No sé donde vamos a llegar. Resulta que el preservativo fatídico para los negritos de África es ahora bueno para las prostitutas (creo que sólo mujeres) Y además, en estos días es noticia la iniciativa de unas monjitas de Zamora que realizan rezos virtuales. Como lo oyen. Creo que la cosa funciona así: Usted tiene un problema, manda un mail al convento y ellas rezan para que se solucione el tema o, en su defecto, lo asuma con resignación cristiana.
En fin, que el siglo XXI parece haber entrado en la Iglesia, o la Iglesia se ha dado cuenta de que han pasado los tiempos de la Inquisición. Pero no se hagan muchas ilusiones, porque el batacazo puede ser mayor al comprobar la triste realidad.
No es mala cosa lo de los ciber-rezos. Si la gente no va al convento, hagamos que el convento salga al espacio exterior. A través de la red o de donde sea. Al fin y al cabo, las monjas no hacen daño a nadie con sus plegarias.
Caso aparte es el de Su Santidad. No me creo yo que haya reflexionado acerca de las "perlas" que soltó por su divina boca en su reciente visita a España. Tampoco me convence la idea de que en un par de semanas su pensamiento haya evolucionado digamos, quinientos o seiscientos años. Ni que de repente le haya conmovido la imagen de miles de africanos muriendo de SIDA. Tuvo oportunidad de verlo sobre el terreno y no varió ni una coma de su discurso ¿Entonces? ¿Cómo es que ahora, de buenas a primeras des-demoniza el condón?
Lo han adivinado. Es que no lo ha hecho. Sólo ha apuntado que en algún caso (el de las prostitutas), se podría levantar la mano. El resto de los mortales, ya saben. Con gomita no se entra al cielo.
No entiendo el revuelo que se ha montado, ni los titulares que ha ocupado la noticia. Es que no hay noticia, o es tan poco importante, que sólo debería ocupar un par de líneas en las columnas de breves.
Me estoy pensando seriamente mandar un mail a las monjitas de Toro para que recen por el Papa. Igual, al tener hilo directo con Dios consiguen algo. Lo que no consigue la razón, las cifras de infectados por VIH, las de enfermedades venéreas, las de niños huérfanos, las de muertos...
Igual la solución está en el ciberespacio.
domingo, 21 de noviembre de 2010
martes, 9 de noviembre de 2010
Ojalá que llueva café (A propósito de la sobredosis de "tea party")
Soy de las que no se despierta del todo hasta que no huele a café en la casa, de las que necesita café en vena para funcionar, de las que no acaba de comer hasta que no ve el fondo de la taza del expreso, de las que mete la nariz en el bote hermético como deben hacer los drogadictos con el pegamento (supongo).
Vamos, que si lloviera café saldría a la calle sin chubasquero y sin paraguas para empaparme bien, para calarme hasta el último poro de la piel.
Ay, ojalá lloviera café en el mundo. Como dice Juan Luís Guerra, hace falta un aguacero que lave de una vez por todas el insulso te que nos anega, que nos amenaza, que se cuela en nuestras casas furtivamente, por debajo de las puertas, por las ventanas abiertas... Y lo impregna todo.
El "tea party", por utilizar el término americano, se está llevando por delante todo aquello por lo que hemos luchado en el último siglo, y aún antes. No al preservativo, sí a los hijos que Dios quiera; no a la multiculturalidad y sí al racismo; América para los americanos, Europa para los europeos y España para los españoles; blancos sí, negros, amarillos y de cualquier otro color, no; sí a las armas, porque hay que defenderse de tanto desalmado que viene a quitarnos nuestro país y nuestra forma de vida la mujer debe realizarse en el hogar; el SIDA es un castigo divino; la masturbación es pecado; Darwin era un embustero y la teoría de la evolución una patraña; los homosexuales son enfermos, y como tal hay que tratarlos...
No me he inventado nada. Son máximas recogidas de los discursos de distintos líderes del Tea Party americano y que, por desgracia, suscriben muchos discípulos aventajados en otras partes del mundo. También aquí.
Millones de litros de café tienen que caer del cielo para lavar tantos horrores, tanta regresión, tanta caspa. Hacen falta torrentes impetuosos y desbordados que arrastren a tanto retrógrado que amenaza con llevarnos a la época de las cavernas, envalentonados con la ventaja que les dan la crisis y el descontento.
Y mientras, seguimos mirando al cielo esperando la lluvia. Ojalá que llueva café.
Vamos, que si lloviera café saldría a la calle sin chubasquero y sin paraguas para empaparme bien, para calarme hasta el último poro de la piel.
Ay, ojalá lloviera café en el mundo. Como dice Juan Luís Guerra, hace falta un aguacero que lave de una vez por todas el insulso te que nos anega, que nos amenaza, que se cuela en nuestras casas furtivamente, por debajo de las puertas, por las ventanas abiertas... Y lo impregna todo.
El "tea party", por utilizar el término americano, se está llevando por delante todo aquello por lo que hemos luchado en el último siglo, y aún antes. No al preservativo, sí a los hijos que Dios quiera; no a la multiculturalidad y sí al racismo; América para los americanos, Europa para los europeos y España para los españoles; blancos sí, negros, amarillos y de cualquier otro color, no; sí a las armas, porque hay que defenderse de tanto desalmado que viene a quitarnos nuestro país y nuestra forma de vida la mujer debe realizarse en el hogar; el SIDA es un castigo divino; la masturbación es pecado; Darwin era un embustero y la teoría de la evolución una patraña; los homosexuales son enfermos, y como tal hay que tratarlos...
No me he inventado nada. Son máximas recogidas de los discursos de distintos líderes del Tea Party americano y que, por desgracia, suscriben muchos discípulos aventajados en otras partes del mundo. También aquí.
Millones de litros de café tienen que caer del cielo para lavar tantos horrores, tanta regresión, tanta caspa. Hacen falta torrentes impetuosos y desbordados que arrastren a tanto retrógrado que amenaza con llevarnos a la época de las cavernas, envalentonados con la ventaja que les dan la crisis y el descontento.
Y mientras, seguimos mirando al cielo esperando la lluvia. Ojalá que llueva café.
domingo, 7 de noviembre de 2010
La Reina Católica y otros apuntes con motivo de la visita del Papa
Vaya por delante que no hablo de la formidable Isabel, esa de dudosos hábitos de higiene y afanes conquistadores. Hablo de Sofia de Grecia, de la Reina, y de lo que da de sí un domingo con catarro y décimas de fiebre que sólo te permite ver la tele amodorrada, pongan lo que pongan, porque es un esfuerzo inútil sacar la mano de debajo de la manta para usar el mando.
Pues bien, y no lo he soñado, a mediodía sale una imagen del Papa con el Rey a un lado y la Reina al otro. Hasta aquí, más o menos normal. El Rey va vestido de traje y corbata, el Papa, de Papa ¿Y la Reina?
Aquí está la noticia. Va vestida de blanco, lo que parece que va contra el protocolo cuando se está en presencia del sucesor de san Pedro (aunque éste sea benedicto XVI). Horror.
Pero aquí interviene la pizpireta locutora, y nos informa que hay un privilegio, que se remonta a la noche de los tiempos, que permite a las soberanas católicas vestir de este inmaculado color en presencia de los príncipes de la Iglesia.
Uf, qué descanso. Ya pensaba en conflicto diplomático, en represalias internacionales, en excomunión colectiva al país y en no sé cuantas desgracias más.
Resulta que ya no somos la reserva espiritual de Occidente, que tenemos aborto y divorcio y hasta bodas homosexuales, que somos tan poco comprensivos que condenamos y no perdonamos la pederastia; que abogamos por el uso del preservativo, especialmente en Africa, que creemos firmemente que hay que perseguir los delitos los cometa quien los cometa, que vamos poco a Misa, que...
Y encima va la Reina y se viste de blanco. No se me ha parado la taquicardia hasta que, entre las brumas de la fiebre, he escuchado la explicación del atuendo de Doña Sofía.
Ahora me queda por dilucidar si lo ha hecho para dejar claro que es católica, para recordar a Benedicto (y a nosotros, de paso), sus privilegios o, simplemente, porque se ha visto mona en el espejo con el trajecito de marras.
En fin, sólo tengo unas décimas, y la fiebre no da para más alucinaciones.
Por cierto, el canal televisivo que daba la prolija explicación sobre el privilegio real no es ninguno de los que estais pensando.
Pues bien, y no lo he soñado, a mediodía sale una imagen del Papa con el Rey a un lado y la Reina al otro. Hasta aquí, más o menos normal. El Rey va vestido de traje y corbata, el Papa, de Papa ¿Y la Reina?
Aquí está la noticia. Va vestida de blanco, lo que parece que va contra el protocolo cuando se está en presencia del sucesor de san Pedro (aunque éste sea benedicto XVI). Horror.
Pero aquí interviene la pizpireta locutora, y nos informa que hay un privilegio, que se remonta a la noche de los tiempos, que permite a las soberanas católicas vestir de este inmaculado color en presencia de los príncipes de la Iglesia.
Uf, qué descanso. Ya pensaba en conflicto diplomático, en represalias internacionales, en excomunión colectiva al país y en no sé cuantas desgracias más.
Resulta que ya no somos la reserva espiritual de Occidente, que tenemos aborto y divorcio y hasta bodas homosexuales, que somos tan poco comprensivos que condenamos y no perdonamos la pederastia; que abogamos por el uso del preservativo, especialmente en Africa, que creemos firmemente que hay que perseguir los delitos los cometa quien los cometa, que vamos poco a Misa, que...
Y encima va la Reina y se viste de blanco. No se me ha parado la taquicardia hasta que, entre las brumas de la fiebre, he escuchado la explicación del atuendo de Doña Sofía.
Ahora me queda por dilucidar si lo ha hecho para dejar claro que es católica, para recordar a Benedicto (y a nosotros, de paso), sus privilegios o, simplemente, porque se ha visto mona en el espejo con el trajecito de marras.
En fin, sólo tengo unas décimas, y la fiebre no da para más alucinaciones.
Por cierto, el canal televisivo que daba la prolija explicación sobre el privilegio real no es ninguno de los que estais pensando.
domingo, 24 de octubre de 2010
¡QUE VIENE EL PAPA!
Sí, escrito, leído o escuchado de esta forma, parece que viene el coco. Menudo revuelo se está armando, por una y otra parte (tiene más razón la otra que la una, que todo hay que decirlo). Vale que es una "visita de Estado", por cuanto que Benedicto XVI es el máximo mandatario de su país, aunque sea el más pequeño del mundo; vale que la religión sigue moviendo a las masas y que estamos en Año Santo Compostelano.
Paro teniendo todo eso en cuenta, no deja de ser una visita más de las que se producen en un estado laico como el nuestro y como el de la mayoría de los países occidentales. Debiera ser algo así como el que nos visitara el Dalai Lama, el patriarca de la Iglesia Ortodoxa o el Aga Khan.
Y no lo es. La pesada y milenaria maquinaria del catolicismo hace que todo se magnifique, que no haya ni visos de normalidad en lo que tendría que ser una visita normal en una sociedad democrática, pluralista y, sobre todo, madura para aceptar la multiculturalidad, la pluralidad, la diferencia en raza, sexo, costumbres, tradiciones... Y religión.
No se justifican los gastos excesivos, ni la información excesiva, ni las discusiones excesivas, ni el proselitismo ni la contestación excesivos.
Y todo eso, sin querer entrar en lo que significa el personaje que nos visita. Dejo para otra ocasión la opinión que me merece quien tapa abusos, condena el preservativo, limita el acceso de la mujer a su propia Iglesia o trata a los homosexuales como apestados.
Eso será materia de otra entrada, cuando esté de un humor diferente. Me consuela saber que esta vez no voy a cruzarme con la visita. He "sufrido" dos de estos viajes de película de los Pontífices, ambos de Juan Pablo II, antecesor de nuestro huésped de ahora. El primero fue en Madrid, con cortes de tráfico, atascos y otras cosas.
El segundo, aún me indigna cuando me acuerdo. Fue en París, hace diez o doce años. Entonces, mis acompañantes se dejaron por ver el sagrado Corazón o el interior de Notre Dame (yo ya los había visto), entre otras cosas, porque se habían cerrado para el Papa, despreciando a los miles de turistas que en el mes de agosto poblamos la Ciudad de la Luz.
Para colmo, overbooking en el vuelo de vuelta y pérdida de maletas. Había mucho jaleo con la visita del Papa. Justificación oficial de la compañía aérea de turno.
Pues eso. Que Dios y Benedicto XVI les pillen confesados. Prepárense, que viene el Papa.
Paro teniendo todo eso en cuenta, no deja de ser una visita más de las que se producen en un estado laico como el nuestro y como el de la mayoría de los países occidentales. Debiera ser algo así como el que nos visitara el Dalai Lama, el patriarca de la Iglesia Ortodoxa o el Aga Khan.
Y no lo es. La pesada y milenaria maquinaria del catolicismo hace que todo se magnifique, que no haya ni visos de normalidad en lo que tendría que ser una visita normal en una sociedad democrática, pluralista y, sobre todo, madura para aceptar la multiculturalidad, la pluralidad, la diferencia en raza, sexo, costumbres, tradiciones... Y religión.
No se justifican los gastos excesivos, ni la información excesiva, ni las discusiones excesivas, ni el proselitismo ni la contestación excesivos.
Y todo eso, sin querer entrar en lo que significa el personaje que nos visita. Dejo para otra ocasión la opinión que me merece quien tapa abusos, condena el preservativo, limita el acceso de la mujer a su propia Iglesia o trata a los homosexuales como apestados.
Eso será materia de otra entrada, cuando esté de un humor diferente. Me consuela saber que esta vez no voy a cruzarme con la visita. He "sufrido" dos de estos viajes de película de los Pontífices, ambos de Juan Pablo II, antecesor de nuestro huésped de ahora. El primero fue en Madrid, con cortes de tráfico, atascos y otras cosas.
El segundo, aún me indigna cuando me acuerdo. Fue en París, hace diez o doce años. Entonces, mis acompañantes se dejaron por ver el sagrado Corazón o el interior de Notre Dame (yo ya los había visto), entre otras cosas, porque se habían cerrado para el Papa, despreciando a los miles de turistas que en el mes de agosto poblamos la Ciudad de la Luz.
Para colmo, overbooking en el vuelo de vuelta y pérdida de maletas. Había mucho jaleo con la visita del Papa. Justificación oficial de la compañía aérea de turno.
Pues eso. Que Dios y Benedicto XVI les pillen confesados. Prepárense, que viene el Papa.
domingo, 10 de octubre de 2010
Bailarinas de papel (O princesas del pueblo)
No voy a ser yo la única que no opine de la dramática situación en la que se encuentra Belén Esteban, la princesa del pueblo. Al fin y al cabo, también formo parte del pueblo y me siento "gobernada" por tan regio personaje. Aunque sea republicana y nunca haya digerido bien eso de los derechos divinos de la realeza.
Me resisto a formar parte de ese ejército de soldados de plomo dispuestos a ser devorados por el fuego para salvar a su bailarina de papel. A su princesa. Pero no hay forma. Un fin de semana en casa, con el mando de la tele pegado a la mano, medio constipada y medio depre por la llegada del otoño en toda su crudeza, y ya está...
¡Alistada en el ejército de la princesa del pueblo!
Cómo no voy a defender a la pobre desvalida que tras una vida de miserias se ve de nuevo engañada y ultrajada, ahora que había levantado cabeza, que tiene una nueva cara, un chalet impresionante, una niña con la Comunión bien tomada, un bendito marido, un programa que co-presentar y los niveles de azúcar controlados.
Sería insensible si no la defendiera con uñas y dientes, si no la votara para que emprenda una carrera política que le haga olvidar las desgracias de su día a día.. Si no dejara de lado mis ideas republicanas para rendir pleitesía a Su Alteza Belén Esteban.
Y yo no soy así. Yo soy normal, y como persona normal sufro y lloro con las desgracias de los que están en mi casa (y esta señora se cuela permanentemente en mi salón) y comparten mi vida.
Hay sesudos estudios que nos cuentan que la princesa del pueblo sacaría un importante porcentaje de votos si se presentara a las elecciones. Posiblemente. Las miserias ajenas mueven nuestras conciencias; es la mejor campaña electoral.
Nadie desconoce el nombre de Belén Esteban, y tal vez si lo vieran impreso en una papeleta electoral, lo marcarían con una cruz. Y el de Lady Gagá o el de Isabel Pantoja.
En fin, que la arena borre todo esto enseguida, porque me da vergüenza ajena. Me da gana de bajarme de este mundo al revés y buscar el de verdad, el lógico y coherente, donde los soldados de plomo descansan en las vitrinas y las princesas se quedan en las páginas de los cuentos. Donde deben estar.
Me resisto a formar parte de ese ejército de soldados de plomo dispuestos a ser devorados por el fuego para salvar a su bailarina de papel. A su princesa. Pero no hay forma. Un fin de semana en casa, con el mando de la tele pegado a la mano, medio constipada y medio depre por la llegada del otoño en toda su crudeza, y ya está...
¡Alistada en el ejército de la princesa del pueblo!
Cómo no voy a defender a la pobre desvalida que tras una vida de miserias se ve de nuevo engañada y ultrajada, ahora que había levantado cabeza, que tiene una nueva cara, un chalet impresionante, una niña con la Comunión bien tomada, un bendito marido, un programa que co-presentar y los niveles de azúcar controlados.
Sería insensible si no la defendiera con uñas y dientes, si no la votara para que emprenda una carrera política que le haga olvidar las desgracias de su día a día.. Si no dejara de lado mis ideas republicanas para rendir pleitesía a Su Alteza Belén Esteban.
Y yo no soy así. Yo soy normal, y como persona normal sufro y lloro con las desgracias de los que están en mi casa (y esta señora se cuela permanentemente en mi salón) y comparten mi vida.
Hay sesudos estudios que nos cuentan que la princesa del pueblo sacaría un importante porcentaje de votos si se presentara a las elecciones. Posiblemente. Las miserias ajenas mueven nuestras conciencias; es la mejor campaña electoral.
Nadie desconoce el nombre de Belén Esteban, y tal vez si lo vieran impreso en una papeleta electoral, lo marcarían con una cruz. Y el de Lady Gagá o el de Isabel Pantoja.
En fin, que la arena borre todo esto enseguida, porque me da vergüenza ajena. Me da gana de bajarme de este mundo al revés y buscar el de verdad, el lógico y coherente, donde los soldados de plomo descansan en las vitrinas y las princesas se quedan en las páginas de los cuentos. Donde deben estar.
lunes, 27 de septiembre de 2010
A LA HUELGA... EN NOMBRE DE DIOS
Todos tenemos nuestros motivos para secundar, o no, la huelga general. Es nuestro derecho y no tenemos porqué dar explicaciones. Y seguramente, los que trabajen, o dejen de hacerlo ese día, serán rubios, morenos, gordos, flacos, hombres, mujeres, musulmanes, evangelistas, protestantes, cristianos, blancos, asiáticos, magrebíes...
Afortunadamente, y como decía ayer mismo el arzobispo de Toledo en la inauguración de La Colegial, no hay pensamiento único, hay libertad y, sobre todo, (también lo decía Don Braulio), hay libertad religiosa. Hasta aquí, de acuerdo con Su Eminencia, aunque luego el sermón fuera por otros derroteros que no vienen al caso. Bueno, sí vienen, pero eso será en otra ocasión.
Lo que me ha sorprendido sobremanera es el llamamiento del Consejo de Laicos (léase miembros de vicarías, diócesis y movimientos cristianos que no son sacerdotes o religiosos ordenados), a secundar la huelga general del 29-S. La noticia era textualmente que "se sugiere portar el día de la huelga una prenda, un pañuelo, una cinta blancos para que, libres de las presiones externas, puedan expresar visualmente a los demás su protesta y sientan la cercanía de los que, como ellos, lleven un distintivo del mismo color".
Y continúa, "Ante la crisis económico-social que padecemos y que ha desembocado en el llamamiento a la huelga general del próximo día 29, muchos cristianos se preguntan qué hacer. Les gustaría participar pero no saben cómo hacerlo para no sentirse manipulados. Desde este Consejo de Laicos llamamos a la protesta inteligente, participativa e imaginativa".
En fin, que el cristiano que no quiera sentirse manipulado tiene que hacer huelga. Ya lo saben ustedes. Claro, que si sólo llevan el lazo o cinta blancos, igual no les descuentan el día en la nómina.
Se me ocurre que los representantes de las distintas confesiones podían hacer lo mismo, pero con lazos de otro color, o con pañuelos, o con brazaletes. Y también podían no llevar nada y pasar por agnósticos o ateos. Yo también puedo aportar ideas imaginativas e inteligentes, independientemente de mis convicciones religiosas, que no le importan a nadie.
En fin, no sé si Dios está de acuerdo con la huelga o si tiene preparada la cinta blanca para el miércoles. O si está de acuerdo con la manipulación. A mi no me gusta que me digan lo que tengo que hacer, y mucho menos, que den consejos en nombre de Dios.
Para que nadie se confunda, ese día, con huelga o sin ella, procuraré vestirme de colores. De cualquier color.
Afortunadamente, y como decía ayer mismo el arzobispo de Toledo en la inauguración de La Colegial, no hay pensamiento único, hay libertad y, sobre todo, (también lo decía Don Braulio), hay libertad religiosa. Hasta aquí, de acuerdo con Su Eminencia, aunque luego el sermón fuera por otros derroteros que no vienen al caso. Bueno, sí vienen, pero eso será en otra ocasión.
Lo que me ha sorprendido sobremanera es el llamamiento del Consejo de Laicos (léase miembros de vicarías, diócesis y movimientos cristianos que no son sacerdotes o religiosos ordenados), a secundar la huelga general del 29-S. La noticia era textualmente que "se sugiere portar el día de la huelga una prenda, un pañuelo, una cinta blancos para que, libres de las presiones externas, puedan expresar visualmente a los demás su protesta y sientan la cercanía de los que, como ellos, lleven un distintivo del mismo color".
Y continúa, "Ante la crisis económico-social que padecemos y que ha desembocado en el llamamiento a la huelga general del próximo día 29, muchos cristianos se preguntan qué hacer. Les gustaría participar pero no saben cómo hacerlo para no sentirse manipulados. Desde este Consejo de Laicos llamamos a la protesta inteligente, participativa e imaginativa".
En fin, que el cristiano que no quiera sentirse manipulado tiene que hacer huelga. Ya lo saben ustedes. Claro, que si sólo llevan el lazo o cinta blancos, igual no les descuentan el día en la nómina.
Se me ocurre que los representantes de las distintas confesiones podían hacer lo mismo, pero con lazos de otro color, o con pañuelos, o con brazaletes. Y también podían no llevar nada y pasar por agnósticos o ateos. Yo también puedo aportar ideas imaginativas e inteligentes, independientemente de mis convicciones religiosas, que no le importan a nadie.
En fin, no sé si Dios está de acuerdo con la huelga o si tiene preparada la cinta blanca para el miércoles. O si está de acuerdo con la manipulación. A mi no me gusta que me digan lo que tengo que hacer, y mucho menos, que den consejos en nombre de Dios.
Para que nadie se confunda, ese día, con huelga o sin ella, procuraré vestirme de colores. De cualquier color.
domingo, 19 de septiembre de 2010
ADIOS A LOS QUE SE QUEDAN...
Y a los que se van, también. Es el inicio de la "Albada" de Labordeta, una de esas canciones-himno que hablan de la tierra, de los amigos, de la añoranza, de la partida y del regreso. Pero no voy a hablar de Labordeta. Voy a hablar de mí, y de él, y de los que nos quedamos. De una generación que casi no tuvo tiempo de acusar la falta de libertad, por los pocos años, pero que la sentía como un pellizco en el estómago. Maduramos con las primeras elecciones generales y no tuvimos tiempo de votar la Constitución, pero vivimos intensamente el nuevo país; fuimos los primeros en asomarnos a la ventana para respirar los nuevos aires y en abrir los ojos y los oídos asombrados para ver y escuchar a esos tipos míticos de los que hablaban nuestros hermanos mayores.
Tipos duros armados de guitarra y poesía que cantaban a la libertad, a la justicia, a las cárceles abiertas, ante un público muy joven, demasiado joven para entenderlos bien. Los mayores aún no se atrevían a ir a esos conciertos en lugares inverosímiles, en barrios marginales de Madrid, en paraninfos universitarios, en pequeños garitos progres...
Así crecimos los que nos quedamos. Raimon, Lluis Llach, Paco Ibañez, Labordeta, y Daniel Viglieti, Silvio Rodríguez, Violeta Parra o Quilapayun, que la libertad no era solo cosa de España.
No pude votar en las primeras elecciones, pero ya estaba en la Universidad (hace muchos, muchos años, era una niña precoz). Tuve, sin embargo, la oportunidad de escuchar a casi todos los que hacían lo que entonces se llamaba canción protesta, y que cantaban gratis en cualquier mitin de izquierdas.
Desde entonces, y periódicamente, saco de su funda un disco que me remueva la conciencia, que abra las ventanas de mi vida para que entre aire fresco.
Otras veces, como esta mañana, el viento se cuela sin que lo llames. Con el verano se ha ido Labordeta, y han venido mis recuerdos sin previo aviso.
En mi casa suena "Recuérdame como un verano ido, como un árbol cansino, como un hombre sin más". Y fuera, está la certeza de que" los campos desiertos volverán a granar unas espigas altas, dispuestas para el pan".
Labordeta deja, entre los que nos quedamos, muchas soledades por kilómetro cuadrado, lo que él decía de su Aragón.
Tipos duros armados de guitarra y poesía que cantaban a la libertad, a la justicia, a las cárceles abiertas, ante un público muy joven, demasiado joven para entenderlos bien. Los mayores aún no se atrevían a ir a esos conciertos en lugares inverosímiles, en barrios marginales de Madrid, en paraninfos universitarios, en pequeños garitos progres...
Así crecimos los que nos quedamos. Raimon, Lluis Llach, Paco Ibañez, Labordeta, y Daniel Viglieti, Silvio Rodríguez, Violeta Parra o Quilapayun, que la libertad no era solo cosa de España.
No pude votar en las primeras elecciones, pero ya estaba en la Universidad (hace muchos, muchos años, era una niña precoz). Tuve, sin embargo, la oportunidad de escuchar a casi todos los que hacían lo que entonces se llamaba canción protesta, y que cantaban gratis en cualquier mitin de izquierdas.
Desde entonces, y periódicamente, saco de su funda un disco que me remueva la conciencia, que abra las ventanas de mi vida para que entre aire fresco.
Otras veces, como esta mañana, el viento se cuela sin que lo llames. Con el verano se ha ido Labordeta, y han venido mis recuerdos sin previo aviso.
En mi casa suena "Recuérdame como un verano ido, como un árbol cansino, como un hombre sin más". Y fuera, está la certeza de que" los campos desiertos volverán a granar unas espigas altas, dispuestas para el pan".
Labordeta deja, entre los que nos quedamos, muchas soledades por kilómetro cuadrado, lo que él decía de su Aragón.
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