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martes, 10 de febrero de 2015

Desde Macondo. CUEVAS DE LADRONES

No es que yo abogue por tener los ahorros en una lata de galletas y debajo de un ladrillo de la cocina, pero todo se andará. Los Bancos, así, en mayúsculas y en general, han irrumpido en nuestras vidas y por nada bueno. Ya no son ese lugar que elegías, mayormente, por proximidad a tu domicilio, porque conocías al cajero o porque regalaban un juego de sartenes o una tele de plasma por domiciliar la nómina.
          La lista Falciani ha sido el último episodio, pero están las preferentes, el rescate, los escándalos de las Cajas, la inmoralidad de Botín, el primer banquero de España, los desahucios, las hipotecas monstruosas, la no dación en pago, las comisiones abusivas… Y eso, hablando solo de lo de andar por casa, que pone los pelos de punta saber que en la famosa lista del banco suizo también hay diamantes de sangre, y cuentas para financiar guerras o terrorismo. Todas cómodamente instaladas y sin pagar impuestos en el país de origen. El nuestro, por ejemplo, que a nadie se le escapa que con unas perrillas de las cuatro mil cuentas de españoles que figuran en ella, podría haber menos camas en los pasillos, más médicos, menos parados sin cobertura o menos dependientes y enfermos muertos mientras esperan ayuda. De los Bancos de Alimentos, en muchos casos.
          Qué asco. Y qué rabia. Despiertan nuestros peores instintos. Y recuerdo así, a bote pronto, el único episodio que relatan los Evangelios en el que Jesús pierde los estribos; en los que el hombre se predica la paz y el amor, se muestra violento e iracundo. Es el pasaje en el que se enfrenta, látigo en mano, a los que vendían y compraban en el templo, volcando las mesas de los que cambiaban el dinero, recriminando que hubieran hecho del lugar una “cueva de ladrones”.
          Los Bancos han entrado en nuestro día a día, y desde nuestras cuentas corrientes de supervivencia, asistimos como espectadores a un espectáculo que nos supera, que no es el nuestro.
          Y en esas estamos dos mil y tantos años después. En una gigantesca cueva de ladrones, y esperando un Mesías que eche a los fariseos de nuestras vidas, que haga del mundo un lugar habitable, en el que no tengamos que humillarnos ante el oro, que diría don Francisco de Quevedo.

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