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domingo, 9 de junio de 2019

ESTAR EN MEDIO (POR EL FIN DEL TRASVASE)

No nos ha servido de mucho estar en el centro de España. De nada, diría yo, escamada desde que tengo memoria con eso de ser la del medio. Soy la del medio. Seguro que muchos de vosotros sabéis lo que significa ser el hijo o el hermano del medio. Ni el mayor ni el pequeño, sin los privilegios del primero ni los mimos del último. Escuchando eso de que es mayor que tú, o no te compares con el chiquitín. Y menos mal que no estamos en la Edad Media, en la que el primogénito heredaba, el menor hacía carrera en las armas y al mediano no le quedaba otra que ser “hombre de Iglesia”, que decían entonces.
          En fin, no me quejo, porque tampoco tengo a quién echar la culpa; es lo que la madre naturaleza o el destino decidieron (colocarme tres hermanos arriba y tres debajo), con nulas posibilidades civilizadas de cambiar el orden. Es más, creo que la “medianía”, en mi caso, también tuvo sus cosas buenas, pero eso es otra historia.
          Yo quería hablar de otro “medio”, de Castilla-La Mancha y de las desgracias que nos ha acarreado estar donde estamos, en mitad del medio, como se dice por aquí. En pleno centro. Con la todopoderosa Madrid por encima, la hermana mayor, y la minúscula Murcia debajo. La pequeña. Apoyada por todo Levante, eso sí, y por parte del poder establecido, que se llama.
          Todo dádivas para la una y la otra, por las razones ya explicadas arriba. Ni hambre ni sed para ninguna. Pocos deberes y todos los derechos, unos padres injustos que no se ocupan igual de todas las criaturas que han traído al mundo y, lo peor, la resignación de la mediana. Es lo que toca.
          Ya ha tocado que nos chupen la sangre, que nos nieguen el pan y la sal, en forma de industrias, regadíos, desarrollo; que nos nieguen hasta el mar. Y toca, una vez más, que nos dejen la tierra, la lengua y el ánimo reseco y agrietado. Se vuelven a llevar el agua. Una y otra vez, hasta dejarnos sin una gota, sin sangre en las venas que lleven oxígeno a un agotado y envejecido corazón.
          En prestigiosos espacios como éste, que ocupo humildemente, hay voces mucho más autorizadas que la mía para hablar de trasvases. Y lo hacen. Pero como yo, también son los del medio e igualmente claman en el desierto.
          No hay agua en el Tajo ni en el Alberche. Los “padres” (léase patria), han decidido saciar la sed de su primer y su último retoño, de Madrid y de Levante, y ya es tiempo de que los medianos dejemos de mostrar la lastimosa lengua seca y mostremos los dientes.
          Es nuestra obligación, a falta de alguien con el criterio y el sentido de justicia del primer Buendía, que en la fundación de Macondo dispuso de tal modo la posición de las casas, que desde todas podía llegarse al río y abastecerse de agua con igual esfuerzo.

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