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miércoles, 1 de mayo de 2019

Desde Macondo. EL COLOR DEL DINERO

Por muchos años que cumpla, y ya va siendo una cantidad digamos respetable, no dejaré de asombrarme de la capacidad que tienen  los “amos del mundo”, léase mercados o los diferentes índices selectivos de cualquier lugar del planeta, de acomodarse a las más diversas circunstancias, de forma que siempre salgan ganando. Mejor dicho, de ganar más que antes.
          Y aún así, me ha sorprendido sobremanera que, unas pocas horas después de las elecciones haya subido el IBEX 35, el que agrupa a las empresas más poderosas de nuestro país. Habiendo ganado, como así ha sido, un partido de izquierdas que, a priori, parece muy alejado de su ideología y, sobre todo de sus intereses.
          Va a ser verdad que el dinero no tiene color. Ni olor. Y eso, desde antiguo. Se cuenta que durante el mandato del emperador Vespasiano (69-79 después de Cristo.) se estableció en Roma un gravamen sobre los orines (para que veáis que en materia de impuestos ya está todo inventado) que, vertidos en la “cloaca máxima”, eran utilizados por artesanos -curtidores, lavanderos,- en sus manufacturas. La orina en la Antigua Roma era muy apreciada por su alto contenido en amoniaco, que mezclado con agua constituía un perfecto blanqueante. La “olorosa” peculiaridad de ese nuevo tributo, mereció la reprobación del hijo del emperador, Tito, que criticaba que el Estado se lucrara con algo tan, digamos poco glamuroso.
          Fue entonces cuando Vespasiano, ofreciéndole unas monedas para comprobar su olor, ciertamente inexistente, pronunció esa expresión-“pecunia non olet”, el dinero no huele, que ha pasado así a la historia. El dinero es dinero, y vale lo que vale, venga de donde venga. Con independencia de que su origen sea lícito o no. Y que se consiga con un gobierno de derechas, de izquierdas o de más allá de ambos conceptos, a un lado o a otro.
          O tal vez sea la tranquilidad de sentirse poderoso, con la sartén por el mango. Si estos no se portan bien, si rebasan los límites que ellos consideran razonable, pues ya se hará lo que se tenga que hacer para que cambien. Desde una crisis provocada a una guerra, que de ambas cosas tenemos ejemplos.
          Tenemos la resignación que da la certeza de que, hagamos lo que hagamos, nos irá un poquito mejor o peor, sin estridencias. Vamos, que no tendremos que hacer ingeniería fiscal para ocultar los millones que nos sobran.
          El IBEX está contento, y es lo que vale. Igual nos salpica un poco de su alegría y se reduce un poquito, uso centímetros, la brecha de la desigualdad. Seguro que a todos, a la gente de bien me refiero,  nos daría igual el color del dinero si sirviera para que no hubiera hambre, ni pobreza, ni precariado, ni dependientes o ancianos sin atenciones básicas, ni niños en riesgo de pobreza o exclusión.
          Pero me estoy dejando llevar. A los españolitos de a pie, a los que no cotizamos en Bolsa,  nos importa el color del dinero. Y mucho. Que no es igual rojo que naranja o verde. O azul. 

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