Pensamientos, ideas, palabras que engulle la arena en el mismo instante en que se han escrito

jueves, 17 de octubre de 2019

Desde Macondo. EL OFIBÚS

Todos hemos visto, normalmente con ocasión de grandes nevadas y en localidades remotas, aisladas entre montañas, la llegada providencial de un furgón con pan, carne, leche, huevos y productos de primera necesidad. Y a los paisanos, casi siempre muy mayores, esperando en la puerta de su vivienda, con el monedero en la mano, listos para avituallarse hasta que el tiempo no ponga impedimentos.
        Son muchos también los pueblos y aldeas, casi vacíos, que reciben la compra señalan de esta forma, a través del repartidor del supermercado más cercano, o más avispado, que establece sus rutas como si de un transporte de viajeros se tratara. Porque el transporte de viajeros desapareció mucho antes.
        Sin embargo, me ha resultado especialmente curioso conocer que los bancos hacen lo propio en un buen número de localidades de la piel de toro. Primero cerraron las sucursales por millares, y luego pensaron que no podían quedarse sin negocio en esos lugares. Porque nadie me va a convencer de que lo hacen por razones humanitarias, por facilitar la vida a los paisanos que, primero de todo, son clientes.
        Y se han inventado el “ofibús”. Porque claro, serán pocos y viejos, pero en esos pueblos hay farmacia, y tienda, y hasta algún bar; sus habitantes comen, se ponen enfermos, tienen que pagar la luz y otros recibos. O cumplir con Hacienda. Y todo eso no se hace con el dinero guardado en un ladrillo de la chimenea.
        Desde que empezara la crisis, hace poco más de una década, se calcula que casi cuatro mil municipios, más de la mitad de los que existen en el país, se han quedado sin oficinas bancarias. Y no hablo de esos pueblos de la España vaciada con media docena de habitantes. Algunos tienen más de un millar, y llegaron a tener tres bancos. Que como las ratas, fueron los primeros que abandonaron el barco, cuando empezaron a pintar bastos.
        Cierto que cada cual busca su negocio. Que tienen que hacer bueno el dicho ese de “desde diciembre a enero, gana el banquero”.  Pero alguien debería poner orden y concierto en este asunto. Las Administraciones, supongo, que han estado tan diligentes a la hora de usar nuestro dinero para rescatarlos, deberían decir algo. En diez años se han cerrado más de veinte mil oficinas.         Ellos lo llaman “sanear”. Nosotros, dejar desatendidos a los que los han engordado, permitiendo que sigan acumulando beneficios.
          No se arregla todo con la visita de una oficina móvil una vez al mes. No se puede permitir que haya casi un millón y medio de españoles que no tienen ni siquiera esa opción. Porque tampoco hay cajeros automáticos, que se los llevaron igualmente.
        En fin, confío en que alguna de las muchas comisiones que buscan remedios a la despoblación, tenga sobre la mesa que esto no es un problema menor, y que el avituallamiento puntual hay que dejarlos para inclemencias meteorológicas y poco más. No para que siga ganando el banquero.

lunes, 14 de octubre de 2019

PALABRAS DE REVENTA


Ahora que la que la necesidad y la crisis han puesto de moda lo de la segunda mano, la venta de objetos usados, no estaría mal que la Real Academia, siempre diligente para introducir en el Diccionario los términos que exigen los nuevos tiempos, hiciera un “barato” con palabras que deberíamos usar más . De esas que un día llenaron nuestros periódicos, nuestras conversaciones, nuestras vidas, y ahora están olvidadas en el fondo de cualquier armario.
     Vamos, algo así como poner un puesto de palabras en desuso. Y concediera franquicias indiscriminadamente, para que todos nos convirriéramos en emprendedores,, que está tan de moda.
Sería un negocio modesto, sin pretensiones, sin que nos hiciera ricos en cuatro días. Y no precisaría de una gran inversión.  No sé si el tenderete debería estar en el centro del mundo, en el kilómetro cero; o en las puertas del Congreso, entre león y león; tal vez haya que colocarlo en el cielo, para que se vea desde cualquier parte, o montar sucursales en cada provincia, pueblo y aldea del país. O en las autopistas de la información, que permiten circular a toda velocidad.
      Tampoco hace falta mucha infraestructura. Las palabras pesan poco y ocupan menos.  Y no son tantas: Transparencia, solidaridad, rectitud, servicio público, igualdad, bienestar, respeto, compromiso, empatía, pan, democracia, justicia, salud, risa, alegría, esperanza, ilusión, futuro...
Estarían retirados, por caducados, otros términos como corrupción, opacidad, enriquecimiento ilícito, desempleo, frío, hambre, tristeza, desesperanza, desesperación, miedo, inseguridad, insensibilidad, pobreza...
Me viene a la memoria un cuento corto de Isabel Allende en el que la protagonista, Belisa Crepusculario, tenía por oficio vender palabras, desde que descubriera que no tenían dueño, y cualquiera las podía utilizar a su antojo, y hasta sacar provecho de ellas. Y así se ganaba la vida, de pueblo en pueblo, con su tenderete de palabras. Hasta que llegó un militar aspirante a político y le pidió las palabras precisas para ser presidente. No fue fácil encontrarlas, porque tuvo que descartar  las demasiado floridas, las desteñidas por el abuso, las que ofrecían promesas improbables, las carentes de verdad y las confusas, para quedarse sólo con aquellas capaces de tocar con certeza el pensamiento y la intuición de los hombres y mujeres.
Es tiempo de vender palabras recuperadas, de ponernos todos a ello hasta que alguien las compre, sin miedo a que puedan acusarnos de venta ilegal y nos retiren la mercancía. Pero se trata de recoger los trastos, plegar la manta e instalarnos en otro sitio. Sin descanso.
      Ojalá fuese tan fácil. Ojalá el viento, que se lleva las palabras, las deposite en el lugar preciso.

jueves, 10 de octubre de 2019

Desde Macondo. CAMPAÑAS IMAGINARIAS

Me gustaría poder instalarme cómodamente en una ciudad inexistente de un país imaginario, para darme la oportunidad de ver la vida desde otro punto de vista, para contarla sin agobios y con tierra de por medio. Y con la tranquilidad que proporciona saber que, si las cosas se ponen feas, siempre podré hacer como Remedios la Bella, que un buen día salió volando entre una nube de flores amarillas, y nunca más volvió.
          Desde Macondo, con sus casas de paredes de cristal, se ve todo. Pero de forma diferente. Veo a los candidatos, afanados en convencernos, trabajando duramente en quince días de infarto. Es la campaña. Con sus debates, sus repartos de propaganda, sus encuentros con jóvenes, mujeres, empresarios, colectivos varios…           Qué fatiga. Llueve, y se va al cuerno la peluquería y el atuendo cuidadosamente elegido, ni muy progre ni demasiado serio, que todo tiene sus lecturas.
          Y creo firmemente que se lo creen. Que están convencidos de hacer lo que deben, que se esfuerzan en poner la sonrisa profidén, en contar los abrazos por docenas y los besos por centenas; y los kilómetros por miles, y las palabras, por millones. Creo, de verdad, que llegan cada noche a casa con la satisfacción del deber cumplido, y que, cuando cuentan los votos que creen haber arrancado, piensan que mañana tienen que echar el resto. Ya queda menos, y cada minuto cuenta.
          A estas alturas de columna, creo que habréis deducido que me aburren las campañas electorales. A veces, hasta me crispan. Pero es lo que hay.
          Desde Macondo, con su tiempo eterno, sus epidemias de insomnio y sus extraños nacimientos de niños con cola de cerdo, miro curiosa la corbata azul de los aspirantes, los paseos por el centro de tal o cual candidata, el tierno beso al niño-foto del día-, los coches circulando con la música machacona a toda pastilla, los carteles y banderolas desteñidos por el agua…
          Y recuerdo, qué casualidad, que las lluvias que destruyeron mi pueblo imaginario duraron exactamente cuatro años, once meses y dos días. Casi como una legislatura.

lunes, 7 de octubre de 2019

CUENTOS CHINOS


Hoy voy a contar un cuento. Un cuento chino, pero que sucede aquí, en Macondo, como todo.  En un pueblo somnoliento, sin industria bananera de la que tirar,  aparece una mujer, Petra Cotes, cuyo amor se disputan dos Buendías. Nada fuera de lo normal.       
          Lo extraordinario era ella, la mujer,  y su don de exasperar a la naturaleza. A su paso, los animales criaban por cientos,  las cosechas se multiplicaban y los billetes daban para empapelar toda la casa, como de hecho hizo su amante más fiel.
       Petra no era nada espectacular; de hecho, ni en la cama mostraba cualidades especiales, ni sabía porqué pasaba lo que pasaba. Pero durante un tiempo, supo encandilar a todos, aunque no pudiera evitar la ruina final de Macondo.
       Hasta aquí, el cuento. Sin moraleja, que esa la da la triste realidad. Mientras escribo, escucho los miedos de agricultores y ganaderos de esta doliente tierra nuestra, aterrorizados por los famosos aranceles de Estados Unidos a nuestros productos.
          Y que al parecer responden a la guerra comercial entre China y Estados Unidos, que nos ha cogido en medio, sin comerlo ni beberlo. Justo cuando las cifras de exportación nos daban un respiro después de la larguísima crisis. Creíamos haber descubierto una Petra Cotes que nos haría nadar en la abundancia. Le pusimos casa, como Aureliano Segundo, y la colmamos de halagos y regalos. Habían acabado los cien años de soledad.
         Pero todo era un cuento chino. Somos más pobres, cobramos menos y pagamos más;  trabajamos más tiempo por menos dinero; tenemos más frío, porque sube el gas, y viajamos menos, porque el transporte es más caro y también nos afecta la producción de petróleo.
      Y ahora nos ponen trabas para que vendamos nuestro aceite, nuestro queso, nuestro vino… Como simple narradora de cuentos, no entiendo de grandes cifras, de microeconomías, y mucho menos de macros. Soy tan simple que me cuesta entender que lo que pasa entre chinos y americanos nos acabe afectando a los que habitamos este remoto lugar del mundo y no somos un peligro para nadie.
         Hemos confiado en una Petra Cotes que sólo existe en los cuentos, y nos hemos dado cuenta demasiado tarde, cuando ya han escrito la moraleja por nosotros.

jueves, 3 de octubre de 2019

Desde Macondo. ANOMALÍAS

 "Desviación o discrepancia de una regla o de un uso". Así, de esta forma aséptica y escueta define la Real Academia uno de los términos más usados en las últimas semanas: “anomalía”. Claro, que no le añade “histórica”, ni lo relaciona con las eternas dos Españas. Y es que nos empeñamos en complicar todo, en enredarlo, en sacar las banderas a paseo.
          Con lo fácil que sería aplicar la lógica. Nos hemos desviado de la regla democrática, cuando seguimos siendo una democracia, pues volvemos a la buena senda, y en paz. A otra cosa, que hay muchas por resolver. Y a quien le gusten las anomalías, pues que se busquen otro sitio, que ya les ha durado mucho el actual.
          Vale que la cosa sea más complicada de lo que estoy pintando. Pero tampoco tanto. Los Gobiernos, las administraciones, están para poner orden y concierto en lo que se desvía de las reglas o usos. Igual para retirar un lienzo de muralla que se está desprendiendo, que para apuntalar un edificio que amenaza con aplastar a los viandantes, que para cerrar el paso a una carretera con socavón incluido. O para sacar a un inquilino de un sitio en el que no debería haber entrado, y mucho menos permanecido por cuatro décadas.
          Y que no me cuenten que interviene el corazón, que hay decenas de miles de huesos dispuestos a dar la réplica. También son una anomalía. Como las cunetas, o los pozos donde, según me contaban de pequeña, arrojaban a la gente viva.
          Nunca es demasiado tarde para resolver anomalías históricas tan claras, tan palpables, tan ilógicas que hasta se escapan de la lógica. No pueden convivir verdugo y víctimas, y mucho menos permitir homenajes casi diarios. Lo mismo vale para otro “héroe”, Queipo de Llano, al que firmar miles de sentencias de muerte en Sevilla le valieron un lugar de honor en una capilla. Y para los que descansan en El Alcázar de Toledo, y algún otro que se me olvida.
          Ojalá fuera tan fácil corregir todo lo que no está bien, aunque haya algún juez innombrable que, en la era de las grandes máquinas, hable de dificultades técnicas para mover una losa.
          Lo difícil es mover conciencias e ideologías anómalas.

domingo, 29 de septiembre de 2019

MEMENTO MORI

"¡Mira tras de ti! Recuerda que eres un hombre" (y no un dios). O que eres mortal, por simplificar. Tertuliano explicaba que un siervo se encargaba de pronunciar esta frase discretamente, casi al oído, cuando un general desfilaba victorioso por las calles de Roma entre vítores y aclamaciones del pueblo.
          Se trataba de recordarle las limitaciones de la naturaleza humana, con el fin de impedir que incurriese en la prepotencia y la soberbia y pretendiese usar su poder ignorando las limitaciones impuestas por la ley y la costumbre. Sólo eran hombres, por muchas batallas que hubieran ganado y muchos territorios que hubieran conquistado.
          No estaría mal que hubiera un “susurrador” al lado de nuestros políticos, (de algunos sería casi obligado), ahora que comienza la pre-campaña, con tantos egos crecidos, y tantos doloridos, con serias dificultades de mirar ni tan siquiera unos centímetros más allá de su propio ombligo y olvidando que, antes que políticos, que futuros parlamentarios, presidentes o ministros, son eso, hombres.
          Memento mori. Son mortales, como nosotros, los que les hemos colocado, o les vamos a colocar, en determinado lugar que no es ni mucho menos el cielo, aunque el endiosamiento sea casi consustancial al poder, sino el mismo suelo que pisamos todos, con sus baches, socavones y ladrillos sueltos que nos hacen tropezar una y otra vez.
          Después de lo que llevamos recorrido, de que nos hagan ir a votar una y otra vez, de que nos pidan que hagamos nuestro trabajo mientras ellos no quieren, pueden o saben hacer el suyo, creo que está más que justificado que todos nos convirtamos en esa voz en off que recuerda a los candidatos, a los nuevos y a los de antes, que no son especiales, sean del color que sean y defiendan lo que defiendan.
          Son mortales con conceptos diferentes, con ideologías distintas con métodos e intereses diferentes, pero con la misma obligación  de llegar a acuerdos que permitan mejorar la vida de quienes los eligen. No complicarla.
          El susurro debe ser clamoroso esta vez. Para que no puedan hacer oídos sordos.

miércoles, 25 de septiembre de 2019

Desde Macondo. PATRIARCAS DE OTOÑO

Sigo en Macondo, aunque haya cambiado de libro. No sé por qué esta estación triste y los últimos acontecimientos en la vida pública me han llevado a pensar en Zacarías, el dictador retratado por García Márquez en una de sus novelas más duras y más reales. El Otoño del Patriarca nos cuenta la vida y milagros-la muerte también- de un hombre cualquiera, de hecho, su nombre sólo se menciona una vez en todo el libro, que no conoció la tranquilidad, el amor, las relaciones humanas, los sentimientos más normales entre personas.
          Toda su vida, hasta que la muerte lo encontró solo y sin insignias, fue una continua zozobra para conservar el poder. A costa de amantes, de amigos, de compañeros, de su propio país ¡Si hasta vendió el mar a los gringos! Y convirtió a su madre en santa, momento en que dejó también de ser suya.
          Pues eso, que el melancólico otoño de cielos grises y suelos ocres, además de llevarme al recuerdo me trae a la más desoladora actualidad. Al todo vale, a la perversa confusión entre política y poder que tanto sufrimiento de cuerpo y alma está causando en nuestros días. Hemos hecho coletilla del “todos son iguales" y “los políticos van a lo suyo”. Y a fuerza de repetirlo lo hemos asumido, casi sin pensar en el significado real.
          Pero el vaso no se llena nunca. Siempre cabe una gota más, otro punto de desesperanza. Un otoño más sombrío y más gris, que no queremos ni pensar.
          Y que nos vuelve a enemistar con  el mundo, con ese mundo en el que no importan los principios, equivocados o no, en el que tampoco valen nada las personas, ni sus alegrías, ni sus miserias, si no son herramientas utilizables para llegar al poder. En el que la primavera de unos es el eterno otoño de otros, en el que unos cuantos, encerrados en el círculo de tiza del coronel Buendía impiden que nos acerquemos a la esperanza, a la ilusión, a la confianza.
          La imagen del coronel en su círculo y la del patriarca aferrado al poder durante más de cien años, lleva  martilleándome todos estos días. Nuestros políticos se han trazado una burbuja no de tres metros, de tres mil años luz, y desde ahí dirigen nuestros destinos. Sin despeinarse. Ahora toca  no aparecer, ahora toca cambiar el nombre de las cosas, ahora toca engañar, o esconderse, o  mirar para otro lado, o sembrar incertidumbres, o ponerlo todo perdido de miedos. O reírse de nosotros, sin más.
          Y fuera del círculo, en otoño perpetuo, nosotros. Haciendo por vivir, temiendo los fríos del invierno y una primavera sin brotes que nos lleve a otro verano sofocante.

domingo, 22 de septiembre de 2019

LA CHICA SUECA

Podría decir directamente la niña, que la imagen que transmite esta frágil rubia, con sus trenzas y su mirada como ausente (dicen que por síndrome de Asperger), no es ni mucho menos  la de una adolescente atrevida y dispuesta a comerse el mundo.
          Pero sus 16 años convierten a Greta Thunberg en una chica, a un paso de la edad adulta y ya superada esa niñez inocente que muestra su imagen.  Nos sorprendió a todos en su país, en lo más crudo del invierno, reclamando viernes tras viernes acciones contra el cambio climático. Viernes por el futuro.
          El futuro ha ido para ella casi tan deprisa como va la degeneración del planeta Tierra.  Ha esparcido su nombre por toda Europa, por el mundo entero. La ha llevado en volandas hasta la mismísima ONU. La chica sueca de apellido imposible se ha convertido en Greta, sin más, y ha pasado a formar parte de nuestras conversaciones diarias.
          Y ha puesto a trabajar a la maquinaria de los ricos y poderosos, los que no sufren nada de lo que está pasando, y nunca están en medio de una inundación,  de una granizada salvaje, de los que jamás pasarán hambre ni sed por una sequía que deja sin el pan y la sal a millones de personas. De los mismos que pretenden hacernos creer que no hay compromiso ni inocencia en las acciones de la chica sueca, que sólo es una marioneta de determinados movimientos que han fabricado una cara fresca para sus suculentos negocios a cuenta del cambio climático.
          Se han apresurado a poner en tela de juicio la espontaneidad de la protesta, y aseguran que el movimiento que lidera la joven Greta no es casual ni improvisado, que  hay grandes intereses empresariales y económicos detrás de la activista. Que lo que llaman el lobby de la energía verde se están frotando las manos ante los suculentos contratos que pueden conseguir si cambia el modo de producir energía. Si cambian de mano los réditos empresariales.
          No lo creo. No me quiero creer semejante mezquindad, porque aún tengo cierta esperanza en el ser humano. Y porque es muy bonito pensar que una chica, casi una niña, puede remover por sí sola las conciencias de millones de personas.

miércoles, 18 de septiembre de 2019

Desde Macondo. CAMBIAR... PERO POCO

Dice la Real Academia que cambiar es “dejar una cosa o situación para tomar otra”. Así de fácil. Acostarte de una forma y levantarte de otra, asumiendo que las cosas han cambiado. Y que más van a cambiar. 
          Vivimos tiempos de cambio con mayúsculas. Los pájaros que emigran vuelven antes, o no se van. Los almendros florecen apenas empezado el invierno. Llueve sin ton ni son, y mientras se desborda un río, circula el agua por el trasvase que lo alimenta. . El hielo se derrite y las arenas del desierto están ocupando terrenos que no les corresponde. Los trabajadores no pueden vivir de su trabajo y los que no trabajan, menos todavía. Los ricos también han cambiado. Ahora son más ricos.
          No ganan del todo ni las izquierdas ni las derechas, como toda la vida. Ni los centros si los hubiera. Ni los de siempre ni los nuevos. Sospecho que todos hemos perdido y que no nos va a ser fácil encontrarnos.
          Son tiempos de cambio, en los que hemos querido cambiar, pero poco; castigar los salvajes recortes, pero no del todo, condenar la corrupción, pero disculpándola un tanto; quejándonos pero a la vez diciendo eso de bueno vale, o virgencita que me quede como estoy.
          Y en esas estamos. Meses hablando de pactos imposibles, de mayorías que no son tales, de ganadores que han perdido y de perdedores que tienen la llave. Y de urnas en el horizonte, que seguro tampoco esconderán el secreto del cambio.
          Creíamos que ya tocaba el cambio, y un tanto maltrechos, unos más que otros, hemos llegado casi al final de otro año cambiante. Miedo me da saber qué nos depara. Me siento como el gitano Melquiades de mi recurrente Macondo, que sobrevivió a la pelagra en Persia, al escorbuto en el archipiélago de Malasia, a la lepra en Alejandría, al beriberi en el Japón, a la peste bubónica en Madagascar, al terremoto de Sicilia y a un naufragio multitudinario en el estrecho de Magallanes. Aunque tuvo el buen tino de desaparecer antes del diluvio que dejó al pueblo convertido en un pavoroso remolino de polvo y escombros.
          Pero en fin, es tiempo de cambios, y no soy de las que piensa que las estirpes condenadas a cien años de soledad no tengan una segunda oportunidad sobre la Tierra.

domingo, 15 de septiembre de 2019

ESPERANDO...


Tras haber participado en más de treinta batallas y otras tantas insurrecciones; tras haber engendrado  un buen número de hijos, los 17 aurelianos,  y hasta haber sobrevivido a su fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía se retiró a Macondo, donde pasaba los días haciendo y deshaciendo pececitos de oro. Y cuando el tiempo y los mosquitos lo permitían, se sentaba en la puerta de la casa, sin otro quehacer que matar las horas.
          “¿Cómo está, coronel?” “Aquí, esperando que pase mi entierro”.
        Y así estamos. Esperando que pase algo. Unos, trabajando y esperando que dure. Otros, inventando los días que parecen tener mucho más de 24 horas. Todos con el miedo en el cuerpo, entre la esperanza y la desesperación, hablando de lo que no entendemos. Pero con la imperiosa necesidad de no permanecer callados. Esperamos los viernes, y los lunes. Y ahora ya, cualquier día de la semana.  Hasta nos parece oír el sonido del teléfono, en el fragor de la batalla. Esperamos que el entierro que pasa no sea el nuestro. Que el muerto nos espere mucho tiempo, como se suele decir.
Hablamos y hablamos para hacer más ligera la espera. De cuando en cuando miramos a Europa, al brexit y esas cosas; pensamos mil soluciones, damos dos mil recetas.
          Y esperamos. No sabemos bien a qué. O a quien.  Como el coronel, fundimos las monedas que ganamos haciendo peces dorados para seguir haciendo peces. Porque no se multiplican, aunque a veces, sólo a veces, también esperamos un milagro.
          Todo está en compás de espera. Las vacaciones, las compras que ayer eran imperiosamente urgentes, los planes de futuro, la vida…
          Esperar tiene algo de positivo. Esperanza. Pienso en los que ya no esperan nada. Si acaso, que pase su entierro. Y me indigna que la vida siga, que pase por la puerta de los desahuciados, los parados sin prestación, los ancianos que no llegan a fin de mes, o  los que han dejado de comprar las medicinas para no gastar, que me consta que los hay.
          La alegría está en compás de espera. Con la esperanza y con el futuro. Y sentados en la puerta los esperamos. A los tres.

miércoles, 11 de septiembre de 2019

Desde Macondo. PLEONAXIA

En plena semana de vuelta al cole, con miles de familias haciendo cuentas para llegar al uniforme, el material, escolar, los libros o el chándal, nos enteramos de que el número de superricos se eleva un 150% desde que arrancó la crisis. España tiene 579 personas que declaran un patrimonio de más de 30 millones de euros (y eso, sin contar a los que no declaran, o tienen su dinerito a buen recaudo en uno de los muchos paraísos fiscales). Y además, son datos oficiales,  sólo 200 de 600 de las grandes fortunas españolas pagan el impuesto de patrimonio. Que ya sabéis que Hacienda somos todos…
          La noticia la aderezan con el fantasma de una nueva crisis, con datos estremecedores de lo que han subido los salarios en relación con los precios y los beneficios empresariales, y esas cosas que nos cuentan de cuando en cuando y que, desgraciadamente, no son nuevas porque es de cajón que para que unos tengan más, otros, indefectiblemente, debemos tener menos. Y aquí entra lo de trabajadores pobres, precariado, trabajos basura, becarios eternos o contratos por horas o por ratos.
          Digo que no es nuevo porque ya Platón, hace casi 2.500 años definió la pleonexia, algo así como el apetito insaciable de cosas de carácter material. Dinero, mansiones, coches, yates… Vamos, que pleonéxico, o como se diga,  es aquel que nunca  tiene bastante y se agarra a cualquier cosa para seguir aumentando sus bienes. Crisis, miedos, reformas laborales y demás, les vienen muy bien.
          El caso es que esta “enfermedad”, diagnosticada hace dos siglos y medio, y sin llegar a ser epidemia, ha florecido con la crisis. Nos hemos puesto todos como locos a cuidar a los “enfermos”, tragando con sueldos de miseria, porque el paro es peor, convirtiéndonos en falsos autónomos, para que ellos no tengan que pagar seguridad social ni financiar nuestras bajas o vacaciones, multiplicando las horas extras sin pagar y compartiendo piso, que no nos llega para el alquiler.
          Ya veis. En tiempos de Platón, el pleonéxico era un enfermo, sin altura moral, obsesionado con tener más que nadie y siempre insatisfecho, porque todo le parecía poco. Ahora, los llamamos gigantes empresariales, hombres de éxito, superricos. Los envidiamos porque no tienen que hacer cuentas para llegar a fin de mes, porque no les supone un problema la vuelta al cole, ni un drama tener que cambiar la lavadora.
          He leído por alguna parte que, durante la crisis, los gestores de las grandes firmas de capital de riesgo y de fondos especulativos ganaron cada diez minutos, el equivalente a la paga media anual de un trabajador. Y así seguimos, allí y aquí. Con nuestros millonarios de andar por casa.
          Deberíamos llamarlo engaño, robo o codicia. Eso es la pleonexia en nuestro siglo.

lunes, 9 de septiembre de 2019

YA NO ES AGOSTO

Y no parecen haberlo notado. Que se ha acabado el relax. Que ahora los días y las semanas corren que se las pelan, y no es para tomarlo con calma. Ni mucho menos. Aunque, como todo, agosto ya no es lo que era. ¡Cómo ha cambiado! En poco tiempo ha pasado de ser un mes amable, vacacional, final de lo malo y principio de muchas cosas buenas, mes de reencuentros y soledades, de bullicio y tranquilidad, a gusto del consumidor, a convertirse en treinta y un días de inquietudes y rollos más o menos malos.
          Ahora, hasta hemos inventado una palabreja para definir lo que se hace en ese mes, antaño tan esperado y querido. Si tuviera que definir la palabra de moda, “agosticidad”, ya que la Real Academia aún no la admite (todo se andará), diría que es algo así como un agravante en las conductas que se realizan durante el periodo generalizado de vacaciones, y que presuntamente tiene como objeto suscitar menor protesta de los perjudicados, bien sea por encontrarse en otra dimensión (física o personal), o porque el calor nos vuelve más comprensivos Y esto vale sobre todo si nos referimos a actividades de los que mandan-Gobierno, empresarios, Banca-, debido a su carácter polémico o impopular.
          Hasta hace unos años, con agosticidad, premeditación y alevosía, nos levantaban las calles y bacheaban las carreteras, a veces, hasta daban el último empujón a un edificio histórico cuya demolición había levantado las iras de la gente. O subían alguna que otra tarifa de luz o de agua. Y poco más. El resto de las noticias las ocupaban las fotografías de playa de los famosos, algún divorcio que otro o las vacaciones de la familia real. Un par de incendios, los accidentes de tráfico y las recomendaciones sobre la ola de calor, ahora cambio climático.
          Pero agosto ya no es lo que era. Y nosotros tampoco. La media-o la mitad de un cuarto-de España que está de vacaciones, sigue pendiente de la economía, las corrupciones, el miedo al futuro, los pactos, la sombra de nuevas elecciones… Y el resto, pasa los largos días del mes vacacional por excelencia maldiciendo la situación personal que le ha dejado sin playa o montaña y haciendo cuentas. Y escuchando las últimas ocurrencias de los “pactantes” o de los que sólo se casan entre ellos y encima pretenden dar lecciones.
          Pero se ha acabado y estamos en septiembre. Tiempo de ponerse las pilas, de trabajar, de despejar incógnitas y de poner toda la carne en el asador, aunque se quemen, para que todos podamos mirar al futuro con confianza. O, al menos, sin urnas.

miércoles, 4 de septiembre de 2019

Desde Macondo. SEPTIEMBRE SIN CUESTA

¡Ay, cómo echamos de menos la cuesta de septiembre! La temíamos, sí, pero se pasaba en cuatro días… y  ya está. Como los tiempos avanzan que es una barbaridad, ya no hay cuesta definida. Es el mismo doloroso ascender todo el año, y el mes en que nos hallamos ha perdido protagonismo.
          No nos valen ya conceptos como apretarse el cinturón, paliar los excesos del verano, apartar para el uniforme y los libros o estirar la vida del sofá o la lavadora a la espera de tiempos mejores. No es el mismo mes de siempre. No el que recordamos como inicio de curso, de recuperación de lo perdido en verano o de  ponernos deberes para lo que empieza.
          Porque septiembre siempre ha sido un mes de inicio, con los lógicos cambios del tiempo y los recuerdos, que empiezan a pesar si comparamos con la actualidad. Todos los septiembres tienen algo de incertidumbre y de nostalgia. De añoranza por aquellos otros de hace muchos años, y tan vivos en la memoria.
          Entonces, septiembre era agridulce, porque pesaba el recuerdo del verano salvaje y libre. Pero era esperanza. Era la vuelta a las aulas, zapatos nuevos (Gorila, con la pelotita verde), era ordenar apresuradamente las vivencias y las anécdotas de vacaciones que se agolpaban en la cabeza atropellándose para ser contadas; era la mezcla del temor a lo desconocido y del ansia por conocer.
          Septiembre era cartera nueva o heredada de tu hermana, lápices aún sin morder y cuadernos a veces reciclados y, con suerte, sin dos rayas, que te sentías muy mayor. Era la Virgen y el comienzo de la vendimia, el olor a mosto por las calles y los remolques cargados que, a menudo, nos regalaban un racimo de uva magullada y sucia de tierra.
          Era el mes con mayúsculas, el mes por excelencia, porque en septiembre empezaba todo. Hasta las Navidades, que veíamos ya tan cerca...
          Crecimos, y septiembre siguió siendo el principio. El Instituto empezaba en octubre y la Universidad, a veces casi en noviembre. Pero ningún mes podía quitarle el protagonismo. El otoño, el curso político, la vuelta al trabajo tras el verano, los días más cortos, las noches más largas...
          Creo que todos hemos amado y odiado septiembre casi por igual en las distintas etapas de nuestras vidas, y ahora... No sé cómo definir este mes con tantas cosas pendientes y, sin embargo, tan cotidianas, tan de todos los días.  Es un septiembre raro, tal vez porque también agosto, y julio, han sido diferentes. O porque a estas alturas de la vida, nada empieza ni acaba del todo.
          El año político empieza incierto, crispado,  y prometiendo más crispación, que hay elecciones a la vuelta de la esquina. Pero las caras resignadas, un tanto aburridas,  han sustituido a la expectación que brillaba en los ojos cada septiembre de aquellos años felices.  La vida se arrastra por las calles de Macondo y la gente la ve pasar sin alegría. Pasa y ya está.
           No huele a libros sin forrar porque no hay asignaturas nuevas. Son las de siempre, las mismas aulas, los mismos profesores… Como si no hubiéramos aprobado nada y repitiéramos curso. No hay sensación de comienzo de nada y, tal vez por eso, hayan venido a mi memoria esos otros septiembres, los que eran como debían ser. Los de entonces.
           Ni ellos, ni nosotros, somos ya los mismos. No hay ni cuesta.

jueves, 29 de agosto de 2019

Desde Macondo. REAL ESPERA (Y ESPERA REAL)

Que no es lo mismo. Dónde va a parar. No sé en qué momento preciso asumimos todos que había que esperar ocho meses para una radiografía, o un año para una simple intervención de hernia; por no hablar de los angustiosos plazos para realizar un tac que descarte pensamientos oscuros en los dolores de cabeza recurrentes, o cualquier otra prueba diagnóstica que nos permita afrontar el día a día con las cosas más claras. En el sentido que sea.
          El caso es que en las conversaciones diarias, en el trabajo o en la caja del súper, no es nada raro escuchar eso de “ocho meses para que me  miren la rodilla, y no me tengo de pie”, o hasta octubre del año que viene no me toca el oculista, o la gastroscopia tendrá que esperar que pasen cuatro estaciones. Y tan normal. Como quien habla del tiempo.
          De cuando en cuando nos indignamos, coincidiendo con que alguien recuerda las listas de espera (casi nunca con intención de mejorarla, que esto también va de intereses políticos), la escasez de médicos, y la precariedad, que hace que huyan de nuestros hospitales como de la peste, o las noticias sobre agresiones de pacientes a médicos, nunca justificables, pero que ponen el acento en el problema.
          Ya sabemos que tenemos la mejor Sanidad de Europa, que tenemos la inmensa suerte de acceder a un montón de servicios que en otros países hay que pagar aparte, si se puede. Que somos mucho mejores que los todopoderosos Estados Unidos, donde la gente muere por no poder pagar la atención sanitaria.
          Pero nuestro trabajo nos ha costado. Han sido muchos años de recortes, y eso se nota, Por eso hay que hacer un esfuerzo extra, para que la Sanidad sea para todos y en las mismas circunstancias.
          No veo yo al rey emérito, a don Juan Carlos, esperando turno para arreglar unos problemillas de corazón, de cadera o de cualquiera de las otras dos decenas de operaciones que lleva. Por eso, y porque conozco de primera mano a un buen número de personas desesperadas “porque no me llaman”, me crispa un tanto, un mucho, las noticias que vienen de la clínica donde está ingresado el susodicho, a quien no le deseo mal  alguno. Pero deja clara la diferencia.
          No hay real espera, y sí una desorbitada espera real.

domingo, 25 de agosto de 2019

SOLEDADES


Metidos en la vorágine del verano, con sus vacaciones, sus playas, sus incendios, sus operaciones retorno-salida, y en nuestras cosas, sin gobierno, con listeriosis y demás, nos pasan desapercibidas noticias que, de prestarles atención, nos darían un respiro y hasta podrían restaurar un mínimo de confianza en la condición humana y en el mundo.
         “Cientos de personas arropan al viudo de una víctima de la matanza de El Paso que temía quedarse solo en el funeral”. Un escueto titular en la sección de sociedad de un digital. Unas cuantas líneas para recordar el horror de la matanza a cargo de un descerebrado, y una estadística acerca de los muertos que van ya en Estados Unidos por “incidentes” similares. Que son muchísimos.
          La historia es bien simple.  Antonio Basco, superviviente de la matanza, advirtió a la funeraria de que no tenía parientes que pudieran asistir al velatorio de su mujer, Margie, asesinada en la masacre racista del 3 de agosto. Las redes sociales hicieron el resto, y el resultado es que la empresa tuvo que trasladar la ceremonia a un local más grande para acoger a cientos de desconocidos de la pareja que acudieron a despedirla.
          El anuncio publicado por la funeraria se compartió 14.000 veces, 950.000 personas “pincharon” en la invitación a asistir al funeral se multiplicaron los ramos de flores, que llegaron hasta desde Australia y, por seguir con grandes cifras, y tras más de dos décadas juntos, el viudo no tuvo que enterrar a su mujer en soledad.
          Parece una historia simple. Técnicamente, lo es. No hay soledad más grande que la que vives en el momento de despedir a un ser querido, por muy acompañado que estés. Pero no es difícil entender la tristeza, el desasosiego de este hombre en un escenario dantesco e imaginándose completamente sólo ante el ataúd con los restos de su compañera de vida.
          No deberíamos pasar de puntillas por noticias como ésta o cualquier otra que sea capaz de remover nuestras conciencias, tan dormidas, tan insensibles. Tan nuestras cerrando el paso a lo que no nos atañe directamente.
          Estoy segura de que cada día se repiten historias similares en todas partes del mundo. Pero no interesan. No suelen traspasar nuestros intereses, nuestro presente inmediato, y jamás abrirán un telediario ni irán a cinco columnas en un periódico.
          Son eso, las soledades de otros.  

jueves, 22 de agosto de 2019

Desde Macondo. ASÍ QUE PASE UN MES

Que el tiempo es relativo, lo sabemos a ciencia cierta desde que Einstein formulara la teoría. Y desde siempre, desde que el mundo es mundo, aunque nadie lo dejara escrito. Los minutos pueden ser horas, y viceversa. Un instante puede ser una eternidad, y la vida entera nos puede pasar en un suspiro.
          Todo depende de su relación con nosotros, con las circunstancias y con ambas cosas mezcladas. Vemos muy lejos el inicio de las vacaciones, y en un pis pas ha llegado el final; las semanas, eternas cuando se espera el relax del sábado, y el domingo se esfuma como si no hubiera existido.
          En fin, todas estas elucubraciones para mostrar la intranquilidad por lo que puede pasar de hoy en treinta días. Así que pase un mes.
          Vale que entre playas, montañas, aviones y maletas, con el sopor del calor en lo más alto, no apetece mucho pensar en lo que va a pasar a la vuelta de cuatro semanas, que es mejor correr un tupido velo y dejar que pase el tiempo, como si esto fuera el bálsamo de Fierabrás, el ungüento que todo lo cura y que también dará con la fórmula mágica de darnos un Gobierno y de hacer que las cosas fluyan con normalidad.
          Pero queda un mes. Con relatividad y todo, es muy poco. El 23 de septiembre llegará, infaliblemente, y no las tenemos todas con nosotros acerca de que se esté trabajando y, lo que es más importante, se esté haciendo en la buena dirección.
          Creo que ha quedado más que claro que los ciudadanos no quieren, no queremos, una nueva convocatoria electoral. Y eso, por sí solo, debería tener a los políticos trabajando las 24 horas del día para encontrar una solución.
          Que no puedo asegurar que no se esté haciendo, pero que, como a todos, me caben todas las dudas habidas y por haber. Porque vemos cómo avanzan las semanas, como se acerca el final, sin que tengamos noticias positivas.
          Así que pase un mes, que pasará antes de que nos demos cuenta, tendremos que tener claro el color de nuestro futuro inmediato o la certeza de unas elecciones con resultado más que imprevisible. O muy previsible, que es peor.
           Y espero, de verdad, que estén aprovechando el tiempo que les estamos pagando.

lunes, 12 de agosto de 2019

LIMPIEZAS DE VERANO

Sí, ya sé que es en primavera cuando, con la euforia de ver el sol más brillante, de oler las flores y de salir de un invierno largo y oscuro, cuando el cuerpo nos pide (es un decir), abrir las ventanas, sacudir mantas y edredones, guardar hasta mejor ocasión abrigos, bufandas y guantes y  preparar la casa para no sabemos muy bien qué. Porque a la vuelta de la esquina está el otoño… Y otro invierno.
          Claro, que hablo de la vida en la ciudad, porque no es difícil ver a los que retornan a los pueblos ahora, en verano, encalando las fachadas, pintando las rejas de las ventanas y dando una vuelta a la casa para cuando llegue el momento de la jubilación, o de la vuelta.
          Y en cualquier caso, cada cual sabe cuándo es el momento de la limpieza general. En casa, y en una misma. Por fuera, y por dentro. Por comienzo o por final. Por inicio o por ruptura. Por la limitación de espacio físico o por higiene mental.
           He leído por alguna parte que los japoneses, tan cabalitos ellos, tienen un nombre para ese momento en que decides literalmente tirar la casa por la ventana, deshacerte de lo que no sirve, no aporta nada o, simplemente, estás harta de ver. Hacer sitio en tu casa y en tu vida.
          Lo llaman 'Dan-sha-ri': Ordena tu vida. Entendiendo por 'vida' tanto las ideas o los sentimientos como el armario o las estanterías. Porque esta técnica japonesa para lograr la felicidad, o algo parecido,  parte de la idea de que deshaciéndonos de todo lo inútil, ya sea una camiseta vieja, unos vaqueros de talla imposible, un souvenir de vacaciones de tiempos mejores o un recuerdo al que los años han quitado el brillo y hasta el significado, conseguiremos alcanzar ese estado de paz con el que todos soñamos.
           Y hasta facilitan un método, tres sencillos pasos. El DAN, supone cerrar el paso a las cosas innecesarias que tratan de entrar en nuestra vida, es decir, no comprar con las tripas o en una tarde depre,  no permitirte el capricho de la mini sartén, del bolso que no usarás porque no cabe nada pero es monísimo, o el zapato de moda que sabes que te hará sentir los pies como muñones machacados. Hecho esto, llega el SHA, que es tirar todo aquello que es inservible y que inunda nuestras casas (y que echas de menos al instante de haberlo largado a la basura) y por último el RI, que es convertirse en una persona despegada de las cosas. En fin, no tengo casi nada, pero me cuesta despegarme de las cuatro tonterías que he ido reuniendo a lo largo de la vida.
          Ya he tenido mis momentos “danshari”. Pero indefectiblemente, recaigo. Algo se les ha olvidado a los japoneses contarnos para que la limpieza sea definitiva. Es verdad que una se siente estupendamente después de uno de esos días locos de limpieza de armario en los que acumulas bolsas y más bolsas de ropa que no te pones hace mil años (mayormente porque ya no te cabe), de revistas que guardas porque te gustó un artículo, que ya no recuerdas cual era ni de qué iba, de mil y un ceniceros, platitos, animalitos, caracolas y representaciones del Taj Mahal o de La Alhambra, que trajiste o te trajeron de un viaje inolvidable. Es una liberación, no lo dudo. Y no os cuento nada de los zapatos, cuando pienso que nunca más me estrujarán los pies.
          Cuando todo está despachado en el contenedor, los estantes se ven más grandes, hay sitio en los cajones y la barra del armario ya no aparece combada. Pero sólo son cosas. El auténtico espacio vital, tu cabeza, sigue abarrotado, porque no puedes desprenderte de los recuerdos ocultándolos en una bolsa de basura.
          El verdadero Dan-sha-ri, el arte de poner orden en nuestra vida, de que encontremos el camino a la felicidad, tendría que pasar por poder borrar todas las vivencias y los recuerdos tóxicos, por reprogramarnos. Y eso todavía no sabemos cómo hacerlo. No lo han inventado ni siquiera los japoneses.
           Y no sirven ni una ni mil limpiezas de verano.

domingo, 11 de agosto de 2019

Desde Macondo. SOCIAL PRESCRIBING

Curiosa, y mal pensada, como soy, siempre que veo un titular con palabrejas ajenas a la lengua de Cervantes, no puedo resistirme a la tentación de saber qué  milonga nos quieren vender bajo tan pomposo encabezamiento. Y casi siempre me encuentro con lo mismo. Que son cosas de toda la vida traídas a la actualidad por algún proyecto, estudio, informe  o iluminado que se quiere apuntar un tanto o que simplemente ha descubierto que remedios antiguos funcionan, que no somos los más listos de la Historia y que, en definitiva, si hemos llegado hasta aquí por algo será.
          Con hierbas, con medicina natural, escuchando al cuerpo y a la tierra o dejándonos llevar por lo que siempre ha servido para curar el cuerpo y el alma, lejos de químicos, antidepresivos o ansiolíticos varios.
          Hoy me he topado con el “Social Prescribing”, que al parecer ha nacido en Inglaterra y al que le auguran un buen futuro. Se trata de un proyecto conjunto entre Gobierno, médicos y asociaciones de bibliotecarios que, básicamente, apuestan por sustituir las pastillas por libros, por novelas, por poesía… Apuestan por alimentar el alma para que el cuerpo responda, para que vuelvan las ganas de vivir de forma natural, y no desde el atontamiento o la euforia que dan las sustancias habituales para estos trastornos.
          Y hasta creo que el “Social Prescribing” se amplía hasta la pintura, el arte y otras formas de cultura. Que está muy bien. Mejor pasar la tarde en un museo o emborronando lienzos que durmiendo en brazos de orfidales o similares.
          Me parece perfecto, pero los ingleses no han descubierto nada. Y no está de más una cura de humildad, que no hemos hecho el descubrimiento del siglo. En la Antigua Grecia se colocaban notas en las puertas de las bibliotecas, advirtiendo a los lectores que estaban a punto de entrar en un lugar de curación del alma. Y el filósofo estoico Epicteto afirmaba que la lectura equivalía al entrenamiento de un atleta antes de entrar al estadio de la vida. Más cerca, en el siglo XIX, psiquiatras y enfermeras les recetaban a sus pacientes toda clase de libros, desde la Biblia, pasando por literatura de viajes, hasta textos en lenguas antiguas.
          Hasta en los muy pragmáticos Estados Unidos,  el uso de los libros como forma de curación empezó a extenderse después de la I Guerra Mundial, recomendando  libros a los soldados que retornaban, muchos de ellos con estrés postraumático, en un intento por mejorar su convalecencia. Por cierto, que las deliciosas novelas de Jane Austen eran las más recomendadas porque, al parecer, hacían olvidar a los combatientes el olor de la pólvora y el ruido de las bombas.
          Ya véis, los libros llevan siglos curando. Igual ahora, si cunde el ejemplo del “Social Prescribing”, les den el sitio que se merecen, aunque no sé yo si las todopoderosas industrias farmacéuticas estarán de acuerdo.  Yo seguiré “automedicándome”, y agarrando un libro divertido cuando estoy triste o un poema cuando no veo nada bello a mi alrededor. Y siempre en Macondo.

domingo, 4 de agosto de 2019

Desde Macondo. NOTICIAS DEL MAR


Ha vuelto el Open Arms a navegar. Y a vagar cual ánima en pena buscando puerto en el que desembarcar a decenas de inmigrantes a los que no quiere nadie. Una vez más, Italia, y Malta se niegan; y España calla. Y Valencia vuelve a ofrecer su puerto, que es español. Hace buen tiempo, hace calor, y es la mejor época para seguir ampliando ese cementerio sin lápidas en el que hemos convertido a nuestro Mediterráneo.

          Una docena de ahogados anteayer, veinte desaparecidos dos días atrás, cuarenta el lunes, y un puñado de cadáveres flotando, entre ellos el de un niño, a comienzos de la semana, muy cerquita de una concurrida playa abarrotada como corresponde en vacaciones.

          Son las noticias del mar, de.”Nuestro” mar, del mismo que permite que convivan, y que mueran, en sus aguas, miles de veraneantes armados de lanchas supermodernas, de tablas de surf o de cruceros de lujo, con  infames pateras destartaladas que tan a menudo tienen su destino en el fondo de las aguas. No creo que fuera éste el Mare Nostrum del que hablaban los romanos, el puente entre Europa, Asia y África, canal de comunicación con el inmenso océano Atlántico, con el mar Rojo o con el Negro. El mar que permitió el desarrollo de Mesopotamia, de Egipto, de Persia, de Fenicia, de Cartago, del colosal imperio de Alejandro, de Grecia, de Roma, del Islam, de la dominación otomana.

          Cuesta creer que las noticias del mar pasan por turismo y muerte, que pueden convivir en un telediario las imágenes de sombrillas y chiringuitos, de cuerpos dorados al sol, con las de docenas de inmigrantes hacinados en cuatro tablas, y con otros cuerpos, de todas las edades y procedencias, flotando sin vida o devueltos a la playa, por si alguna conciencia se remueve.

          A lo largo de la historia del Mediterráneo, que es la historia de la Humanidad, personas de todas las épocas, de todas las razas, colores y creencias han surcado sus aguas buscando horizontes, rutas comerciales y nuevos territorios. El mar ha servido para ensanchar el mundo, para compartir culturas y proyectos de vida. Hasta la democracia nació en sus orillas…

          Este año tampoco iré al mar. No lo digo con pena, ni con resignación. No sé si sería capaz de mirarlo con ojos limpios, de buscar, como tantas veces, la paz en la línea del horizonte, de escuchar las olas con los ojos cerrados, ajena al bullicio habitual, para conocer qué tiene que contarme. No me gustarían las noticias del agua. No podría ni mojarme los pies sabiendo que muy cerca, en el fondo, están muchos de aquellos con los que no quisimos compartir el Mare Nostrum.

          El primer Buendía buscaba el mar cuando emprendió con su familia la búsqueda de un lugar para vivir. Afortunadamente, nunca lo encontró. Y su estirpe se prolongó por siete generaciones. Hasta el diluvio.

MUJERES SIN VERANO


Siempre se ha dicho que septiembre es el mes en el que se producen más separaciones o divorcios. Tal vez sea leyenda urbana, que no he visto datos que lo corroboren,  pero puede que hasta tenga su lógica. Salida de la rutina, horarios relajados, más tiempo juntos, los niños en casa crispando los nervios, y la vuelta a la normalidad, a dos meses vista, muy lejana.
           Por buscar una explicación, porque lo que no la tiene, en ningún caso y por muchas vueltas que le doy es que Julio, que acabamos de dejar atrás, sea  tradicionalmente, el mes más cruento para la violencia machista. Comprobado y con las estadísticas en la mano, que aquí no hay bulos ni leyendas que valgan. Y para más inri, este julio, el de 2019, se ha señalado, especialmente, con nueve mujeres y un niño asesinados, el peor dato desde hace 16 años.

   Será casualidad. Siguiendo la lógica de los divorcios, tal vez los asesinos quisieran ahorrarse problemas a la vuelta del verano. O no pudieran soportar la idea de que su expareja disfrutara de unas vacaciones, o…

          O nada, porque es absurdo buscar explicaciones a lo que es tal monstruosidad que se escapa de cualquier estudio lógico. Por la razón que sea, quien concibe a las mujeres como violables, maltratables, asesinables, propiedad exclusiva del macho alfa, ha encontrado en este mes mejores oportunidades para llevar a cabo sus propósitos. Sin estadísticas que valgan.

          Si acaso, porque ocupados cada cual en lo nuestro, con la vista puesta en el mar o la montaña, prestamos menos atención a la atrocidad de turno, que acaba siendo poco más que una columnita en los periódicos: “Nuevo caso de violencia de género”. Y en eso nos quedamos, salvo que haya algún detalle truculento, que estén los hijos delante, que le haya dado 45 puñaladas, o algo así, que nos haga detenernos unos segundos más.

          No hay mes, ni semana, que no nos sacuda un asesinato. En julio, más, ya veis. Me encantaría poder recordar un mes en el que no se haya producido una noticia así. Pero no lo hay.

          De momento, es tan irreal como Macondo con sus mujeres mágicas, con Úrsula, que dirige con mano de hierro a siete generaciones de Buendías; con la exuberante Petra, la vida en mayúsculas, con Fernanda del Carpio; con Sofía de la Piedad, que sólo existe en el momento preciso; con la cándida prostituta Eréndira y su abuela desalmada, con Amaranta, virgen, y con Remedios, que asciende a los cielos tras haber llevado a la muerte a todo varón que la pretendiera.

          Vivas siempre.