Pensamientos, ideas, palabras que engulle la arena en el mismo instante en que se han escrito

jueves, 18 de julio de 2019

Desde Macondo. CRECEN LAS MANADAS


La de Pamplona, cuyos integrantes están, por fin, donde deben estar, abrió el camino de las violaciones en grupo, grabadas y casi retransmitidas en directo o en diferido. Y a partir de ahí, hemos conocido unas cuantas más. Demasiadas. Grupos y grupos de descerebrados en los que los más bajos instintos, lo que tienen entre las piernas,  ocupan el espacio que debiera albergar el seso con "s". Y eso les otorga, según ellos, patente de corso para dejar de lado cualquier pensamiento racional.

          Manda la X en el seso y se oyen demasiado pocas voces, y no muy altas, ante semejante degradación de la sociedad. Afortunadamente, no nos hemos resignado con el caso de la manada original, pero han sido necesarios muchos años, muchos debates, apelaciones y demás, para llegar a una sentencia que seguro es mejor de la que merecen.

          Dicen que pasa en todas las celebraciones multitudinarias, y que se calla. Puede que sea verdad, y que aún no conozcamos la verdadera dimensión del horror y la aberración que suponen las agresiones sexuales a mujeres con la excusa del jolgorio, la fiesta, el alcohol...

          Da nauseas pensar que alguien se sienta con derecho de pernada sobre una mujer, y más asco dan quienes callan, justifican y hasta jalean a los agresores. Ya se sabe, habían bebido, la chica iba sola, era de madrugada... O llevaba minifalda.

          Las frases hechas y los clichés de siempre vuelven a la actualidad ante la agresión a una joven de Manresa por parte de otra “manada”. Y la historia se repite, dejando en evidencia la sociedad machista y permisiva que aún perdura, en pleno siglo XXI, cuando todos deberíamos afanarnos y dejarnos la piel para acabar con tanta "hombría".  Con tanto macho alfa que quiere hacer méritos en el grupo.

          Es vergonzoso que las mujeres no ocupen habitualmente las primeras páginas de los periódicos, salvo cuando las violan o las matan. Y más vergonzoso que estén siendo noticia recurrente por estos dramas, que acaban con su vida y con la de todos cuantos las rodean, que las obligan a justificarse una y mil veces y a exponerse a otras violaciones, las de su intimidad, las de su presente, y las de su futuro.

          No salen en las portadas las trabajadoras o desempleadas, las supermadres que a duras penas pueden compaginar su vida laboral o familiar; ni  las desahuciadas, ni de las que han vuelto a casa tras el espejismo de la emancipación, ni de las jóvenes y sobradamente preparadas que se aferran a un mini job con mini sueldo.

          Esas no interesan a los cerebros con X, que siguen viéndolas como un pedazo de carne que llevarse a la boca para pasar un buen rato. Algo está pasando en los últimos tiempos. No sé si tiene que ver con la relajación de las políticas de igualdad, si es fruto de pasados  recortes en todos los recursos, educativos también, o de la tiranía de las redes sociales.

          Pero éste no es el mundo que queremos. Quiero el mundo de Macondo con sus mujeres mágicas, con Úrsula, que dirige con mano de hierro a siete generaciones de Buendías; con la exuberante Petra que hacía crecer la vida a su paso, con Santa Sofía de la Piedad, que sólo existe en el momento preciso; con Remedios, que asciende a los cielos entre una nube de flores amarillas...

          Con mujeres libres. Sin manadas ni jaurías. Con hombres con seso. Con “S”.

domingo, 14 de julio de 2019

CUM CLAVIS


Está claro que a nuestros insignes padres de la patria por un oído les entra y por otros les sale el clamor popular de que no queremos otras elecciones, que estamos hartos de egos hinchados como pavos reales, que ya hemos dicho lo que queremos, y queremos acuerdo. Que llevamos dos meses, por Dios. Y que al que más y al que menos nos hierve la sangre de pensar en tantas “señorías” cobrando magros salarios y sin fichar.
          Esto lo hubiéramos solucionado si el día 1, el primero después de los comicios,  hubiéramos cerrado a cal y canto las puertas del Congreso y no las hubiéramos abierto hasta que se hubieran puesto de acuerdo. Y sin aire acondicionado, que hubieran sufrido como los demás esta desesperante e interminable  ola de calor.
          De los encierros prolongados, y bien administrados, pueden salir cosas buenas. Aureliano Babilonia, el último, descifró los pergaminos de Melquiades, los que contaban la historia de Cien Años de Soledad, después de encerrarse en un cuarto durante toda su vida; otros Buendía, antes que él, se habían negado a salir de sus habitaciones por diversos motivos, y todos provechosos.
           Se me ocurren otros “encierros” posibles que, a buen seguro, podrían arreglar algo. Leí hace tiempo, en uno de esos libros de curiosidades de la Historia, el porqué del término “cónclave” para definir la reunión a puerta cerrada de los cardenales para elegir al sucesor en el trono de San Pedro. No hay que olvidar que cónclave viene del latín cum clavis, con llave.
          Fue a mediados del siglo XIII, cuando, tras la muerte del papa Clemente IV, y después de casi tres años sin que se llegara a ningún acuerdo, los ciudadanos decidieron encerrar a los cardenales electores en el palacio episcopal sin suministrarles alimento alguno, excepto pan y agua. En pocos días salió elegido el nuevo pontífice, creo que Gregorio X. Tampoco sería mala cosa.
          Extrapolando, y fantaseando, que es gratis, se me ocurre que si hiciéramos lo mismo con los padres de la Patria, los que dirigen nuestros tristes destinos, igual hacíamos historia. Dejarlos a pan y agua podría traducirse en nuestros días como encerrarlos sin IPOD, IPAD, tablets, portátiles, vuelos en primera clase, coches oficiales, dietas, asesores por docenas y sueldos más que generosos. Y eso sí, bajo llave. Todos los días que sean precisos hasta que se harten del “y tú más” y del “anda que tu” y se pongan de acuerdo. Que no los hemos elegido para que se dediquen a sus cosas, a sus batallitas, mientras la vida pasa por su lado sin que se despeinen.
          No dudo de que unos cuantos estén echando muchas horas en negociaciones, pero o no saben o no pueden, que no sé que es peor, porque se supone que el político, por definición, debe ser imaginativo, dialogante, flexible, de mente abierta, generoso, con vocación de servicio público y, sobre todo, preocupado por los ciudadanos.
          Por los mismos que prefieren encerrarlos “cum clave”, con siete llaves, antes de permitir que nos vuelvan a llevar a las urnas.

domingo, 7 de julio de 2019

Desde Macondo. SOÑAR DESPIERTO

Desde que tengo memoria, he soñado despierta.  Mientras caminaba por la calle, en las largas horas de las tardes de verano, con siesta forzada “hasta que caiga el calor”;  por las noches, cuando tocaba dejar el libro y apagar la luz, pero el sueño no llegaba, en los trayectos en tren o en bus, camino de cualquier parte…
          Y siempre lo he considerado normal. Inventar un mundo paralelo e instalarse en él, bien para escapar de una realidad que no te gusta, o bien para vivir otra vida más allá de la que puede ofrecer la tele o el cine, o los libros,   en el que tú puedes ser4 lo que quieras, más guapa, más buena, más lista, más amada y más amante, y refugiarte en él siempre que tengas un ratito, no puede ser malo. Al fin y al cabo, la realidad está siempre ahí, acechando para traerte de vuelta.
          Pero al parecer eso se llama trastorno por ensoñación inadaptada o excesiva. Lo dicen los psiquiatras, siempre interesados en hurgar en nuestra mente para descubrir los misterios del cerebro. Claro, que digo yo que será en casos extremos, cuando alguien pase más tiempo “allí” que en el mundo de verdad. O cuando decida no volver nunca, porque aquí no hay nada que lo gratifique.
          Soñar despierto no puede ser malo.  Es más, creo que es imprescindible para afrontar la vigilia con todos sus sinsabores. Quién no ha pasado horas y horas en la playa, en la montaña o en un país exótico, cuando faltan meses para coger vacaciones. E incluso cuando no hay vacaciones que coger. Hemos imaginado la maleta, el viaje, el hotel o la casita de campo, hemos charlado con los imaginarios compañeros de viaje, nos hemos visto nadando y hemos sentido el frescor del agua en la espalda y el olor a mar o a monte, físico real…
          Y en el extremo opuesto,  no es difícil ponerse en el lugar de las víctimas de cualquier tragedia, de una violación, de un grave accidente. Tienen más que justificado su sueño perfecto,  sin que nadie pueda llamarlo trastorno inadaptado o excesivo. Habrá extremos, por supuesto, que los científicos tienen sus razones cuando ponen “apellido” a los sueños.
          Pero visto lo visto, cada vez apetece más inventarse otro mundo para fugarse del que nos ha tocado en suerte. Lo que de toda la vida de Dios se ha llamado soñar despierto.

CARNE DE YUGO

El caso es que estos políticos primarios y lenguaraces consiguen sacar mis peores instintos y claro, me veo como en el cuento, impartiendo justicia. Metafóricamente, por supuesto. Cuando una piensa que ya nada puede sorprenderle, aparece el incalificable Bolsonaro, presidente de uno de los mayores países del mundo, con casi doscientos millones de habitantes, y asegura que no es tan grave “eso” del trabajo infantil.
          Lo siguiente será decir que ir a la escuela es perder el tiempo o, lo que es peor, que los pobres no están para estudios y sí para buscarse la vida desde la más tierna infancia. Los cálculos de la OIT y UNICEF nos hablan de más de 150 millones de niños y niñas más esclavos que trabajadores, porque el trabajo infantil es casi siempre esclavitud.
          Todo lo que aleje a un menor de la escuela, de los juegos, del aprendizaje, de sus derechos básicos, es esclavitud. Aunque sea para su subsistencia, para arrancar a la tierra, a la mina o a los basureros, lo imprescindible para comer y mantenerse vivo.
          A todos nos ha sobrecogido, en uno u otro momento, una imagen de niños sucios y descalzos removiendo gigantescos montones de basura, o acarreando piedras en una mina o haciendo ladrillos de barro a pleno sol.  Claro que sabemos que existen, como las “chachas” en países de Asia o los niños soldado en varios conflictos africanos.
  Sabemos que existen, y que no tendrían que existir. Pero es muy grave que un gobernante de un país civilizado frivolice con el tema, lo banalice e incluso se permita decir que lo despenalizaría si pudiera.
          Hace casi un siglo que Miguel Hernández se refería a otro niño trabajador, el niño yuntero, carne de yugo, que “empieza a vivir, y empieza
a  morir de punta a punta”.
           Alguno debería leer más y hablar menos. 

jueves, 4 de julio de 2019

Desde Macondo. LECTURAS DE VERANO

Aún no había descubierto Macondo, aunque supongo que lo intuía. O tal vez ya vivía allí sin saberlo, porque casi todo era explicable ya fuera por la magia, por el destino o por la fantasía. Y los pequeños tropiezos tenían siempre final feliz. El mundo entero, un mundo feliz, estaba por delante. Y el calor agobiante sólo era la antesala de un otoño fresco, con olor a mosto y a libros nuevos.
           Europa era la Francia de Los Tres Mosqueteros, y el Norte de los vikingos; la Rusia nevada de Miguel Strogoff y el Londres de Dickens, la Suiza de Heidi y la Italia de los relatos de Edmundo D’Amicis, de Marco buscando a su madre. No habíamos descubierto Alemania. Tampoco habíamos visto un negro en nuestra vida. África era selva y leones, América del Norte, indios y bisontes. Colón en el Sur, con muchos relatos de la Conquista, de los mayas y los incas. Y Asia… la China misteriosa y el Japón de los samuráis. Ni rastro de Australia y mil sueños de aventuras por los mares del Sur.
          Verano eran la Isla del Tesoro y Moby Dick, los tigres de Salgari y los desiertos de Lawrence de Arabia, eran Ricardo Corazón de León e Ivanhoe empeñados en cruzadas imposibles, y mirar al cielo o a las profundidades de la tierra de la mano de Julio Verne. Y acompañar en sus desgracias a Jane Eyre o David Copperfield, impacientes por llegar al último capítulo. Al final feliz.
          Eran otros veranos y, como cualquiera tiempo pasado, eran mejores. Debe ser cosa de la edad, de esos momentos en los que ya hay más pasado que futuro por delante, y en los que el presente no es precisamente esperanzador. Pero hubo otros veranos. Sin cambio climático, sin guerras, sin Bolsas ni IBEX, sin nadie que nos hiciera confundir el valor con el precio, sin mercados, más allá de los zocos de las Mil y Una Noches, sin corrupciones y sin desconfianzas, sin las docenas de textos sobre economía, post-crisis  o autoayuda que pueblan las librerías y que encogen el corazón.
          Con otros libros, otras lecturas que lo ensanchaban, a la vez que acercaban la línea del horizonte hasta que casi podíamos tocarlo con los dedos. Veranos de libro. Con tiempo y espacio para los sueños, porque la realidad los respetaba y los hacía posibles.
          En estos tiempos del cólera, en los que se piensa con la cartera más que con la cabeza, y el corazón es tan sólo la bomba que permite mantener la renqueante maquinaria de la vida, se echan de menos los veranos sin noticias, con la promesa de un curso nuevo y mejor, de un paso más hacia el futuro perfecto que estaba ahí, a un pasito, y en el que nos esperaban todos nuestros héroes invitándonos a ser como ellos. Felices.
           Porque la felicidad, entonces,  no era sólo cosa del verano y de los libros.

lunes, 1 de julio de 2019

ANIMALES POLÍTICOS


Aristóteles, que era mucho más listo que cuantos nos gobiernan ahora (por eso ha pasado a la Historia y éstos ni se asomarán a ella) definía al hombre como zoon politikón, haciendo referencia a sus dimensiones social y política.  El hombre y el animal por naturaleza son sociales, pero no somos iguales que las hormigas o las abejas, perfectamente organizadas. Sólo el hombre es político, siempre que viva en comunidad.

          Y en esas andamos, sin pactos dos meses después de las elecciones,  reflexionando acerca de las muchas opiniones que desoyendo al sabio griego pontifican sobre la politización de nuestro mundo y nos mandan directamente a las urnas, si es que queremos participar en algo.

          Vamos, como si fuéramos zoon, pero sin politikón. Animales que viven en su hormiguero o en su panal, y ahí desgranan las horas haciendo cera y miel. Ya lo ha dicho el insigne presidente de Ciudadanos, si no están de acuerdo, que creen otro partido. Si queremos hacer política, tenemos que pasar por el aro.  

          A estas alturas del año, me pone los pelos de punta sólo escuchar la palabra “elecciones”. Y si le añadimos “repetición”, voy derechita al colapso. Yo quiero ser, y soy, un ser político, que se manifiesta en la calle, que opina, que lee las noticias y aspira a ser parte (buena) de ellas, que discrepa o comparte, que se indigna, que abuchea a los indignos, que se reafirma o se arrepiente del momento voto, más si dejó su bienestar y su vida en manos con agujeros.

          Creo que los políticos “profesionales” se han olvidado de que todos somos animales políticos, que aunque no cobremos por ello, tenemos todo el derecho a estar más que cabreados con los que no son capaces de ponerse de acuerdo para arremangarse y empezar a trabajar de una vez. Que para eso cobran. Porque supongo que todos tenéis claro que, desde el pasado mes de mayo, todos están cobrando un sueldo, aunque no hayan sido capaces de organizarse.

        No sé qué resultado arrojarían unas nuevas elecciones. Tal vez alguno ganara media docena de diputados y otro los perdiera; en cualquier caso, nada apunta a una mayoría de nadie, con lo cual nos podríamos, casi con seguridad, encontrar con el mismo escenario.

        Las urnas ya han hablado, hemos dicho lo que pensábamos, y los de arriba deberían poner en valor la definición de zoon politikón que nunca debimos perder, y que no es tarde para recuperar.  

jueves, 27 de junio de 2019

Desde Macondo. EN “vox” BAJA

Por supuesto que soy partidaria de la libertad de expresión. Faltaría más. Y defiendo de la primera a la última letra esa máxima atribuida a Voltaire, ‘Estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo’, y que en realidad, y aquí viene que ni pintada la historia, fue escrita por una mujer, la escritora británica Evelyn Beatrice Hall.
           Protesto y protestaré contra cualquier recorte al derecho de escribir, hablar, opinar libremente, aunque haya cosas que tenga que escuchar con las manos en las orejas, o que leer sin gafas o que soportar con la nariz tapada. Que eso va en el aguante de cada cual.
          Dicho esto, creo que hay cosas que se deben decir, si es firmemente lo que piensas, en “vox” baja. Nunca en sitios públicos, ni en instituciones y, mucho menos, en las todopoderosas redes sociales.
          Me explico. La sarta de salvajadas machistas difundidas por Francisco Serrano, cabeza visible de Vox en Andalucía, diputado autonómico y presidente de la formación de extrema derecha en la comunidad, serán salvajadas siempre, pero no hubieran sonado igual dichas en vox baja, es decir, en una de esas reuniones de amigotes, todos machos alfa, en una montería sólo para elegidos o en cualquier francachela, con o sin caballos, de correligionarios apostando a ver quien la dice más gorda o quien la tiene más larga.
          La sentencia sobre La Manada le ha soltado la lengua y la pluma al exjuez, que el pensamiento ya lo tenía bien aireado. Y allá cada cual, pero este país, el mundo moderno, la sociedad civilizada, no es una cacería en finca privada y donde las palabras se las lleva el viento.
          No se puede decir impunemente que "se nota que es una sentencia dictada por la turba feminista supremacista", o que "hasta un gatillazo o no haber estado a la altura de lo esperado por la mujer, podría terminar con el impotente en prisión", o que “nos encontramos ante una paradoja "progre" según la cual "la relación más segura entre un hombre y una mujer, será únicamente a través de la prostitución”, porque sale más barato acostarse con una mujer pagando que gratis…
          En fin, entiendo que no se pueda callar, que decir estas burradas es lo que le pide el cuerpo; y que no se pueda morder la lengua, porque se envenenaría. No entenderé nunca que personas así ocupen ni el último lugar en las instituciones. Y mucho menos que no se limiten a lanzar su veneno en vox baja.