Pensamientos, ideas, palabras que engulle la arena en el mismo instante en que se han escrito

domingo, 16 de junio de 2019

SEGUIMOS SIENDO. (¡Kachkaniraqmi!)


No he bebido. Ni me ha pasado un gato por encima del teclado. Esta conjunción imposible de letras corresponde a un saludo quechua, lengua que se sigue hablando en varios lugares de América.

          Hay una zona en Perú, en el corazón de los Andes, que se convirtió en el último reducto de los chankas, tribu posteriormente asimilada al vasto imperio inca. José María Arguedas, escritor peruano y natural precisamente de aquella parte del Perú, nos recuerda que existe en el quechua chanka un término sumamente expresivo y muy común.  Cuando un individuo quiere expresar que a pesar de todo aún es, que existe todavía, dice: ¡Kachkaniraqmi!”. Una sola palabra para decir un montón de cosas. Para el reencuentro con un ser querido después de mucho tiempo, para decir, de una sola vez, "sigo siendo”,”aquí estoy de nuevo”,”pese a todo, sigo vivo.

           Es una de las palabras más bonitas que contiene el pequeño diccionario quechua-castellano que compré por curiosidad en un viaje al país andino. Y como tantas otras, no tiene traducción exacta, no es un hola, o un qué tal; ni siquiera un me alegro de verte.

          Es otra cosa. Se dice repetido y entre exclamaciones, como una declaración de intenciones o una afirmación de la existencia, de la vida. Con alegría. Nada que ver con los saludos más habituales en estos últimos tiempos. Aquí estamos, aguantando como podemos. Ya ves, pues tirando. Haciendo por vivir. Estos saludos son el pan nuestro de cada día; los oímos sin cesar con sólo poner un pie en la calle, con tristeza, con cierta desgana, sin esperanza y sin firmeza. Aguantando el chaparrón.

          Y esperando el momento y las fuerzas para decir ¡Kachkaniraqmi, Kachkaniraqmi’ a todos cuantos te cruces en la calle. Será la señal de que algo ha cambiado en nuestro interior, de que la maldita crisis, y todo lo que ha venido después,  no ha podido con nuestra autoestima y nuestras ganas de seguir adelante, de que “seguimos siendo”.

          Guardamos palabras para no olvidarlas. A veces demasiadas, que pesan poco y ocupan menos. En un rincón secreto esperan pacientemente términos como amor, solidaridad, justicia, honestidad, compromiso, pan, risa o futuro. Son las precisas, descartando  las demasiado floridas, las desteñidas por el abuso, las carentes de verdad y las confusas, las vacías y las que se han convertido en tópicos.

          Pero hay palabras que te persiguen, que se quedan por ahí, en algún pliegue del alma, esperando el momento preciso, el de agarrar la esperanza por los pelos y exclamar. ¡Kachkaniraqmi!.

domingo, 9 de junio de 2019

Desde Macondo. PACTOLOGÍA Y LETRAS

No es una disciplina que venga en el catálogo de estudios universitarios; ni en uno de esos carísimos másters de los centros privados o de fundaciones tipo FAES que gustan de dar clases de lo más insospechado. Ni tan siquiera está en uno de los socorridos módulos a los que acuden quienes, por falta de ganas o de medios, intentan estudiar algo para salir del paso.
          La Pactología no se estudia, ni siquiera existe, con lo bien que vendría ahora un cursillo, aunque fuera acelerado, viendo lo que se nos avecina, y ante la posibilidad de que nos encontremos ayuntamientos,  comunidades y hasta países paralizados, bloqueados y ocupados en asuntos que no son los fundamentales, los importantes y los urgentes. Y no está la cosa para muchas demoras.
          Se ha empezado a conjugar el verbo pactar cuando ya figuraba entre las palabras moribundas en el diccionario, las que, por desuso, están a punto de ser retiradas y nadie recuerda bien su significado primigenio. Cuando a nadie se le ha ocurrido incluir la “Pactología” entre los estudios fundamentales para quienes quieran dedicarse al noble oficio de servir al ciudadano. Esto no es guasa. Lo de noble, digo.
          Podría montarse un plan de estudios en un pis pas, que tampoco hay que ser un genio para decidir qué asignaturas tendrían que incluirse en el programa. La primera, servicio público, definición, objetivos, finalidad…La segunda, altura de miras. Fácil, en un par de párrafos puede explicarse que es no mirarse al ombligo ni mirar a los sillones o a los ceros del cheque. Y habría que incluir varios capítulos de solidaridad, de empatía, de “piel”, que diría algún defenestrado dirigente del PP, amén de nociones de geografía humana, para conocer no sólo las ciudades y los pueblos que van a gobernar, sino especialmente a las personas, para compartir con ellas alegrías y tristezas. Comprensión, talante, generosidad, facilidad para el diálogo y cintura política también serían materias a computar.
          Pero nadie podría aprobar Pactología si no pone en primer lugar a las personas. Por encima de todo, de intereses de partido, de número de votos, de estrategias para las próximas elecciones, de reparto de cargos, de cálculos de posibles sillones, están las necesidades humanas. Que no son invisibles, porque se ven con los ojos del corazón, como decía el zorro al Principito, aunque el corazón no sea un órgano común en las mesas de negociaciones. Se pacta con la cabeza y se olvidan de que nosotros, los de a pie, queremos corazones que latan al tiempo de los nuestros.
          Si los pactos, además de los partidos, los hacen las personas, y esas personas se han mirado el programa de esta utópica carrera de Pactología, cuánto cambiaría la cosa.
          Lo de las “Letras”,, es un anexo para subir nota. Y de paso, no estaría mal que la maltratada Cultura también estuviera entre los temas a pactar.

ESTAR EN MEDIO (POR EL FIN DEL TRASVASE)

No nos ha servido de mucho estar en el centro de España. De nada, diría yo, escamada desde que tengo memoria con eso de ser la del medio. Soy la del medio. Seguro que muchos de vosotros sabéis lo que significa ser el hijo o el hermano del medio. Ni el mayor ni el pequeño, sin los privilegios del primero ni los mimos del último. Escuchando eso de que es mayor que tú, o no te compares con el chiquitín. Y menos mal que no estamos en la Edad Media, en la que el primogénito heredaba, el menor hacía carrera en las armas y al mediano no le quedaba otra que ser “hombre de Iglesia”, que decían entonces.
          En fin, no me quejo, porque tampoco tengo a quién echar la culpa; es lo que la madre naturaleza o el destino decidieron (colocarme tres hermanos arriba y tres debajo), con nulas posibilidades civilizadas de cambiar el orden. Es más, creo que la “medianía”, en mi caso, también tuvo sus cosas buenas, pero eso es otra historia.
          Yo quería hablar de otro “medio”, de Castilla-La Mancha y de las desgracias que nos ha acarreado estar donde estamos, en mitad del medio, como se dice por aquí. En pleno centro. Con la todopoderosa Madrid por encima, la hermana mayor, y la minúscula Murcia debajo. La pequeña. Apoyada por todo Levante, eso sí, y por parte del poder establecido, que se llama.
          Todo dádivas para la una y la otra, por las razones ya explicadas arriba. Ni hambre ni sed para ninguna. Pocos deberes y todos los derechos, unos padres injustos que no se ocupan igual de todas las criaturas que han traído al mundo y, lo peor, la resignación de la mediana. Es lo que toca.
          Ya ha tocado que nos chupen la sangre, que nos nieguen el pan y la sal, en forma de industrias, regadíos, desarrollo; que nos nieguen hasta el mar. Y toca, una vez más, que nos dejen la tierra, la lengua y el ánimo reseco y agrietado. Se vuelven a llevar el agua. Una y otra vez, hasta dejarnos sin una gota, sin sangre en las venas que lleven oxígeno a un agotado y envejecido corazón.
          En prestigiosos espacios como éste, que ocupo humildemente, hay voces mucho más autorizadas que la mía para hablar de trasvases. Y lo hacen. Pero como yo, también son los del medio e igualmente claman en el desierto.
          No hay agua en el Tajo ni en el Alberche. Los “padres” (léase patria), han decidido saciar la sed de su primer y su último retoño, de Madrid y de Levante, y ya es tiempo de que los medianos dejemos de mostrar la lastimosa lengua seca y mostremos los dientes.
          Es nuestra obligación, a falta de alguien con el criterio y el sentido de justicia del primer Buendía, que en la fundación de Macondo dispuso de tal modo la posición de las casas, que desde todas podía llegarse al río y abastecerse de agua con igual esfuerzo.

lunes, 3 de junio de 2019

Desde Macondo. VIVIR SIN PLÁSTICO

Hoy por hoy, vivir sin plástico se me antoja tan difícil como vivir sin aire, que cantaba Maná. Y al igual que en la canción el ave no puede volar sin alas, ni el pez nadar sin agua o la flor crecer sin tierra, y de las mil y una evidencias de que el plástico está en lo que comemos, bebemos y en el aire que respiramos, no veo cómo acabar con el monstruo que hemos creado, y que nos engulle.
          Estamos en la “Semana Sin Plástico”. Una más, y bienvenidas sean todas las que se organicen, desde las más humildes, a nivel colegios o comunidad de vecinos, hasta las más pomposas iniciativas internacionales, que de vez en cuando, todos escuchamos los gritos de angustia de los mares y las montañas. De los suelos y los cielos. 
          Y, por supuesto, oímos, sin poner la atención que debiéramos, eso de que estamos respirando plástico, y si respiramos esas nano o macropartículas, tenemos todas las papeletas para que entren en los pulmones,  en el torrente sanguíneo, en la leche materna, o se alojen directamente en nuestras tripas. Con todo lo que eso lleve aparejado, que miedo me da pensarlo.
          Ya sé que hay mucha gente que lleva muchos años desgañitándose para que el mensaje llegara a todas partes. Para que de una punta a otra del planeta azul se vieran los fondos marinos como un inmenso vertedero. Y hasta los más recónditos rincones de las cordilleras más escarpadas. Y que somos tan tarugos que hasta nos ha molestado que nos cobren las bolsas en los supermercados o tengamos que coger la fruta de un cajón o el pan de una cesta. De los huevos, ni hablo. Qué tiempos cuando iba con la hueverita…
          Se me escapa el problema. Se me antoja una ridiculez lo de las semanas o los días sin plástico, que no son más que una gota de agua en el océano o una ráfaga de aire. Aunque todas las gotas cuenten y todos los soplos sirvan para respirar un instante más. 
          Pero todo en nuestra vida es plástico. Desde que me desperté el lunes, con el propósito de emplearme a fondo en la “Semana Sin”, y tuve que acudir, como cada día, a la ampolla (de plástico), para poder abrir el ojo, por culpa de uno de mis múltiples achaques, hasta el momento de envolver el tentempié de media mañana, reciclar aparte el tapón del cartón de leche o eliminar la botella de agua. 
          Tengo claro que no voy a comprar la fruta envasada y en barquetas (doblemente plastificada), y que, en la medida que las prisas lo pemitan, compraré la carne y el pescado fuera del odioso elemento. Y que no usaré pajitas ni platos o vasos de un solo uso, por cómodos que sean. Y… 
          Hay muchas cosas que podemos hacer. Ya lo creo. Esta semana y todas las demás. 
          Pero cómo quisiera poder vivir sin plástico.

EL CARNÉ DE BAILE

No sé si será el calor, el cansancio, el deseo de que una melodía celestial se eleve frente al griterío de los últimos tiempos. El caso es que, viendo que junio va a ser de todo menos tranquilo, que no va a ser ese mes de paso, de transición al largo y cálido verano  (y lo que te rondaré morena, que decía mi abuela), me ha dado por imaginar el país como uno de esos monumentales salones de baile en los que la nobleza arreglaba sus asuntos. 
          En pocas semanas, antes de que acabe junio, tendrán que estar constituidos ayuntamientos, instituciones provinciales y comunidades autónomas. Momento de hacer números y, (esto es un deseo) de pensar en las personas. Por el momento, vemos como nos sobrevuelan mensajitos de unos y otros; si no giras no bailo contigo; puedo bailar, pero no a costa de destrozarme los pies; no bailaré con el primero que me lo pida; el carné de baile tiene que estar sobre todos los demás, dime lo que  quieres cobrar y te diré si bailo contigo…
          Veremos qué música suena, y si no acabamos pisándonos y sin acertar. De momento, unos y otros acumulan firmas en el carné, supongo que para luego ir descartando.  Que no todo el mundo es virtuoso del vals, de la polca o del minueto, y a muchos, les suena igual toda la música y aunque no controlen los pasos, tiene muy clarito donde quieren llegar.
          Será el mes de los pactos, de los acuerdos, de los pisotones y las puñaladas traperas, de adioses airados y bienvenidas recelosas, de expectación por lo que está por venir e incluso de nostalgia por lo que se fue. De dudas sobre lo que llega y de miedo por lo que está. Y hasta puede, lo hemos visto, que se llegue a soluciones de compromiso, de esas de salvar los muebles por el momento, y a la vuelta de unos meses empiecen las mociones de censura. 
          El caso es que que todos quieren estar al frente de la orquesta que marcará el ritmo los próximos años, que todos quieren ser la estrella del baile y, para eso, tienen que tener lleno el carné de firmas, para elegir.  Alguno, cual nievo Narciso, se cree tan bello que puede bailar con dos o tres a la vez, para que nadie se quede sin sus encantos. 
          Pero vamos, que tendrán que sudar la camiseta, o los encajes y el terciopelo.  Ciudadanos ha girado tanto en la pista que ha quedado instalado en una especie de esquizofrenia de difícil salida. A los puzles de Madrid y Barcelona, les faltan piezas. O le sobran.  El PP anda lamiéndose las heridas por las esquinas y los reconquistadores, han decidido que no bailan si no salen en la foto. PSOE y Podemos se envían recaditos y quedan muchos pueblos y ciudades sin barrer. 
          No se me ocurre con qué melodía se puede acompañar todo esto. Tiene que ser a ratos dulce, enérgica y con brío, elegante, viva, alegre… Y que todos la sepan bailar.

jueves, 30 de mayo de 2019

Desde Macondo. EL CORAZÓN EN SU SITIO

En su lado. Que es a la izquierda. O eso dicen, aunque creo haber leído algún caso de corazón situado a la derecha. No en sentido metafórico. En el anatómico, en el real. Sea como sea, en Macondo cada cual tiene el corazón donde quiere, que el lugar es lo de menos. Lo importante es tener la mente, los sentimientos, la humanidad, en línea con el corazón. De su lado.
Y justo es lo que llevamos mucho tiempo echando de menos. Bueno eso, y la falta de entrañas, que es el siguiente escalón.. Ya sé que el corazón es un músculo tonto que ni siquiera duele, ni tiene la forma almibarada y el rojo encendido que vemos en los mensajes de amor. Ni alberga las pasiones, ni la ternura, ni el rencor.
Pero vamos a ser clásicos, y tras mucho tiempo de corazón encogido, o “sobrecogido”, por hacer la broma fácil, admitamos que en él residen los buenos sentimientos, y pongámonos todos del mismo lado. Sea cual sea.
El lado del corazón es el que hoy por hoy debiera albergarnos a todos. El mismo espacio para ocuparlo en un gran pacto contra el paro, los desahucios, la corrupción, otro por la solidaridad y uno más, el más importante, por el futuro.
Sin excepciones, sin “y tú más” o “eso ya lo había dicho yo”. Sin “anda que tu…” Sin partidos y con todos ellos, sin sindicatos y con todos los trabajadores, sin empresarios, sin bancos, sin agentes sociales. Sólo con personas, alineadas en una u otra parte, pero con el corazón en el mismo lado.
Las urnas han hablado, y toca trabajar. No amontonarse a la izquierda o la derecha dejando en medio un inmenso hueco, un precipicio por el que se nos escapa el presente y el futuro sin posibilidad de rescate.
Solo vale estar del mismo lado. celebrando el triunfo o lamiéndose las heridas, con el corazón herido o henchido, pero con la cabeza fría y para pensar una y mil veces en lo mejor. Y mirando a todas partes, que sólo así se ve claro quien pasa hambre y quien cobra miles de euros al mes; quien tiene frío y quien se tapa con pieles, quien llora y quien ríe, quien está en el suelo y quien en el cielo.
Toca estrenar corazón. Que no nos vale recomponer el "partío". Toca apartar a los que tienen una piedra o una billetera en lugar del músculo, a los que se han pasado años hablándonos de sacrificios sin que les pasara por la cabeza renunciar al mínimo privilegio.
Tocar recuperar latido, ahora que nos hemos recuperado del infarto definitivo.

domingo, 26 de mayo de 2019

LA “ARETÉ” UNIVERSAL

Me he pasado de frenada que, en realidad, yo sólo quería hablar de Francia, emocionada como estoy al descubrir que existen ministros de Educación que no son claros zoquetes sin mucho más que serrín en las molleras y billeteras los corazones.
          Justo en estas semanas de brexit, de rumores espeluznantes acerca del resultado de las europeas, de desconfianzas, de miedos, sale un tal Jean-Michel Blanquer, ministro de la Educación Nacional del país vecino, que, con la clara conciencia de que un mundo más tecnológico cada día tiene necesariamente que ser un mundo más humano, ha decidido rescatar el latín y el griego del baúl de los recuerdos, y darles su espacio en la enseñanza.
          Es el mismo Blanquer que impulsó la prohibición de los móviles, y que cree que las lenguas antiguas son algo más que dos simples asignaturas. Son como las paredes maestras del sistema. “Debemos ser vigilantes para que este mundo nuevo, caracterizado por internet y las nuevas tecnologías no nos dé soluciones engañosas. El aprendizaje del latín y el griego contribuyen al desarrollo de la lógica, facilitan el aprendizaje de otras lenguas y permiten establecer un vínculo entre diferentes conocimientos”.
          De completo acuerdo. Ya lo inventaron los griegos dos mil años antes de que los liberales modernos, los profesionales del capitalismo salvaje, decidieran que no vale de mucho aprender a pensar. Areté, lo llamaban.  En griego clásico,  ἀρετή,  que era  el nombre del primer libro de texto que tuve de esta lengua clásica, antes de que alguien decidiera enviarla, envuelta en un paquetito con el Latín, al baúl de los recuerdos, por considerar que había otras materias más interesantes que estudiar.
          Fue esa la primera palabra de la lengua de Platón y de Aristóteles que descubrí. Y me sonó muy bien. Areté. La excelencia o algo así, que la traducción es complicada. La areté era el fin último de la enseñanza, y agrupaba conceptos como valentía, justicia, moderación, virtud, dignidad… Todo lo necesario para hacer lo que hoy llamaríamos un hombre de bien, un ciudadano ejemplar.
          Hacía años que no recordaba este concepto, y que Grecia había quedado reducida al kalimera, kalispera, efjaristó y las novelas de Petros Márkaris (que recomiendo vivamente). El tiempo había mandado a un rincón del disco duro de mi cabeza las enseñanzas clásicas, los buenos y menos buenos ratos de traducir la Anábasis de Jenofonte, obligada en mi época, y hasta las enseñanzas de los Siete Sabios o las deliciosas historias de la Mitología helena, que me apasionaban hasta el punto de conocer de memoria la larga lista de dioses, semidioses, titanes, náyades y demás.
          Y mire usted por dónde, un francés me la ha traído de vuelta.  Ha vuelto Grecia con todo su peso, con toda su Historia, con su areté de siglos. Ojalá sea para quedarse.