Pensamientos, ideas, palabras que engulle la arena en el mismo instante en que se han escrito

martes, 30 de agosto de 2011

MILLONETIS

Los millonarios, los ricos, los poderosos, son noticia en estos días. O queremos hacerlos noticia, porque seguro que ellos, desde sus alturas, ni se han enterado del revuelo que hemos organizado acerca de si deben pagar más o menos, de si es necesario gravar a las grandes fortunas o si éllos, de su motivo, tienen que desprenderse de algo de lo mucho que les sobra.
Hablamos y hablamos de millonarios como se habla de términos que sólo son conceptos inabarcables, léase Dios, amor, tiempo, felicidad, eternidad. Intuimos que existen, pero los situamos en otra galaxia, con esa especie de temor que produce lo que no está en nuestras coordenadas, lo que se nos escapa.
Un millonario es alguien a quien no se puede mirar a los ojos, por si se ofende; alguien que extiende la mano esperando que le beses el anillo, como a un obispo; alguien que no camina: Levita. Es lo que queramos imaginar, porque algún gen tendremos por ahí, proveniente de la época feudal o aún anterior, que nos hace arrugarnos ante el poder que da el dinero, mirar al suelo y no atrevernos a abrir la boca, por si molestamos.
¿En qué cabeza cabe pedirles que paguen más? ¿Y si se enfadan? Pueden hacer que nos destierren, que nos corten la cabeza o que nos encierren en una oscura mazmorra, condenados de por vida a pan negro y agua corrompida.
Y son tantos, que cualquiera se atreve. He leído por alguna parte que hay 11 millones de millonarios (valga la redundancia) en el mundo. Entendiendo por tales a los que cuentan con másd de un millón de dólares. También he leído (qué mala costumbre tengo), que sólo el año pasado, en plena crisis, aumentó un 9 por ciento el número de agraciados con algunos milloncitos más. Y que en Europa está la tercera parte de estos señores del dinero. Y que en España, haberlos, haylos.
Un ciudadanito de a pie, como yo, sólo puede mirarlos con reverencia, desde su insignificacia; en lo alto de sus caballos, con armaduras de oro y espuelas de brillantes, cegado por el brillo, atemorizado y cuidando de no despertar su cólera de resultados imprevisibles.
Ahora sé que los políticos, alguno también rico y poderoso, tienen el mismo gen que todos nosotros. El del miedo a molestar, a incomodar a los señores.
Es más fácil, y menos arriesgado, incordiar a los siervos de la gleba, a los que siempre, a través de los siglos, se ha exigido todo a cambio de migajas. Hemos armado un ejército que huye a la vista del enemigo. Hemos creado una democracia que no es el poder del pueblo. Es el poder de los de siempre.

miércoles, 10 de agosto de 2011

DESMONTANDO EL MUNDO

Nunca he sabido arreglar lo que se ha roto; no supe jamás cómo pegar los trozos del jarrón que se hizo pedazos, ni colocar el trozo de cielo del puzzle que se movió de su sitio, o la pieza del mecano que accidentalmente se descolocó o las páginas del libro que, a fuerza de ser releídas, campaban por sus respetos, fuera de toda encuadernación al uso. Ni siquiera fui capaz, en su momento, de recomponer mi corazón cuando uno de esos choques de la vida lo quebró. Si acaso, sirvo para hacer chapuzas, para disimular cicatrices, para maquillar fracturas, que siguen estando ahí, aunque no de forma tan ostensible.
No sé si soy buena para empezar algo nuevo pero, desde luego, soy negada para recoger pedazos, para el bricolaje más esencial en todos los órdenes de la vida.
¿Cómo voy a poder recomponer el mundo? Será el calor, las largas tardes de verano, los escenarios de muchos años de mi vida o la edad que no perdona, pero, sea lo que sea, todo me impulsa a mirar atrás, a pensar en la vida que fue y ya o es, en el mundo del que cada día, a cada instante, salta un pedazo y me cae encima, recordándome que no puedo volverlo a colocar en su sitio. Que no puedo. Que no sé.
No sé cómo acabar con la sangre en Siria o en Libia, o en Afganistán; no sé cómo dar de comer a tanto hambriento en África, cómo mirar a los ojos a los jóvenes indignados, calmar los ánimos en Inglaterra, decir a los mercados que sean solidarios, a las Bolsas, que no hace falta ser millonarios, sólo vivir decentemente, a los políticos, que se acerquen a la gente, que sean gente, al Papa, que intente parecerse a ese Jesús sobre el que predica; a los niños, que sigan aprendiendo a hacer puzzles, porque lo van a necesitar, a...
No sé como volver a montar el mundo desmontado. Cómo mirar adelante. Me aterra mirar atrás, porque creo que me convertiré en estatua de sal, paralizada al comprobar todo lo que se ha quedado en el camino.
Amanece en el desierto, y los granos de arena tampoco son los mismos. Han cambiado durante la noche.

lunes, 25 de julio de 2011

Preguntas y más preguntas. Clamar en el desierto

Cada grano de arena del desierto que habito se convierte, en las tórridas tardes de verano, en una pregunta insistente, machacona. Revolotea a mi alrededor con el mínimo soplo de viento, se cuela en las sandalias y se enreda en el pelo. Se oculta en los pliegues de la piel y vuelve a aparecer reclamando respuesta. Se cambia de duna y regresa. Aún no me has respondido.
¿Por qué si hemos dado miles de millones a los bancos para "sanearlos" nos cuesta tanto destinar un poco de dinero para paliar la hambruna en Somalia?
¿Por qué salvamos cajas y bancos y asistimos impasibles al reparto de dividendos de sus directivos?
¿Por qué empresas con beneficios millonarios despiden a miles de trabajadores con un ERE "legal" y autorizado?
¿Por qué en plena crisis hay atascos en cada puente, hay playas llenas y es imposible encontrar un billete de avión?
¿Por qué tenemos que pagar entre todos la visita de un Papa que a la mayoría no nos gusta y al resto le es indiferente?
¿Por qué guardamos un minuto de silencio por las víctimas de Noruega y permanecemos miles de horas callados ante el avance de la derecha racista, xenófoba e intransigente?
¿Por qué hablamos de elecciones más o menos inminentes cuando estamos convencidos de que no solucionarán nada?
¿Por qué este calor insufrible, en lugar de aletargar los pensamientos incómodos los hacer bullir hasta el punto de rebosar del pobre cerebro escaldado?
¿Por qué pregunto, si es clamar en el desierto?
Mil granos de arena más, mil preguntas, esperan respuesta. Pero cae la fría noche en las dunas que me acogen. Mañana será otro día en el desierto.

domingo, 24 de julio de 2011

Versos sueltos

Verso suelto es el que no rima en una composición en la que todos los demás sí lo hacen. No es verso libre, no es poesía sin rima. Es eso, suelto. Y es, a menudo, el que marca la diferencia, el que da sentido a todos los demás, a esos que juntan flores con amores y alegría con melancolía; y amor con dolor, y tristeza con entereza, y muerte con suerte.
Hace mucho tiempo que no leo poesía como antes (ya no hago casi nada como antes), y pensaba que se habían acabado los versos sueltos. Todo igual, todo homogéneo, perfectamente rimado, en asonante o consonante, estructurado en décimas, romances o sonetos, de acuerdo a las más puras normas. Un soneto me manda hacer Violante/ y en mi vida me he visto en tal aprieto.
Creía que el mundo era un soneto más o menos perfecto, con reglas impuestas e inamovibles, llegadas de Europa, del capital, de los mercados, de las agencias de calificación, de la eurozona o de los mismísimos estados Unidos. Cada línea, cada verso, medido hasta la exactitud, sin una sílaba más, sin rimas malsonantes. La poesía de la globalización.
Y descubro mil versos sueltos. Indignados pacíficos o menos; noruegos nostálgicos y desquiciados, políticos honrados, entre tanta deshonra, ideas que viran de babor a estribor, según el viento que sople, vientos que se llevan por delante lo bueno y lo malo porque han visto la puerta abierta, amigos que dejan de serlo e indiferentes que te tienden la mano cuando te ven en el suelo.
Se ha deshecho el poema perfecto del mundo, de mi mundo, y ya no sé si quiero seguir escribiendo en él. Se me ocurren mil rimas que no casan con la poesía global. Solidaridad no rima con usura, paz no rima con guerra; ni trabajo con paro, ni confianza con miedo, ni futuro con presente, ni muerte con vida, ni compartir con robar. Ni ser con estar.
Y no quiero que Violante me mande escribir. Catorce versos dicen que es soneto/burla burlando van los tres delante.

jueves, 21 de julio de 2011

Hambruna

Sé que es un tópico decir eso de que nos preocupamos por tonterías cuando hay realmente motivos graves de preocupación. Sé que va contra las reglas del periodismo (las reglas formales, claro), hablar de un problema que nos pilla a miles de kilómetros, que nos queda muy lejos; es verdad que, sobre el papel, es más importante un herido aquí, en mi pueblo, que cien muertos en el Kilimanjaro, pongo por ejemplo; que una tormenta en mi entorno más próximo me altera más que un huracán en Centroamérica... Y que la hambruna en Somalia no puede ocupar más espacio en prensa que la crisis financiera, la dimisión de Camps, la reunión del eurogrupo o la fecha de las inminentes elecciones generales.
Son cosas que he aprendido a lo largo de toda una vida y que, sin embargo, no han conseguido borrar del todo una imagen, ya desvaída, pero real, que me marcó en mi niñez y que me hizo interesarme por esa África misteriosa y desconocida llena de hombres y mujeres de ojos tristes, de niños con moscas y de tierra cuarteada.
¿Os acordáis de los niños de Biafra? Aún ahora, cuando han pasado varias décadas, de vez en cuando me sorprendo al comentar de una modelo anoréxica eso de "parece una niña de Biafra".
Me acuerdo perfectamente de las revistas de Misiones, en el colegio, con las fotos de niños huesudos, con vientres hundidos y ojos legañosos. Los niños de Biafra.
Desde entonces a ahora han existido más biafras, con el nombre de Sudán, de Mali, de Etiopía, y ahora, de Somalia. Estamos en crisis. Todos lo sabemos y a todos nos lo recuerdan a cada instante del día. La crisis es muy profunda, tardaremos mucho en salir de ella, hay que hacer recortes, pagar por la sanidad, jubilarnos más tarde... Los comedores de Cáritas están llenos, los desahucios siguen, los bancos acumulan casas con hipotecas a cuestas, el paro es el auténtico drama de nuestros días...
Pero comemos, bebemos, vivimos. El término hambruna, que me sobrecoge, es sólo una entrada en el diccionario, "hambre muy grande, escasez de alimentos".
Y Somalia es sólo la foto en una página del periódico que pasamos apresuradamente, mientras que nos justificamos diciendo eso de bastante tenemos con lo nuestro. Ya pasó en Biafra y nuestras conciencias sobrevivieron. Y hambruna es una palabra horrible que no queremos ver en nuestro diccionario. Por duras que sean, nos quedamos con crisis, bancos, indignados, primas de riesgo, mercados, bolsas...

domingo, 10 de julio de 2011

LO SIENTO, BENEDETTI

Hace justamente un año (¡Un año ya!), y desde estas mismas arenas, hablaba con entusiasmo de defender la alegría. España acababa de ganar el Mundial de fútbol y se respiraba un aire distinto en las calles, en los bares, en las casas...
Se respiraba alegría y yo, anti-fútbol militante, quería ser la primera en defender esa brisa fresca que alejaba, aunque fuera de momento, los nubarrones de la crisis, del paro, de la desesperanza, del presente dificil, del futuro imperfecto.
Ha pasado un año y veo anunciadas en todas las televisiones programas especiales con titulos tan pomposos como "El día en que vivimos un sueño", "El año de nuestras vidas", y cosas similares. Sin hablar de los reportajes en prensa y de las tertulias en radio. Todos los esfuerzos son pocos para llamar a una alegría que no viene, que fue un instante fugaz que todos defendimos porque lo necesitábamos. Todos, hasta los que nunca hemos visto un partido de fútbol completo.
Y ahora, un año después, no nos basta el recuerdo para seguir defendiendo la alegría. No es suficiente ese destello en el pasado para iluminar el oscuro presente, para marcarnos con luz blanca el camino hacia el futuro.
Lo siento, Benedetti. Hoy no puedo defender la alegría como una certeza, no puedo defenderla de las ausencias transitorias ni de las definitivas. Ni de ella misma. Ni de mi.

sábado, 2 de julio de 2011

...Y SORPRESA DE DÍA

Creo que quedó clara hace un par de días mi amenaza de seguir hablando de sorpresas. Y yo no amenazo en vano. Si acaso, me tomo mi tiempo, pero cumplo. Y me apetece muchísimo cumplir. Casi se me hizo de día en la sorpresa de noche, pero quedaban aún muchas horas para emocionarme y para sorprenderme. Y para seguir llorando, que ya no sé si el sudor, la cerveza, los cafés con hielo y las cocacolas han encontrado otra vía de salida distinta de la que la naturaleza humana ha dispuesto.
Estaban todos los que quería ver, y no había nadie de los que prefiero no encontrarme. El inicio perfecto, el lugar, mi segunda casa durante años, las flores en el centro; los sentimientos, donde tienen que estar, a flor de piel.
Y las palabras, en un precioso mueble con cajones de cerámica repletos de notas para mi. De notas cariñosas, más o menos largas, ingeniosas algunas, concisas otras; preciosas todas. Por aquello se subirme la autoestima mientras escribo, y las tengo todas esparcidas sobre la mesa, leo cosas como "el ángel de Alcaldía", "la McGiver de los asuntos públicos", "la mejor secre"... Y "la más gruñona", "la que más veces me ha mandado a hacer puñetas", "la que más broncas me ha echado", o la mujer frágil bajo el aspecto de dura. Dieciséis años dan para conocerse bien. Pero veo sobre todo repetidos los conceptos de amiga, compañera. En todas las cartulinas, y con eso me quedo.
Gracias, Belén, por el cariño con que lo has preparado, y por resistirte hasta el último momento a contarme quien venía. Por darme la sorpresa de encontrarme un Ayuntamiento casi completo, con amigos de Secretaría, de Oficialía Mayor, de Gestión Tributaria, de Intervención, de Estadística, de Informática, de Educación, de Patrimonio, de Cultura, de Festejos, del Servicio de Limpieza, de Bomberos, de Archivo, de Información, de Obras, de Servicios Sociales, del Centro de la Mujer, de Personal, Carpintería, Delegado Sindical, Ordenanzas, Biblioteca, Parque Móvil... Y creo que no me olvido de nadie.
Una vez más fui incapaz de agradecer como merecía la ocasión, tanto cariño hacia mi, que no sé si lo merezco. He intentado, en todos estos años, ser buena compañera, buena amiga, ayudar en todo y pedir ayuda a todos, por mi afán de aprender, de hacer las cosas bien.
Y un montón de papelitos amarillos en mi mesa me dicen que, aunque me haya equivocado muchas veces, me lo habéis perdonado, como buenos compañeros, como buenos amigos.
Gracias por un día tan especial y por 16 años maravillosos de mi vida, que vosotros habéis hecho buenos. Y por las flores, y el óvalo de cerámica tan bien elegido.
Seguiré mojando la arena cada vez que recuerde esa comida en La Antigua.