Pensamientos, ideas, palabras que engulle la arena en el mismo instante en que se han escrito

lunes, 21 de octubre de 2019

DE REYES Y PRINCESITAS


De toda la vida sabemos que los reyes, en general, son distintos a nosotros. Que aunque no venga en el Génesis, Dios creó al hombre, a la mujer y luego, a la Monarquía. Y la situó por encima del bien y del mal y, por supuesto, del resto de los mortales. Así es, y así nos lo han contado, desde pequeñitos.
          Los Reyes vivían en sus palacios, buscando los mejores partidos para sus hijos e hijas, buscando ampliar los territorios y asegurar la paz y dejar asegurado, faltaría más, el furo de su dinastía.  Con sangre real, por supuesto, que aún recuerdo el cuento de La Princesa y el Guisante, clásico en mi infancia, en el que una Reina, empeñada en buscar la mejor esposa para su hijo, somete a todas las candidatas a una dura prueba, la de detectar un guisante colocado bajo veinte colchones. Sólo así se sabría si su sangre real era auténtica. Docenas de candidatas fueron desechadas, hasta que llegó la auténtica princesa, que se levantó llena de moratones por la molestia de la dichosa bolita verde. Y se casó con el Príncipe, y comieron perdices y todas esas cosas.
          Esto ha sido un lapsus, que ya no hay colchones de lana y el latex puede con toda la cosecha de guisantes. Pero viene a cuento por lo que todos pudimos ver con ocasión de la entrega de los premios Princesa de Asturias, y el debut de la heredera al trono de España. Mientras en una ventanita de las pantallas mirábamos horrorizados cómo ardía Barcelona. Pues eso. Alfombras imponentes, arañas de cristal, modelazo de la Reina y uniforme de gala para el rey y las niñas, monísimas, rubísimas y con la lección bien aprendida.
          Cuatro o cinco minutos de lectura, sin perder la sonrisa, ante la atenta mirada de sus padres. Emocionados, normal, aunque sean Reyes. Los plebeyos también se emocionan cuando sus retoños hacen teatro, bailan en el cole o reciben un premio en la Biblioteca. Y lo cuentan a todo el que quiere oírles. Lo bien que lo ha hecho su niña, lo tranquila que estaba, que no se ha aturulladlo…
          El  Rey, padre también, hizo lo propio. Hablar de su hija todo el discurso, de casi media hora. Y, repito, mientras ardía Barcelona. Puedo entender que no hiciera ninguna alusión por no amargarle a fiesta a su hija. Pero es Rey. Y tanto él, como la adorable niñita rubia tienen que encontrar el guisante bajo los colchones, y soportar la mala noche. Lo llevan en los genes, en las venas, por aquello de sangre real, y, por supuesto, en el sueldo.
          Me diréis que no era el sitio ni el momento apropiado. Puede. Pero era una realidad y no podía dejarse de lado. No podemos ser los de siempre los tolerantes, los que aceptemos, como irremediable, que hablar de reyes es hablar de una burbuja de palacios, yates, cacerías, viajes exóticos y demás, con la única obligación de salir a saludar de cuando en cuando.
          Cierto es que así es como nos lo enseñaron desde pequeños ¿Quién no ha leído un cuento de príncipes y princesas? Guapísimos, apuestos, bellas hasta quitar el aliento, viviendo felices desde la primera línea hasta el “y colorín colorado…”
          Pero la realidad traspasa las tapas troqueladas del cuento no podemos seguir afanados  en quitar de las camas el guisante que molesta sus reales cuerpos, mientras los nuestros soportan todos los rigores imaginables.

jueves, 17 de octubre de 2019

Desde Macondo. EL OFIBÚS

Todos hemos visto, normalmente con ocasión de grandes nevadas y en localidades remotas, aisladas entre montañas, la llegada providencial de un furgón con pan, carne, leche, huevos y productos de primera necesidad. Y a los paisanos, casi siempre muy mayores, esperando en la puerta de su vivienda, con el monedero en la mano, listos para avituallarse hasta que el tiempo no ponga impedimentos.
        Son muchos también los pueblos y aldeas, casi vacíos, que reciben la compra señalan de esta forma, a través del repartidor del supermercado más cercano, o más avispado, que establece sus rutas como si de un transporte de viajeros se tratara. Porque el transporte de viajeros desapareció mucho antes.
        Sin embargo, me ha resultado especialmente curioso conocer que los bancos hacen lo propio en un buen número de localidades de la piel de toro. Primero cerraron las sucursales por millares, y luego pensaron que no podían quedarse sin negocio en esos lugares. Porque nadie me va a convencer de que lo hacen por razones humanitarias, por facilitar la vida a los paisanos que, primero de todo, son clientes.
        Y se han inventado el “ofibús”. Porque claro, serán pocos y viejos, pero en esos pueblos hay farmacia, y tienda, y hasta algún bar; sus habitantes comen, se ponen enfermos, tienen que pagar la luz y otros recibos. O cumplir con Hacienda. Y todo eso no se hace con el dinero guardado en un ladrillo de la chimenea.
        Desde que empezara la crisis, hace poco más de una década, se calcula que casi cuatro mil municipios, más de la mitad de los que existen en el país, se han quedado sin oficinas bancarias. Y no hablo de esos pueblos de la España vaciada con media docena de habitantes. Algunos tienen más de un millar, y llegaron a tener tres bancos. Que como las ratas, fueron los primeros que abandonaron el barco, cuando empezaron a pintar bastos.
        Cierto que cada cual busca su negocio. Que tienen que hacer bueno el dicho ese de “desde diciembre a enero, gana el banquero”.  Pero alguien debería poner orden y concierto en este asunto. Las Administraciones, supongo, que han estado tan diligentes a la hora de usar nuestro dinero para rescatarlos, deberían decir algo. En diez años se han cerrado más de veinte mil oficinas.         Ellos lo llaman “sanear”. Nosotros, dejar desatendidos a los que los han engordado, permitiendo que sigan acumulando beneficios.
          No se arregla todo con la visita de una oficina móvil una vez al mes. No se puede permitir que haya casi un millón y medio de españoles que no tienen ni siquiera esa opción. Porque tampoco hay cajeros automáticos, que se los llevaron igualmente.
        En fin, confío en que alguna de las muchas comisiones que buscan remedios a la despoblación, tenga sobre la mesa que esto no es un problema menor, y que el avituallamiento puntual hay que dejarlos para inclemencias meteorológicas y poco más. No para que siga ganando el banquero.

lunes, 14 de octubre de 2019

PALABRAS DE REVENTA


Ahora que la que la necesidad y la crisis han puesto de moda lo de la segunda mano, la venta de objetos usados, no estaría mal que la Real Academia, siempre diligente para introducir en el Diccionario los términos que exigen los nuevos tiempos, hiciera un “barato” con palabras que deberíamos usar más . De esas que un día llenaron nuestros periódicos, nuestras conversaciones, nuestras vidas, y ahora están olvidadas en el fondo de cualquier armario.
     Vamos, algo así como poner un puesto de palabras en desuso. Y concediera franquicias indiscriminadamente, para que todos nos convirriéramos en emprendedores,, que está tan de moda.
Sería un negocio modesto, sin pretensiones, sin que nos hiciera ricos en cuatro días. Y no precisaría de una gran inversión.  No sé si el tenderete debería estar en el centro del mundo, en el kilómetro cero; o en las puertas del Congreso, entre león y león; tal vez haya que colocarlo en el cielo, para que se vea desde cualquier parte, o montar sucursales en cada provincia, pueblo y aldea del país. O en las autopistas de la información, que permiten circular a toda velocidad.
      Tampoco hace falta mucha infraestructura. Las palabras pesan poco y ocupan menos.  Y no son tantas: Transparencia, solidaridad, rectitud, servicio público, igualdad, bienestar, respeto, compromiso, empatía, pan, democracia, justicia, salud, risa, alegría, esperanza, ilusión, futuro...
Estarían retirados, por caducados, otros términos como corrupción, opacidad, enriquecimiento ilícito, desempleo, frío, hambre, tristeza, desesperanza, desesperación, miedo, inseguridad, insensibilidad, pobreza...
Me viene a la memoria un cuento corto de Isabel Allende en el que la protagonista, Belisa Crepusculario, tenía por oficio vender palabras, desde que descubriera que no tenían dueño, y cualquiera las podía utilizar a su antojo, y hasta sacar provecho de ellas. Y así se ganaba la vida, de pueblo en pueblo, con su tenderete de palabras. Hasta que llegó un militar aspirante a político y le pidió las palabras precisas para ser presidente. No fue fácil encontrarlas, porque tuvo que descartar  las demasiado floridas, las desteñidas por el abuso, las que ofrecían promesas improbables, las carentes de verdad y las confusas, para quedarse sólo con aquellas capaces de tocar con certeza el pensamiento y la intuición de los hombres y mujeres.
Es tiempo de vender palabras recuperadas, de ponernos todos a ello hasta que alguien las compre, sin miedo a que puedan acusarnos de venta ilegal y nos retiren la mercancía. Pero se trata de recoger los trastos, plegar la manta e instalarnos en otro sitio. Sin descanso.
      Ojalá fuese tan fácil. Ojalá el viento, que se lleva las palabras, las deposite en el lugar preciso.

jueves, 10 de octubre de 2019

Desde Macondo. CAMPAÑAS IMAGINARIAS

Me gustaría poder instalarme cómodamente en una ciudad inexistente de un país imaginario, para darme la oportunidad de ver la vida desde otro punto de vista, para contarla sin agobios y con tierra de por medio. Y con la tranquilidad que proporciona saber que, si las cosas se ponen feas, siempre podré hacer como Remedios la Bella, que un buen día salió volando entre una nube de flores amarillas, y nunca más volvió.
          Desde Macondo, con sus casas de paredes de cristal, se ve todo. Pero de forma diferente. Veo a los candidatos, afanados en convencernos, trabajando duramente en quince días de infarto. Es la campaña. Con sus debates, sus repartos de propaganda, sus encuentros con jóvenes, mujeres, empresarios, colectivos varios…           Qué fatiga. Llueve, y se va al cuerno la peluquería y el atuendo cuidadosamente elegido, ni muy progre ni demasiado serio, que todo tiene sus lecturas.
          Y creo firmemente que se lo creen. Que están convencidos de hacer lo que deben, que se esfuerzan en poner la sonrisa profidén, en contar los abrazos por docenas y los besos por centenas; y los kilómetros por miles, y las palabras, por millones. Creo, de verdad, que llegan cada noche a casa con la satisfacción del deber cumplido, y que, cuando cuentan los votos que creen haber arrancado, piensan que mañana tienen que echar el resto. Ya queda menos, y cada minuto cuenta.
          A estas alturas de columna, creo que habréis deducido que me aburren las campañas electorales. A veces, hasta me crispan. Pero es lo que hay.
          Desde Macondo, con su tiempo eterno, sus epidemias de insomnio y sus extraños nacimientos de niños con cola de cerdo, miro curiosa la corbata azul de los aspirantes, los paseos por el centro de tal o cual candidata, el tierno beso al niño-foto del día-, los coches circulando con la música machacona a toda pastilla, los carteles y banderolas desteñidos por el agua…
          Y recuerdo, qué casualidad, que las lluvias que destruyeron mi pueblo imaginario duraron exactamente cuatro años, once meses y dos días. Casi como una legislatura.

lunes, 7 de octubre de 2019

CUENTOS CHINOS


Hoy voy a contar un cuento. Un cuento chino, pero que sucede aquí, en Macondo, como todo.  En un pueblo somnoliento, sin industria bananera de la que tirar,  aparece una mujer, Petra Cotes, cuyo amor se disputan dos Buendías. Nada fuera de lo normal.       
          Lo extraordinario era ella, la mujer,  y su don de exasperar a la naturaleza. A su paso, los animales criaban por cientos,  las cosechas se multiplicaban y los billetes daban para empapelar toda la casa, como de hecho hizo su amante más fiel.
       Petra no era nada espectacular; de hecho, ni en la cama mostraba cualidades especiales, ni sabía porqué pasaba lo que pasaba. Pero durante un tiempo, supo encandilar a todos, aunque no pudiera evitar la ruina final de Macondo.
       Hasta aquí, el cuento. Sin moraleja, que esa la da la triste realidad. Mientras escribo, escucho los miedos de agricultores y ganaderos de esta doliente tierra nuestra, aterrorizados por los famosos aranceles de Estados Unidos a nuestros productos.
          Y que al parecer responden a la guerra comercial entre China y Estados Unidos, que nos ha cogido en medio, sin comerlo ni beberlo. Justo cuando las cifras de exportación nos daban un respiro después de la larguísima crisis. Creíamos haber descubierto una Petra Cotes que nos haría nadar en la abundancia. Le pusimos casa, como Aureliano Segundo, y la colmamos de halagos y regalos. Habían acabado los cien años de soledad.
         Pero todo era un cuento chino. Somos más pobres, cobramos menos y pagamos más;  trabajamos más tiempo por menos dinero; tenemos más frío, porque sube el gas, y viajamos menos, porque el transporte es más caro y también nos afecta la producción de petróleo.
      Y ahora nos ponen trabas para que vendamos nuestro aceite, nuestro queso, nuestro vino… Como simple narradora de cuentos, no entiendo de grandes cifras, de microeconomías, y mucho menos de macros. Soy tan simple que me cuesta entender que lo que pasa entre chinos y americanos nos acabe afectando a los que habitamos este remoto lugar del mundo y no somos un peligro para nadie.
         Hemos confiado en una Petra Cotes que sólo existe en los cuentos, y nos hemos dado cuenta demasiado tarde, cuando ya han escrito la moraleja por nosotros.

jueves, 3 de octubre de 2019

Desde Macondo. ANOMALÍAS

 "Desviación o discrepancia de una regla o de un uso". Así, de esta forma aséptica y escueta define la Real Academia uno de los términos más usados en las últimas semanas: “anomalía”. Claro, que no le añade “histórica”, ni lo relaciona con las eternas dos Españas. Y es que nos empeñamos en complicar todo, en enredarlo, en sacar las banderas a paseo.
          Con lo fácil que sería aplicar la lógica. Nos hemos desviado de la regla democrática, cuando seguimos siendo una democracia, pues volvemos a la buena senda, y en paz. A otra cosa, que hay muchas por resolver. Y a quien le gusten las anomalías, pues que se busquen otro sitio, que ya les ha durado mucho el actual.
          Vale que la cosa sea más complicada de lo que estoy pintando. Pero tampoco tanto. Los Gobiernos, las administraciones, están para poner orden y concierto en lo que se desvía de las reglas o usos. Igual para retirar un lienzo de muralla que se está desprendiendo, que para apuntalar un edificio que amenaza con aplastar a los viandantes, que para cerrar el paso a una carretera con socavón incluido. O para sacar a un inquilino de un sitio en el que no debería haber entrado, y mucho menos permanecido por cuatro décadas.
          Y que no me cuenten que interviene el corazón, que hay decenas de miles de huesos dispuestos a dar la réplica. También son una anomalía. Como las cunetas, o los pozos donde, según me contaban de pequeña, arrojaban a la gente viva.
          Nunca es demasiado tarde para resolver anomalías históricas tan claras, tan palpables, tan ilógicas que hasta se escapan de la lógica. No pueden convivir verdugo y víctimas, y mucho menos permitir homenajes casi diarios. Lo mismo vale para otro “héroe”, Queipo de Llano, al que firmar miles de sentencias de muerte en Sevilla le valieron un lugar de honor en una capilla. Y para los que descansan en El Alcázar de Toledo, y algún otro que se me olvida.
          Ojalá fuera tan fácil corregir todo lo que no está bien, aunque haya algún juez innombrable que, en la era de las grandes máquinas, hable de dificultades técnicas para mover una losa.
          Lo difícil es mover conciencias e ideologías anómalas.

domingo, 29 de septiembre de 2019

MEMENTO MORI

"¡Mira tras de ti! Recuerda que eres un hombre" (y no un dios). O que eres mortal, por simplificar. Tertuliano explicaba que un siervo se encargaba de pronunciar esta frase discretamente, casi al oído, cuando un general desfilaba victorioso por las calles de Roma entre vítores y aclamaciones del pueblo.
          Se trataba de recordarle las limitaciones de la naturaleza humana, con el fin de impedir que incurriese en la prepotencia y la soberbia y pretendiese usar su poder ignorando las limitaciones impuestas por la ley y la costumbre. Sólo eran hombres, por muchas batallas que hubieran ganado y muchos territorios que hubieran conquistado.
          No estaría mal que hubiera un “susurrador” al lado de nuestros políticos, (de algunos sería casi obligado), ahora que comienza la pre-campaña, con tantos egos crecidos, y tantos doloridos, con serias dificultades de mirar ni tan siquiera unos centímetros más allá de su propio ombligo y olvidando que, antes que políticos, que futuros parlamentarios, presidentes o ministros, son eso, hombres.
          Memento mori. Son mortales, como nosotros, los que les hemos colocado, o les vamos a colocar, en determinado lugar que no es ni mucho menos el cielo, aunque el endiosamiento sea casi consustancial al poder, sino el mismo suelo que pisamos todos, con sus baches, socavones y ladrillos sueltos que nos hacen tropezar una y otra vez.
          Después de lo que llevamos recorrido, de que nos hagan ir a votar una y otra vez, de que nos pidan que hagamos nuestro trabajo mientras ellos no quieren, pueden o saben hacer el suyo, creo que está más que justificado que todos nos convirtamos en esa voz en off que recuerda a los candidatos, a los nuevos y a los de antes, que no son especiales, sean del color que sean y defiendan lo que defiendan.
          Son mortales con conceptos diferentes, con ideologías distintas con métodos e intereses diferentes, pero con la misma obligación  de llegar a acuerdos que permitan mejorar la vida de quienes los eligen. No complicarla.
          El susurro debe ser clamoroso esta vez. Para que no puedan hacer oídos sordos.