Estamos todos de lo más puestos en
listas, posibles pactos, purgas, machetazos entre candidatos, el
"glamour" que aportan toreros y otros famosos a las distintas candidaturas
y hasta del pavoroso escenario que puede resultar de todo lo anterior.
Nos machacan con encuestas, hasta el
punto en que una ya no sabe si la favorable a la izquierda viene de un
periódico de derechas (por aquello de hacerla más creíble), o si ha sido tu
imaginación que te ha jugado una mala pasada. Hemos aprendido matemáticas a
marchas forzadas, para quedarnos bien con sumas y porcentajes para el día
después de las elecciones. Y hasta hemos hecho combinaciones imposibles, por
aquello de que, en política, nada es imposible.
Es lo que toca. Hemos hecho un
paréntesis en otras cosas, en los escándalos de corrupción, en los macrojuicios
con cifras que, por inimaginables en nuestro vivir cotidiano se
escapan a nuestro conocimiento. Ya no hablamos de regalos carísimos, de bolsos
que jamás podrán colgar de nuestros hombros, de relojes que nunca luciremos, ni
de lejos, en nuestras muñecas y de comilonas con manjares que ni sabíamos que existían.
Es la hora de la política que, según el diccionario, es la "actividad de quienes rigen o aspiran a regir los asuntos públicos". Pues en esas estamos, que ellos aspiran a gobernarnos y nosotros, embobados,
miramos el dedo en lugar de la luna con el claro convencimiento de que nuestras
cosas, nuestras pequeñas cosas, no tienen cabida entre tan sesudos temas.
Muchos posibles pactos, muchas
discusiones, muchas entrevistas, mítines aunque aún no haya empezado la
campaña... ¿Y lo nuestro, p'a cuando?
Cualquier aparición, cualquier acto
público, tertulia, entrevista o similar, debería estar copado con nuestras
cosas. Nuestras pequeñas cosas. Tan pequeñas como la educación, la sanidad, la
dependencia, los salarios de hambre, la precariedad, el imposible acceso a la
vivienda, la sensación de provisionalidad que nos dejan los sueldos bajos y la
inestabilidad laboral...
Pero son eso, cosas pequeñas, en las que
no tienen tiempo en detenerse. No estoy oyendo propuestas, más allá de alguna
ocurrencia que ni me detengo a analizar, por vergüenza ajena, principalmente, y
porque me cabrea. Después. Ya se han presentado todas las listas. Se han
consumado las venganzas, las puñaladas traperas o los navajazos directos. Ya
saben todos dónde están y dónde van.
Y nos toca. De aquí a un par de días
será sábado, el día en el que la gente de a pie suele hacer la compra semanal,
decidir tonterías, cosas de poca importancia como comprar manzanas, que están
más baratas, o pollo, que cunde más que la ternera. Y que, coincidiendo con
el cambio de estación, se plantea si comprar otros zapatos o poner tapas y
medias suelas a los del año pasado, que aún pueden aguantar. O se pregunta
por qué ha crecido tanto el dichoso niño, que parece que va de pesca con los
pantalones de la temporada anterior. Y empieza a temblar porque anuncian más
calor y cualquiera pone el aire acondicionado, que luego llegan los recibos de
la luz.
En fin, que es momento de recordar a los
interesados otra acepción del diccionario en la definición de política. Dice así: "Actividad del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos con su opinión, con su voto o de cualquier otro modo". Para
que tomen nota y se ocupen de las pequeñas cosas que nos preocupan. Que para
eso les votamos y les pagamos.
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