes. A ver, siempre ha habido ricos y pobres.
Ricos de mentira y pobres igualmente falsos. Pero eso era antes. Cuando no sabíamos que los millonarios se han multiplicado desde que comenzó la crisis, y que siguen aumentando los millones.
            Y que casi  uno de cada cuatro españoles es pobre, entendiendo por pobre el no poder satisfacer sus necesidades básicas (léase comer, calentarse, vestir decentemente o enviar a sus hijos a la escuela con el material requerido).
           Todos sabemos en qué parámetros se mueve el umbral de la pobreza, pero desconocemos el de la riqueza. Se toma como base el salario medio (no el mínimo, que ya es ciencia ficción), y se descuenta un sesenta por ciento para saber quiénes son pobres y poder dar esas aterradoras cifras de casi el 25 por ciento.
           Pero nadie nos cuenta el umbral de la riqueza, cuantos millones hay que tener para hablar de ricos, cuántas amnistías fiscales, capitales evadidos y tributaciones de risa hay que acumular para entrar en el club de los elegidos.
           Porque ya no vale el concepto de sociedad, de nación que nos habían contado. El hombre vive en sociedad, que es un espacio para la solidaridad y la redistribución de la riqueza. Aunque siempre hayan existido ricos y pobres, porque nada es perfecto.
           Llevamos toda la vida hablando de erradicar la pobreza, de acabar con el hambre, de llegar a un gran acuerdo para que el mundo cambie. Todos hemos soltado la lagrimita, o al menos hemos hecho algún puchero, con las imágenes de la hambruna en tal o cual país africano. Y hemos seguido a lo nuestro. Ni objetivos del milenio ni leches.
           Y es que lo hemos planteado mal. No hay que sentarse a hablar sobre la pobreza, porque docenas de cumbres no han conseguido casi nada. Hay que hacer un pacto contra la riqueza para que todos podamos seguir habitando nuestra parte del mundo sin abismos insalvables, sin cruzar umbrales que nos lleven al cielo o al infierno.
           Macondo, que fue próspero y feliz, se convirtió en un lugar de aislamiento y pobreza cuando la compañía bananera desmanteló las instalaciones, y sus directivos se marcharon con las riquezas acumuladas durante años.
           Y luego vino el diluvio.
 

jueves, 18 de octubre de 2012

ANDAR TALAVERA

           Tomo prestado el título a don Eusebio Leal, historiador cubano que durante muchos años, no sé si continúa, mantuvo un programa televisivo llamado Andar La Habana. Fascinada por la ciudad, como casi todos los que conocen La Perla del Caribe, adquirí unas cuantas cintas de vídeo recopilatorias de los programas y, amén de la pésima calidad, vi otras muchas cosas. No era un recorrido por el casco histórico con explicaciones sobre cada monumento o cada rincón; tampoco un panegírico de las restauraciones emprendidas por la revolución (y por la UNESCO), ni un tour turístico por el antiguo esplendor de la capital caribeña.
           Vi, ante todo, a un hombre andando y viviendo su ciudad. Y contagiando su entusiasmo por ella, por cada casa colonial o palacio recién recuperado, sí, pero también por cada socavón, empredrados sueltos o calles a medio asfaltar.  Por esa decadencia hermosa de La Habana que engancha con su curiosa mezcla de glorias pasadas, de presente duro y de futuro incierto.
           Viene esta larga introducción a cuento de la NO, y lo pongo con mayúsculas, apertura al tráfico de la calle Trinidad, quizá una de las calles más “andadas” de Talavera. Y escribo con alivio tras conocer que se ha impuesto el sentido común en tiempos en los que la necesidad hace que sea el menos común de los sentidos. No sé a quién se le puede ocurrir que las ventas van a subir como la espuma en una calle cortita y rodeada de parking por todos los lados, por el hecho de permitir el acceso a vehículos, de robar un espacio a los peatones, a los ciudadanos, que es tanto como robarlo a la ciudad.
           Estamos tan inmersos en la prosa que hemos olvidado la poesía. Queremos vender y hemos olvidado comprar. Los ciudadanos tenemos que comprar nuestro espacio, andarlo y vivirlo, saber apreciar la armonía que confiere a las ciudades el compromiso de sus habitantes con un entorno por el cual exhiben orgullosos su sentido de pertenencia.
          Andar la ciudad es quererla, desde la muralla al río, desde la Plaza del Pan a la de España, que no es ni plaza, del Prado, bello y señorial a La Alameda, fea, mal trazada y sucia de botellón, de San Francisco y Trinidad, refugio de paseantes, a la antigua N-V, siempre con coches en hilera.
           Una ciudad  paseable, evitando las baldosas levantadas y algún que otro parche en el asfalto, es un lugar para la gente. Porque los coches no tienen alma, no pueden arrimar el hombro, en un momento dado (y éste se da), para salir del pozo, para recuperar glorias pasadas, y no sólo en forma de monumentos.
           Han pisado estas calles muchas generaciones de talaveranos de nacimiento o adopción. Camino a casa, al trabajo, al pueblo, al rato de asueto, a la conversación para arreglar el mundo pero, sobre todo, de paso hacia el futuro, que nunca es la marcha atrás.
 

domingo, 14 de octubre de 2012

PROMETEO

          La arena que amenaza con engullir las enseñanzas clásicas en la enésima reforma de las leyes de Educación, ha sido fiel guardiana de todas las civilizaciones que nos han hecho como somos; de los templos, de las casas, de los libros o las pirámides, de cosos romanos y estadios griegos. De las vidas que nos precedieron y que nos enriquecen. De la Historia de la Humanidad con sus luces y sus sombras, sus personajes reales y sus mitos; de sus hombres y sus dioses y de la gente corriente, que pasó como pudo la vida que le tocó vivir.
          Leyendo la prensa, inagotable fuente de malas noticias, me ha venido a la cabeza el mito de Prometeo, no el titan o el semidios, sino el representante de todos los hombres de su tiempo, condenado a pasar sus días atado a una roca mientras un águila le devoraba las entrañas.
          Prometeo robó el fuego del Olimpo para que los hombres se calentaran, y eso enfureció a los dioses. No todos podían ser iguales. Hasta ahí podíamos llegar.
          Día tras día el águila desgarraba el hígado del héroe que, como parte del suplicio, nunca moría. Volvía a crecer para volver a ser devorado. Y supongo que, en algún momento, Prometeo tuvo la certeza de que el martirio no acabaría nunca. Que eso era, en adelante, su vida.
          Encadenados al mundo que nos ha tocado vivir, cada día amanecemos con la esperanza de que esto no puede ir a peor, que tiene que acabar de una u otra forma, bien porque se cierre la herida o porque las entrañas no vuelvan a crecer y hasta aquí hemos llegado.
          Pero qué va. Ayer, una nueva cifra de pobres, y una fecha imposible facilitada graciosamente por el Fondo Monetario Internacional; o una dramática historia de desahucios servida por la tele con todos los condimentos, o el dato del IPC que las radios repiten con la monotonía de los boletines horarios, y las cifras de paro, y los inabarcables números del rescate-secuestro bancario, y los trescientos millones que necesita Cáritas para dar de comer a los necesitados, y el porcentaje de niños al borde de la desnutrición y...
          El águila no sólo pica. Arranca con sus garras todo destello de esperanza. Come y se marcha con la promesa de volver mañana a seguir comiendo porque nunca está satisfecha y porque esa es la misión que le han encomendado los dioses.
          Nosotros, como Prometeo encadenado, seguimos esperando la flecha de Hércules que acabe con el águila y con el tormento.
          Pero los titanes no existen. Son cosas de la mitología, de esa cultura clásica que también acabará enterrada en la arena.