Pensamientos, ideas, palabras que engulle la arena en el mismo instante en que se han escrito

jueves, 11 de abril de 2019

Desde Macondo. TIEMPOS DE MINÚSCULAS

No suele haber nombres propios en esta humilde columna. Salvo los habitantes de Macondo, claro, que por derecho propio se cuelan cuando les parece. Y no hay nadie, y casi nada,  con mayúsculas porque, en definitiva, la vida que nos interesa a todos se escribe  en minúsculas, en la letra humilde y sencilla como nuestras cosas, nuestro día a día, tan alejado de la  macroeconomía, el mundo global,  las grandes cuentas de una gran empresa, del Fondo Monetario o de la OCDE, que posiblemente las verán como tonterías.
          Son tonterías, pero son las nuestras, las que nos angustian, nos agobian, nos quitan el sueño y, de cuando en cuando (cada vez menos), nos alegran. Hay desempleo con mayúsculas, por supuesto, pero nos apena el nuestro y el de los nuestros;  hay hambre en el mundo, y el cambio climático amenaza con dejarnos sin planeta que pisar antes de tiempo.  El precariado se impone y ya cuesta hablar de salario decente, así  en minúsculas, del que da para vivir son sobresaltos.
          La violencia de género, machista, no cesa, y los pueblos se siguen vaciando mientras los que se quedan carecen de los servicios básicos para pasar la vejez con dignidad. La desigualdad, a todos los niveles, se agranda y se agranda hasta el punto que la brecha es ya un precipicio insalvable. Los alquileres suben y no hay  sueldo que los resistan; y los precios de la comida, del combustible, de todo, siguen su ascenso sin mirar las nóminas, que no se mueven lo suficiente, o los contratos, que menguan su duración hasta dejarlos en la mínima expresión. Una semana, un día, dos horas…
           Las ciudades, con la excusa de la crisis y los recortes, han dejado de ser amables para convertirse en un muestrario de baches, socavones, parques descuidados,  farolas que no lucen, programaciones culturales para cumplir el expediente y ofertas de ocio menos que mínimas.  Todo minúsculas.
          Que aquí, entre nosotros, cobran vida, vidilla más bien, cada cuatro años, cuando llega la cita con las urnas y hay muchas cosas en juego. Es ya un clásico decir eso de que nuestros políticos, de cualquier administración, de cualquier nivel, no pisan el suelo.  Al menos, no el mismo que nosotros, los “administrados”. Vamos, que no están en nuestras tonterías, sino en otras cosas. En sus propias mayúsculas, que nos miran por encima.
          Hay elecciones y es tiempo de minúsculas. De empatizar con la gente y sus problemas cotidianos, más allá de grandes promesas y pomposas declaraciones. De no pensar en la suma de votos y sí en quienes depositan en la urna su esperanza de que, esta vez sí, la alta política dejará paso a la humilde administración de bienes y servicios para que todos vivamos mejor.
          Para que los nombres propios, los que se escriben en mayúsculas, sean los de cada uno de los ciudadanos. Con sus minúsculas.

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