Pensamientos, ideas, palabras que engulle la arena en el mismo instante en que se han escrito

jueves, 16 de mayo de 2019

Desde Macondo. MI FAMILIA Y OTROS ANIMALES

Antes de que os dé tiempo de hacer la broma de rigor, o que mis muy queridos hermanos, hermanas, sobrinos y demás protesten por la comparación, vaya por delante que “Mi familia y otros animales”  es una novela autobiográfica del naturalista y escritor británico Gerald Durrell, publicada allá por los 50, y que la sana intención de este artículo es ampliar nuestro árbol genealógico, incluyendo en él a todos los que comparten con nosotros el planeta Tierra.
          El libro, que os recomiendo, son las andanzas de los Durrell  en la isla griega de Corfú, a la que llegan hartos de la gris y poco amable Inglaterra. El pequeño Gerald, gran aficionado a la naturaleza, nos relata sus expediciones estudiando la fauna autóctona y recogiendo nuevas especies, que ahora también son parte de su familia.
          Y viene esto a cuento de la pavorosa noticia que esta semana se ha hecho un hueco entre elecciones y demás. Para el 2020 la diversidad de especies se puede haber reducido en un 33%. En sólo un año. Ahora, en estos mismos momentos, nos estamos cargando cientos de especies animales y vegetales, a las que, literalmente, hemos echado de nuestra casa, hemos borrado del árbol genealógico de nuestra familia.
          Se calcula que existen unos 30 millones de distintas especies en el mundo. En la tierra, en los mares, en el cielo, y que, lejos de acogerlas en nuestro espacio común,  las estamos maltratando hasta la desaparición. Ya sabemos que el impacto de los humanos en la naturaleza es devastador, pero las cifras, puestas así, negro sobre blanco, marean. 
          Construir una “casa” a nuestro gusto y manera, sin la mínima sensibilidad, hace que animales y plantas estén amenazados por la alteración de los espacios naturales, llámese construcción de carreteras o infraestructura, o llámese también caza y pesca abusiva, tráfico ilegal de especies, pesticidas…
          No hemos prestado atención al goteo de señales que nos avisaban de que, poco a poco, nuestra gran familia iba mermando. Un día leemos que están desapareciendo los gorriones; que hay menos golondrinas o que peligran las flores porque las abejas parecen haberse esfumado con el polen entre sus patitas. Otro, nos estremece la imagen de un oso blanco famélico y moribundo, sin fuerzas ni hielo suficientes para cazar. 
          Nos indignamos porque algún mandatario insensible (léase Bolsonaro), amenaza sin pudor el Amazonas, o porque la palma del dichoso aceite está matando a los simpáticos orangutanes a un ritmo endemoniado.
          Vemos como, uno a uno, en grupo a veces, los miembros de la familia van saliendo por las puertas de la casa para no volver. Para quedarse, si acaso, en la memoria de algunos durante unos cuantos años; o en los museos de ciencia. 
          Todo, porque no hemos podido convivir como una familia medianamente bien avenida.

lunes, 13 de mayo de 2019

EL NUEVO RAPTO DE EUROPA

De todos es sabido que los dioses, los de antes y los de ahora, son caprichosos. No entendemos nada los simples mortales de los designios divinos, y así ha sido desde que el mundo es mundo, y aún antes. Ejemplos hay muchos, miles, en todas las religiones, en todas las mitologías y en todos los tiempos.
Viene al pelo recordar el rapto de Europa, un clásico de la mitología griega. El caprichoso y enamoradizo Zeus, transformado en un toro blanco, sedujo a la bella joven llevándola lejos de su gente y de su tierra. Así, sin más, que para eso era Dios. Y es que el universo mitológico griego estaba repleto de mandatarios que, lejos de ser justos, adolecían de las mismas debilidades que el hombre, aunque estaban dotados de poderes extraordinarios. Caprichosos y egoístas, no dudaban en emplear la fuerza y el engaño, cómodamente instalados en el Olimpo y sin preocuparse lo más mínimo por lo que pasaba abajo, entre los hombres.
Y así, siglo tras siglo, con las lógicas variables, fruto de modernidades varias. No hace falta tener una imaginación desbordada para hacer un paralelismo lógico entre raptos y Europa, ahora que nos encontramos a un paso de las elecciones y que las señales son, cuando menos, intranquilizadoras. Aunque las estemos pasando por alto, ocupados como nos encontramos con lo que pasa por aquí, con las municipales y autonómicas y pendientes de los pactos del Gobierno nacional.
Y mientras, Zeus, con una docena de nombres diferentes, se embellece para volver a sacudir a Europa, ya no tan joven pero igualmente vulnerable. Se llaman Alternativa para Alemania, Fidesz en Hungría, Ley y Justicia en Polonia, Frente Nacional en Francia,  Partido por la Libertad en Holanda, FPÖ en Austria, Liga Norte en Italia, el UKIP en Reino Unido, Partido Popular Danés,  Amanecer Dorado en Grecia, Alternativa para Suecia, Los Auténticos Finlandeses… Y VOX, por supuesto, en nuestras mismas entrañas.
No se me va de la cabeza una hipotética reunión del Consejo Europeo con estos “jefes” en el Olimpo de Bruselas, tomando néctar y ambrosía y discutiendo ajenos a la realidad, ajenos a los comunes mortales a los que han enviado al inframundo de la penuria y la miseria, muy lejos del cielo. Zeus, Hera, Poseidón, Deméter, Hermes, Hefeso o Diónisos han cambiado de nombre y andan muy lejos de cumplir la principal regla de todo dios, la de hacer más confortable la vida en la tierra. Y  lo estamos pasando por alto. Como si no nos afectara lo que pasa por ahí arriba, que bastante tenemos con lo nuestro. Sin  añadir eso de “como para tener más”. 
La mitología nos cuenta que Europa, sumisa y débil, fue abandonada por Zeus en Creta después de darle tres hijos y lo mejor de su vida…

jueves, 9 de mayo de 2019

Desde Macondo. SEBA ABU ARAR

Hubo un momento en Macondo en el que el mundo era tan reciente que las cosas carecían de nombre, y había que señalarlas con el dedo para nombrarlas. Luego llegaron los Buendía, los Aurelianos y los Arcadios, cada cual con sus peculiaridades. Y la larga lista de mujeres, todas especiales. Y con los nombres, todo quedó en su sitio.
          Mucho tiempo después, Saramago escribió una deliciosa novela, “Todos los nombres”, en la que curiosamente, sólo aparece uno, Don José, el protagonista. A lo largo del libro aparecen más personajes, pero todos ellos anónimos. El jefe, sus compañeros de trabajo, la vecina, los padres de la desconocida, el director del colegio, la asistenta de la tienda, el pastor, etc. No son importantes. No tienen nombre.
          Seba Abu Arar. Estoy cumpliendo una máxima del Periodismo que, como tantas otras cosas, se nos ha olvidado. Poner nombre, cara y circunstancias a cualquier historia es obligatorio. Así lo estudié y así manda la razón, por aquello de que lo próximo, lo cercano, lo que conocemos, es lo más importante.
          Porque tal vez el nombre nos interese, y nos haga leer el artículo hasta el final y, con un poco de suerte, conmovernos y hasta sacudirnos un poco la conciencia. Seba Abu Arar es el nombre de una niña de un año y dos meses que ha muerto esta última semana en uno de los infames bombardeos de Israel contra Palestina. Estaba con su madre, sin nombre, embarazada de siete meses, de una criatura que nunca se llamará de ninguna forma.
          Cierto que hemos estado muy ocupados con nuestras elecciones y nuestras cosas como para detenernos en saber lo que pasa al otro lado del Globo. Y que lo despachamos con un “ya están estos otra vez a la greña”. Claro que es lógico que nos sobrecojan más las tragedias que pasan a nuestro lado, en nuestro lugar de residencia, que éstas que, a fuerza de habituales,  han perdido todos los visos de realidad. Y hasta el poder de conmovernos.
          Hablamos en genérico. Víctimas de la violencia de género, sin saber si era María, o Carmen o Julia; de la inmigración, que de cuando en cuando nos regala un nombre, como el pequeño turco Aylan, o Mohamed, cuya foto en una playa dio la vuelta al mundo. O de la guerra del Yemen o la hambruna en Sudan. Que tampoco se llaman de ninguna manera.
          Miramos de pasada en el telediario las imágenes de pateras a la deriva, de manos y pies lacerados por las afiladas concertinas, de camiones frigoríficos con macabra carga humana, de ruinas humeantes donde había una vivienda, o un colegio o un hospital; de niños de ojos inmensos con tripas hinchadas, mocos y moscas entre su mirada perdida.
          No poner nombre es un mecanismo de autodefensa, porque nos permite deshumanizar las noticias. Mirar para otro lado, porque no se ha muerto nadie de los nuestros. Nadie con nombre conocido. Sólo Seba Abu Arar. Que ya se nos ha olvidado.

lunes, 6 de mayo de 2019

DE PECES Y ELEFANTES (Cuestión de memoria)

Siempre he presumido de buena memoria, aunque cada vez sean menos las cosas que recuerdo, sospecho que por voluntad propia, porque como Cervantes con su lugar de la Mancha, no quiero acordarme.


          Todos hemos dicho alguna vez, y hemos soportado que nos lo digan, eso  de “tienes una memoria de pez”, para resaltar que alguien es incapaz de recordar que comió a mediodía, donde dejó las llaves o el teléfono, o el nombre de la persona con la que ha hablado hace unos minutos.  Y en cada ocasión me he preguntado por qué los comparamos con los peces, qué sepa Dios lo que  recuerdan estos bichos en libertad o en el acuario, que son decorativos y nutritivos, pero poco o nada interesantes.


          Memoria de pez. Pues mira por dónde me he topado con un estudio de no sé qué universidad de Canadá (que allí no tendrán problemas más serios), que desmonta la teoría, que nos asegura que esos animalitos que dan vueltas en la pecera sin rumbo fijo, o que caen en masa en las redes de pescadores, son capaces de recordar lugares y situaciones durante al menos doce días y no solo unos segundos, como se creía hasta ahora. Gran descubrimiento.


          Pero no es de peces de lo que quería hablar, sino de memoria. De la nuestra, la de los humanos, que va camino de elevar la de los peces a la categoría de la de los elefantes (que dicen que tienen mucha, tampoco sé como lo han averiguado). Y así va el mundo. Tal vez sea verdad el manido tópico de que hoy en día, todo sucede con tal rapidez, que no nos da tiempo a procesarlo convenientemente y a almacenarlo para usarlo en el momento preciso. Más que nada, para no tropezar en la misma piedra, que es a lo que estamos abonados.


          Seguro que ningún pez tropezaría. Y mucho menos, un elefante. Nos cuentan, por activa y por pasiva, que hay que recordar la Historia, ante todo para no repetir errores. Pues más que olvidada la tenemos. A nuestro alcance están, gracias a las bibliotecas, las hemerotecas y el superpoderoso Google (hasta con la Wikipedia), la posibilidad de conocer al dedillo cómo han pasado las cosas, de dónde venimos, lo que hemos ganado y lo que podemos perder.


          Y nosotros, erre que erre. O tal vez debería, por cuestión de género, decir “nosotras”. En femenino plural, porque somos los peces que más tenemos que perder con eso de la memoria corta.


          Ha habido elecciones hace unos días. Ya se ha hablado mucho del resultado (nunca lo suficiente, aunque nos fatigue), y alguna seguimos con los pelos de punta porque nos aterra la suma final. Y la aparición estelar de quienes pretenden mandarnos a ese pasado que, al parecer, muchos y muchas han olvidado.


          Por eso se impone un esfuerzo, para convertirnos en elefantes y ejercitar la memoria en los pocos días que quedan para la nueva cita con las urnas. Triple, por cierto, e importante en los tres casos.


Hay que hablar con los mayores, acudir a los libros, buscar y rebuscar en los recuerdos, propios o ajenos, esos momentos, no tan lejanos, en los que no se podía votar, ni decidir cuándo ser madre, ni trabajar en según qué cosas (que no decidíamos nosotras, por supuesto), ni tan siquiera viajar solas o abrir una cuenta bancaria.


          Hay que conseguir que los peces sigan en su urna de cristal, o mejor, en el fondo del mar, y sea la memoria poderosa de los elefantes la que nos impida equivocarnos. Que no queremos que nos reconquisten, ni seguir dando vueltas en el acuario o cayendo en cualquier red que nos tiendan.

miércoles, 1 de mayo de 2019

Desde Macondo. EL COLOR DEL DINERO

Por muchos años que cumpla, y ya va siendo una cantidad digamos respetable, no dejaré de asombrarme de la capacidad que tienen  los “amos del mundo”, léase mercados o los diferentes índices selectivos de cualquier lugar del planeta, de acomodarse a las más diversas circunstancias, de forma que siempre salgan ganando. Mejor dicho, de ganar más que antes.
          Y aún así, me ha sorprendido sobremanera que, unas pocas horas después de las elecciones haya subido el IBEX 35, el que agrupa a las empresas más poderosas de nuestro país. Habiendo ganado, como así ha sido, un partido de izquierdas que, a priori, parece muy alejado de su ideología y, sobre todo de sus intereses.
          Va a ser verdad que el dinero no tiene color. Ni olor. Y eso, desde antiguo. Se cuenta que durante el mandato del emperador Vespasiano (69-79 después de Cristo.) se estableció en Roma un gravamen sobre los orines (para que veáis que en materia de impuestos ya está todo inventado) que, vertidos en la “cloaca máxima”, eran utilizados por artesanos -curtidores, lavanderos,- en sus manufacturas. La orina en la Antigua Roma era muy apreciada por su alto contenido en amoniaco, que mezclado con agua constituía un perfecto blanqueante. La “olorosa” peculiaridad de ese nuevo tributo, mereció la reprobación del hijo del emperador, Tito, que criticaba que el Estado se lucrara con algo tan, digamos poco glamuroso.
          Fue entonces cuando Vespasiano, ofreciéndole unas monedas para comprobar su olor, ciertamente inexistente, pronunció esa expresión-“pecunia non olet”, el dinero no huele, que ha pasado así a la historia. El dinero es dinero, y vale lo que vale, venga de donde venga. Con independencia de que su origen sea lícito o no. Y que se consiga con un gobierno de derechas, de izquierdas o de más allá de ambos conceptos, a un lado o a otro.
          O tal vez sea la tranquilidad de sentirse poderoso, con la sartén por el mango. Si estos no se portan bien, si rebasan los límites que ellos consideran razonable, pues ya se hará lo que se tenga que hacer para que cambien. Desde una crisis provocada a una guerra, que de ambas cosas tenemos ejemplos.
          Tenemos la resignación que da la certeza de que, hagamos lo que hagamos, nos irá un poquito mejor o peor, sin estridencias. Vamos, que no tendremos que hacer ingeniería fiscal para ocultar los millones que nos sobran.
          El IBEX está contento, y es lo que vale. Igual nos salpica un poco de su alegría y se reduce un poquito, uso centímetros, la brecha de la desigualdad. Seguro que a todos, a la gente de bien me refiero,  nos daría igual el color del dinero si sirviera para que no hubiera hambre, ni pobreza, ni precariado, ni dependientes o ancianos sin atenciones básicas, ni niños en riesgo de pobreza o exclusión.
          Pero me estoy dejando llevar. A los españolitos de a pie, a los que no cotizamos en Bolsa,  nos importa el color del dinero. Y mucho. Que no es igual rojo que naranja o verde. O azul. 

lunes, 29 de abril de 2019

SOBREDOSIS DE OPINIÓN


Hemos sobrevivido, un tanto maltrechos y con alguna neurona menos, al primer asalto serio de los opinadores. Falta el segundo, y en menos de un mes. Yo opino, él opina, ustedes opinan. Faltaría más. Todos opinamos y todos tenemos algo que decir sobre cualquier tema. Polémico o no, extraordinario o cotidiano; de salud, de educación, de política, del tiempo… Opinamos de todo cuanto nos concierne, con mayor o menor acierto, con documentación o sin ella, con razón, o elevando el tono para tenerla, imponiendo nuestras tesis o dejándonos convencer. Hasta aquí, normal. Somos personas, razonamos y tenemos opinión. Y luego, somos profesores, fontaneros, peluqueros, médicos o bomberos.

          Eso, en cualquier época del año, que en elecciones, se multiplican. Pero además están los opinadores profesionales. No hace falta que sean periodistas. De hecho, no lo son en su mayor parte. Ni que sean economistas si opinan de economía, o médicos si hablan de salud, o profesores si el tema a debatir es la Educación. Saben de todo y, sobre todo, saben gritar cuando les faltan argumentos.

          Han crecido como setas, casi al mismo ritmo en que están desapareciendo los periodistas. Están en todos los canales, en todas las emisoras, en mil y una tertulias. Invaden espacios que, por razones lógicas, corresponden a la información y no informan de casi nada. Sólo dan su opinión e intentan convencernos de que es la buena, la única, la real. Para eso les pagan. Y de cuando en cuando, por los de un signo político, nos enteramos de cuánto cobran los del otro. Y viceversa. Nos indignamos, por supuesto, y decimos eso de vaya sueldo por decir cuatro chorradas.

          En el otro mundo, del que provengo, la información y la opinión estaban perfectamente delimitadas. Así nos lo enseñaban en la Universidad. Incluso tipográficamente, en los periódicos (a un paso de ser Prehistoria), tenían tratamiento diferente. La opinión se presentaba con distinta letra, recuadrada y separada de la noticia. Una cosa era lo que pasaba, y otra, lo que el periodista opinaba del hecho concreto.

          Pero eso ya es Historia. Ahora se puede elegir entre opinadores de derechas y de izquierdas con sólo cambiar de canal; incluso se les puede ver juntos, para los amantes del morbo. Y hasta en listas electorales. La información es lo de menos. El juego es saber qué dirán de la noticia los unos y los otros. Los mismos, que igual hablan de la prima de riesgo que de las tasas de la Justicia o la reforma de la Educación, sin saber cómo funciona la Bolsa ni haber pisado un Juzgado y mucho menos, conocer las necesidades educativas del momento.

          Es lo que toca. . Que cada cual opine lo que quiera. Pero sin hacernos creer que es información.

miércoles, 24 de abril de 2019

Desde Macondo. VOTAR SIN MIEDO

A estas alturas de la película, de la campaña electoral, digo, puedo hacer hasta colección de miedos. No debería asombrarme, porque es una constante desde que empezáramos la aventura de la democracia, pero en cada ocasión me parece que vamos un pasito más allá, que encuentran nuevas cosas con las que asustarnos, si votamos a unos y no a otros, si lo hacemos en blanco o si nos quedamos en casa (eso nunca, por cierto).
          Lo han puesto todo perdido de miedos, y ya no sé si me voy a encontrar el lunes con las calles llenas de pederastas, violadores, neandertalitos decapitados, malvadas mujeres que pretenden nada menos que ser iguales que los hombres (cuando mi aspiración es ser mejor), pensionistas sin pensiones, asalariados sin salario o empresarios sin empresa. Y claro, sin impuestos, porque bajadas, prometen todos, unos a los ricos y otros, a los demás.
          Ya sabemos que si votamos a unos, se nos llenarán nuestros hermosos pueblos y ciudades de cientos de miles de negros malencarados, llegados directamente de África por invitación personal de un partido político; y que elegir la papeleta de otro color, dará vía libre a “abortadoras”, transexuales, feministas enloquecidas y gente de mal vivir. Y que si queremos mantener el país de una pieza, que no se rompa España, tenemos que tirar hacia otro lado. O si estamos dispuestos a que nos “reconquisten” y nos lleven a esa España en la que nunca se ponía el sol, reserva espiritual de occidente y esas cosas, también tenemos alguna papeleta que otra que nos lo garantiza.
          Lo sabemos todo, que son muchas semanas ya de machaqueo continuo, de debates, de mítines, de publicidad por tierra, mar y aire, cada uno asustando con lo de otros y vendiendo lo suyo como la panacea universal.
          Por eso hay que votar sin miedo. Con la confianza de que haremos lo correcto. Que somos muy mayores como para creernos que nos van a invadir los musulmanes o los africanos, o que todo el mundo se pondrá a abortar como locos o a cambiarse de sexo por hobby.
          Y con la certeza de que no puede haber marcha atrás. Que todo lo anteriormente citado tuvo su tiempo (nefasto), y no podemos traerlo de vuelta. Que la España de charanga y pandereta, cerrado y sacristía, devota de Frascuelo y de María, ya tuvo su momento.
          Y que para seguir avanzando, hay que ir a las urnas sin miedo.