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lunes, 20 de mayo de 2019

Desde Macondo. COHOUSING PARA VIEJENNIALS

O cooperativas de viviendas para seniors… muy seniors, Y una imagen tan clara que no parece que hayan pasado cuatro o cinco décadas por ella. Mi madre en el patio, hojeando una de esas revistas del Magisterio Español que siempre pululaban por la casa, y que enviaban por partida doble. “Mira Ignacio, tenemos que informarnos de esto”. Y esto era la iniciativa de una maestra malagueña, allá por los años setenta, soltera, aunque eso no fuera relevante, que proponía empezar a gestionar sus soledades desde ya, para jubilarse con tranquilidad.
          Algo muy simple. Elegir y comprar un terreno en un lugar de clima amable, y hacer una especie de comunidad de vecinos donde cada cual tuviera su apartamento, pero con comida, atención y servicios sanitarios garantizados. Algo así como vivir en tu casa hasta el final, con personas conocidas y sin depender de las circunstancias de hijos o familiares.
          No recuerdo la respuesta de mi padre, que sería algo así como “déjate de tonterías”, pero sí el entusiasmo de mi madre, que recortó la hoja (luego andaba por allí rodando) para enterarse de cuánto había que pagar, durante cuantos años y esas cosas.  Ni sé siquiera si llegó a llamar o qué hubiera pasado con la inversión, de haberla hecho, porque falleció antes de cumplir los 65. Tampoco sé si el artículo que he encontrado en un periódico esta misma semana, y que narra la experiencia de una profesora malagueña en un “cohousing para viejennials”, corresponde a la historia que estoy contando, o es otro caso.
          Pero en definitiva, es lo mismo. Los fríos datos nos dicen que para 2050, uno de cada tres españoles tendrá más de 65 años. Y se imponen fórmulas imaginativas, desde la creación de un Ministerio de Soledad, como en el Reino Unido, a los “préstamos de abuelos” en familias que ya no los tienen, de forma que convivan y tramitan su sabiduría a los más pequeños, o compartir piso con estudiantes y jóvenes trabajadores. Vivienda por compañía. Techo y suelo por conversación y por mantenerse en su vivienda, la de toda la vida, sin acabar sus días en una residencia rodeado de desconocidos.
          La iniciativa que enganchó a mi madre deja claro que se puede gestionar la vejez de otra manera, con modelos de convivencia alternativos, y los “cohousing” como el que nos ocupa, benefician a los propios mayores, crean empleo y hacen que los mayores puedan gestionar su futuro.
          Sean dueños de su mañana, llegue cuando llegue. Y lo esperen traquilamente en su Macondo elegido. Pero sin que pasen cien años de soledad.

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