Pensamientos, ideas, palabras que engulle la arena en el mismo instante en que se han escrito

lunes, 12 de noviembre de 2018

NUEVOS EPISODIOS NACIONALES

Cuarenta años tardó Pérez Galdós en escribir sus Episodios Nacionales, el casi medio centenar de novelas históricas que cuentan la historia de España en el siglo XIX, desde la Guerra de la Independencia a la Restauración borbónica, pasando por la Primera República. La verdad es que el siglo dio para mucho, pero habría que ver lo que hubiera escrito Don Benito de vivir en nuestros días.
          No sé en qué momento hemos asumido como normales los “episodios” que nos suceden día a día; cuándo hemos decidido, consciente o inconscientemente, cambiar el pan y la mantequilla del desayuno de cada día por un sapo, de esos gordos, viscosos, con verrugas y ojos saltones a los que hemos aceptado como animales de compañía. Así, sin más, venciendo la nausea y tragándonos la bilis.
          Ya ni nos asustan ni nos escandalizan. Hasta nos permitimos bromear con ellos, y decir eso de “debo ser la única imbécil que no se ha llevado nada”, o “no eres nadie porque no te ha espiado Villarejo”. O la única tonta que sacó su título universitario con esfuerzo y en buena lid. Y que no tiene master, por cierto. Qué lejos queda el primer episodio, tanto, que ni lo recordamos, engullido por el siguiente, el siguiente y los que están por venir.
          Tomo a tomo han pasado por nuestras vidas la Gurtel, la Púnica, los ERE, los Pujol, el caso Rato, las sociedades off-shore, amnistías fiscales, los millones en Suiza, las mil y una formas de defraudar a Hacienda, los paraísos fiscales… Los sapos tienen nombre de banqueros, de empresarios de pro, de nobles, de ministros y presidentes, Lde partidos enteros, de actrices y actores, de miembros de la realeza y alrededores,  y hasta de premios Nobel. Y ahí están, mirándonos burlones porque ellos pasarán a la Historia, tendrán su propio Episodio mientras nosotros nos disolveremos en la nada más absoluta. La de los “nadie”, que diría mi admirado Galeano.
          Los hemos incorporado a la cotidianeidad, a la rutina. Son como levantarse y acostarse. Hay que hacerlo porque sí. Porque es lo que toca en nuestra época. Son nuestros episodios nacionales, por más que, cuando cerramos el libro, nos preguntemos perplejos cómo hemos llegado a esto, por qué lo aguantamos  por qué somos capaces hasta de bromear con ello. A ver quien toca hoy. Qué sapo nos espera para desayunar.

miércoles, 7 de noviembre de 2018

Desde Macondo. EL PUNTO JONBAR

El Punto Jonbar es en  la literatura, y especialmente en la  ciencia ficción, un acontecimiento singular y relevante que determina la historia futura, es decir, la que podría haber sido si ese hecho no hubiese ocurrido, ya sabéis, eso de qué hubiera pasado si…
          Ahora que estamos a punto de despedir el año, y que nos asomamos al abismo de un calendario por estrenar; ahora que nos enfrentamos  a todos los balances, los que nos enseñarán la botella llena a rebosar o medio vacía, según intereses; ahora, que no hay vuelta atrás en los aciertos o errores de los meses pasados, que ya estamos metidos de lleno en periodo pre-electoral, es momento de pensar muy bien las cosas, de no equivocarnos al elegir, de no tener que, a la vuelta de unos meses, evocar con amargura el punto Jonbar.
          Todos hemos fantaseado en algún momento con la idea de una vida, un mundo, una trayectoria distinta si, en su momento, hubiéramos tirado por un camino en lugar de por el otro; si hubiéramos elegido una profesión, o una pareja, o un lugar diferente para vivir. En lo personal, habrían cambiado muchas cosas, seguro. En lo general, también. Repasando el año que termina, y los inmediatamente anteriores, tenemos materia de sobra para escribir un libro, partiendo del momento en que empezó a desaparecer el mundo que conocíamos.
          Ojalá la vida fuera como una ucronía, la novela que se basa en el “punto Jonbar”, el instante en que cambiando un hecho se cambia el devenir de las cosas. Recuerdo una novela de Jesús Torbado, En el Día de Hoy, que reproduce el comunicado de Azaña tras la Guerra Civil, pero al revés, “cautivo y desarmado el ejército fascista, las tropas republicanas han entrado en Madrid”. Y a partir de ahí, cambia la historia.
          En una década hemos cambiado el curso de la Historia de nuestras vidas. Si no hubiera existido la crisis, si no hubiéramos tomado determinada decisión a la hora de ir a las urnas, desengañados, cabreados o asustados, si no hubiéramos tomado el  camino que nos ha llevó directamente a la pobreza, la desigualdad, la desprotección de los más débiles, los salarios de hambre, la vuelta a la caridad y la beneficencia…
          ¿Qué hubiera pasado si…? No lo sé. Es ciencia ficción. Y aún no se ha escrito el último capítulo. Entramos en año electoral, y siempre habrá quien se empeñe en agitar el fantasma del miedo, en vendernos seriedad y solvencia, en hablar de “aventuras” con resultado incierto. Y en que vayamos por el camino recto, sin “equivocarnos” en buscar puntos que se desvíen de lo establecido.
          Quizá alguien, así que pasen unos años, escriba la ucronía de la etapa que nos ha tocado vivir y explique, negro sobre blanco, si nos podríamos haber ahorrado tanto sufrimiento, si la cifra de niños pobres no hubiera sido tan escandalosa, si la desesperación por preferentes, desahucios, desempleo y demás, hubieran ahorrado unas cuantas vidas. Y tal vez Macondo, tras el diluvio, sería un lugar idílico donde pasar felices los días, sin que tuviera que desaparecer en un pavoroso remolino de polvo y viento.
          Sería una novela diferente. Sólo con cambiar el punto de partida.

lunes, 5 de noviembre de 2018

ERUDITOS DE ANDAR POR CASA

Vaya por delante que no sé casi nada de leyes, más allá de las nociones de Introducción a las Ciencias Jurídicas, y un poco de Derecho de la Información, que me enseñaron en la Universidad allá por la prehistoria. O sea, que soy la excepción, porque todo el mundo anda dando clases, desmenuzando el Código Penal, analizando figuras y tipos delictivos… Y todos se dicen armados de razón.
          En fin, a mi todo esto me  trae de vuelta otras cosas. Aunque solo sea por las clases de literatura del Instituto, seguro que muchos recordaréis  la obra de Cadalso titulada ”Los eruditos a la violeta”, un ejemplo de sátira contra ciertos personajes de la España del siglo XVIII,  que, a pesar de su formación superficial y de no saber  prácticamente nada, pretendían dárselas de ilustrados. De hecho, el librito llevaba un aclaratorio subtítulo “Curso completo de todas las ciencias, dividido en siete lecciones, para los siete días de la semana, publicado en obsequio de los que pretenden saber mucho estudiando poco”.  Las lecciones pretendían, por supuesto, que los alumnos se lucieran en sociedad.
          Pues han pasado casi tres siglos, y tengo la impresión de que se han levantado, como zombies, todos los eruditos de la época y alguno más, aunque no huelan a violeta, que era el perfume de moda por aquel entonces, y el que da título a la obra.  No sé si me estoy haciendo mayor y no aguanto ni una tontería más, si es que, como soy consciente de mis limitaciones me fastidia en el alma ver tanto listo, o si ya he escuchado demasiados discursos, tertulias, debates y demás.
          El caso es que me crispan los tertulianos que saben de todo e intentan demostrarlo a voces y quitando la palabra al de enfrente; me pone de los nervios el que te intenta dar una clase de Economía, o de Filosofía, por no decir de moral y buenas costumbres, que también. Y todo eso, perdonándote la vida, que para eso se dignan  repartir su erudición por teles, radios y hasta  Twitter o cualquier otra red, que también parece que las han descubierto ellos.
          No me hace falta cerrar los ojos para imaginarme a uno de esos lechuguinos perfumados dando su charla en los casinos, los cafés de moda o los salones de sociedad. Da igual que ahora lleven tablets ultramodernas o el último modelo de IPAD. Saben de todo. Y qué decir de los “asesores”, que lejos de paliar la ignorancia de sus jefes los hacen pisar un charco detrás de otro, e incurrir en clamorosos errores, que es lo que pasa cuando no se elige a la gente por criterios de capacidad, sino por otros más inconfesables.
          No ha cambiado nada. Sólo el siglo. Basta revestir a cualquier amiguete con una pátina de culturilla, un curso rápido de una semana, y listo para soltarlo al ruedo para dar lecciones, y hasta para regañarnos si se tercia.
          Ahora con Cataluña, o con la Gurtel, o con la conveniencia o no de la prisión permanente, por algún suceso dramático. Cualquier motivo vale. Los eruditos a la violeta han crecido como hongos, tienen el mejor caldo de cultivo, saben lo que nos conviene y lo que no; lo que se debería hacer con la deuda y con el déficit, o con los refugiados, las hipotecas y hasta con las banderas.
          Y se pasean por nuestras vidas con su olor a perfume dulzón sin que tengamos medio de librarnos de ellos y de su afán por defendernos de nuestra ignorancia. Aunque tengamos sobredosis de eruditos a la violeta,  de sabios de andar por casa.

jueves, 1 de noviembre de 2018

Desde Macondo. UN DÍA PARA RECORDAR

Recordar  viene del latín  re-cordis, volver a pasar por el corazón. Y viene esto a cuento de la festividad que hoy celebramos, más allá de cómo lo haga cada cual, de las connotaciones religiosas o no que le queramos dar, e incluso, de los que han decidido sustituirla por el muy anglosajón halloween.
          Hay un “día de…” para todo, y faltaría más que no lo hubiera para los recuerdos, para volver a pasar por el corazón a todos los que dejaron huella en él y que siguen ahí, esperando su momento.
          Nunca me ha gustado visitar el cementerio en estas fechas, ni asistir al espectáculo de flores y cirios, a la romería sin merienda ni música que se repite en cualquier lugar de casi todos los países para honrar a los muertos. Tal vez es porque no creo que ninguno de mis seres queridos que ya no están se encuentren ahí, bajo la piedra.
          Soy de pueblo. De uno de esos pueblos en que los cementerios cobran vida cuando se acercan estas fechas, con docenas de personas, mujeres casi siempre, afanándose en sacar brillo a las lápidas, en quitar las malas hierbas, lavar los floreros y limpiar con mimo las letras, doradas o negras, que indican el nombre de sus deudos, con una fecha y una cruz.
          Yo no necesito un día para recordar, para volver a pasarlos por mi corazón, porque tienen espacio propio en él, y los visito y me visitan en mil ocasiones. Mientras leo, cuando hago la comida, cuando paseo, en las noches de insomnio, en los momentos tristes y en las alegrías, cuando dudo y cuando tengo certezas, cuando pregunto y cuando no busco respuestas.
           Los cementerios son, tal vez, para los que no entienden la etimología del término “recordar” y necesitan el olor a crisantemo y cera para despertar el corazón. Para escenificar el recuerdo.
          Y todo esto, por supuesto, respetando a quienes sienten profundamente que deben estar ahí cada mes de noviembre. Y limpiar amorosamente la tumba, y colocar encima las flores más lucidas. Sin olvidar, por supuesto, a cuantos siguen buscando a sus seres queridos en cunetas y fosas comunes, y piensan que, por justicia, tienen derecho a tener espacio propio al  que, quienes así quieran recordarlos, puedan llevar su ofrenda de amor y recuerdos.
          El gitano Melquiades volvió de entre los muertos porque se sentía muy solo, no soportaba la soledad de la muerte. Tal vez nadie en Macondo sabía interpretar el verbo recordar. 

lunes, 29 de octubre de 2018

¿Y SIRIA?

No es por meter el dedo en el ojo; ni tan siquiera por dar un tironcito de orejas a directores de medios de comunicación, tertulianos varios o, Dios me libre, altas instituciones tipo ONU, Parlamento Europeo o similares que deciden qué es actualidad, con qué noticia tenemos que desayunar (y comer, y cenar) cada jornada, y cuáles hay que apartar por estar demodés o no  ser de “rabiosa actualidad”.
          Que sí, que hay muchas cosas de las que hablar; que Trump está más guerrero que nunca con eso de que se acercan elecciones legislativas, que lo de Brasil y su “exótico” presidente recién elegido pone los pelos de punta; que la derecha más casposa se va haciendo sitio en todas partes del mundo; que parece que se frena el crecimiento y vuelve a  aparecer el fantasma de la recesión. Y en España, bastante tenemos con lo que tenemos, con presupuestos sin aprobar, procés interminable, inquietantes juicios pendientes y año electoral en ciernes.
          Pero, ¿Y Siria? He mirado en internet el mapa de la zona para ver si la habían borrado, si había desaparecido de la cartografía al tiempo que de la actualidad, de las noticias, los comentarios, las tertulias, los comunicados, las pomposas declaraciones en foros varios.  Sigue ahí. Al menos sobre el papel. Y que sepamos, la guerra no se ha acabado. Igual es que ya no queda nadie a quien matar, y ningún edificio en pie, porque hace meses que no veo imágenes de hospitales derrumbados, de familias corriendo por las carreteras, de niños aturdidos y con miradas perdidas, de ciudades reducidas a escombros.
          El caso es que, no sabemos si por agotamiento, tras casi una década de guerra, Siria ha desaparecido de nuestras vidas. Atrás queda esa imagen que nos sobrecogió, la del pequeño Aylan ahogado en una playa turca,  la de una pequeña aferrada a su muñeca rota con las manos ensangrentadas y mirando al infinito. Quedan comunicados, de hace poco más de un año, como ese en el que la ONU afirmaba que miles de personas podían haber muerto de hambre en Siria durante el cerco o el asedio de zonas en las que vivían medio millón de personas. Y el posterior comentario del responsable de recursos humanos de Naciones Unidas asegurando muy serio que  "Está absolutamente prohibido matar de hambre como arma de guerra”.
           Entretenidos como estamos en otras cosas, nos hemos sacudido, como quien se quita el polvo de los zapatos, un problema de encima. Simplemente haciéndolo desaparecer de las portadas. Ya nadie se acuerda de dónde está Alepo. Ni Oms, ni Hama.  Si acaso, de Damasco por alguna que otra lectura, y de Palmyra, por lo que tiene de exótico y porque de cuando en cuando se habla de la restauración de la mítica ciudad. Creo que ni yo me acuerdo de que una vez recorrí el zoco subterráneo, y vi amanecer en el desierto, me asombré ante las norias gigantes, o la gran Mezquita de los Omeya, y deambulé por ese pequeño pueblo en el que aún hablan arameo, la lengua de Jesús.....
          Siria ya  no tiene nombre, y su guerra,  ni una mísera columnita en la sección de Internacional. Ni una imagen, que por aquello de que vale más de mil palabras, nos sacó alguna lagrimita tiempo ha.

miércoles, 24 de octubre de 2018

Desde Macondo. EL AÑO DEL DILUVIO

Tomo prestado el título de mi admirado Eduardo Mendoza,  no porque tenga mucho que ver con su relato de la monja enamorada y engañada por el cacique local mientras buscaba subvenciones para su asilo de pobres. Me ha venido a la cabeza porque los hechos se desarrollan en un año marcado por una enorme sequía y más tarde, por  unas grandes lluvias que asolaron gran parte del  lugar golpeando duramente a muchísimas familias.  Miseria sobre miseria.
          La Historia, real o ficticia, que nos han contado, está llena de diluvios.  Aguaceros constantes como castigo, fin de época, toque de atención de los dioses, representación de la cólera divina…Desde Noé y mucho antes, ha llovido.
          Pero no sé porqué me da en la nariz que el que viene, va a ser realmente el año del diluvio. Al menos por estos lares, en los que ya ha empezado a llover tras muchos años sin una gota que aplacase la sed de las gentes. Va a ser año electoral, y todos han empezado a sacar los paraguas.
          Claro, que de forma muy distinta. Unos, para ponerse a cubierto y, en la medida de lo posible, cubrir a quienes les rodean, a los que esperan como agua de mayo, nunca mejor dicha la expresión, que algo cambie, que se vayan con el agua  recortes, las pagas menguadas, los trabajadores pobres, los parados despreciados, los ancianos con mala vejez y los jóvenes con peor mañana y los Bancos voraces que acaban con los restos del naufragio.
          Otros, esgrimiéndolos como armas defensivas, u ofensivas, que es peor, sacudiendo mandobles a diestro y siniestro para no perder el sitio, para seguir dirigiendo los destinos de cielo y tierra, decidiendo quien debe salir a flote y quien tiene que continuar hundido en el barro por los siglos de los siglos.
          Y los demás, esperando que escampe, con un puntito de esperanza, no demasiada, para, aún con el verde de agua en la piel, con en Macondo, afrontar el siguiente ciclo.
          El diluvio en Macondo duró exactamente cuatro años, once meses y dos días.  Casi como una legislatura. Pero cuando terminó de llover, los sobrevivientes de la catástrofe, saludaron a los primeros soles que volvían a iluminar su pueblo.
          Y Úrsula, la matriarca, que estaba esperando a que escampara para morirse, se vio presa de la fiebre de la restauración, y desde el mismo momento en que cesó la lluvia no tuvo un instante de reposo para restaurar la casa y “espantar la ruina”. Para que Macondo volviera a ser el lugar blanco y soleado de antes del diluvio.
          En pleno diluvio, y más que nunca, me gustaría que hubiera mil, un millón de Úrsulas aireando la casa, abriendo puertas y ventanas, exterminando hormigas y carcomas y tendiendo las sábanas al sol, volviendo a plantar flores, a abrir los bazares de la calle de los Turcos, con sus mercancías de alegres colores.
          A volver a mirar al sol.

martes, 23 de octubre de 2018

AUTOPSIA DIPLOMÁTICA

Mucho me temo que la cosa va a quedar en nada. Ahora, que con los pelos de punta y las tripas revueltas por los truculentos detalles que nos van contando gota a gota, clamamos por la justicia, por la ruptura de relaciones, por la libertad de expresión ante todo, no tenemos la cabeza clara para concluir que, a la vuelta de unos días, la vida seguirá igual. Con una persona menos; con otro periodista silenciado. Pero igual.
          Los que a regañadientes han reconocido que está muy mal lo que se ha hecho con este pobre hombre (sin mencionar la palabra asesinato), los que han pedido tibiamente una investigación (ONU incluida), y hasta los que han detenido a un puñado de actores secundarios de la horrible película, marearán unos días más los papeles y luego, aquí paz y después gloria, como se suele decir.
          Y si se encuentran despedazado al infortunado Jamal  Khashoggi, nos contarán que es el resultado de la autopsia que gratuitamente le hicieron para ahorrar trabajo a los turcos. Eso sí, una autopsia muy diplomática. Lo de menos es que el muerto estuviera vivo durante la disección, y que sonara una alegre música para tapar el siniestro ruido de la sierra que al parecer usaron en la faena.
          Tampoco importa mucho que fuera en un consulado de un país extranjero, aunque igual si lo hubieran pensado un poco, si no se hubieran creído absolutamente a salvo (que es lo que da el dinero, la sensación de invencibilidad), lo hubieran hecho con más cuidado. Aunque el resultado fuera el mismo. Un periodista menos, una voz silenciada.
          Y hablando de voces, no he escuchado ninguna, NINGUNA, que se haya planteado la ruptura de relaciones con Arabia Saudí. Que sí, que vamos a investigar, que si se demuestra, habría que imponer sanciones, que no está clara la relación del príncipe heredero, que igual fue cosa de un descerebrado al que se le fueron la mano y la sierra…
          Pero no por eso vamos a dejar de ser amigos, que luego nos sube la gasolina o se nos van al cuerno sustanciosos contratos para vender armas, hacer barcos, o trenes, o carreteras, o nos quedamos sin los petrodólares precisos que traen los jeques a Marbella para que este asqueroso mundo siga adelante.  Y sí, estoy pensando en los miles de hogares que viven gracias a ello, y en los puestos de trabajo que pueden desaparecer. Pero también pienso en el periodista Jamal Khashoggi y en si su sacrificio puede quedar impune. Si ha sido inútil.
          Y no sé si quiero vivir en este mundo de muerte donde las autopsias, por ser diplomáticas, pierden el tinte de siniestralidad y se convierten en cosas que pasan en la vida. Circunstancias, y nada que no se pueda solucionar con un tironcito de orejas, un par de desgraciados en la cárcel (si no ahorcados, que en Arabia tienen la cuerda muy larga y la pena de muerte goza de buena salud), un sustancioso contrato y hasta puede que una rebajita en el barril de petróleo, por las molestias causadas.
          Mientras seguimos aceptando pulpo como animal de compañía y relaciones diplomáticas intocables con Arabia Saudí.