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miércoles, 18 de septiembre de 2019

Desde Macondo. CAMBIAR... PERO POCO

Dice la Real Academia que cambiar es “dejar una cosa o situación para tomar otra”. Así de fácil. Acostarte de una forma y levantarte de otra, asumiendo que las cosas han cambiado. Y que más van a cambiar. 
          Vivimos tiempos de cambio con mayúsculas. Los pájaros que emigran vuelven antes, o no se van. Los almendros florecen apenas empezado el invierno. Llueve sin ton ni son, y mientras se desborda un río, circula el agua por el trasvase que lo alimenta. . El hielo se derrite y las arenas del desierto están ocupando terrenos que no les corresponde. Los trabajadores no pueden vivir de su trabajo y los que no trabajan, menos todavía. Los ricos también han cambiado. Ahora son más ricos.
          No ganan del todo ni las izquierdas ni las derechas, como toda la vida. Ni los centros si los hubiera. Ni los de siempre ni los nuevos. Sospecho que todos hemos perdido y que no nos va a ser fácil encontrarnos.
          Son tiempos de cambio, en los que hemos querido cambiar, pero poco; castigar los salvajes recortes, pero no del todo, condenar la corrupción, pero disculpándola un tanto; quejándonos pero a la vez diciendo eso de bueno vale, o virgencita que me quede como estoy.
          Y en esas estamos. Meses hablando de pactos imposibles, de mayorías que no son tales, de ganadores que han perdido y de perdedores que tienen la llave. Y de urnas en el horizonte, que seguro tampoco esconderán el secreto del cambio.
          Creíamos que ya tocaba el cambio, y un tanto maltrechos, unos más que otros, hemos llegado casi al final de otro año cambiante. Miedo me da saber qué nos depara. Me siento como el gitano Melquiades de mi recurrente Macondo, que sobrevivió a la pelagra en Persia, al escorbuto en el archipiélago de Malasia, a la lepra en Alejandría, al beriberi en el Japón, a la peste bubónica en Madagascar, al terremoto de Sicilia y a un naufragio multitudinario en el estrecho de Magallanes. Aunque tuvo el buen tino de desaparecer antes del diluvio que dejó al pueblo convertido en un pavoroso remolino de polvo y escombros.
          Pero en fin, es tiempo de cambios, y no soy de las que piensa que las estirpes condenadas a cien años de soledad no tengan una segunda oportunidad sobre la Tierra.

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