Pensamientos, ideas, palabras que engulle la arena en el mismo instante en que se han escrito

domingo, 22 de diciembre de 2019

PALABRAS PIEDRA


En la era de lo virtual, sigo defendiendo, por la cuenta que me tiene y porque soy así de antigua, que una palabra vale más que mil imágenes. Lo que veo, lo que escucho, lo que me cuentan, se convierte rápidamente en palabras. A veces en una frase, en un titular o en un solo concepto. En una palabra.
      Es una necesidad esencial, traducir todo a palabras, por impactante que sea la imagen que me transmitan. Quizá sea porque escribo por necesidad orgánica, igual que bebo, como o respiro.            Decía Galeano que “Uno escribe para combatir la propia soledad y la soledad de los otros”. No seré yo, que admiro cada palabra suya, quien le contradiga  Pero creo, más bien, que una siempre escribe para saber, para  aprender y para entender. A ti misma y a los demás. Al mundo.
         Las palabras ponen las cosas en su sitio, o las descolocan. Son como el bálsamo de Fierabrás, que curan cualquier herida, hieren como espadas, produciendo lesiones incurables. Son una caricia o un golpe cruel. Consuelan y clarifican, o enervan y tergiversan. Mucho más que cualquier imagen.
      Y además, hay palabras piedra. Son todas esas que día a día saltan de las páginas de los periódicos, de los aparatos de radio y televisión, hasta de los comentarios en la calle, y nos golpean sin piedad. Hay demasiadas palabras-piedra. Guerra, muerte, desigualdad, pobreza, frío, hambre, miseria, desempleo, subsidios, sintechos, desnutrición, ahogados, víctimas, refugiados, futuro imperfecto, desesperanza y desesperación, atentado, racismo, venganza, purga, corrupción, angustia, miedo…
     Están colonizando nuestras vidas, dejándonos magullados y tristes. Están apartando a codazos, sin contemplaciones, todas las palabras bellas, las que debían constituir, una junto a otra, la oración de nuestras vidas. Las que debían alegrarnos el día, amanecer, sol, concordia, amor, salud, solidaridad, bienestar, respeto, compromiso, alegría, justicia, tranquilidad, aunque sea relativa, empatía, libertad, confianza, paz
       Todas esas palabras que un día llenaron nuestros periódicos, el salón de nuestra casa, la tertulia con amigos, nuestras conversaciones, nuestras vidas, y ahora están olvidadas en el fondo de cualquier armario. Y ya, ni hacen por salir.
    Las palabras-piedra son ya consustanciales a nuestro vivir cotidiano. Abres los diarios, miras las ediciones digitales, la tele o escuchas la radio separándote convenientemente. Para que no te alcancen. Y pasas rápidamente las páginas buscando un término amable, que a menudo se resiste a aparecer.
       Un deseo por Navidad. Deberíamos recordar más a menudo que las palabras no tienen dueño, que están ahí al alcance de nuestra mano, para que todos podamos utilizarlas a nuestro antojo, para que podamos apartar las duras, las falsas, las desteñidas por el abuso, las que atraviesan como agujas. Y las palabras piedra, que nos dejan sin aliento.

domingo, 15 de diciembre de 2019

POBRES VIOLADORES


Es que no se me van de la cabeza. Pobres chicos. Tan jóvenes, tan alegres, tan sanos, tan despreocupados, con una prometedora carrera por delante… Y todo se ha ido al cuerno por una mocosa maleducada y caprichosa a la que le ha dado por ser violada. Vaya por Dios.
Si hubiera estado en su casa cosiendo, pongo por caso, si sus padres la hubieran educado mejor, o incluso la hubieran atado a la pata de la cama, no estaríamos hablando hoy de vidas truncadas y de buenos chicos con muchos años de cárcel como futuro. Pero ¡Ay!, quien les iba a decir a ellos que se iba a cruzar tal lagarta en su camino. Seguro que hasta llevaba minifalda, que ese tipo de chicas no da puntada sin hilo, y lo lleva todo bien atado para joder la vida a lo mejor de cada casa.
Todavía no he salido de mi asombro tras conocer las reacciones posteriores a la sentencia de los tres jugadores de La Arandina, condenados por la violación a una menor. Puede que parezcan muchos años. A mí me parecen pocos. En cualquier caso, quedan probados los hechos, empezando porque eran tres adultos contra una niña de 15 años. Y eso no lo discuten ni quienes los defienden a capa y espada, utilizando para ello el manido recurso de culpabilizar a la víctima.
Si hasta se han manifestado… No es que lo entienda, pero igual en su pueblo se sentían obligados a apoyarles. Lo que ya no cabe en mi cabeza, por mucho hueco que intente hacer para comprenderlo, es que haya tertulianos, cadenas de televisión o columnistas, que mantengan una opinión similar, sin conocerlos ni de lejos. Ni a ellos, ni a la chica, por supuesto.
Vale que hay que reflejar la verdad, lo que sucede, pero cada una de las opiniones vertidas en un reportaje de una cadena generalista, era como una puñalada. “Raúl, es un chico muy majo, tiene novia, es lo mejor que hay de chicos jóvenes”; “me parece buen chico, se ha criado aquí”; “es una familia muy buena”. Y la conclusión, “esos chicos han perdido su vida”; y “pobres chavales, me da pena de los chavales”. 
Ninguna pena de la víctima que, a decir de un sesudo tertuliano, en una cadena del mismo grupo, sabía dónde se metía. Ni de su madre, que no la ha educado correctamente.
Lo dicho, que como somos objetos violables, tenemos que ir con cien ojos, que luego llegan los pobres violadores, y no tiene  otro remedio que hacer lo que hacen. Y les jodemos la vida.

Desde Macondo. NÚMEROS CANTAN


Soy de Letras. Sin paliativos. Sin eso de, “bueno, me defiendo con los números”. Toda mi vida he andado a vueltas con las multiplicaciones, las divisiones, y no digamos nada de las raíces cuadradas y otras malvadas operaciones matemáticas que nunca supe hacer medianamente bien y que aprendí de memoria para ir salvando exámenes obligatorios. Y fui feliz cuando, mediada la educación secundaria, escuché el ansiado:¿Ciencias o Letras?
Desde ese momento, y hasta hora, mis encuentros con los números han sido llevaderos y ocasionales. Ahora son insoportables y constantes. La vida no es un frenesí, ni una farsa, ni una ficción. Todo en la vida es número y los números se han merendado el alfabeto.
Somos números en la lista del paro o en la de cotizantes; números recortables en la Sanidad o la Educación, y “sumandos” en las de impuestos. Somos número al contabilizar esos votos que nos encadenan por cuatro años (bueno, o por menos), en el Producto Interior Bruto, en el índice de pobreza, en los euros por habitante de la deuda pública, en las previsiones de desempleo, en el aumento de la inflación subyacente o la interanual, en el cálculo de las pensiones, en el precio de la salud, en el gasto de la enfermedad, en la desindixación, sea lo que sea la palabreja…
Aún no nos llaman por el número, como a los prisioneros en la cárcel o a los humanoides de las películas galácticas, pero todo se andará. Cualquier día descubriremos en nuestro buzón una carta dirigida al contribuyente 456.721, o al ciudadano X-9.555.213. Así, sin letras, porque se van desdibujando lentamente a favor de las cifras.
Este sistema perverso está abandonando la calidez de las palabras en provecho de la frialdad de los números, cambiando las frases por cantidades. La prótesis de rodilla precisa para que un joven camine, se llama ahora 152. Euros, claro. Y el letrero de “comedor” ha sido sustituido por el de 400. Euros, también. Y la ayuda a la dependencia, se ha convertido en un montón de cifras. Y el abuelo no es abuelo, es la cuantía de su pensión. Y la solidaridad es un número en negativo, con el menos delante, y los niños con hambre no tienen nombre, son una cifra monstruosa.
Hay que volver a las palabras. Podemos aprovechar la Navidad, aunque ésta también tiene un montón de números. Es necesario y es urgente. Como en Macondo, cuando la peste del olvido, debemos apresurarnos a etiquetar todas las cosas para que no se pierdan sus nombres, engullidos por una montaña de números.
No hay guarismo cuya belleza pueda igualarse a los términos justicia, o igualdad, o amor, o conciencia, o solidaridad. Y no podemos permitir que los números acaben invadiendo nuestro mundo.

jueves, 12 de diciembre de 2019

Desde Macondo. MICROWORKES

La crisis, que convirtió a muchos en consumidores de lo justo y menos, ha venido más que bien para las empresas, que se han apresurado a reducir costes laborales, a mayor gloria de sus beneficios.  Y así, en el terreno del mercado laboral han aparecido cientos de miles de los llamados microworkers, trabajadores por horas o por ratos, pendientes durante toda la jornada de si entra o no una solicitud  en la plataforma en la que están registrados para realizar una pizca de lo que hasta ahora llamábamos trabajo, cobrando, por supuesto, un minisueldo, por tanto, una centésima parte de lo que debería ser un salario. Y para colmo, sustituyendo al asalariado por el autónomo. O el “emprendedor”, que también está muy de moda.
      El diccionario nos dice que una de las acepciones de colaborar es “ayudar con otros al logro de algún fin”. Y Economía, también de acuerdo con la Real Academia, es la “Ciencia que estudia los métodos más eficaces para satisfacer las necesidades humanas materiales, mediante el empleo de bienes escasos”. Juntando y pegando, la llamada “economía colaborativa”, tan de moda (tristemente), debería ser ayudarnos entre todos a distribuir lo que hay, el consumo y el trabajo, para que nadie pase necesidad. Más o menos.
      Así debería ser, si nos atenemos a la literalidad de los conceptos, pero es que la tan traída y llevada crisis ha removido todos los cimientos. Hasta los del lenguaje. Ya no se trata de compartir, vender o cambiar lo que te sobra o no usas, sea tiempo, una bicicleta o un apartamento, que los nuevos tiempos, además de consumidores de bajo coste, también nos han dejado “plataformas” de espabilados y trabajadores low cost.
      En lo que ahora llaman economía colaborativa, entran, por ejemplo, Uber o Cabify, o Airbn, para alquileres, y hasta plataformas de reparto de comida a domicilio, como Deliveroo, cuyos trabajadores (autónomos-emprendedores), están ahora en pie de guerra, hartos de pedalear por toda la ciudad por una miseria, además de pagar sus cuotas, poner la bicicleta y hacerse cargo de las lesiones y las reparaciones.
      Eso no es colaborar. O sí, pero retorciendo el significado. Es ayudar a que engorden las cuentas de cuatro listos a costa de pasar penurias, de no llegar ni a mediados de mes y de borrar del diccionario el término futuro, porque, simplemente, no existe.
      Muchos de nosotros, en algún momento de nuestra vida, hemos hecho “trabajillos” para ayudar a la economía familiar, para pagar las matrículas o los libros del curso o para pagar un extra. Desde vendimiar algunas semanas a dar clases particulares al hijo de la vecina, cuidar niños o lo que cada cual haya podido. Con la vista puesta en el mañana.
      Ahora es siempre hoy, que esta nueva economía parece haber venido para quedarse. Por encima de la justicia, de la solidaridad y del futuro.

domingo, 8 de diciembre de 2019

VERGÜENZA

No soy fan de la Merkel.  Para nada. Me crispa su política económica de mano dura, caiga quien caiga, y otras muchas cosas. Pero este fin de semana ha ganado muchos enteros en mi consideración. Vamos que hasta puedo decir que me empieza a caer bien.  El cambio de opinión ha venido tras ver las imágenes, y escucharla, claro, de su visita a Auschwitz, el antiguo campo de concentración nazi, donde fueron asesinadas un millón de personas, en su mayoría judíos.
      Bien es verdad que la señora Merkel lleva 14 años como canciller, y hasta ahora no se le había ocurrido la visita, pero nunca es tarde si la dicha es buena. El caso es que me ha emocionado ver las imágenes. Verla,  vestida de negro, las manos cruzadas y la mirada baja, con una expresión mezcla de dolor y vergüenza que no se puede fingir, a menos que se sea un estupendo actor y lo haya ensayado miles de veces.
     Sea como sea, igual porque quiero verlo así, me parece sincera, me parece que está de verdad avergonzada y dolorida por lo que sus  “paisanos” fueron capaces de hacer.  En plena polémica sobre el uso que se debe dar a los lugares “históricos”, la canciller lo tiene claro: “Este lugar, sus torres de vigilantes, sus cámaras de gas, sus barracones, todo es testimonio de lo que no puede volver a suceder y es importante preservarlo para que las nuevas generaciones puedan visitarlo y conocer la barbarie que aquí tuvo lugar”.
      Pues sí. Y deberían ser de visita obligada para los que no recuerdan nada y para los que lo niegan todo. Como si nunca hubiera ocurrido. Como si un millón de muertos pudieran desaparecer en la nada. O en las cunetas, o en las fosas comunes olvidadas en cualquier remoto paraje, o menos remoto.
      Es un tópico decir que olvidar la historia nos condena a repetirla. Y en eso, en mantenerla viva, sin odios, sin revanchismos, tienen mucho que decir los Gobiernos . Debemos recordar siempre que  la libertad, la democracia y el Estado de derecho pueden ser fácilmente dañados si no perseveramos en su cuidado. También lo dijo la mandataria alemana en su visita: “Corresponde a los gobiernos y a los políticos proteger y fortalecer nuestros valores”.
      Y desenmascarar a los que niegan la Historia, antes de que convenzan a más gente de que nunca pasó.

jueves, 5 de diciembre de 2019

Desde Macondo. COMPARANDO CONSTITUCIONES

No sé si hay mucha gente que se haya leído la Constitución de principio a fin. Si acaso, para preparar una oposición y poco más. Claro, que siempre está el recurso de acudir a san Google, que lo tiene todo, y así, de paso, nos enteramos de qué dicen otros textos de países de nuestro entorno o de mucho más allá.
      Hace tiempo, y mientras buscaba ideas para preparar un trabajo, me topé con una herramienta lanzada por un famoso buscador en Internet. “Constitute” se llama, y es ni más ni menos que un comparador de las casi doscientas Constituciones en vigor a lo ancho y largo de la geografía mundial. Muy curioso. Agrupadas en treinta temas, se nos muestran las diferencias y similitudes en derechos y deberes. Del Gobierno y de los ciudadanos, por supuesto.
      Algunas datan de hace pocos años, otras, de principio de siglo, muchas de mediados del pasado siglo, después de la guerra mundial y de los movimientos independentistas. Todas hablan de libertad, de derecho a la educación, al trabajo, a la vivienda, a la sanidad, a la Justicia, a la libre expresión, a la paz, al bienestar de todos, con especial incidencia en los más desfavorecidos, léase ancianos y niños…
      Alguna va más allá y habla de derecho a la felicidad. E incluso, como en el caso de Bután, establecen el FIB, índice de felicidad bruto como un medidor de la situación de sus ciudadanos. También aquí, en la Constitución salida de las Cortes de Cádiz, la famosa “Pepa” de 1812, un artículo decía El objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen”.  Ya veis, cualquiera tiempo pasado sí fue mejor.
      Sobre el papel, nuestra Carta Magna resiste cualquier comparación. Y hasta queda en buen lugar. Desafortunadamente, cualquier parecido con la realidad actual es mera coincidencia. Sabemos a lo que tenemos derecho y dónde lo pone. Nada más.
      Por eso no me interesa demasiado el debate sobre la reforma de la Constitución del 78, que conmemoramos estos días. Que si para solucionar el problema catalán, que si para “arreglar” el tema de la Corona, para delimitar las funciones del heredero…Por no hablar de que la Ley de leyes perdió para mí todo su carácter de sacrosanta, su aureola de marco perfecto para la convivencia, cuando fue modificada, con agosticidad y alevosía tras una llamada de Merkel para establecer el maldito techo de déficit que Dios confunda.
      Sería preciso un comparador sobre el grado de cumplimiento,  no sobre el texto, sobre el papel que lo aguanta todo. Y mucho que temo que en ese análisis, el de la realidad, habría pocas diferencias entre los países.
      Cuando el coronel Buendía se retiró a Macondo, tras participar en 32 guerras y constatar que no se luchaba por las ideas, sino por el poder, dijo eso de que la única diferencia entre liberales y conservadores era que los primeros iban a misa de cinco y los otros, a la de ocho. La única comparación posible.

domingo, 1 de diciembre de 2019

MERCEDES

Mercedes es de carne y hueso, aunque la que ha saltado a la fama en estos últimos días es tan solo una escultura. La reproducción de una larga vida, 89 años, que rezuma soledad por todos los poros. Está sentada en un banco de un parque de Bilbao, y está sola. Como otros cinco millones de personas mayores en todo el país.
      De cuando en cuando, coincidiendo con alguna noticia “menor”, de esas de una columnita que nos cuenta que han encontrado el cuerpo de tal o cual persona, fallecida hace diez o quince años en su vivienda, alguien inicia una campaña de concienciación, se habla un poco del tema, se hace una escultura, como ahora… Y a otra cosa.
      No somos conscientes de que estamos ante una epidemia silenciosa que nos afecta en la tercera edad, una de las etapas más vulnerables en la vida de las personas. La Mercedes real, la que ha servido de modelo, está sola. Cuesta escucharla decir que "A veces no hablo nada de la mañana a la noche, y por la noche no me sale ni la voz". Y que espera con ansiedad la visita, una vez por semana, de una voluntaria de Cáritas.
      Es evidente que los poderes públicos no son capaces de detectar todos los casos de soledad no elegida, y mucho menos, de montar un servicio de acompañamiento. Pero ya podrían ir buscando medios, porque cada vez nacen menos niños, la población está más envejecida y la red pública de residencias tampoco puede absorber todas las necesidades. Por no hablar del derecho que tiene cada cual de vivir y morir en su casa.
      Los millones de “mercedes” son además un problema que va más allá, que la soledad acrecienta todos los males, y ya hay sesudos estudios al respecto. De hecho, los británicos, tan cabalitos ellos, han decidido que la soledad es ya una cuestión de Estado. Y se han puesto manos a la obra. Una Secretaría de Estado se dedica exclusivamente a luchar contra este drama, a investigar, a hacer frente y a intentar acabar con algo que, al parecer, afecta en su país a nueve millones de personas.
      Aplaudo la iniciativa, pero malpensada de nacimiento como soy, nadie me quita de la cabeza que algo habrán tenido que ver los datos que aseguran que esta epidemia de nuestros tiempos es también un problema económico, ya que, según un estudio de la London School of Economics, diez años de soledad de una persona suponen para el Estado unas 6.000 libras (6.800 euros) en sanidad y otros servicios públicos.
      Vamos, que las cuestiones humanitarias, también habrán influido, pero lo primero es lo primero, y la decisión de ponerse manos a la obra ha venido después de los números. Qué pena. Resulta que pasar semanas e incluso meses sin hablar con nadie, las 24 horas del día completamente aislados de la sociedad, sin compañía alguna, especialmente en el caso de las personas mayores, puede ser más grave para la salud que la obesidad, la diabetes  o tan perjudicial como fumar quince cigarrillos a diario. Y eso cuesta dinero, que por culpa de los “solitarios”, no le salen las cuentas al Estado.
      Supongo que cualquiera de los “estresados” políticos que nos dirigen, en Inglaterra y en cualquier otra parte del mundo, agradecen esa soledad agradable y reconfortante que te permite alejarte del mundanal ruido y disponer de tu tiempo. Como para pararse a pensar en la soledad no deseada, la de los solos y las solas de verdad, y sin haberlo elegido.
      Es como el hambre, que no es lo mismo ayunar para encontrarse mejor, estéticamente o por motivos de salud, que no tener un trozo de pan que echarte a la boca.
      Y que no te salga la voz, a fuerza de no usarla, como a Mercedes.