Pensamientos, ideas, palabras que engulle la arena en el mismo instante en que se han escrito

jueves, 10 de octubre de 2013

Desde Macondo. POBRÓLOGOS

El término no está en el diccionario. Todo se andará. No es un oficio que se aprenda en la universidad, ni tan siquiera en la FP que ahora nos venden como la panacea, aunque no haya plazas para todos. Y sin embargo, estamos rodeados de pobrólogos por tierra mar y aire. Y por plasma, ni os cuento.
       Hay pobrólogos en la radio, en la prensa, en la tele, por supuesto. En la sala de espera del médico, en la cola del paro, en el supermercado, en los bares, en la puerta de los colegios y hasta en los centros de mayores. Porque hay categorías, como en todo. Hay pobrólogos titulados e incluso doctorados. Economistas los llaman. Analistas, a veces. Otros, que han oído campanas, y que conocemos como tertulianos varios. Los más, quienes no tienen formación académica y lo que saben (mucho), es sólo futo de la práctica y la experiencia.
       Unos son internacionales, y pueden hablar de pobrología internacional. Otros, los da la tierra y nos cuentan sus teorías sobre el país. La mayoría, son locales. De la tienda de al lado, del rellano de la escalera, de la barra del bar…
       Todos son pobrólogos. Y te cuentan en un momento, cada cual desde su tribuna, cuánto ha subido la vida, lo que han bajado los sueldos, lo que vale un kilo de patatas o cómo se ha reducido el producto interior bruto. Y lo que suma la deuda, y lo que supone el IVA o lo que cuestan los libros, ahora que ya no hay becas.
       Hasta hacen previsiones. Los doctorados en Pobrología, a largo plazo. Estudiando complicadas curvas de crecimiento, mostrándonos estadísticas y sesudos estudios. Los no titulados, pensando si la pensión llegará hasta fin de mes o si pueden permitirse pagar la matrícula del niño este año. O si comprar ternera o pasar con pollo. Si comprar las pastillas o llenar la olla.
       Hay pobrólogos de a pie, y hay pobrólogos expertos en pobres. Como dice Eduardo Galeano, los  pobrólogos, hablan por ellos. “Nos cuentan en qué no trabajan, qué no comen, cuánto no pesan, cuánto no miden, qué no tienen, qué no piensan, qué no votan, en qué no creen.”
       Unos y otros conviven en este país nuestro. Los que sufren el empobrecimiento y los que les cuentan los porqués. Los que dicen que es lo que toca, y los que aseguran estar haciendo las cosas como Dios manda.
       Como si algún Dios mandara inundar la tierra de pobrólogos. Y de pobres.

domingo, 6 de octubre de 2013

MARE NOSTRUM

Nuestro Mar. Y ahora también el suyo. El Mediterráneo ha vuelto a ser lo que siempre fue. Puente entre Europa, Asia y África. Canal de comunicación con el inmenso océano Atlántico, con el mar Rojo, con el Negro. Una enorme masa de agua que permitió el desarrollo de Mesopotamia, de Egipto, de Persia, de Fenicia, de Cartago, del colosal imperio de Alejandro, de Grecia, de Roma, del Islam, de la dominación otomana.
       A lo largo de la historia del Mediterráneo, que es la historia de la Humanidad, personas de todas las épocas, de todas las razas, colores y creencias han surcado sus aguas buscando horizontes, rutas comerciales y nuevos territorios. El mar ha servido para ensanchar el mundo, para compartir ideas. Hasta la democracia nació en sus orillas.
       Por eso estremece saber que se ha convertido en un inmenso cementerio. Los cientos de muertos de la tragedia de Lampedusa han desenterrado bruscamente la verdad. Más de veinte mil muertos se han tragado las aguas del Mare Nostrum en los últimos años. Todos africanos que buscaban una nueva ruta, la de la supervivencia. La de la vida.
       No sé en qué momento hemos decidido que el Mediterráneo nos pertenece sólo a nosotros, que es nuestro mar y nadie más-salvo que sea en cruceros y previo pago, tienen derecho a transitar por las vías que abrieron todas las civilizaciones del mundo y que desde el llamado primer mundo nos hemos encargado de blindar.
       Hemos visto las imágenes en televisión. Nos hemos compadecido contemplando esos pequeños ataúdes blancos, y hasta hemos dedicado un rato a comentar los sueños rotos de decenas de familias. Y hemos pasado página. Probablemente, el próximo verano nos bañaremos en las cálidas aguas de cualquier playa mediterránea, y comentaremos la suerte de tener el mar tan cerca.
      Y para nosotros. Nuestro mar. En el fondo están todos aquellos con los que no quisimos compartirlo.
 

jueves, 3 de octubre de 2013

Desde Macondo. EL SÍNDROME DE HIBRIS

Por alguna extraña razón me he topado varias veces en los últimos tiempos con el término “hibris”, que tenía olvidado desde que en mi juventud estudié las tragedias griegas. Con una grafía distinta, pero con el mismo significado. Aplicado a héroes mitológicos, a reyes y reinas, a dioses o a titanes. Y extrapolable a muchos personajes de la actualidad, como iréis viendo si tenéis la paciencia de leer hasta el final.
       La “hibris”, en un tiempo en que no existía el concepto de pecado que nos ha perseguido en los dos últimos siglos, podía traducirse como desmesura, endiosamiento. Era el desprecio temerario hacia el espacio personal ajeno, especialmente cuando alguien se hallaba en una posición privilegiada. Vamos, lo que ahora llamaríamos borrachera de poder.
      Ejemplos hay a montones en los textos clásicos, desde Edipo a Antígona, pasando por Heracles o Prometeo. Todos ellos quisieron ser más, ir más allá del lugar que les había asignado el destino y recibieron por ello justo castigo.
       Pero no sólo en Macondo el tiempo es circular. Todo regresa, y la ciencia moderna, tomando como base la herencia griega, ha descrito el llamado “síndrome de hibris”, una alteración de la personalidad que afecta, lo habéis adivinado, a los que tienen poder, especialmente político o económico. O ambos.
       Los síntomas nos suenan. Son individuos que no escuchan, que se sienten infalibles e. insustituibles. Desprecian las opiniones de los demás e identifican su “yo” con la nación, región o lugar que dirijan. Hablan de sí mismos en tercera persona, y hasta utilizan el plural mayestático. Se comportan como auténticos tiranos y no admiten que puedan estar equivocados, aún cuando las evidencias de que sus actos perjudican gravemente a terceros estén fuera de toda discusión.
      Seguro que a estas alturas ya tendréis muchos nombres en mente. De todas las épocas de la Historia, del pasado más reciente y hasta de la actualidad. Yo también.
          Pero regreso a Macondo.  Cuando el coronel Aureliano Buendía volvió a su pueblo, con mando en plaza,  decidió  trazar un círculo de tiza a su alrededor para que nadie se le acercara demasiado,  a menos de tres metros. En el centro de este círculo que sus edecanes trazaban dondequiera que él llegara, y en el cual sólo él podía entrar, decidía con órdenes breves e inapelables el destino del mundo.
Y por su hibris, los dioses lo condenaron a Cien Años de Soledad.
 

jueves, 26 de septiembre de 2013

Desde Macondo. CONSTITUCIONES Y COMPARACIONES

Justo cuando la mayoría de los textos constitucionales son poco más que papel mojado, por no decir papel de otros usos, un famoso buscador en Internet lanza un producto curioso, cuando menos. Constitute se llama, y es ni más ni menos que un comparador de las casi doscientas Constituciones en vigor a lo ancho y largo de la geografía mundial. Muy curioso. Agrupadas en treinta temas, se nos muestran las diferencias y similitudes en derechos y deberes. Del Gobierno y de los ciudadanos, por supuesto.
       Unas datan de hace pocos años, otras, de principio de siglo, muchas de mediados del pasado siglo, después de la guerra mundial y de los movimientos independentistas. Todas hablan de libertad, de derecho a la educación, al trabajo, a la vivienda, a la sanidad, a la Justicia, a la libre expresión, a la paz, al bienestar de todos, con especial incidencia en los más desfavorecidos, léase ancianos y niños…
       Alguna va más allá y habla de derecho a la felicidad, un debate abierto en estos momentos en Brasil. E incluso, como en el caso de Bután, establecen el FIB, índice de felicidad bruto como un medidor de la situación de sus ciudadanos. También aquí, en la Constitución salida de las Cortes de Cádiz, en 1812, un artículo decía El objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen”.  Ya veis, cualquiera tiempo pasado sí fue mejor.
       Sobre el papel, nuestra Carta Magna resiste cualquier comparación. Y hasta queda en buen lugar. Desafortunadamente, cualquier parecido con la realidad actual es mera coincidencia. Sabemos a lo que tenemos derecho y dónde lo pone. Nada más.
       Por eso me resbala todo el debate sobre la reforma de la Constitución del 78. Que si para solucionar el problema catalán, que si para “arreglar” el tema de la Corona, para delimitar las funciones del heredero…La Ley de leyes perdió para mí todo su carácter de sacrosanta, su aureola de marco perfecto para la convivencia, cuando fue modificada, con agosticidad y alevosía tras una llamada de Merkel para establecer el maldito techo de déficit que Dios confunda.
       A partir de ahí, caída en picado. Ni salario digno,  ni educación y sanidad gratuita y universal ni ancianos protegidos ni nada de nada. Sería preciso un comparador sobre el grado de cumplimiento,  no sobre el texto, sobre el papel que lo aguanta todo.
       Y mucho que temo que en ese análisis, el de la realidad, habría pocas diferencias.
Cuando el coronel Buendía se retiró a Macondo, tras participar en 32 guerras y constatar que no se luchaba por las ideas, sino por el poder, dijo eso de que la única diferencia entre liberales y conservadores era que los primeros iban a misa de cinco y los otros, a la de ocho. La única comparación posible.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Desde Macondo. INDIGNOS E INDIGNADOS

Dos nombres, José Arcadio y Aureliano, se repiten sin cesar, generación tras generación, en Cien Años de Soledad. Todos los padres y los hijos, todas vidas, todas las miserias, las guerras, los inventos, las pasiones, los miedos, se reducen a dos nombres y sus titulares, repiten incansablemente las características de sus antecesores. Los Arcadios son impulsivos y autoritarios, los Aurelianos, tímidos y retraídos. Y así estuvo dividido Macondo durante un siglo. Hasta el diluvio.
           Ahora, que está lloviendo a mares, me viene a la cabeza otra división, la que hace Eduardo Galeano cuando dice que el mundo, nuestro mundo, se divide sobre todo en indignos e indignados. Y no hay mucho más que decir. Si acaso que, desafortunadamente, el reparto no es equitativo y que, como en la estirpe de los Buendía, unos alzan la voz y otros se indignan en silencio.
           Tal vez siempre haya sido así, y el resto, sólo sean paréntesis. Siempre ha habido ricos y pobres, señores feudales y siervos, amos y criados, opresores y oprimidos…
           Pero venimos de un paréntesis, creíamos haber dejado a uno y otro lado del signo ortográfico la desigualdad salvaje, la avaricia sin medida, la falta de empatía, las humillaciones, el miedo, el hambre, la enfermedad sin cura, los silencios y la resignación.
           Llegamos a creer que había muchos nombres, cada uno con sus particularidades, con sus libertades y sus servidumbres. Con sus oportunidades. Y en un abrir y cerrar de ojos hemos vuelto a la dualidad de siempre. Unos pueden estudiar, otros no. Unos comen varias, otros rebuscan en los contenedores. Aquellos tienen casa, éstos, el cielo como techo. Unos miran a lo lejos, al horizonte amplio y luminoso; otros, pisan con cuidado el suelo que amenaza con derrumbarse bajo sus pies.
           Los indignos (llámense poderes financieros o económicos, o Gobiernos que los amparan) permiten que decenas de millones de indignados hayan perdido hasta la voz, hasta el orgullo de clase oprimida, que es lo que permite levantarse y andar. Han hecho del mundo un compartimento estanco donde no caben las diversidades. Sólo ellos y el silencio.
           Las mareas de colores no traspasan los muros de separación. Demasiado gruesos para que lleguen las voces y los lamentos. Los gritos de indignación. Y poco a poco, la brecha es más profunda. Se van perdiendo los nombres y los adjetivos calificativos.
           Sólo quedan indignos e indignados. Y la sensación de que debemos renombrarnos, que tenemos que inventar un espacio diferente, nuevo, como el Macondo primero, cuando el mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.

viernes, 13 de septiembre de 2013

A MARISA (Le prometí que volvía en septiembre)


No consigo dormir. Tengo una mujer atravesada entre los párpados. Si pudiera, le diría que se vaya; pero tengo una mujer atravesada en la garganta (Eduardo Galeano)



Y aquí estoy, aunque no me hayas esperado. Sé que me leerás. Siempre lo has hecho. Aún cuando ya leer te era difícil y mucho más contestarme, poner ese comentario amable que engordaba mi ego, que me hacía sentirme buena. Quedan, para ti y para mi las largas conversaciones en el ciberespacio, cuando ya la cruel enfermedad se había atravesado en tu garganta cercenando tu voz poderosa y clara, y sólo quedaban las letras, y los ojos, para comunicarnos.
           No me has esperado, y busco en vano la luz verde junto a tu nombre que me indica que estás en línea, que podemos hablar de lo divino y lo humano, que podemos reírnos sin sonido, con un ja,ja,ja que nos sirve igual; y que no me contestarás con el pulgar hacia abajo cuando te pregunte cómo estás.
           Qué va. Ya sabes que soy tu experimento. Los primeros pendientes colgaron de mis orejas casi al tiempo que de las tuyas. Y me puse en el brazo, con más miedo que vergüenza, la primera pulsera de cerámica, delicada, frágil. Pero tuya. Y el colgante de Las Mondas, y el abanico, pionero de los cientos que después pintaste.
           Antes que la muerte se atravesara en tu garganta hablábamos de teatro, y de libros, y de toros. Y de todas las ideas que pugnaban por salir atropelladas de tu cabeza para llegar a las manos de artista. Miro a mi alrededor y veo las minúsculas pilas de agua bendita, los pendientes rojos y los morados, del que sólo queda uno porque no llegaste a hacerme el que se rompió. Y los verdes, como una hoja de parra.
           Te prometí que volvía en septiembre y, con Frida en tu regazo, me miraste asintiendo.  Pero has tenido prisa. No sé. Ya sabes que siempre se dice que el oficio artesano se va perdiendo, y tal vez allá arriba, en las nubes, necesiten una maestra; o están aburrridos y precisan una actriz de raza que, sin IVA, les proporcione mil y una tardes de teatro.
           Voy a aguzar el oído para escucharte en el silencio. Y a escudriñar las nubes, buscando una greca azul y blanca, de las que tu pintabas. Y a buscar ángeles con alfileres de corbata de cerámica, y palomas con peinetas con alegres entre las plumas.
           Y sabré que no te has ido. Simplemente, has trasladado el taller. Aunque ahora me queda tan lejos…
 
 

jueves, 12 de septiembre de 2013

Desde Macondo. SIENTE UN POBRE A SU MESA

O a un universitario, que no sólo de pan vive el hombre; el espíritu también necesita alimento. Y los tiempos han cambiado desde que Berlanga, inspirado por la campaña franquista de ser caritativo en navidades, nos regalara su irrepetible Plácido.
           No sé quién o qué habrá inspirado a la presidenta de los rectores universitarios para lanzar la idea de apadrinar a un estudiante pobre. No me cabe duda de que lo ha hecho con la mejor intención, probablemente desde la triste certeza de que muchos talentos pueden quedarse por el camino por falta de medios. Pero se ha equivocado. En tiempos de Plácido no había Constitución que garantizase la educación pública y universal. Estudiaban y comían los ricos y los que recogían las migajas de caridad que les lanzaban por debajo de la mesa.
           Es el Estado quien debe sentar a su mesa, a la mesa común, a todos los hambrientos de pan y libros, que diría Lorca, y nadie puede justificar, con padrinazgos y caridades, su dejación de funciones. No queremos una España caritativa, vertical, de arriba abajo, sino solidaria, horizontal. Entre iguales. Sin humillaciones gratuitas, sin que nadie nos arroje un hueso que roer para engañar el hambre.
           Dicen los entendidos que se inicia el curso escolar más caro desde la llegada de la democracia. Y no sólo en la Universidad. Con becas recortadas, libros caros, transportes escolares suprimidos, comedores cerrados o inalcanzables, la Educación necesita mucho más que padrinos. Los que ya peinamos canas, y tuvimos el privilegio de estudiar una carrera, tenemos aún fresca la memoria de aquella compañera tan lista que tuvo que ponerse a servir, o el chico espabilado, primero de la clase, al que le esperaban las duras tareas agrícolas al acabar la educación básica, si es que tenía la suerte de terminar.
           Y de aquel otro, al que el cura envió al seminario, porque prometía. O la ahijada de la señora, que hizo magisterio pagado por la jefa de sus padres. Muy feudal, pero muy real. Lo juro.
           Tan real como los miles de hijos de campesinos, camareros, albañiles o ministros que en las últimas décadas se han convertido en ingenieros, médicos, abogados o profesores. Con dificultades, probablemente, pero sin caridades. Con esfuerzo, pero con derecho.
           En Macondo, al principio, todas las casas y todas las familias eran iguales. Sin clases. Y aún cuando los Buendía se erigieron en guías espirituales de la aldea, su sentido de la hospitalidad, para acoger por igual a vivos y muertos, no dejaba ningún resquicio a la caridad mal entendida. Fueron añadiendo habitaciones, y hasta comprando 72 bacinillas-para 68 jóvenes y 4 monjas- con total naturalidad. Como parte de su responsabilidad
           Sin mecenazgos ni patrocinios.